CAPÍTULO 45 #2
El trayecto desde la casa hasta el establo principal nunca le había parecido tan largo a Martha. De hecho, no era un trayecto largo, pero la impaciencia la comía. Sus zapatillas pisaban la grava del camino con una fuerza inusitada para ella, levantando pequeñas nubes de polvo a cada paso.
El sol del mediodía le calentaba la espalda, pero ella sentía un fuego mucho más intenso quemándole por dentro.
Le había prometido a Gia que no se enfadaría, que no le diría nada a Nate, pero pedirle a Martha que se mordiera la lengua cuando veía a su «niño» a punto de arruinar su vida era como pedirle a un río que dejara de fluir. Imposible.
Al cruzar el umbral del establo, el cambio de temperatura fue inmediato.
El aire allí dentro era fresco, y estaba impregnado del olor familiar a paja, cuero, caballos y madera.
La luz se filtraba por los ventanales. Era un lugar de paz, una especie de santuario, pero la tensión que emanaba del fondo del pasillo central rompía cualquier atisbo de tranquilidad.
Nate estaba allí, frente al cuarto de aperos.
Había montado un caballete y estaba limpiando una de las monturas con más fuerza de la necesaria.
Las mangas de la camisa estaban remangadas hasta los codos, mostrando los músculos tensos de los brazos.
Limpiaba el cuero con la esponja como si quisiera borrarle la primera capa, con la mandíbula tan apretada que los músculos del rostro parecían esculpidos en mármol.
Estaba huyendo de sus propios pensamientos, intentando ahogar el eco de la voz de Gia y la imagen de sus ojos rotos, con el esfuerzo físico, con el trabajo, como hacía siempre.
—¡Eres un idiota integral, Nathaniel Kenwood! —La voz de Martha restalló en el establo, haciendo que un par de caballos asomaran la cabeza por encima de las puertas de sus cuadras, curiosos.
Nate dejó de frotar. Sus hombros anchos se tensaron aún más bajo la camisa de algodón. No se giró de inmediato. Cerró los ojos un segundo, tomando aire, preparándose para la embestida.
—Ahora no, Martha —advirtió, con una voz ronca y peligrosamente baja—. No tengo paciencia para sermones. Vuelve a casa.
—¡Oh, no me des órdenes a mí, muchacho! —Martha acortó a zancadas la distancia que los separaba, plantándose a escasos dos metros de él, con las manos apoyadas en las caderas y los ojos echando chispas—.
¡Te he limpiado las rodillas cuando te caías de los caballos y te he aguantado las rabietas desde que tenías cinco años! ¡No me vas a callar ahora!
Nate tiró la esponja dentro del cubo de agua con un chapoteo violento y se giró para encararla. Tenía el ceño fruncido y una mirada oscura, tormentosa, que habría hecho retroceder a cualquiera de sus empleados. Pero Martha no era una empleada cualquiera.
—Te he dicho que lo dejes estar —gruñó Nate, señalándola con un dedo acusador—. Lo que pase entre Gia y yo es asunto mío.
—¡¿Asunto tuyo?! —Martha soltó una carcajada seca, pero sin humor—.
¡Acabas de echar a la calle a la mejor profesional que ha pisado este rancho!
¡Y a la mejor mujer que ha pasado por tu vida!
¡La has despedido como si fuera una empleada cualquiera, como si no significara nada!
¿Te has vuelto completamente loco, Nate? ¿Es que el orgullo te ha dejado ciego?
—¡Me ha traicionado! —bramó Nate, incapaz de contener el veneno que le quemaba la garganta.
Dio un paso hacia Martha, con el pecho agitado, subiendo y bajando sin parar—.
¡Ha filtrado los informes de Trueno! ¡Ha hecho que los patrocinadores huyan y que nadie apueste por mi caballo!
¡Se ha puesto del lado de mis enemigos! ¿Y esperas que le dé las gracias y le pida que se quede?
Martha no retrocedió ni un milímetro. Alzó la barbilla, sosteniéndole la mirada con una mezcla de enfado y decepción.
—Espero que uses esa cabeza dura que tienes para algo más que para llevar el sombrero —le espetó—.
Gia te ama, Nate. Y tú a ella, aunque seas demasiado cobarde para admitirlo.
Es lo mejor que te ha pasado en mucho tiempo.
Desde que ella llegó al rancho, volviste a sonreír.
Volviste a ser tú. Y ahora lo estás tirando todo por la borda por un caballo y por una maldita venganza contra Victoria y Richard Sterling, que te está comiendo el alma.
El nombre de Victoria hizo que Nate apretara los puños a los costados. Una punzada de dolor le atravesó el pecho, recordando exactamente las mismas palabras que Gia le había lanzado a la cara un rato antes.
—No sabes de lo que hablas —masculló, apartando la mirada, incapaz de soportar el escrutinio de Martha. En su interior, una tormenta de dudas amenazaba con romper sus defensas.
«¿Y si me estoy equivocado? —susurró una voz traicionera en su mente. Pero el orgullo, su viejo y tóxico compañero, acalló esa voz de inmediato—. No. Gia te traicionó. Te apuñaló por la espalda.»
—Sé mucho más de lo que crees —replicó Martha, bajando un poco el tono, pero impregnando cada palabra de seriedad—.
Te vas a arrepentir de esto, Nathaniel. Te vas a arrepentir todos y cada uno de los días de tu vida cuando te despiertes en esa casa enorme y vacía, y te des cuenta de lo que has perdido por no saber perdonar, por no saber escuchar.
—¡No te metas en mi vida, Martha! —rugió Nate, perdiendo finalmente los estribos. Su voz resonó en las vigas de madera del techo—. ¡Es mi rancho, son mis caballos y es mi maldita vida! ¡Déjame en paz!
Se escuchó el relincho nervioso de un caballo al fondo del pasillo.
Martha lo miró fijamente. Sus ojos mostraban una expresión de frustración.
—Me meto en tu vida porque te quiero, pedazo de animal estúpido —dijo, con la voz temblando ligeramente por la emoción, pero firme como una roca—. Porque te he visto crecer y me niego a quedarme de brazos cruzados, mientras te destruyes a ti mismo y destruyes todo lo bonito que hay a tu alrededor.
Nate tragó saliva, sintiendo que la ira empezaba a dar paso a una opresión en el pecho. Las palabras de Martha le golpeaban donde más le dolía.
—Y te diré una cosa más —añadió Martha, dando un paso al frente y clavando un dedo índice en el pecho de Nate, justo sobre su corazón—.
Gia no es Victoria. Si de verdad crees que ella te ha traicionado, deberías preguntarte por qué.
Porque esa chica ha pensado las cosas muy, muy bien antes de hacerte daño.
Si ha hecho lo que ha hecho, no ha sido para destruirte...
ha sido para intentar salvarte. Pero estás demasiado ciego de rabia para verlo.
Antes de que Nate pudiera articular una sola palabra, antes de que pudiera decir nada, Martha puso los ojos en blanco y soltó un sonoro bufido.
Un resoplido cargado de frustración, desdén y agotamiento (y otras cuantas cosas más).
¡Aquel hombre era insufrible! ¿Cómo podía ser tan testarudo?
Negó con la cabeza, dándolo por imposible.
En ese momento, las bisagras de la puerta lateral del establo gruñeron al abrirse.
Diego entró sacudiéndose el polvo de los pantalones.
Llevaba una cabezada en la mano y una sonrisa a medias que se le borró del rostro en cuanto notó la atmósfera tensa que flotaba en el aire.
Miró a Nate, que estaba rígido como la cuerda de una guitarra, y luego a Martha, que parecía a punto de echar humo por las orejas.
—Vaya... —murmuró, deteniéndose en mitad del pasillo. De pronto se sintió como un intruso en medio de un campo de batalla—. ¿Me he perdido algo? ¿Qué está pasando aquí?
Martha se giró hacia él con un movimiento brusco. Su expresión era de enfado.
—Pasa que tu jefe acaba de perder el último gramo de cordura que le quedaba —le soltó a bocajarro, sin ningún tipo de filtro—. Ha despedido a Gia.
Diego levantó las cejas y abrió los ojos de par en par, dejando caer la cabezada al suelo con un ruido sordo. Miró a Nate, buscando una explicación (o que se lo negara), pero Nate solo apartó la mirada.
—¿Que ha hecho qué? —balbuceó Diego con incredulidad.
Pero Martha no se quedó a escuchar la respuesta. Dio media vuelta, dándole la espalda a Nate, y comenzó a caminar hacia la puerta del establo con paso militar. Su espalda recta y su cabeza alta dejaban claro que la conversación había terminado.