CAPÍTULO 39
El silencio de la casa de pronto era casi opresivo. Tras cerrar el portátil, Gia había permanecido varios minutos inmóvil en la habitación, sintiendo cómo el frío de la revelación le calaba en los huesos, mucho más profundo que la humedad del pelo.
No podía quedarse allí. La angustia le oprimía el pecho, exigiéndole respuestas que una simple pantalla de ordenador no podía darle. Necesitaba la historia completa. Necesitaba entender la magnitud del abismo al que Nate se estaba asomando, arrastrando a Trueno con él. Y a ella.
Se ajustó el cinturón del albornoz, se puso unas zapatillas de estar por casa y salió al pasillo. La casa estaba a oscuras, a excepción de un cálido y tenue resplandor amarillento que se filtraba por debajo de la puerta de la cocina.
Al abrirla, el aroma reconfortante a levadura, vainilla y café la envolvió como un abrazo. Bajo la luz mortecina de la campana extractora, estaba Martha. Amasaba pan para el desayuno del día siguiente. Sus manos, expertas y manchadas de harina, hundían y estiraban la masa con un ritmo hipnótico.
Gia se quedó en el umbral un instante, sintiéndose como una intrusa en aquel santuario de paz.
—¿No puedes dormir, cariño? —preguntó Martha sin levantar la vista. Había detectado su presencia con ese sexto sentido maternal que la caracterizaba—. Tienes mala cara —observó al girarse y verla—. Ven, siéntate. Te prepararé una taza de leche caliente con miel.
Gia avanzó hacia la enorme mesa y se sentó en una de las sillas. Apoyó los codos sobre la madera vieja y miró a Martha.
—Martha... necesito hacerte una pregunta —comenzó. Su voz sonó ronca y algo temblorosa en el silencio de la noche.
Martha alzó la mirada con la botella de la leche en las manos.
Al ver la expresión preocupada de Gia, la palidez de su rostro y el brillo febril en sus ojos azules, la sonrisa afable de sus labios se desvaneció.
Se limpió las manos en el delantal con un gesto lento, intuyendo que la conversación que se avecinaba no iba a ser agradable.
—¿Qué ocurre, Gia? Me estás asustando —dijo.
Gia tragó saliva, reuniendo el valor necesario para pronunciar los nombres prohibidos.
—He estado hablando con Diego esta tarde. Y luego... he buscado algunas cosas en Internet. —Hizo una pausa, sintiendo que el corazón le latía en la garganta—. Martha, ¿quién es Richard Sterling? ¿Y por qué Nate lo odia tanto?
El efecto de aquellas palabras fue devastador.
Martha retrocedió un paso, chocando con la encimera a sus espaldas.
El color abandonó su rostro, dejándola tan pálida como la harina que cubría la encimera.
Sus ojos se abrieron de par en par, escudriñando las sombras de la cocina como si temiera que el propio Nate fuera a materializarse de entre ellas.
—Por el amor de Dios, Gia, baja la voz —susurró—. ¿Te has vuelto loca? En esta casa está terminantemente prohibido pronunciar ese nombre. Si Nate te escucha... si sabe que estamos hablando de esto... nos despedirá sin contemplaciones. Nos despedirá a todos.
—Nate está durmiendo, Martha. Estamos solas —suplicó Gia, inclinándose hacia adelante y alargando la mano para rozar su brazo—.
Por favor, tienes que contármelo. Trueno está al límite.
Nate lo está reventando en los entrenamientos.
Está ciego y sordo a cualquier advertencia médica que le haga.
Si no entiendo contra qué demonios estoy luchando, no podré salvar al caballo. Y tampoco podré hacer nada por Nate.
Martha cerró los ojos y dejó escapar un suspiro.
Su lealtad a Nate era absoluta, lo había criado prácticamente desde que era un niño.
Pero también amaba a los animales del rancho y, en las últimas semanas, había llegado a querer a Gia como a una hija.
Ver la desesperación que reflejaba su rostro resquebrajó sus defensas.
Con pasos cansados, Martha se acercó a los fogones, encendió el fuego bajo una jarra de leche y luego se sentó en la silla contigua a la de Gia. Sus manos se entrelazaron sobre la superficie de madera, apretándose con fuerza.
—Es una historia fea, Gia. Una historia de veneno que lleva años pudriendo el alma de Nate —comenzó Martha, con la voz reducida a un murmullo—. Tú crees que Nate odia a Sterling porque se casó con Victoria. Pero es mucho peor que eso. Nate y Richard Sterling se odian desde que eran jóvenes.
Gia frunció el ceño, confundida.
—¿Por qué?
—Eran como el agua y el aceite —comenzó a explicar Martha, con la mirada perdida en los recuerdos—.
Sterling nació en una cuna de oro y era el heredero de un imperio.
Siempre fue un chico arrogante, cruel, acostumbrado a comprar a las personas y a aplastar a quien se le pusiera por delante.
Nate, en cambio, tuvo que sudar sangre para levantar este rancho y hacerse un nombre en el mundo de las carreras.
Sterling no soportaba que un «campesino», como él lo llamaba, le hiciera sombra en las pistas.
Se enfrentaron en subastas, en carreras, en negocios...
Sterling jugaba sucio, sobornaba a jinetes, boicoteaba a los promotores de Nate.
Era una guerra abierta. Una enemistad irreconciliable.
La leche comenzó a hervir, pero ninguna de las dos hizo caso ni el ademán de levantarse.
—Y entonces... llegó Victoria —continuó Martha, y al pronunciar el nombre, su rostro se contrajo en una mueca de desprecio—.
Nate la adoraba. Bebía los vientos por ella.
Le habría bajado la luna si ella se lo hubiera pedido.
Estaban prometidos, Gia. Iban a casarse aquí mismo, en el jardín.
Pero Victoria... era preciosa, sí, pero tenía un corazón frío y ambicioso.
Le gustaba el lujo, los focos, el poder.
Cosas que Nate, en aquel entonces, aún estaba construyendo, y no le podía dar.
Gia sintió un nudo en el estómago. La imagen de la chica sonriente en la foto del despacho volvió a su mente.
—Sterling vio la debilidad de Nate —dijo Martha, mirándola a los ojos con una tristeza infinita—.
Vio lo mucho que la quería. Y decidió que la mejor manera de destruir a su enemigo no era arruinándolo en los negocios, sino arrebatándole lo que más quería.
Empezó a cortejar a Victoria a espaldas de Nate.
La deslumbró con joyas, con viajes por todo el mundo, con promesas de una vida en la alta sociedad que Nate no podía darle en ese momento.
—Y ella se fue con él —susurró Gia, sintiendo que el aire le faltaba, al comprender la traición. No fue solo un desamor. Fue una puñalada por la espalda dada por su prometida y por su peor enemigo.
—Se fue con él a un mes de la boda —confirmó Martha, asintiendo lentamente—.
Sin decir nada, se marchó en el helicóptero privado de Sterling, aprovechando que Nate estaba de viaje.
Nate se enteró de que estaba con él en la Subasta Anual de Caballos de Kentucky, cuando los vio juntos.
La humillación pública fue espantosa. Nate nunca ha vuelto a esa subasta, aunque le invitan todos los años.
—Martha cogió aire—. Toda la prensa del corazón y de los círculos ecuestres habló de ello.
Sterling se pavoneaba con Victoria en cada gala, en cada hipódromo, restregándole a Nate su victoria.
Le demostró al mundo que, con su dinero y su poder, podía pisotear a Nate y robarle su vida.
De pronto, el muro de hielo, la frialdad, la obsesión enfermiza de Nate por el control y el éxito en el Derby... todo cobraba un sentido trágico y desolador.
—Nate se rompió, Gia. Algo dentro de él se quebró para siempre —continuó Martha—.
Se encerró en sí mismo. Echó a todo el mundo.
Se volvió implacable, duro como una piedra.
Juró que nadie volvería a mirarlo por encima del hombro.
Convirtió este rancho en un imperio a base de sangre, sudor y lágrimas, solo para amasar el poder suficiente para que nadie pudiera volver a humillarlo.
Gia se pasó las manos por la cara, apartándose el pelo húmedo de la frente.
—Y ahora... el Derby —dijo, encajando la última y más terrible pieza del rompecabezas—. Por eso está forzando a Trueno. Por eso no le importa nada más.
—¿Qué tiene que ver el Derby en esto? —preguntó Martha.
Gia tomó una bocanada de aire.
—Ricahrd Sterling presenta este año al Derby a un caballo llamado Soberano —comenzó.
—¿Qué? —masculló Martha con incredulidad.
—Nate quiere que Trueno cruce la línea de meta por delante del caballo de Sterling para demostrarle a él y a Victoria que se equivocaron. Y de paso demostrarle a ella que ahora él es el rey, que es más rico, más poderoso y mejor que el hombre por el que lo abandonó.
—No es posible —dijo Martha.
Gia suspiró, cansada.
—No se trata del premio, Martha. Ni siquiera se trata del caballo. Se trata de orgullo. De un ego herido y sangrante que nunca ha cicatrizado.
El silencio volvió a adueñarse de la cocina.
Gia miró sus propias manos, temblorosas sobre la madera vieja.
Sentía una abrumadora mezcla de emociones.
Por un lado, compasión por Nate, que había sufrido una tortura psicológica y emocional inimaginable, que había sido humillado frente a todo el mundo.
Pero, por otro lado, una rabia comenzaba a bullir en su interior.
Nate estaba permitiendo que los fantasmas del pasado dictaran su presente.
Estaba tan cegado por su necesidad de venganza, tan consumido por su ego herido, que estaba dispuesto a sacrificar a Trueno, un animal noble que confiaba ciegamente en él.
Y, lo que era peor, estaba dispuesto a sacrificar lo que estaba naciendo entre ellos.
—Está utilizando a Trueno como un arma para librar una guerra que perdió hace años —murmuró Gia, más para sí misma que para Martha.
Apretó los puños—. No puedo permitirlo, Martha.
Entiendo su dolor, te juro que lo entiendo.
Pero no voy a dejar que mate a ese caballo para alimentar su orgullo.
Y no voy a dejar que ese fantasma termine de destruir al hombre que...
al hombre que hay debajo de todo ese hielo.
Nate estaba forzando a Trueno más allá de sus límites, rompiendo al animal que amaba y destruyendo a las personas que intentaban ayudarle, solo para llegar a esa línea de meta el primero.
Solo para tener la oportunidad de vencer al caballo de Richard Sterling.
Quería humillar al magnate en la pista, frente a miles de personas.
Quería demostrarle a Victoria, la mujer que lo había abandonado por un hombre más rico y poderoso, que él era mejor. Que él podía ganar.
Estaba arriesgando la vida de Trueno para gritarle al fantasma de su exprometida que se había equivocado.
Martha extendió una mano y acarició suavemente la mejilla de Gia.
—Ten cuidado, cariño —le advirtió, con una mezcla de admiración y miedo en la mirada—. Estás intentando interponerte entre un hombre herido y su venganza. Y cuando un hombre está ciego de orgullo, a veces no le importa a quién se lleva por delante.