El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

La casa siempre había sido un lugar tranquilo, pero aquella mañana, el silencio que la inundaba tenía una textura diferente. Era un silencio con peso, como el aire cargado de humedad que precede a una tormenta de verano.

Martha caminaba con un cesto de toallas limpias apoyado en la cadera.

Sus pasos apenas hacían ruido, pero su mente iba a mil por hora.

Había escuchado el portazo de Nate hacía un rato.

Un golpe seco que había hecho temblar los cimientos de la casa y que, conociendo el temperamento del dueño, no presagiaba nada bueno.

Al pasar por delante de la habitación de Gia, Martha frenó en seco. La puerta estaba entreabierta. A través de la rendija, el sonido de la cinta de embalar alzándose en el aire cortó el silencio del pasillo de forma violenta.

Martha empujó la puerta con suavidad, frunciendo el ceño.

El dormitorio, que hasta esa misma mañana había sido un refugio cálido, lleno de libros de veterinaria apilados en el escritorio, fotografías en el espejo de la cómoda y el suave aroma a cítricos que siempre acompañaba a Gia, parecía ahora el escenario de un desastre.

Había grandes cajas de cartón en el suelo y una maleta abierta de par en par sobre la cama deshecha.

Gia estaba de espaldas a la puerta. Llevaba los mismos vaqueros desgastados y la camiseta de siempre, pero sus hombros estaban encorvados, sin su energía habitual.

Con movimientos mecánicos, casi robóticos, sacaba ropa de los cajones de la cómoda, la doblaba sin apenas mirarla y la dejaba caer dentro de la maleta.

—¿Gia? —llamó Martha. Su voz sonó ronca, cargada de un presentimiento.

Gia se sobresaltó, dejando caer un jersey de lana gris al suelo. Se giró.

Martha sintió que el corazón se le encogía al verla.

Tenía el rostro pálido, los ojos enrojecidos y rodeados de sombras oscuras, y las mejillas manchadas por el rastro de lágrimas que había intentado secarse a toda prisa con el dorso de la mano.

Parecía haber envejecido diez años en un par de horas.

—Hola, Martha —murmuró Gia, agachándose para recoger el jersey. Su voz era un hilo frágil, a punto de romperse.

Martha dejó el cesto de toallas en el suelo del pasillo y entró en la habitación, cerrando la puerta a su espalda, como si quisiera proteger a Gia del resto del mundo.

Sus ojos oscuros escanearon el caos, los estantes vacíos, los marcos de fotos boca abajo sobre la cama, el neceser personal de Gia ya guardado en una de las cajas.

—Cielo santo... —susurró, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué estás recogiendo tus cosas?

Gia tragó saliva, obligándose a mantener la compostura. Apretó el jersey contra su estómago, como si necesitara un escudo.

—Me voy, Martha —dijo.

—¿Te vas? ¿Dónde? ¿Por unos días? ¿Ha pasado algo en tu familia? —Martha dio un paso hacia Gia, negándose a comprender la magnitud de la escena—. Gia, cariño, mírame. ¿Qué ha pasado? He oído los gritos desde la cocina, he oído el portazo de Nate...

El nombre de Nate hizo que Gia cerrara los ojos con fuerza, como si la sola mención le produjera un dolor insoportable. Una nueva lágrima traicionera se deslizó por su mejilla, y en ese momento no hizo el menor esfuerzo por ocultarla.

—Me ha echado —respondió al fin, con una voz tan vacía que asustó a Martha—. Me ha dicho que haga las maletas y que me largue de su rancho. Que no quiere volver a verme nunca más.

Martha se quedó de piedra. El aire pareció abandonar sus pulmones de golpe.

Conocía a Nate desde que era un chiquillo, conocía su orgullo, su temperamento volcánico y sus demonios.

Pero también sabía lo que Gia significaba para él.

Había visto cómo la oscuridad de Nate se había disipado desde que ella había llegado, cómo la casa había vuelto a llenarse de risas.

—¿Te ha despedido? —preguntó Martha, con los ojos muy abiertos, sintiendo cómo la incredulidad daba paso a la rabia.

—Sí —asintió Gia, dejando el jersey en la maleta y caminando hacia la estantería para empezar a meter sus libros en una de las cajas—. Me ha despedido como veterinaria del rancho. Tengo que dejar las llaves y los historiales de los caballos en su despacho antes de irme.

—¡Ese idiota, cabezota y ciego! —estalló Martha, alzando las manos al cielo, con el rostro enrojecido por la furia—. ¡Ha perdido el juicio! ¡Completamente! ¿Cómo se atreve a hacerte esto? ¡Después de todo lo que has hecho por este lugar, por esos animales... por él!

Martha empezó a caminar de un lado a otro de la habitación, incapaz de contener su indignación.

—Voy a bajar ahora mismo y le voy a arrancar la cabeza.

Se cree que porque es el dueño puede pisotear a las personas que le quieren.

¡Es un tonto cegado por su propio ego! —Martha se detuvo y miró a Gia.

Sus ojos estaban cargados de rabia—. No tienes que irte, Gia.

Esta también es tu casa —dijo—. Hablaré con él.

Cuando se le pase el enfado, se dará cuenta del error que está cometiendo.

Gia detuvo sus manos sobre una pila de libros de anatomía equina. Suspiró, con un sonido cansado, y miró a Martha, que había sido como una madre desde el primer día que había llegado al rancho. Dejó los libros en la caja y se acercó a ella, tomando sus manos cálidas entre las suyas.

—No, Martha. Por favor, no le digas nada —le pidió Gia con dulzura, intentando transmitirle una calma que no sentía—. No te enfades con él por esto. No servirá de nada.

—¿Que no me enfade? Gia, te está echando a la calle como si fueras una extraña —soltó Martha.

—Lo sé. Y duele... duele más de lo que creía posible —confesó Gia, y durante un segundo, la fortaleza de la que estaba haciendo gala se agrietó, mostrando la devastación en su mirada azul—.

Pero la verdad, Martha... la verdad es que, aunque no me hubiera despedido, aunque no me hubiera echado... yo me habría ido de todos modos.

Martha frunció el ceño, confundida, apretando las manos de Gia.

—¿Qué quieres decir? Tú amas este lugar.

—Y lo seguiré amando siempre. Pero no puedo quedarme.

No bajo estas circunstancias. —Gia soltó lentamente las manos de Martha y caminó hacia la ventana.

Apartó las cortinas y miró hacia los establos, donde a lo lejos se veía la silueta de los mozos trabajando.

Su vista se humedeció al pensar en el semental negro que descansaba en una de aquellas cuadras—. Es por Trueno.

Martha guardó silencio, y comprendió de inmediato lo que Gia quería decir. El conflicto por el caballo de carreras llevaba semanas envenenando el ambiente del rancho.

—No va a retirarlo del Derby, Martha —continuó Gia, apoyando la frente contra el cristal de la ventana—.

Se lo he suplicado... Otra vez. Le he explicado los riesgos.

Si Trueno corre, su corazón no lo soportará.

Podría morir en plena pista. Y a Nate...

a Nate no le importa. —Suspiró—. Le importa más ganar a Sterling, le importa más su venganza contra Victoria y su orgullo, que la vida de ese animal.

Gia se giró para mirar a Martha. Su expresión ya no era solo de tristeza, era de firmeza, de la firmeza de una persona que ha tomado la decisión más difícil de su vida por mantener intactos sus principios y sus valores.

—Soy veterinaria, Martha. Juré proteger a los animales. Y como mujer... Bueno, no puedo estar al lado de un hombre que está dispuesto a sacrificar a un ser inocente solo para alimentar su ego y curar sus viejas heridas. No voy a ser cómplice de esta locura.

Martha la miraba con una mezcla de profunda tristeza y al mismo tiempo de respeto. Exhaló, sintiendo que el peso de los años le caía de golpe sobre los hombros.

—Ese hombre siempre ha sido su peor enemigo —murmuró, negando con la cabeza—. El odio que le tiene a Victoria y a Sterling lo está devorando por dentro. Y ahora... ahora está alejando a la única persona que había logrado traer un poco de luz a esta casa. Y a su vida.

—Él ha tomado su decisión —dijo Gia, caminando de vuelta a la cama para cerrar la maleta.

El sonido de la cremallera fue definitivo, como el cierre del capítulo final de un libro—.

Y yo he tomado la mía. No me iba a quedar a presenciarlo, Martha.

No podría sentarme en las gradas de ese hipódromo y ver cómo Trueno se desploma, sabiendo que yo no hice lo suficiente para detenerlo.

Si me quedara, me odiaría a mí misma. Y terminaría odiándole a él.

Martha se acercó a la cama. Ya no había rabia en su rostro, solo resignación. Sabía que Gia tenía razón. Sabía que, cuando el orgullo de Nate se interponía, no había fuerza en la tierra capaz de moverlo, y que Gia era demasiado íntegra para doblegarse ante algo que consideraba una atrocidad.

—Te voy a echar mucho de menos, cariño —dijo, con la voz entrecortada por la emoción.

Gia no pudo resistirlo más. Lanzó un suspiro y se fundió en un abrazo con Martha.

Ella la rodeó con fuerza, acariciándole el pelo mientras Gia escondía el rostro en su hombro, permitiéndose llorar de verdad por primera vez desde que había salido de la cocina.

Lloró por el rancho que dejaba atrás, por el caballo al que no había podido salvar, y por el hombre que amaba, y que prefería destruirse a sí mismo antes que dejarse curar.

—Yo también te echaré de menos, Martha —sollozó Gia contra su hombro—. Cuida de él, ¿vale? Cuando todo esto estalle... cuando se dé cuenta de lo que ha hecho, va a necesitar a alguien.

—Es un idiota —repitió Martha, besando la frente de Gia, con las lágrimas resbalando por sus propias mejillas—. Un completo idiota. Y se va a arrepentir de esto todos los días de su vida.

Se quedaron abrazadas en mitad de la habitación a medio desmantelar, rodeadas de cajas de cartón y recuerdos.