El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 40 #2
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CAPÍTULO 40 #2

Cuando el coche desapareció por el camino flanqueado de robles, levantando tras de sí una nube de polvo, Gia dejó caer la cortina. Su frente rozó el frío cristal de la ventana, y fue entonces, cuando todo lo que había estado conteniendo estalló.

Las lágrimas se desbordaron por su rostro sin freno. Se apartó de la ventana y sus piernas, de pronto incapaces de sostener su peso, cedieron. Gia se dejó caer al borde de la cama, cubriéndose el rostro con ambas manos, mientras un sollozo desgarrador le sacudía los hombros.

Ya no aguantaba más.

La presión de los últimos días, la preocupación por Trueno y, sobre todo, la fría indiferencia de Nate, la habían roto por completo.

Mientras lloraba desconsoladamente, una imagen se formó en su mente con una claridad cruel. El salón de baile en Louisville, las luces de cristal, el champán... y Victoria. Victoria del brazo de su marido, Richard Sterling.

El corazón de Gia dio un vuelco doloroso al encajar las piezas.

El traje impecable de Nate, su empeño por asistir a esa gala, su negativa a escucharla (fueran las que fueran las razones que le diera), nada de eso era por el Derby.

Nada de eso era por el prestigio del rancho.

Ni siquiera por vengarse de Richard Sterling.

Era por ella. Por Victoria.

Gia se abrazó a sí misma, sintiendo un frío que le calaba hasta los huesos.

Se dio cuenta, con una lucidez devastadora, de que Nate no había superado a Victoria.

La traición de la que Martha le había hablado no era una cicatriz del pasado.

Ni mucho menos, era una herida abierta, supurante, que sangraba cada día.

Nate iba a esa gala para exhibirse, para demostrarle a la mujer que le había roto el corazón que él era mejor, más fuerte, más exitoso.

Iba a librar una guerra contra un fantasma.

Y en medio de esa guerra, ¿qué era ella?, ¿qué papel tenía?

Gia se sintió de repente minúscula, insignificante.

Una mota de polvo en el huracán de las emociones de Nate.

Todo lo que habían compartido; las miradas cómplices, las sonrisas, los besos robados que le habían erizado la piel, las noches de pasión…

, le pareció una farsa. Se sentía como un simple premio de consolación, un pasatiempo conveniente y útil para mantenerlo distraído mientras él se preparaba para la verdadera batalla.

Nate no la veía, solo veía su propio dolor.

Unos suaves golpes en la puerta la sobresaltaron, pero no tuvo fuerzas ni para secarse las lágrimas.

—Gia, cariño..., soy Martha. ¿Puedo pasar?

La puerta se abrió lentamente antes de que Gia pudiera responder.

Martha entró arrastrando consigo el aroma reconfortante de la manzanilla y la miel.

Llevaba una pequeña bandeja con una taza humeante.

Al ver a Gia encogida al borde de la cama, con el rostro empapado y los ojos enrojecidos, el rostro de Martha se arrugó en una expresión de compasión.

Dejó la bandeja sobre la mesita de noche con un tintineo y, sin decir una palabra, se sentó junto a Gia.

La rodeó con sus brazos regordetes y cálidos, atrayéndola hacia su pecho como si fuera una niña pequeña.

Aquel gesto de ternura maternal fue la gota que colmó el vaso, y Gia rompió a llorar de nuevo, aferrándose al cuello de Martha.

—Desahógate, cariño. Sácalo todo —murmuró Martha, acariciándole el pelo con suavidad—. Sé que se ha ido. Lo he visto salir como alma que lleva el diablo.

—No le importo, Martha —logró articular Gia entre hipidos, con la voz rota y ahogada—. No le importo yo, no le importa Trueno... Solo le importa ella, Victoria.

Martha dejó escapar un suspiro pesado. Un sonido cargado de tristeza y frustración.

—Oh, Gia...

—Se ha puesto ese traje y ha ido a esa gala solo para verla.

Para restregarle en la cara que está allí —continuó Gia, separándose un poco para mirar a Martha, con los ojos azules llenos de dolor—.

La herida sigue ahí, Martha. Sigue enamorado de ella, o al menos de la venganza contra ella.

Yo... yo solo soy un pasatiempo. He sido una estúpida al pensar que lo que estaba pasando entre nosotros era verdadero.

Solo soy un clavo intentando sacar a otro clavo.

Martha le secó una lágrima de la mejilla con el pulgar. Su expresión se endureció, no hacia Gia, sino hacia Nate.

—No digas eso. No eres ningún pasatiempo, Gia.

Eres lo mejor que le ha pasado a este rancho, y a ese testarudo, en años —dijo con firmeza, convencida de ello—.

Pero tienes razón en una cosa, está enfermo de orgullo.

El daño que le hicieron Victoria y Richard Sterling lo destrozó por dentro, y en lugar de sanar, lo ha enterrado bajo capas de rabia.

Martha alargó los brazos hacia la mesilla, cogió la taza de té de la bandeja y se la ofreció a Gia, obligándola a sostenerla para que el calor le templara las manos temblorosas.

—Nunca lo había visto así, Gia. Te lo juro —continuó Martha, negando con la cabeza—.

Lo he visto enfadado, lo he visto frustrado, pero esta ceguera...

esta forma de ignorar la salud de su mejor caballo y de pisotear a la mujer que se preocupa por él...

Este no es el Nate que yo conozco. Está tan cegado por el fantasma de esa mujer y por el odio hacia Sterling que va a terminar destruyendo todo lo que realmente vale la pena.

Gia se llevó la taza a los labios y dio un pequeño sorbo de la infusión. El líquido caliente le bajó por la garganta, pero no logró deshacer el nudo que la asfixiaba.

—No sé qué hacer, Martha. Si me quedo, soy cómplice de cómo destruye a Trueno. Y si me voy... —La voz se le quebró de nuevo—… si me voy, me rompo yo.

—No vas a tomar ninguna decisión esta noche —dijo Martha, apretándole el hombro con cariño—.

Esta noche vas a beberte esa infusión, vas a llorar lo que necesites y vas a intentar dormir.

Nate está cometiendo el mayor error de su vida, y me duele en el alma ver cómo te arrastra en su caída.

Estoy totalmente en contra de lo que está haciendo.

Es un idiota, un idiota ciego y asustado.

Pero tú eres fuerte, Gia. Más fuerte que él ahora mismo.

Gia asintió lentamente, apoyando la cabeza en el hombro de Martha.

Mientras el reloj de mesilla de noche marcaba los segundos en el silencio de la habitación, Gia no podía dejar de imaginar a Nate entrando en aquel salón de baile en Louisville, buscando entre la multitud los ojos de la mujer que lo había destruido, ignorando por completo que, al hacerlo, él destruía a la única mujer que podía salvarlo.