CAPÍTULO 43
Gia entró en la cocina arrastrando los pies, pálida como un fantasma, con las ojeras marcadas bajo los ojos azules. Se dejó caer en una de las sillas de la mesa, abrazándose a sí misma por las rodillas como si de repente hiciera un frío insoportable.
Frente a los fogones, Martha se giró al escucharla. Llevaba un delantal de cuadros sobre el vestido de algodón y sostenía una cafetera humeante. Al ver el rostro desencajado de Gia, su ceño se frunció con preocupación.
—Cariño, no te lo tomes a mal, pero tienes una cara que asusta —murmuró, dejando la cafetera sobre la encimera y acercándose a ella con un trapo de cocina en las manos—.
¿Has visto el infierno que se ha desatado ahí fuera?
Nate está dando voces por los establos, los teléfonos no paran...
Dicen que alguien ha filtrado a la prensa no sé qué cosas sobre el corazón de Trueno.
Gia levantó la mirada. Sus ojos azules estaban anegados en lágrimas, unas lágrimas que amenazaban con desbordarse de un momento a otro, con tan solo un pequeño suspiro.
Trató de hablar, pero la voz se le atascó en la garganta.
Tragó saliva con esfuerzo, sintiendo el sabor salado de su propia angustia.
—He sido yo, Martha —confesó, con un hilo de voz tan frágil que pareció romperse en el aire.
Martha se detuvo de golpe. El trapo de cocina resbaló unos centímetros entre sus dedos. Se quedó mirando a Gia durante unos segundos interminables, procesando la magnitud de aquellas tres palabras, «he sido yo».
—¿Qué estás diciendo, cariño? —preguntó, bajando la voz instintivamente y mirando hacia la puerta trasera de la cocina, como temiendo que Nate apareciera en cualquier momento.
—Que he sido yo —repitió Gia, aquella vez con un poco más de fuerza, aunque las lágrimas ya surcaban sus mejillas—. Yo le he enviado los informes médicos de Trueno a un periodista de The Equestrian Tribune . Yo he provocado todo este caos.
Martha se acercó lentamente, sacó una silla y se sentó frente a Gia. Tomó sus manos heladas y temblorosas entre las suyas, cálidas y ásperas por los años de trabajo.
—Gia... ¿por qué? —preguntó, sin un ápice de juicio, solo con una profunda incomprensión.
—Estaba desesperada, Martha. Nate no me ha dejado otra salida —sollozó Gia, apretando las manos de Martha como si fueran un salvavidas—.
Tú sabes cómo está Nate. Está cegado por el odio, por las ganas de destruir a Sterling.
Sabe lo que han arrojado los análisis, le he suplicado que retirara a Trueno del Derby.
Su corazón está todavía dañado por el veneno.
Si corre, va a morir en la pista. No puedo permitirlo.
Como veterinaria, juré proteger a los animales...
No podía quedarme de brazos cruzados viendo cómo manda a su mejor caballo al matadero por puro orgullo.
Gia tomó una bocanada de aire temblorosa, intentando calmar el temblor de su barbilla.
—Pensé... pensé que si la noticia se hacía pública, que si los patrocinadores huían y las apuestas caían en picado, la presión sería demasiada. Lo he hecho para salvarle la vida a Trueno. Es la única manera de detener esta locura.
Martha lanzó un profundo suspiro al aire. Sus ojos, rodeados de arrugas de expresión, reflejaban una compasión infinita. Apretó las manos de Gia con ternura.
—Ay, mi niña valiente... —murmuró, acariciándole los nudillos—.
Te entiendo, claro que te entiendo. Y te apoyo.
Ese caballo tiene un alma noble y no merece morir por la cabezonería de un hombre herido.
Has hecho lo correcto por ese animal. Pero...
—Martha hizo una pausa, y su tono se volvió grave, casi lúgubre—, escúchame bien, Gia.
Cuando Nate se entere de que has sido tú quien ha apretado el gatillo...
van a temblar las paredes del rancho. Conoces su carácter.
Conoces sus demonios. Él no va a ver que intentabas salvar a Trueno, va a ver que la mujer con la que está saliendo lo ha apuñalado por la espalda frente a todo el mundo.
Gia cerró los ojos y dejó caer la cabeza, asintiendo lentamente. La imagen de Nate, destrozado y furioso, la golpeó con la fuerza de un puñetazo en el estómago.
—Lo sé —respondió, abriendo los ojos, y mostrando un brillo de determinación mezclado con un dolor insoportable—. Y estoy dispuesta a enfrentar las consecuencias. Asumiré toda su furia, sus gritos, su desprecio. Si me quiere echar de aquí, que lo haga.
Gia se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, pero nuevas gotas ocuparon su lugar de inmediato.
—Pero no me arrepiento, Martha —confesó, con la voz rota por un sollozo ahogado—.
Dios sabe que no me arrepiento de haberle hecho esto.
No me arrepiento de haber tenido que actuar a sus espaldas, de ser yo la causante de que los patrocinadores se retiren y de que las apuestas hayan caído.
Lo amo tanto que me destroza por dentro saber el dolor que le estoy causando en este mismo instante.
Me odio por haber roto su confianza... pero si el precio por salvar la vida de Trueno es que Nate me odie para siempre, lo pagaré.
Martha se levantó en silencio y estrechó a Gia contra su cuerpo en un abrazo reconfortante. Ella hundió el rostro en el delantal de la mujer, llorando, mientras fuera, el eco de los gritos de Nate seguía resonando en el patio, anunciando la tormenta que estaba a punto de arrasar con todo.
El eco de las botas de Nate golpeando con furia las tablas de madera del porche trasero resonó como el redoble de un tambor de guerra.
Dentro de la cocina, el ambiente cálido y protector que Martha había intentado tejer a base de café y consuelo se hizo añicos en un instante. Gia, que había logrado calmar sus sollozos y en aquel momento sostenía una taza entre las manos buscando un calor que no lograba sentir, levantó la vista.
La puerta trasera de la cocina se abrió.
Nate irrumpió en la estancia como un huracán fuera de control.
Su rostro estaba completamente desencajado, mostrando una furia que Gia nunca había visto antes en él.
Tenía el pecho agitado, subiendo y bajando con respiraciones cortas y pesadas, y una vena le latía en la frente.
Sus ojos, normalmente de un marrón cálido en el que Gia adoraba perderse, eran dos pozos oscuros y gélidos.
Sostenía su teléfono móvil con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
—¡Alguien de dentro! —rugió Nate, sin dirigirse a nadie en particular, paseando la mirada por la cocina—.
¡Alguien de mi propio rancho me ha vendido!
¡Han filtrado los putos análisis a la prensa!
¡Todos los patrocinadores se están retirando!
¡Han dejado de apostar por Trueno! —escupió—.
¡Voy a encontrar al malnacido que ha hecho esto y voy a acabar con él!
Martha dio un paso atrás, encogiéndose junto a los fogones, pero Gia no se movió.
Dejó la taza de café sobre la mesa con una lentitud deliberada.
El leve tintineo de la porcelana contra el platillo pareció resonar como un trueno, aunque era un sonido pequeño.
Sabía que aquel momento llegaría. Y que lo haría pronto.
Ella no era una cobarde. Ella no se iba a esconder.
Se puso en pie, alisándose los vaqueros con las manos sudorosas, irguiendo la espalda para enfrentarse al hombre del que se había enamorado.
—No busques más, Nate —dijo. Su voz no tembló, aunque por dentro sentía que sus órganos se retorcían—. He sido yo. Yo he filtrado los análisis de Trueno.