CAPÍTULO 38 #2
El agua caliente de la ducha había logrado relajar los músculos agarrotados de Gia, pero no había conseguido llevarse consigo la maraña de pensamientos que no dejaban de dar vueltas en su cabeza.
El eco de la voz de Diego, cargada de culpa y advertencia, seguía rebotando en su mente con la insistencia de un martillo.
«Sterling va a estar allí... Es un fantasma del pasado».
Gia cerró el grifo, dejando que las últimas gotas cayeran al plato de ducha con un sonido hueco.
Salió del cubículo y el aire fresco del baño le erizó la piel al instante.
Se envolvió en un albornoz blanco, atando el cinturón con un nudo apretado, y se recogió el pelo mojado en una toalla, retorciéndola sobre su cabeza como un turbante.
El espejo empañado le devolvió una silueta borrosa, el reflejo de una mujer exhausta, con ojeras marcadas por el insomnio y la preocupación constante por un caballo que no era suyo y un hombre que parecía empeñado en destruirse a sí mismo. Y a todo lo que tenía a su alrededor.
Salió del baño arrastrando los pies descalzos sobre la madera de la habitación.
La noche había caído por completo sobre el rancho, sumiéndolo en un silencio, roto únicamente por el canto lejano de los grillos.
En lugar de dirigirse a la cama, que la llamaba con la promesa de un descanso que sabía que no llegaría, Gia caminó directamente hacia el escritorio situado bajo la ventana.
Se sentó en la silla, encogiendo las piernas bajo el albornoz para conservar el calor, y levantó la tapa del portátil.
La pantalla cobró vida, proyectando un resplandor azul que iluminó su rostro.
El ruido del ventilador del ordenador le pareció ensordecedor en la quietud que reinaba en la habitación.
Gia apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, apoyando la barbilla en ellos.
Respiró hondo, sintiendo el aroma a bergamota de su gel de baño mezclado con la tensión del ambiente.
Abrió el navegador. Sus dedos flotaron un segundo sobre el teclado antes de escribir con decisión.
«Richard Sterling, propietario de caballos».
Pulsó Intro .
El motor de búsqueda arrojó cientos de miles de resultados en fracciones de segundo.
Gia frunció el ceño, acercándose a la pantalla. Esperaba encontrar artículos de revistas especializadas en hípica, estadísticas de carreras, tal vez alguna entrevista en el Daily Racing Form . Y sí, había algo de eso, pero lo que dominaba la primera página de resultados era algo muy distinto.
Eran enlaces a revistas de alta sociedad, crónicas financieras y portales de estilo de vida de lujo. Vanity Fair , Forbes …
Hizo clic en el primer enlace, un extenso reportaje sobre la élite empresarial de Kentucky.
La página se cargó en unos instantes, revelando un titular ostentoso sobre las fortunas detrás del Derby.
Gia comenzó a leer, saltándose los párrafos sobre fondos de inversión y bienes raíces, buscando el nombre.
Allí estaba.
Richard Sterling.
Descrito como un magnate de las telecomunicaciones, un hombre implacable en los negocios y un coleccionista de trofeos, tanto en las salas de juntas como en los hipódromos.
Gia hizo scroll hacia abajo, pasando a la galería de imágenes del artículo, que cubría una exclusiva gala benéfica celebrada un mes atrás en Louisville.
La primera foto mostraba a un hombre de unos cincuenta años, de porte arrogante, con el pelo plateado perfectamente peinado hacia atrás y un esmoquin hecho a medida.
Tenía una sonrisa superficial en los labios, y una expresión de superioridad que a Gia le produjo un rechazo instantáneo. El pie de foto confirmaba su identidad.
«Richard Sterling, millonario y propietario del purasangre Soberano.»
Pero no fue Sterling lo que hizo que el corazón de Gia se detuviera en seco, fue la persona que estaba a su lado.
—No puede ser…
Gia soltó el ratón como si quemara. La respiración se le cortó, atrapada en la garganta. Se inclinó hacia adelante, casi pegando la nariz a la pantalla, negándose a creer lo que sus propios ojos le estaban mostrando.
Agarró de nuevo el ratón con mano temblorosa y amplió la imagen.
Aferrada al brazo de Sterling, posando para los fotógrafos con una sonrisa deslumbrante, había una mujer espectacular.
Llevaba un vestido de seda de color esmeralda que se ceñía a su figura perfecta, y un collar de diamantes que destellaba bajo los flashes.
Su melena caía en ondas impecables sobre sus hombros.
Era una especie de sinopsis del glamour, la riqueza y el estatus.
Y era Victoria.
La misma Victoria de la fotografía desgastada que Gia había encontrado en el fondo del cajón del escritorio de Nate.
La misma mujer de mirada enamorada que posaba junto a un joven Nathaniel en un pasado que ahora parecía pertenecer a otra vida.
La misma mujer que le había roto el corazón en mil pedazos y lo había dejado convertido en un témpano de hielo.
Gia se tapó la boca con ambas manos para ahogar el jadeo que escapó de sus labios. El impacto de la revelación fue tan brutal que sintió un mareo. La habitación pareció dar vueltas a su alrededor.
De repente, como si un relámpago hubiera iluminado un paisaje sumido en la oscuridad, todas las piezas inconexas, todas las actitudes incomprensibles de Nate, encajaron en su mente con una precisión perfecta.
El papel con el nombre de Sterling tachado con furia.
Las madrugadas en vela viendo las carreras de Soberano, no para estudiar al caballo, sino para torturarse viendo los colores de la cuadra del hombre que se había casado con su prometida.
La prisa enfermiza. La exigencia brutal.
La negativa absoluta a escuchar razones médicas.
El horror, frío y viscoso, se apoderó del estómago de Gia. Las lágrimas acudieron a sus ojos. No eran lágrimas de tristeza, sino una mezcla abrumadora de compasión e indignación.
Nate no estaba arriesgando la vida de Trueno por la gloria deportiva. No le importaba el dinero del premio, ni el prestigio del Derby de Kentucky. Y, desde luego, no le importaba aplastar a Barron Drummond. Drummond era solo un daño colateral, una excusa conveniente.
Todo el tiempo; cada entrenamiento extenuante, cada discusión, cada mirada fría que le había dirigido a Gia cuando ella le suplicaba que parara... todo era por Victoria. Pero ¿por qué?
Gia cerró el portátil de golpe. El chasquido resonó entre las cuatro paredes de la habitación.
Se arrancó la toalla de la cabeza, dejando que el pelo húmedo cayera sobre los hombros, y apoyó la frente en la madera fría del escritorio, cerrando los ojos con fuerza, mientras las lágrimas finalmente se derramaban por sus mejillas.
Se sentía estúpida. Se había enamorado de un hombre que no solo estaba roto, sino que seguía encadenado a los pedazos que quedaban de su pasado.
Un hombre tan cegado por el rencor y el despecho que estaba dispuesto a sacrificar a un animal inocente en el altar de su propio ego herido.
Trueno era un arma para Nate, no solo un competidor.
Un arma cargada que estaba a punto de estallarle en las manos.