El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

El despacho de Nate estaba sumido en esa luz anaranjada del final de la tarde, una iluminación que, en lugar de aportar calidez, parecía subrayar la frialdad que se había instalado entre Gia y él durante los últimos días. El ambiente estaba tan cargado de tensión que casi se podía masticar.

Gia, que había ido a llevarle los informes del día, se encontraba de pie junto a la gran ventana de cristal, con los brazos cruzados sobre el pecho, observando sin ver realmente cómo los mozos de cuadra llevaban a los caballos a las cuadras.

Sentía un nudo permanente en el estómago.

Las palabras de Martha de la noche anterior seguían resonando en su cabeza como un eco.

Cada vez que miraba a Nate, ya no solo veía al propietario testarudo e implacable, veía al hombre humillado, al joven al que le habían arrancado el corazón y el orgullo de cuajo.

Pero esa comprensión no hacía más pequeño su enfado, al contrario, lo hacía más complejo, más doloroso.

A sus espaldas, el rasgueo de la pluma estilográfica de Nate sobre el papel cesó. Gia escuchó el leve suspiro que dejó escapar, seguido del sonido de la tapa de la pluma al cerrarse.

—Mañana saldremos de aquí a las ocho de la tarde —dijo Nate de pronto. Su voz era grave, controlada, pero con ese matiz de autoridad que no admitía réplica.

Gia se giró lentamente. Nate estaba sentado tras su imponente escritorio de caoba. Llevaba una camiseta negra ajustada, dejando a la vista los fuertes brazos. Su rostro, esculpido en líneas duras y angulosas, no mostraba ninguna emoción, pero sus ojos, oscuros y penetrantes, estaban fijos en ella.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Gia, frunciendo el ceño, aunque la intuición ya le advertía de qué se trataba.

—De la gala pre-Derby en Louisville —respondió Nate, como si fuera lo más obvio del mundo.

Se reclinó en el sillón—. Es el evento más importante antes de la carrera.

Todos los propietarios de los caballos que compiten, patrocinadores y promotores relevantes, así como la prensa, estarán allí.

Tengo que ir, y quiero que vengas conmigo.

Gia notó que una ola de indignación le subía por el pecho. Miró la postura relajada de Nate. Esa fachada de control absoluto que ahora sabía que era solo una armadura para ocultar sus inseguridades y su sed de venganza.

—No —dijo. Fue una sola sílaba, pronunciada en un tono bajo, pero que cortó el aire de la habitación como un látigo.

Nate parpadeó, y la máscara de indiferencia se resquebrajó durante un segundo. Inclinó el torso hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa. El músculo de su mandíbula comenzó a tensarse, un tic delator de su irritación.

—¿No? —repitió, arrastrando la palabra—.

Gia, no te lo estoy pidiendo como un favor.

Eres la veterinaria de Trueno. Eres parte del equipo que le prepara para la carrera.

Tu presencia en la gala proyectará confianza.

Demostrara que estamos unidos y que el caballo está en perfectas condiciones.

Además, podrás responder mejor que nadie a las preguntas técnicas que hagan los que estén interesados en apostar por él.

—Pero no lo está, Nate —replicó Gia, dando un paso hacia el escritorio—.

Trueno no está al cien por cien. Ni siquiera creo que esté al cincuenta por ciento.

Lo estás empujando más allá de sus límites físicos.

Y no voy a ponerme un vestido de diseño, coger una copa de champán y sonreír ante toda esa gente de la gala fingiendo que todo es maravilloso.

No voy a ser tu cómplice en este teatro.

El rostro de Nate se endureció. Se levantó de la silla con un movimiento brusco, tan rápido que la madera del asiento gruñó en protesta. Su altura y su corpulencia parecían llenar toda la estancia, pero a Gia le dio igual.

—Te he dicho mil veces que Trueno está bien —gruñó, rodeando el escritorio para acortar la distancia entre los dos—. Conozco a mis caballos, Gia. Sé lo que pueden soportar.

«No, no lo sabes. Solo sabes que tienes que ganar a Richard Sterling. Solo sabes que tienes que restregarle tu éxito a Victoria», se dijo Gía para sus adentros.

Las palabras pugnaban por salir de su garganta.

Sentía el sabor metálico de la verdad en la punta de la lengua.

Quería gritarle que lo sabía todo, que sabía que toda aquella locura no tenía nada que ver con el Derby ni con el deporte, sino con un ego destrozado y un corazón roto desde hacía años.

Quería zarandearlo y decirle que dejara ir el pasado.

Pero se mordió el interior de la mejilla hasta hacerse daño.

No podía decírselo. Si le revelaba que había estado indagando en su pasado, que Martha le había contado su mayor humillación, Nate levantaría un muro impenetrable entre ellos.

La echaría del rancho, y entonces nadie podría proteger a Trueno.

Tenía que tragarse el secreto, aunque le quemara las entrañas.

—Lo que estás haciendo es una negligencia —se limitó a decir, manteniendo la mirada fija en los furiosos ojos de Nate, negándose a retroceder a pesar de que el corazón le latía desbocado en el pecho—.

Quieres exhibir al caballo como si fuera una máquina invencible, y quieres exhibirme a mí para validar tus métodos.

Pues no cuentes conmigo. No voy a formar parte de lo que estás haciendo.

No voy a aplaudir mientras destruyes a un animal noble por tu maldita...

—Gia hizo una pausa, tragando saliva, buscando una palabra que no la delatara del todo—... por tu maldita obsesión por ganar.

Nate se detuvo a apenas un palmo de ella. Gia podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, oler su colonia mezclada con el aroma a cuero y a tensión. La respiración de él era agitada, y sus ojos brillaban con una furia fría y contenida.

—Mi obsesión, como tú la llamas, es lo que paga tu sueldo.

Es lo que mantiene este rancho en pie —siseó Nate, con la voz cargada de un veneno que Gia sabía que no iba dirigido a ella, sino a los fantasmas que lo atormentaban y que no lo dejaban en paz—.

No entiendes nada. No entiendes lo que hay en juego en esta carrera.

No tienes ni idea de lo que significa estar en esa pista y demostrarle al mundo quién eres.

—¡Sé lo que significa cuidar de un ser vivo! —estalló Gia, perdiendo finalmente la compostura. Sus ojos se llenaron de lágrimas de rabia, pero se negó a dejarlas caer—. ¡Y sé que, si sigues así, no habrá caballo que corra ese Derby!

Se quedaron mirándose en un silencio estridente.

El pecho de Gia subía y bajaba con fuerza.

Quería que Nate cediera. Quería ver un atisbo de duda en su mirada.

Una señal de que el hombre al que quería, el hombre que le había enseñado su lugar favorito durante un atardecer, que le había contado lo que había pasado con su padre, con el que había tenido interminables noches de pasión, seguía ahí.

Pero la mirada de Nate se volvió de hielo. Toda la vulnerabilidad, toda la conexión que habían compartido, se cerró tras una puerta blindada. Su orgullo, herido y a la defensiva, tomó el control. Se irguió en toda su estatura, mirándola desde arriba con una frialdad que le heló la sangre a Gia.

—Muy bien —dijo Nate, y su tono fue tan cortante como el filo de un cuchillo—. Si esa es tu decisión, no te voy a obligar a ir. Quédate aquí. Sigue juzgándome desde tu pedestal de superioridad moral.

Se giró, dándole la espalda, y caminó hacia un pequeño mueble bar situado en la esquina del despacho. Se sirvió dos dedos de bourbon en un vaso de cristal. Gia se dio cuenta de que sus movimientos eran rígidos y mecánicos.

—Pero que te quede una cosa muy clara, Gia —añadió Nate, volviendo la cabeza por encima del hombro para mirarla de reojo—. Iré a esa gala. Con o sin ti. Y la próxima semana, Trueno correrá el Derby de Kentucky. No voy a permitir que nadie, ni siquiera tú, se interponga en mi camino.

Gia sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. La distancia entre ellos en ese momento parecía insalvable. Un abismo cavado durante años de resentimiento que ella no podía cruzar sin revelar lo que sabía.

—Entonces ve solo, Nate —dijo, tratando de que la voz le sonara firme, aunque le fue imposible disimular la decepción y la tristeza que sentía—. Ve a tu gala. Pero cuando te mires al espejo esta noche, pregúntate si el precio que vas a pagar por esa victoria realmente vale la pena.

Sin esperar respuesta, se dio media vuelta y salió del despacho. Cerró la puerta tras de sí con un golpe seco, dejando a Nate solo en la penumbra, acompañado únicamente por su vaso de bourbon y los fantasmas de un pasado que amenazaban con echarlo abajo todo.

El crujido de los neumáticos sobre la grava del patio de entrada fue el sonido que rompió el silencio que envolvía la habitación de Gia. Estaba sumida en la penumbra del atardecer cuando sintió que ese sonido le arañaba el pecho.

Se acercó a la ventana con pasos lentos, casi arrastrando los pies, y apartó apenas unos centímetros la cortina blanca, lo justo para poder mirar hacia el porche sin ser vista.

Jim había sacado uno de los coches de alta gama del garaje, un Audi A3 Sedán negro y reluciente, y se bajaba de él en el momento en el que Gia se asomaba.

Nate salió por la puerta principal al mismo tiempo, con una frialdad que helaba la sangre, sin molestarse siquiera en lanzar una última mirada hacia la casa.

Llevaba un traje negro, cortado a medida, que se ajustaba a la perfección a sus anchos hombros y resaltaba su imponente porte.

Estaba impecable, deslumbrante, como un príncipe oscuro a punto de entrar en territorio enemigo.

Jim le pasó las llaves del coche, que parecía devorar la poca luz que quedaba del día. Nate se desabrochó el botón de la chaqueta con un gesto mecánico, tenso, y se subió al vehículo. En ningún momento titubeó. No hubo despedida. No hubo un segundo de duda. No hubo nada.