CAPÍTULO 41 #2
—No te atrevas —siseó ella, dando un paso al frente, invadiendo su espacio personal. Estaba tan cerca que podía oler el jabón de afeitar y el aroma a cuero que desprendía—. No te atrevas a insultar mi inteligencia tratándome como si fuera una idiota. Lo sé, Nate. Lo sé todo.
Nate se tensó. El cepillo que sostenía en la mano derecha chascó bajo la presión de los dedos.
—¿Qué es lo que crees que sabes? —preguntó. El tono había bajado una octava, adoptando esa frialdad defensiva que usaba como escudo.
—Sé quién es la mujer de la foto. Sé que es tu exprometida —soltó Gia, y la palabra pareció reverberar en las paredes de madera del establo como una maldición.
Vio cómo la respiración de Nate se detenía durante un latido.
Había dado en el blanco, directamente en la herida abierta—.
Y sé quién es Richard Sterling. Sé lo que te hicieron. Martha me lo contó todo.
El rostro de Nate palideció, y luego, una marea roja de indignación y vergüenza le subió por el cuello.
Se sintió repentinamente desnudo, expuesto bajo la luz cruda de la mañana y ante la mirada acusadora de Gia.
Su orgullo, ese monstruo herido que llevaba alimentando durante años, se alzó en armas.
—Martha habla demasiado —gruñó, arrojando el cepillo dentro de un cubo con tanta violencia que el ruido asustó a Trueno y a otros caballos que había alrededor.
—Martha me lo contó porque me vio hecha una mierda —aseveró Gia—. Ella al menos tuvo compasión de mí —añadió.
—Esto es asunto mío, Gia. Pertenece al pasado y no te incumbe.
—¡Me incumbe cuando estás usando a este animal para librar tus batallas personales!
—estalló ella, señalando a Trueno, que los observaba con las orejas inquietas—.
Mírate, Nate. Mírate al espejo. Tu obsesión por correr en el Derby no tiene nada que ver con el prestigio del rancho, ni con el dinero, ni con el legado de tu familia, ni con tu padre, ni con Drummond.
Tiene que ver con ella. Te pusiste ese traje anoche y fuiste a esa gala a exhibirte, a buscar pelea, a demostrarle a la mujer que te rompió el corazón que eres mejor que el hombre por el que te dejó.
—¡Cállate! —rugió Nate. Su voz atronó en el establo, haciendo que varios caballos relincharan nerviosos en las cuadras.
Dio un paso hacia Gia, alzándose en toda su estatura, intimidante, con los puños apretados a los costados—.
No tienes ni la más remota idea de lo que estás hablando.
No sabes lo que pasó, no sabes lo que me costó levantar este lugar de las cenizas.
—Sé lo suficiente para ver que estás ciego —replicó Gia, negándose a retroceder un solo milímetro, aunque por dentro temblaba. Dejó que su enfado diera paso a la desesperación, a la súplica sincera—. Nate, por favor. Te lo ruego. Mírame.
Gia le puso una mano en el pecho. Sintió el corazón de él martilleando desbocado bajo la tela de algodón.
—No uses a Trueno para tu venganza personal —le suplicó, con la voz llena de angustia—.
Es un animal noble, confía en nosotros. Su cuerpo no está listo.
Si lo obligas a correr al límite contra el caballo de Sterling solo para humillarlo en la pista, Trueno se va a romper.
Su corazón no va a aguantar, Nate. Podría morir.
¿De verdad vale la pena sacrificar a tu mejor caballo, sacrificar el alma de este rancho, solo por el fantasma de una mujer que no te merece?
Las palabras de Gia flotaron en el aire, cargadas de una verdad dolorosa.
Durante unos segundos, creyó ver una grieta en la armadura de Nate.
Vio el dolor en sus ojos, la vulnerabilidad de un hombre que había sido humillado públicamente y que todavía sangraba por dentro.
Pero la grieta se cerró tan rápido como había aparecido, sellada por el orgullo y la terquedad.
Nate apartó la mano de Gia de su pecho con un movimiento frío, casi brusco.
—Trueno está bien —afirmó, con una voz tan gélida que le heló la sangre a Gia—. Lo vi correr ayer. Aguantó perfectamente. Está fuerte. Es un campeón y ha nacido para correr esta carrera.
—¡Es adrenalina y medicamentos, maldita sea! ¡Soy la veterinaria, sé lo que digo! —gritó Gia, desesperada ante la negación de Nate.
—¡Y yo soy el dueño! —replicó él, cortando sus palabras como un hacha. La miró desde arriba, con una expresión tan dura y distante que Gia sintió que estaba mirando a un completo desconocido—. Yo tomo las decisiones en este rancho. Trueno va a correr el Derby. Va a correr, y va a ganar.
Nate dio un paso más hacia ella, bajando la voz a un susurro amenazante, cargado de una autoridad implacable.
—Y te prohíbo, Gia, te prohíbo terminantemente que vuelvas a meterte en mis asuntos personales. Haz tu trabajo. Mantenlo en pie hasta la próxima semana. Pero no vuelvas a mencionar a Victoria, ni a Sterling, ni a cuestionar mis motivos. ¿Te ha quedado claro?
El silencio que siguió a sus palabras fue atronador, ruidoso como una tormenta de verano. Solo se escuchaba la respiración agitada de ambos y el sonido de Trueno rascando el suelo con la pezuña.
Gia lo miró a los ojos y, de repente, la rabia desapareció, dejando tras de sí un vacío inmenso y helado.
Fue en ese preciso instante, bajo la luz polvorienta del establo, cuando Gia tuvo una revelación devastadora.
Las palabras no iban a servir de nada. Los informes médicos, los electrocardiogramas, sus lágrimas, sus súplicas... nada de eso importaba.
Nate estaba completamente ciego. La herida de su ego era tan profunda que había devorado su sentido común, su compasión y cualquier atisbo de los sentimientos que ella había creído que empezaban a florecer entre los dos.
Él estaba dispuesto a quemarlo todo; el rancho, el caballo, y a ella misma, con tal de ver arder a Richard Sterling y demostrarle a Victoria que se había equivocado cuando lo abandonó.
Gia dejó caer los brazos a los lados, sintiéndose repentinamente muy cansada, como si fuera una anciana, y terriblemente sola. Asintió lentamente con la cabeza, no en señal de obediencia, sino de rendición ante una realidad innegable.
—Me ha quedado muy claro, jefe —respondió, usando un tono formal y desapasionado que hizo que Nate parpadeara, desconcertado por el repentino cambio—. Me limitaré a hacer mi trabajo.
Sin añadir una palabra más, Gia dio media vuelta y echó a andar por el pasillo hacia la salida.
Mientras se alejaba, con el corazón convertido en cenizas, supo que ya no podía contar con Nate para salvar a Trueno.
Si quería evitar una tragedia en la pista, tendría que hacerlo sola, sin importar las consecuencias.