El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

Nate se quedó petrificado. El movimiento frenético de su cuerpo se congeló por completo, como si le hubieran inyectado plomo en las venas.

Parpadeó una, dos veces, procesando las palabras.

La confusión nubló su furia durante una fracción de segundo, frunciendo el ceño como si Gia le hubiera hablado en un idioma extranjero, que no entendiera.

—¿Qué... qué has dicho? —murmuró, y su voz sonó extrañamente ronca, vulnerable.

—Que he sido yo —repitió Gia, sosteniéndole la mirada, sintiendo cómo el corazón le golpeaba la garganta. Dios, iba a terminar vomitándolo por la boca—. Yo envié los informes a The Equestrian Tribune . Yo filtré los análisis de Trueno —repitió.

El impacto de la confesión sacudió a Nate como si hubiera recibido un golpe de verdad.

Dio un paso atrás, igual que si Gia le hubiera asestado un puñetazo en el estómago.

Y entonces, la confusión desapareció, barrida por una ola de ira tan monumental, tan oscura y devastadora, que el aire de la cocina pareció volverse irrespirable.

Su rostro pasó de la palidez al rojo escarlata.

—¡¿Tú?! —bramó, apuntándola con el dedo índice en un gesto acusador—. ¡¿Tú me has hecho esto?!

—Nate, por favor, escúchala... —intervino Martha, dando un paso al frente, interponiéndose a medias entre ambos con las manos alzadas en un gesto apaciguador—. Estaba desesperada, lo ha hecho por...

Nate giró la cabeza hacia ella con la ferocidad de un lobo acorralado.

—¡Cállate, Martha! —le gritó, señalando la puerta del pasillo con el dedo—. ¡Sal de la cocina ahora mismo!

—No me voy a ir y dejar que la trates así —replicó Martha, sacando a relucir una valentía maternal, aferrándose al borde de la encimera—. Estás fuera de sí.

—¡He dicho que te largues! —rugió Nate, golpeando la mesa con la palma de la mano. El estruendo hizo saltar la taza de café de Gia, derramando el líquido oscuro sobre la superficie—. ¡Este es mi rancho, esta es mi casa, y te estoy ordenando que salgas de aquí inmediatamente! ¡Fuera!

Martha miró a Gia, con los ojos llenos de lágrimas.

Gia le dedicó un levísimo asentimiento, una súplica muda para que no empeorara las cosas.

Con los labios apretados y el rostro pálido, Martha se quitó el delantal, lo tiró sobre una silla y salió de la cocina, cerrando la puerta tras de sí, dejándolos completamente solos en el ojo del huracán.

Nate se volvió hacia Gia. La miró de arriba abajo, como si estuviera viendo a una completa desconocida, a un monstruo que se había colado en su casa.

—Mi propia pareja... —susurró Nate, con una risa amarga escapando de los labios—. La mujer que quiero. La mujer con la que comparto mi cama, mi vida. Me has apuñalado por la espalda frente a todo el puto estado. Has intentado sabotear el momento por el que he luchado los últimos años.

—¡Lo he hecho para salvar a Trueno! —estalló Gia, incapaz de contenerse más, acortando la distancia entre ellos—.

¡Lo he hecho para salvarle la vida, y para salvarte a ti de ti mismo!

¡Estás ciego, Nate! ¡El veneno de la dedalera ha dañado su corazón, y todavía no se ha recuperado!

¡Si lo obligas a correr el Derby, lo vas a matar!

—¡Tú eso no lo sabes! ¡No adelantes acontecimientos!

¡Es el caballo más fuerte que he visto en mi vida!

—le gritó Nate, escupiendo las palabras con desprecio—.

¡Tenía un plan! ¡Iba a ganar! ¡Iba a destruir a Sterling!

¡Iba a demostrarles a todos quién soy! Y tú...

tú me has traicionado —dijo con la voz llena de decepción—.

Los patrocinadores me han dejado tirado como a un perro.

Las apuestas se han hundido. Voy a correr el Derby con un caballo perdedor.

Gia sintió que las lágrimas volvían a agolparse en sus ojos, pero esa vez eran de frustración e indignación.

—Creí que eras diferente. Creí que para ti los caballos eran lo primero —le espetó, con la voz cargada de una decepción tan profunda que le rasgó la garganta—.

Pensé que amabas a ese animal, pero solo lo ves como una herramienta para tu puta venganza.

No te importa si su corazón revienta en la última curva, ¿verdad?

Solo te importa ganar a Richard Sterling.

Te has convertido en el mismo tipo de monstruo que él. Y que Drummond.

—¡No te atrevas a compararme con ellos! —rugió Nate, agarrando los bordes de la mesa.

Se inclinó, acercando su rostro al de Gia hasta que ella pudo sentir su aliento cálido y agitado—.

¡Yo construí este lugar de la nada! ¡Yo crie a ese caballo!

¡Es mío! Y tú creíste que filtrando unos papeles a la prensa ibas a detenerme.

Creíste que, al asustar a los patrocinadores y hundir las apuestas, me obligarías a retirarlo porque no podría soportar la presión o el coste.

Nate se enderezó. Una sonrisa fría, cruel y carente de cualquier rastro de amor o humanidad se dibujó en sus labios. Fue una expresión que le heló la sangre a Gia.

—Pues te has equivocado, Gia —dijo Nate, bajando el tono de voz a un susurro letal y cortante como una cuchilla—.

Te has equivocado de medio a medio. No necesito a EquiLife .

No necesito a SilverSaddle . Y me importan una mierda las apuestas de Las Vegas.

Soy millonario. Puedo pagar el coste de la inscripción, el transporte, los seguros y el patrocinio de mi propio bolsillo sin ni siquiera pestañear.

Así que enhorabuena por tu pequeña cruzada moral.

Has destruido nuestra relación para nada.

¿Qué?

Gia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

El aire abandonó sus pulmones de golpe. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido, ninguna palabra.

Todo el dolor, la culpa de haber traicionado al hombre que amaba, las lágrimas derramadas, el miedo a perderlo...

todo había sido en vano. No había valido para nada.

Su sacrificio no había servido absolutamente para nada.

—Trueno seguirá inscrito —sentenció Nate, dándole la espalda con desprecio—. Y correrá el Derby. Te guste o no.

Gia lo miró desde atrás, viendo la tensión en sus hombros anchos, reconociendo la terquedad inamovible del hombre que estaba dispuesto a quemar el mundo entero, y a sí mismo, por ego y por una venganza estúpida.

—Si le pasa algo en esa pista, Nate... la sangre no estará en las manos de Sterling, estará en las tuyas —aseveró Gia. Sus palabras quedaron suspendidas en el aire de la cocina, pesadas, definitivas y cargadas de una profecía lúgubre.

Nate, que ya tenía la mano aferrada al pomo de la puerta, se paró.

La tensión en su espalda era tan evidente que parecía que los músculos fuesen a rasgar la tela de la camisa.

Aquella última frase había sido como un latigazo directo a su orgullo, una bofetada que destrozaba cualquier mínimo puente que pudiera quedar en pie entre los dos.

Lentamente, soltó el pomo. Se giró hacia ella, y lo que Gia vio en su rostro la estremeció.

Ya no había furia descontrolada, ni gritos, ni el rojo intenso de la ira.

Ahora solo quedaba una frialdad absoluta, un témpano de hielo impenetrable.

Sus ojos la miraron con una indiferencia tan cruel que Gia sintió una punzada en el pecho, como si le hubieran clavado una aguja en el centro mismo del corazón.

En ese instante, supo que el hombre del que se había enamorado, el que le susurraba al oído mientras veían el atardecer sobre las colinas, había sido devorado por completo por la sed de venganza.

—Estás despedida —dijo Nate. Su voz sonó tajante, plana, carente de cualquier atisbo de emoción, subrayando la distancia insalvable que se acababa de abrir en aquel mismo instante.

Gia parpadeó, sintiendo cómo el suelo parecía inclinarse bajo sus pies.

—Nate... —susurró, casi por inercia, aunque sabía que no había vuelta atrás.

—Quiero que recojas tus cosas hoy mismo —continuó él, ignorando su interrupción—. Deja las llaves del dispensario y los historiales de los caballos sobre mi escritorio. Y luego, quiero que vayas a tu habitación, hagas tus maletas y te largues de mi rancho.

Nate dio un paso hacia ella, pero no para acercarse, sino para imponer su presencia, para dejar claro que aquella era una orden irrevocable.

—No quiero volver a verte por aquí, Gia. Nunca más. Lo nuestro se ha acabado. Has destruido mi confianza, has intentado hundir mi legado y me has traicionado de la peor manera posible. Para mí, a partir de este momento, no existes.

—Tampoco existía antes —dijo ella, dando un paso hacia él, desafiando su imponente figura.

La rabia le dio el valor para escupir la verdad que llevaba envenenándola tantos días—.

Pero claro, tú no puedes verlo. Porque en el fondo, esto ni siquiera se trata de Trueno, ni de Sterling, ni de ti. Se trata de Victoria.

Nate se quedó paralizado durante unos instantes. Los músculos de su mandíbula se tensaron hasta el punto de que Gia creyó escuchar rechinar sus dientes.

—No metas a Victoria en esto —advirtió él.

—¡Por supuesto que la meto! —Gia alzó la voz, dejando que las lágrimas de rabia finalmente se derramaran por sus mejillas, calientes y amargas—.

¡Nunca la has superado, Nate! Nunca has superado lo que te hizo, ni cómo te humilló.

Llevas esa herida abierta sin dejar de supurar odio, y estás usando a ese pobre caballo para intentar demostrarle a ella y al mundo que no eres un perdedor.

Gia se acarició los brazos con las manos, sintiendo de repente un frío glacial en los huesos. El frío de una revelación devastadora. Su voz se rompió, perdiendo la fuerza de los gritos para convertirse en un susurro cargado de desaliento.

—Y yo... yo solo he sido un pasatiempo para ti, ¿verdad?

Una distracción conveniente. Útil. He sido el clavo que saca a otro clavo.

Alguien que te calentaba la cama y de paso te cuidaba a los caballos para que no tuvieras que enfrentarte al vacío que ella dejó.

Nunca me has querido realmente, Nate. Solo me has usado para fingir que habías pasado página.

Las palabras de Gia golpearon a Nate con la fuerza de un mazo. En su cabeza, una voz desesperada gritó que se equivocaba.

«No es cierto —pensó él, sintiendo un latigazo de dolor agudo en el pecho que rivalizaba con la furia de la traición—. Victoria es un fantasma. Tú eras mi presente. Tú eras la mujer con la que quería construir mi futuro.»

Quería agarrarla por los hombros, sacudirla y gritarle que ella había sido lo único real y puro en su vida en los últimos años.

Pero entonces recordó los análisis que había filtrado a la prensa.

Recordó las llamadas canceladas de los patrocinadores, la puñalada por la espalda de la mujer que tenía enfrente.

Su orgullo, herido de muerte, se alzó como un muro de piedra impenetrable.

Si ella había sido capaz de traicionarle así, no merecía conocer la verdad de sus sentimientos.

No le daría la satisfacción de saber cuánto le importaba.

Así que Nate no dijo nada.

Mantuvo los labios apretados en una línea fina y dura. Sus ojos sostuvieron la mirada destrozada de Gia sin parpadear, sin mostrar una sola pizca de vulnerabilidad, dejando que el silencio se alargara de forma agónica.

Gia buscó desesperadamente en su rostro una negación, un destello de amor, cualquier señal que le dijera que se equivocaba.

Pero solo encontró un muro de hielo. Ese silencio fue la confirmación que ella temía.

Cerró los ojos un instante, asimilando el golpe de gracia que Nate le acababa de asestar a su corazón.

El silencio se volvió insoportable. Solo se escuchaba el leve goteo del café derramado cayendo desde la mesa hasta el suelo de baldosas.

Gia sintió que el corazón se le partía en mil pedazos, una fractura real y dolorosa que le cortaba la respiración. El rechazo, el despido, salir de la vida del hombre del que se había enamorado, cayó sobre sus hombros como una losa de plomo.

Sin embargo, en medio de aquella devastación absoluta, una chispa de dignidad se encendió en su interior. Se obligó a tragar el nudo de lágrimas y espinas que le bloqueaba la garganta. Levantó la barbilla, negándose a encogerse ante su crueldad. Si ese era el final, no se iría arrastrándose.

—No te preocupes, Nate. No tendrás que echarme a empujones —respondió, y aunque su voz temblaba ligeramente por el esfuerzo de contener el llanto, sus azulísimos ojos mostraron una determinación inquebrantable—. Porque, aunque no me hubieras despedido... yo misma habría hecho las maletas.

Nate frunció el ceño, como si sus palabras fueran un último insulto que no esperaba.

—Me voy de este rancho porque no pienso ser cómplice de tu locura —continuó Gia, dando un paso al frente, acortando la distancia para que él pudiera ver la absoluta sinceridad en su rostro—.

No voy a quedarme aquí a ver cómo destruyes a un animal inocente por tu maldito ego.

No voy a formar parte de este circo en el que has convertido tu vida.

Amaba este lugar, y te amaba a ti... pero el hombre que tengo delante no es el Nate que yo conocí.

Es solo una sombra amargada y dispuesta a sacrificarlo todo, incluso a los que le quieren, por ganar una estúpida guerra.

Gia tomó una bocanada de aire, sintiendo que con cada palabra que pronunciaba, los lazos que los unían se rompían definitivamente, liberándola, pero dejándola a la deriva.

—Dejaré las llaves y los historiales donde me has pedido. Y me iré —aseveró—. Puedes estar tranquilo, no volverás a saber nada de mí.

Nate apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro temblaron.

Sus ojos centellearon con una mezcla de rabia y un dolor que se negaba a reconocer.

No dijo nada más, porque no había nada más que decir.

La miró por última vez, una mirada cargada de resentimiento y despedida, se dio la vuelta, agarró el pomo de la puerta y salió, dejando a Gia sola en la cocina, rodeada de los escombros de lo que alguna vez había sido su vida juntos.

El portazo que dio al salir hizo temblar los cristales de las ventanas.

Gia permaneció un rato en el centro de la cocina, mientras el eco del portazo se desvanecía lentamente, dejando a su paso un silencio de tumba.

Fue en ese momento cuando las fuerzas la abandonaron.

Las rodillas le fallaron y tuvo que apoyarse en la mesa manchada de café para no caer al suelo.

Se cubrió el rostro con ambas manos y dejó que el llanto, amargo, desgarrador y sin consuelo, la consumiera por completo.

Lloró por el caballo que no había podido salvar y por el amor que acababa de morir entre las paredes de aquel rancho.