El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

El reloj de la mesilla de la habitación de Gia marcaba las dos de la madrugada, y cada tic tac resonaba en el silencio que reinaba en el interior como el goteo de un grifo mal cerrado.

Gia estaba sentada frente al escritorio, iluminado únicamente por el resplandor azulado de la pantalla de su portátil.

Frente a ella, esparcidos sobre la mesa, se encontraban los historiales médicos de Trueno.

Las gráficas de los electrocardiogramas, los análisis de sangre con los marcadores de estrés cardíaco subrayados en amarillo fluorescente, y el informe toxicológico de semanas atrás.

Los papeles que demostraban el envenenamiento severo que había sufrido.

Todos sabían quién había sido el responsable, el rastro de Barron Drummond era innegable, pero eso ahora no importaba.

Lo que importaba era el daño que le había causado.

El corazón de Trueno latía, sí, pero las secuelas de la dedalera habían dejado el músculo cardíaco vulnerable, al borde del colapso bajo un esfuerzo extremo.

Gia se frotó los ojos con los dedos, enrojecidos por el cansancio y las lágrimas que se negaba a derramar. Se encontraba en la encrucijada más dolorosa de su vida, atrapada entre dos juramentos que eran sagrados y que ahora estaban uno frente a otro.

Como veterinaria, había jurado proteger la vida animal por encima de todo.

Su deber era ser la voz de los que no podían hablar, el escudo de criaturas nobles como Trueno, que correría hasta reventarse el corazón simplemente porque su amo se lo pedía.

Pero como mujer... como mujer quería a Nate.

Amaba la dureza de sus manos, el tesón con el que había reconstruido el rancho, la vulnerabilidad que él solo le mostraba a ella en la oscuridad, las noches de pasión.

Destruir el sueño de Nate de ganar el Derby, de aplastar a Sterling y hacer comprender a Victoria que se había equivocado al abandonarlo, equivalía a clavarle un puñal por la espalda.

Sabía que él lo vería como una traición.

Si hacía lo que estaba pensando hacer, lo perdería para siempre. Gia era consciente de ello.

—Perdóname, Nate —susurró a la habitación vacía, y una lágrima solitaria trazó un surco caliente por su mejilla hasta caer sobre el informe toxicológico, emborronando la tinta de la palabra «arritmia».

Pero la imagen de Trueno desplomándose en la pista de arena, con los pulmones encharcados y el corazón reventado frente a miles de espectadores, se proyectó en su mente con una claridad aterradora.

Si Nate estaba demasiado ciego por el odio y el orgullo para proteger a su propio caballo, ella tendría que ser la villana de la historia para salvarlos a ambos. A Trueno de la muerte, y a Nate de la culpa que lo destruiría si mataba a su mejor amigo por una venganza.

Con las manos temblando de tal manera que apenas podía controlar el ratón, Gia abrió su correo electrónico personal.

Buscó en su lista de contactos hasta encontrar el nombre de Tomás Navarro.

Tomás había estudiado veterinaria con ella años atrás, pero había abandonado la carrera para dedicarse al periodismo de investigación en The Equestrian Tribune , la revista hípica más leída y respetada del país.

Era un sabueso implacable, pero tenía ética.

Gia adjuntó los archivos PDF. Se aseguró de censurar cualquier mención a Drummond o a las sospechas de sabotaje. No quería una investigación policial sobre el rancho, solo quería detener la carrera. Escribió un mensaje breve, directo y devastador:

«Tomás. Te envío los informes médicos reales y actualizados de Trueno.

Sufrió una intoxicación severa por dedalera hace unas semanas.

Su corazón presenta secuelas graves a día de hoy.

Si corre el Derby, hay un 90% de probabilidades de que sufra un fallo cardíaco.

El propietario se niega a retirarlo. Haz lo que tengas que hacer. Por favor, protege mi identidad.»

El cursor del ratón vagó sobre el botón de «Enviar» durante lo que pareció una eternidad. El corazón le martilleaba en el pecho, golpeando contra sus costillas como un pájaro atrapado. Cerró los ojos, tomó una profunda bocanada de aire, y pulsó el botón.

El suave sonido del correo saliendo de su bandeja sonó como el chasquido de una guillotina.

Ya estaba hecho.

No había vuelta atrás.

Gia apoyó la frente contra la madera fría del escritorio y, finalmente, se echó a llorar, sollozando hasta quedarse sin aliento.

Cuarenta y ocho horas después, el caos ya estaba desatado.

Fue la mañana de martes, a solo unos días del Derby. El sol apenas despuntaba sobre las colinas que rodeaban el establo, bañando las cuadras en una luz dorada y engañosamente tranquila.

La noticia no se filtró lentamente, estalló como una bomba en el centro exacto de los círculos ecuestres. A las seis de la mañana, The Equestrian Tribune publicó un artículo exclusivo en su portada digital, acompañado de capturas de pantalla de los informes de laboratorio. El titular decía así:

«¿EL CAMPEÓN CON EL CORAZÓN ROTO? INFORMES MÉDICOS FILTRADOS REVELAN QUE TRUENO SUFRE POBLEMAS CARIDACOS Y NO DEBE CORRER EL DERBY»

En cuestión de minutos, la noticia fue replicada por portales deportivos, blogs de apuestas y cadenas de televisión nacionales. El caos mediático fue instantáneo y estrepitoso.

En el rancho, la tranquilidad matutina fue aniquilada por una sinfonía frenética de llamadas, notificaciones de mensajes y exclamaciones.

Los mozos de cuadra, que habitualmente trabajaban en silencio, se arremolinaban en pequeños grupos, mirando las pantallas de sus teléfonos con los ojos muy abiertos, murmurando entre ellos y lanzando miradas nerviosas hacia la cuadra de Trueno.

En las pizarras de apuestas de Las Vegas y en las aplicaciones móviles, el pánico se tradujo en cifras.

Trueno, que había sido el gran favorito con unas apuestas de 2 a 1, vio cómo sus números caían en picado, desplomándose en caída libre.

En menos de una hora, pasó a 15 a 1, luego a 30 a 1.

Los apostadores retiraban su dinero en masa, convencidos de que el caballo ni siquiera llegaría a salir del cajón de salida, o peor aún, que no llegaría a la línea de meta.

Nate entró en las cuadras a las seis y cuarenta y cinco de la mañana, sosteniendo una taza de café, con la mente puesta en los ejercicios de entrenamiento para la jornada. Llevaba la misma actitud defensiva y arrogante de los últimos días, su armadura contra el mundo.

Sin embargo, al poner un pie en el pasillo, sintió que la atmósfera estaba cargada de algo extraño. Vio a dos mozos de cuadra apartar la mirada rápidamente y fingir que limpiaban unos arreos.

—¿Qué demonios pasa, Tommy? —preguntó.

—Las apuestas a favor de Trueno han bajado —dijo el chico.

Nate se detuvo en seco. La taza se tambaleó en su mano.

—¿Cómo que las apuestas han bajado? ¿De qué diablos estás hablando?

Tommy le tendió su teléfono móvil. La pantalla brillaba con el artículo de The Equestrian Tribune .

Nate bajó la mirada. Sus ojos de color café leyeron el titular.

Luego, se deslizaron hacia las imágenes adjuntas.

Reconoció al instante el formato de los análisis de sangre.

Reconoció los niveles de troponina marcados.

Eran los análisis reales. Los que él mismo había visto en el ordenador de Gia y había decidido ignorar.

El mundo pareció detenerse.

El sonido de los caballos relinchando, los teléfonos sonando y la respiración agitada de Tommy se convirtieron en un zumbido sordo y lejano en los oídos de Nate. Sintió como si el suelo del establo hubiera desaparecido bajo sus botas, dejándolo caer en un profundo abismo.

Su mente, obsesionada y enfocada como un láser en destruir a Richard Sterling, simplemente no podía procesar la información. ¿Cómo habían llegado esos documentos a la prensa? Nadie tenía acceso a ellos.

El estómago de Nate dio un vuelco violento, una mezcla de náuseas y vértigo. La sangre le subió a la cabeza, latiendo con fuerza en las sienes. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que los dientes le rechinaron.

Leyó el artículo entero. No solo iban a caer las apuestas, iba a quedarse sin patrocinadores. Nadie arriesgaría su dinero por Trueno.

Nate levantó la vista del móvil. Su rostro era una máscara de total confusión que rápidamente se estaba retorciendo en una furia ciega, primaria y devastadora. Miró a su alrededor, a los rostros asustados de sus empleados.

—¿Quién...? —La palabra salió de sus labios con un jadeo entrecortado. Cerró los puños, apretando el móvil de Tommy—. ¡¿Quién demonios ha hecho esto?!

La exclamación de Nate rebotó en las paredes del establo, tan fuerte que Trueno, desde su cuadra, soltó un relincho nervioso y pateó el suelo.

Los mozos de cuadra se limitaron a encogerse de hombros.