El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

El establo olía a avena dulce, a cuero recién engrasado y al sudor acre de los caballos. Era un aroma que normalmente a Gia le recordaba su vocación, por lo que era veterinaria, pero aquella tarde solo le provocaba una profunda opresión en el pecho.

El sol comenzaba a descender, filtrando haces de luz dorada a través de las rendijas de las ventanas, donde el polvo flotaba perezosamente en el aire.

Dentro de la amplia cuadra, el silencio solo era roto por la respiración aún agitada de Trueno y el suave roce de la mano de Gia sobre el flanco húmedo del animal.

Gia se quitó los auriculares del estetoscopio y se los colgó alrededor del cuello con un suspiro que le tembló en los labios.

Pasó la palma de la mano por los costados del purasangre, que subían y bajaban agitadamente, señal de que el entrenamiento intensivo que Nate había exigido de él aquella tarde estaba destrozando al animal.

Trueno relinchó por lo bajo y frotó su enorme cabeza contra el hombro de Gia, buscando consuelo.

—Lo sé, grandullón, lo sé. Ha sido demasiado —susurró ella, descansando su frente contra la del caballo. Cerró los ojos, sintiendo que las lágrimas de pura impotencia amenazaban con desbordarse.

Apoyado contra el marco de la puerta de la cuadra, Diego observaba la escena en silencio.

Llevaba un paño de algodón en las manos, con el que había estado limpiando las bridas, pero sus movimientos se habían detenido hacía rato.

Su rostro curtido por décadas de sol y viento, surcado de arrugas que contaban la historia de casi toda una vida en el rancho, reflejaba una tristeza profunda y silenciosa.

Diego conocía a Nate desde que era un muchacho desgarbado que apenas podía sostenerse sobre la silla de montar.

Lo había visto crecer, lo había visto convertirse en un hombre implacable, y, sobre todo, lo había visto romperse en mil pedazos cuando ocurrió todo aquello con Victoria.

Diego conocía la historia completa, cada detalle sórdido y doloroso de aquella traición que había convertido el corazón de Nate en un bloque de hielo.

Y por eso le dolía tanto ver lo que estaba pasando ahora.

Desde que Gia había llegado al rancho, Diego había visto cómo el hielo comenzaba a derretirse.

Había visto a Nate sonreír de verdad, había notado cómo sus ojos la seguían cuando ella cruzaba el patio, cómo su voz se suavizaba al pronunciar su nombre.

Para Diego, Gia no era solo la mejor veterinaria que habían tenido, era la salvación de Nate.

Era la luz que finalmente estaba ahuyentando las sombras.

Pero ahora, esa luz se estaba apagando, asfixiada por la terquedad y los demonios de Nate.

—Sus pulsaciones tardan demasiado en bajar y normalizarse, Diego —dijo Gia de pronto, rompiendo el silencio.

Su voz sonaba severa, cargada de una impotencia que ya no podía contener—.

Sus niveles de ácido láctico van a estar por las nubes mañana.

No está listo. Físicamente, las secuelas del envenenamiento aún le pasa factura, y psicológicamente...

está estresado. Nate lo está empujando al límite.

Gia se apartó del caballo y se giró hacia Diego. Sus ojos claros reflejaban una mezcla de rabia y desesperación.

—No lo entiendo, Diego. Te juro que no lo entiendo —continuó, alzando las manos en un gesto de rendición—.

Nate ama a este caballo. He visto cómo lo trata.

Y ahora... ahora parece que no le importa si Trueno colapsa en la pista, siempre y cuando cruce la línea de meta el primero en ese maldito Derby.

Está ciego. Está tan consumido por su propio ego, que nos trata a todos como si fuéramos simples herramientas. A mí la primera.

Las palabras de Gia flotaron en el aire cargado del establo.

Diego bajó la mirada hacia el paño que tenía en las manos, retorciéndolo con incomodidad.

Le dolía escuchar el resentimiento en la voz de Gia.

Le dolía ver cómo la grieta entre ella y Nate se ensanchaba hasta convertirse en un abismo (que empezaba a ser insalvable).

En un impulso nacido del afecto paternal que sentía por su jefe, y del deseo desesperado de evitar que Gia terminara odiándolo y marchándose del rancho para siempre, Diego dio un paso hacia el interior de la cuadra.

—No se lo tengas en cuenta, Gia —murmuró, con una voz ronca y cargada de un peso invisible—. Sé que es difícil de entender. Sé que parece que ha perdido el juicio, que se ha vuelto de piedra, pero tienes que intentar perdonarlo.

Gia frunció el ceño.

—¿Perdonarlo? Diego, no se trata de sus modales. Se trata de la vida de este animal. Y de que me está apartando, tratándome como a una enemiga solo por hacer mi trabajo y advertirle de lo que va a ocurrir.

—No eres su enemiga. Eres... eres lo mejor que le ha pasado en años, y él lo sabe, aunque sea demasiado idiota para admitirlo ahora mismo.

—Diego suspiró, pasándose la mano callosa por la nuca, buscando las palabras adecuadas—.

Pero el Derby de este año... no es solo una carrera para él.

No se trata del prestigio, ni del dinero, ni siquiera de Drummond. Es... es un fantasma del pasado.

Gia lo miró fijamente, sintiendo que el aire se volvía de repente más denso. El tono de Diego no era el de alguien que justificaba un mal comportamiento, era el tono de alguien que hablaba de una tragedia.

—Sterling va a estar allí —soltó Diego, casi en un susurro, como si pronunciar ese nombre en voz alta fuera a invocar al diablo.

El mundo entero pareció detenerse para Gia. El zumbido de las moscas, la respiración de Trueno... todo desapareció, ahogado por el eco de aquel nombre.

Sterling.

La imagen del despacho de Nate asaltó su mente con una nitidez brutal.

El papel de Churchill Downs. El nombre de Richard Sterling rodeado y tachado con un rotulador rojo, con una furia tan salvaje que había marcado la madera del escritorio.

Y luego, la madrugada en el salón. La pantalla del televisor iluminando el rostro demacrado y obsesivo de Nate mientras veía, una y otra vez, la victoria del caballo de ese mismo hombre.

Gia dio un paso hacia Diego, con los ojos entornados, sintiendo un escalofrío recorrerle de arriba abajo la espina dorsal.

—¿Sterling? —repitió, y su voz sonó exigente—. ¿El dueño del caballo de uno de los rivales del Derby? ¿El propietario de Soberano?

Diego parpadeó, sorprendido por la rapidez con la que Gia había identificado los datos.

—¿Qué tiene que ver él en todo esto, Diego?

—insistió Gia, acortando la distancia entre ellos.

Su corazón latía desbocado contra las costillas.

De repente, todas las piezas inconexas de la locura de Nate parecían orbitar alrededor de ese nombre—.

¿Qué le ha hecho ese hombre a Nate? ¿Por qué lo odia tanto?

¿Qué tiene que ver con Trueno y con el Derby?

Al ver la intensidad en los ojos de Gia y escuchar la cascada de preguntas, Diego pareció despertar de un trance.

El color abandonó su rostro curtido, dejándolo de un tono ceniciento.

Se dio cuenta de la magnitud de su error.

Había cruzado una línea sagrada. Había abierto la caja de Pandora que Nate llevaba años manteniendo sellada bajo siete llaves.

El hombre retrocedió un paso, chocando torpemente contra la puerta de la cuadra. Su postura, antes conciliadora, se volvió rígida y cerrada.

—Yo... no he debido decir nada —balbuceó, evitando la mirada de Gia. Empezó a negar con la cabeza, apretando los labios hasta convertirlos en una fina línea blanca—. Olvida lo que he dicho, Gia. Son tonterías de un hombre cansado.

—¡No! ¡Diego, no me hagas esto! —suplicó Gia, agarrándolo suavemente por el brazo antes de que pudiera huir—.

Por favor. Necesito entenderlo. Si no entiendo a qué nos enfrentamos, no puedo ayudar a Trueno.

No puedo ayudar a Nate. Me estoy volviendo loca intentando luchar contra un muro de hielo.

Dime quién es Richard Sterling. ¿Tiene algo que ver con Victoria?

La mención de Victoria hizo que Diego se tensara, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se soltó de la mano de Gia con un movimiento brusco, aunque no violento. Sus ojos, normalmente amables, la miraban con un rastro de culpa.

—He hablado de más. Y me maldigo por ello —dijo, con la voz temblorosa pero clara—. Tú quieres ayudarlo, lo sé. Pero hay heridas que uno no puede curar si no sabe cómo se hicieron. Y esa historia... esa herida en particular... no me corresponde a mí destaparla.

Gia abrió la boca para protestar, pero Diego levantó una mano, deteniéndola.

—Es él quien debe contártelo, Gia. Solo él —aseveró.

Sin añadir una palabra más, Diego se dio la vuelta y salió de la cuadra a zancadas, casi huyendo por el pasillo central del establo, dejando atrás el eco de las botas sobre el suelo.

Gia se quedó sola en la semioscuridad, con el corazón latiéndole en la garganta y la respiración entrecortada.

Se giró lentamente hacia Trueno, que la miraba con sus grandes ojos oscuros e inocentes.

Alargó la mano y acarició el cuello del animal de forma mecánica, pero su mente estaba a kilómetros de allí.

El rompecabezas empezaba a tomar una forma que no le gustaba.

El Derby no era una competición deportiva.

Era un campo de batalla. Y Nate estaba dispuesto a sacrificar a su mejor caballo, a su equipo, e incluso a la mujer que quería, con tal de cobrarse una venganza contra el fantasma de Richard Sterling.

Gia apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas de las manos. Si Nate no iba a contarle la verdad (y Diego tampoco), tendría que descubrirla por sí misma, antes de que esa obsesión terminara destruyéndolos a todos.