El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 37 #2
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CAPÍTULO 37 #2

El caballo en la pantalla era un purasangre de pelaje castaño oscuro, casi negro, moviéndose con una potencia arrolladora en la recta final de una carrera grabada.

El jinete llevaba una chaquetilla con un patrón de rombos azules y plateados.

Gia entrecerró los ojos para leer el faldón que aparecía en la parte inferior de la pantalla.

«Soberano. Propietario: Richard Sterling.»

Otra vez ese nombre.

El corazón le brincó dentro del pecho. La imagen de aquel papel en el despacho de Nate, con el nombre de Sterling rodeado y tachado con rabia en tinta roja, volvió a su mente.

Nate tenía el mando a distancia en la mano. Retrocedía la imagen y volvía a darle al play , pausando justo en el momento en que el caballo de Sterling cruzaba la meta.

Y así varias veces.

Sus ojos escrutaban cada músculo del animal, cada movimiento del jinete, pero su mandíbula estaba tan tensa que Gia podía ver el músculo palpitar bajo su piel.

Respiraba de forma pesada, con los fijos en la televisión.

Gia se dio cuenta de que no estaba estudiando una carrera, estaba alimentando un odio que lo devoraba por dentro.

La curiosidad pudo con ella.

—¿No es un poco tarde para torturarte? —Su voz sonó más ronca de lo que pretendía en el silencio de la sala.

Nate dio un respingo, como si le hubieran disparado. Sus hombros se cuadraron y su cabeza se giró hacia ella con una rapidez asombrosa.

Durante un segundo, Gia vio auténtico pánico en sus ojos, la vulnerabilidad de un hombre que acababa de ser sorprendido en su secreto más oscuro. Pero esa vulnerabilidad desapareció en un parpadeo, desplazada inmediatamente por un muro de frialdad y antipatía.

El pulgar de Nate presionó el botón rojo del mando con fuerza. La pantalla se apagó de golpe, sumiendo la habitación en una penumbra casi total, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por los ventanales.

—¿Qué haces espiándome, Gia? —escupió Nate. Su voz era un gruñido bajo, defensivo y cortante.

Gia se adentró en el salón, cruzándose de brazos para protegerse del frío repentino que sentía, y que nada tenía que ver con la temperatura de la casa.

—Iba a la cocina a por un vaso de agua. He visto la luz —respondió, manteniendo un tono deliberadamente neutro, aunque por dentro le temblaba todo—. Pensé que estabas revisando las grabaciones de Trueno. O las del caballo de Barron Drummond, considerando que es el hombre que casi mata al tuyo.

Nate se puso en pie. Su imponente estatura llenó el espacio entre ellos, proyectando una sombra que parecía engullirla. Evitó la mirada de Gia, fingiendo estar muy ocupado recogiendo el vaso de whisky de la mesa auxiliar.

—Es el Derby del año pasado. Hay veinte caballos en la pista. Tengo que conocer a todos mis rivales —dijo, con un tono ensayado y plano que no engañó a Gia ni por un segundo.

—Llevas cinco minutos repitiendo la misma carrera en bucle —rebatió ella, dando otro paso al frente, negándose a dejarse intimidar—. Estudiando únicamente el caballo de Richard Sterling.

El nombre cayó entre ellos como una bomba. El cuerpo de Nate se tensó de una forma tan absoluta que parecía tallado en piedra, como el David de Miguel Ángel. Los nudillos de la mano que sostenía el vaso se pusieron blancos.

—No te metas en lo que no te importa, Gia —advirtió Nate, bajando el tono de voz a un susurro.

—¡Soy la veterinaria de tu rancho! —estalló ella, perdiendo la compostura.

La frialdad de los últimos días se mezcló con la frustración del momento—.

Me exiges que ponga en riesgo la vida de Trueno para que corra en una carrera para la que no está listo.

Pensé que era por ego. Pensé que era para humillar a Drummond.

Pero no es así, ¿verdad? Drummond te da igual.

Todo esto... la prisa, la presión, el riesgo de inscribir a tu caballo en una carrera suicida... es por ese tal Sterling.

—¡Basta! —El grito de Nate reverberó en las paredes del salón. Dejó el vaso sobre la mesa con tanta fuerza que el cristal estuvo a punto de hacerse añicos—. ¡No sabes de lo que estás hablando!

—¡Entonces explícamelo! —suplicó Gia, dando un paso hacia él.

La frustración asomaba a sus ojos por no entender nada—.

Mírate, Nate. Estás aquí, a las tres de la mañana, a oscuras, obsesionado con un hombre que ni siquiera sé quién es.

Estás tan ciego de rabia que no ves más allá de tus narices. Y nos estás destruyendo a nosotros.

La mención de «nosotros» pareció golpear a Nate. Tragó saliva, y durante un instante, Gia creyó ver una grieta en su armadura. Vio al hombre del que se había enamorado luchando por salir a la superficie, ahogándose en un mar de rencor. Pero el orgullo y el dolor de Nate eran más fuertes.

Nate enderezó la espalda, cerrando cualquier puerta a la empatía. Su rostro se volvió una máscara inescrutable.

—No hay ningún «nosotros» en lo que respecta a mis decisiones sobre este rancho —dijo, con una frialdad que le cortó la respiración a Gia—. Mi trabajo es ganar el Derby. El tuyo es asegurarte de que el caballo llegue vivo a la línea de salida. Limítate a hacer tu trabajo.

Gia sintió como si le hubieran dado una bofetada. Abrió la boca para responder, para gritarle, pero las palabras se atascaron en un nudo en la garganta.

Pero ¿qué cojones le pasaba a Nate? ¿Estaba perdiendo la cabeza? ¿Qué le hacía tener una actitud tan a la defensiva?

Nate no esperó su respuesta. Pasó por su lado, rozando su hombro con el suyo. El olor a su colonia, mezclado con el aroma amargo del whisky y la tensión del cuerpo, la envolvió mientras se dirigía a la puerta.

—Buenas noches, Gia —murmuró sin mirar atrás, desapareciendo en la oscuridad del pasillo.

Gia se quedó sola en el centro del salón. El silencio volvió a caer sobre la casa, pero ahora era un silencio pesado, insoportable. Se acarició los brazos con las manos, temblando. Se había olvidado por completo del vaso de agua.

Miró la pantalla negra del televisor. Ya no tenía dudas.

Nate no estaba actuando como un deportista ambicioso, ni siquiera como un hombre buscando justicia.

Estaba actuando como un hombre que iba a la guerra.

Y lo que fuera que Richard Sterling le hubiera hecho en el pasado, Gia supo que ese odio oscuro y enconado iba a terminar costándole todo: la vida de Trueno, y cualquier esperanza que ella hubiera tenido de salvar el corazón de Nate.