CAPÍTULO 41
El sol de la mañana se filtraba por las rendijas de las persianas, trazando líneas sobre la cama deshecha.
Pero para Gia, la luz del nuevo día era como una especie de insulto.
Había dormido apenas un par de horas, un sueño intermitente y poblado de pesadillas en las que el sonido de los cascos de Trueno se mezclaba con el eco de copas de cristal chocando en un salón de baile lejano.
Se sentó en el borde del colchón con un gemido sordo.
Le palpitaban las sienes y sentía los ojos como si estuvieran llenos de arena.
Al arrastrar los pies hasta el cuarto de baño, el espejo sobre el lavabo le devolvió una imagen desoladora.
La piel estaba pálida y los ojos, habitualmente vivos y expresivos, estaban hinchados, rodeados de ojeras violáceas y medio rojos.
Eran los ojos de alguien que había llorado hasta quedarse sin lágrimas.
Abrió el grifo y dejó correr el agua hasta que salió helada.
Se formó un cuenco con las manos y se salpicó la cara una, dos, diez veces.
El contraste térmico le cortó la respiración, pero no sirvió de nada.
Se secó las mejillas con una toalla, pero al mirarse de nuevo, el enrojecimiento de los ojos seguía ahí, delatando su vulnerabilidad, su dolor y su noche de insomnio.
Era una marca de debilidad que detestaba, pero no tenía maquillaje suficiente para ocultar un corazón roto.
Con un suspiro de resignación, se vistió con los vaqueros de trabajo y una camiseta blanca, y se recogió el pelo en una coleta tirante. Necesitaba cafeína. Y necesitaba aferrarse a la rutina para no desmoronarse de nuevo.
Mientras avanzaba por el pasillo, el aroma a café recién hecho y a tortitas llegó hasta ella, pero su estómago, cerrado por la angustia, se encogió.
Al acercarse a la cocina, escuchó un murmullo de voces.
Eran Diego y Martha. Hablaban en susurros apresurados, con un tono grave y cargado de preocupación que hizo que Gia se detuviera un instante en el umbral.
—... te digo que es una locura, Martha. Mira la foto. Parecía que iban a llegar a las manos en medio del salón —decía Diego, con su voz ronca revestida de incredulidad.
—Baja la voz, Diego, por el amor de Dios. Si Gia entra y ve esto... —replicó Martha, sonando más cansada que de costumbre.
Gia dio un paso al frente, haciendo sonar la madera del suelo. La conversación se detuvo en seco, como si alguien hubiera cortado un cable.
Al entrar en la amplia cocina, la escena que se encontró fue casi cómica.
Diego, sentado a la mesa de roble, dio un respingo y, con un movimiento brusco y poco natural, dobló el periódico que tenía frente a él y trató de deslizarlo bajo su sombrero.
Martha, de pie junto a los fogones, se giró hacia ella con una sonrisa tensa y artificial, secándose las manos en el delantal con excesivo vigor.
—¡Buenos días, cariño! —exclamó, con una nota aguda en la voz que la delataba—. ¿Te sirvo un café? Acabo de hacerlo.
Gia no respondió al saludo. Sus ojos enrojecidos pasaron de la sonrisa forzada de Martha al rostro culpable de Diego, y finalmente se clavaron en la esquina del periódico que asomaba bajo su sombrero. El ambiente en la cocina era tan espeso que casi se podía cortar.
—¿Qué estabais leyendo? —preguntó. Su voz sonó ronca, rasposa por el llanto de la noche anterior.
—¿Leyendo? Nada, tonterías. Los sucesos de ayer… ¿Sabes que una mujer se cayó de un quinto piso por salir a limpiar los cristales? —mintió Diego, apartando la mirada y rascándose la nuca, visiblemente incómodo.
—No me mintáis, por favor —pidió Gia, dando un paso hacia la mesa. La tristeza que la había paralizado durante la noche estaba empezando a mutar en algo diferente, algo caliente y punzante—. Dame el periódico, Diego.
—Gia, cariño, de verdad, no vale la pena. Es solo la prensa amarilla buscando sangre antes del Derby —intervino Martha, acercándose a ella e intentando ponerle una mano en el brazo, pero Gia se apartó suavemente.
Sin esperar a que Diego se lo diera, Gia acortó la distancia, apartó el sombrero y cogió el periódico. Al desdoblarlo, la primera plana del Louisville Courier le golpeó como una bofetada.
Había una gran fotografía a todo color ocupando el centro de la página.
En ella aparecía Nate. Llevaba el mismo traje impecable con el que le había visto salir la noche anterior, pero su rostro tenía una expresión de furia contenida.
Estaba de pie, con los hombros tensos, encarando a un hombre elegante de pelo encanecido y sonrisa de suficiencia.
Richard Sterling.
Y a un lado, ligeramente desenfocada pero inconfundible con un vestido ajustado rojo, estaba Victoria. La mirada de Nate en la foto no iba dirigida a Richard, sino que se desviaba, cargada de una intensidad abrumadora y dolorosa, hacia ella. Hacia su exprometida.
El titular, en letras mayúsculas y negras, rezaba: «CHISPAS EN LA GALA PRE-DERBY. VIEJAS RIVALIDADES Y ASUNTOS INCONCLUSOS ENTRE LOS FAVORITOS.»
Gia sintió que el aire abandonaba sus pulmones mientras sus ojos devoraban las columnas del texto. El artículo no hablaba de caballos, ni de entrenamientos, ni del prestigio del Derby. Hablaba de la «palpable y visible tirantez» entre Nathaniel Kenwood y el matrimonio Sterling.
El periodista describía con todo lujo de detalles cómo Nate había ignorado a la prensa y a otros propietarios de caballos para dirigirse directamente a la mesa de Richard y Victoria, cómo el intercambio de palabras había sido tan tenso que los comensales cercanos habían enmudecido, y cómo la mirada de Nate hacia Victoria «dejaba claro que las brasas de aquel escandaloso triángulo amoroso del pasado aún amenazaban con incendiar el hipódromo de Churchill Downs».
Cada palabra era un clavo en el pecho de Gia.
Mientras leía, el dolor sordo y humillante que la había hecho llorar desconsoladamente durante toda la noche se evaporó.
Las lágrimas se secaron de golpe. En su lugar, una rabia, pura y cegadora, comenzó a bullir en el interior de sus venas.
Le temblaban las manos, haciendo crujir el papel del periódico.
Él la había dejado atrás. La había humillado, había ignorado sus advertencias médicas sobre Trueno, la había tratado con una frialdad cruel...
¿y todo para qué? Para ir a montar un espectáculo de celos y resentimiento ante toda la alta sociedad de Kentucky.
Para arrastrarse por las migajas del pasado mientras el presente, el rancho, Trueno y ella misma, se desmoronaban.
Joder, estaba harta.
—Gia... —susurró Martha, al ver cómo su mandíbula se tensaba hasta que los nudillos se le pusieron blancos al aferrar el periódico.
—Ya basta —dijo Gia. Su voz no tembló. Era un susurro afilado como una cuchilla—. Ya no puedo más con toda esta mierda. No puedo más.
—Gia, ¿dónde vas? —preguntó Diego, levantándose de la silla, cuando vio que daba media vuelta con el periódico arrugado en las manos.
—A hacer mi trabajo, Diego. Y a decirle a tu jefe un par cosas —replicó ella, sin detenerse.
Salió de la casa como un huracán. La brisa fresca de la mañana le golpeó el rostro, pero no logró enfriar el fuego que le ardía en las venas.
Cruzó el patio de grava a grandes zancadas.
El sonido de las botas resonaba con fuerza, marcando un ritmo militar.
Los mozos de cuadra que se cruzaban en su camino se apartaban rápidamente al ver la expresión enfadada en su rostro, los ojos echando chispas y la mandíbula contraída.
El olor a heno, a cuero y a caballo llenó sus pulmones al entrar en el pasillo central de los establos. La luz de la mañana se colaba en haces diagonales por las ventanas altas, iluminando el polvo suspendido en el aire.
Y allí estaba él.
Nate se encontraba frente a la cuadra de Trueno.
Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta gris de manga corta.
Estaba pasando un cepillo por el pelaje negro del semental, con movimientos largos y metódicos.
Parecía tranquilo, concentrado, como si la noche anterior nunca hubiera existido, como si no hubiera sido el protagonista del mayor escándalo de la prensa de sociedad de Louisville unas horas antes.
Esa aparente calma, esa fachada de normalidad después de haberla destrozado emocionalmente, fue el detonante final.
Gia apretó los dientes, sintiendo que el corazón le latía en la garganta. Estrujó el periódico en la mano hasta convertirlo en un cilindro arrugado y avanzó por el pasillo, dispuesta a desatar la tormenta. Ya no iba a quedarse callada. Por supuesto que no.
El sonido de sus pasos resonaba como latigazos en el establo. Trueno, sensible a la tensión en el ambiente, relinchó suavemente y sacudió la crin, pero Nate ni siquiera se inmutó hasta que Gia estuvo a menos de dos metros de él.
Cuando Nate se giró, con el cepillo aún en la mano, su expresión reflejaba una tranquilidad forzada. Sin embargo, al ver el rostro de Gia, los ojos rojos, la piel pálida, la mandíbula apretada, la máscara pareció resquebrajarse durante una fracción de segundo.
—Gia, ¿qué...? —empezó a decir, pero no pudo terminar la frase.
Gia levantó el brazo y le lanzó el periódico arrugado directamente al pecho. El rollo de papel rebotó contra él y cayó al suelo, a sus pies, desdoblándose lo suficiente para mostrar la fotografía de la gala y el titular sensacionalista.
Nate bajó la mirada hacia la publicación.
Gia observó cómo la nuez de su garganta subía y bajaba al tragar saliva.
Un espasmo casi imperceptible le tensó la mandíbula, y cuando volvió a mirarla, los ojos oscuros se habían convertido en dos pozos insondables.
Se agachó lentamente, recogió el periódico y lo dejó sobre un paquete de heno con un gesto despectivo.
—Es prensa amarilla, Gia. Basura para vender ejemplares antes de la carrera —dijo, con una voz tan plana y controlada que a Gia le dio náuseas.