El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

El sol del final de la tarde bañaba el rancho con una luz rojiza y espesa, filtrándose a través de los robles centenarios y proyectando sombras alargadas sobre la grava.

Gia caminaba hacia la casa con una carpeta apretada contra el pecho.

Sus botas, manchadas de polvo y de la paja húmeda de las cuadras, resonaban con un ritmo cansado pero satisfecho sobre los escalones del porche mientras los subía.

Había pasado las últimas seis horas con Trueno.

El caballo había respondido muy bien a la nueva tabla de ejercicios cardiovasculares, y Gia sentía esa calidez burbujeante en el estómago que solo aparecía cuando sabía que estaba haciendo exactamente lo que había nacido para hacer.

Con Nate las cosas continuaban igual, aunque él seguía sin estar mucho en el rancho.

Al entrar en la casa, el contraste de temperatura le puso la piel de gallina. El aire acondicionado zumbaba en el techo, mezclándose con el silencio sepulcral que reinaba a esa hora.

Nate había salido a una reunión con los proveedores de pienso, así que Gia se dirigió directamente hacia su despacho para dejarle los informes médicos diarios, tal y como era costumbre.

Empujó la pesada puerta de roble. El despacho de Nate siempre le había parecido un reflejo exacto de él.

Imponente, ordenado, dominado por maderas oscuras, cuero negro y un olor inconfundible a café intenso y a la colonia amaderada (cedro) que él usaba.

Sin embargo, al acercarse al enorme escritorio, Gia frunció el ceño.

El orden que solía reinar había desaparecido.

Había carpetas abiertas de par en par, tazas de café a medio terminar dejando cercos marrones sobre la madera, y decenas de folios esparcidos como si hubieran sido arrojados con frustración. Era un caos impropio de Nate.

Gia suspiró, sintiendo una punzada de empatía. Sabía que la presión del Derby lo estaba consumiendo. La prensa no dejaba de acosarlos y el fantasma del envenenamiento de Trueno seguía flotando en el ambiente.

Gia hizo un hueco en la mesa, apartando con cuidado unos catálogos de subastas para dejar la carpeta. Al retirar la mano, su mirada fue capturada por un documento que destacaba en el centro del escritorio, iluminado directamente por el rayo de sol desvaído que entraba por el ventanal.

Era una hoja impresa con el membrete oficial de Churchill Downs, el hipódromo donde se celebraba el Derby.

«Lista de inscritos-Derby de Kentucky», podía leerse en la primera línea.

Gia paseó los ojos por la cuadrícula. Estaba llena de nombres de caballos de élite, patrocinadores, jinetes y propietarios. Pero no fue la majestuosidad del evento lo que atrapó su atención, sino la violencia que destilaba una parte del papel.

A mitad de la página, una de las filas estaba marcada con rotulador rojo.

No era un simple subrayado para resaltar información.

Era un trazo feroz, irregular y furioso.

La tinta roja había empapado el papel hasta casi rasgarlo, y el rotulador había sido presionado con tanta fuerza que Gia podía ver el surco hundido en el folio, e incluso una leve marca en la madera del escritorio debajo de él.

Había círculos concéntricos alrededor del nombre del caballo, trazados con una rabia tan palpable que a Gia se le cortó la respiración durante un segundo.

«Barron Drummond», pensó inmediatamente.

Una ola de indignación y tristeza la invadió. Era lógico. Drummond era el monstruo que había intentado matar a Trueno. Era natural que Nate estuviera obsesionado con aplastarlo en la pista.

Gia alargó la mano, rozando con la yema de los dedos el papel arrugado por la tinta seca. Quería saber el nombre del caballo de Drummond, conocer al enemigo al que Trueno tendría que enfrentarse, si finalmente Nate le hacía correr el Derby.

Siguió la línea roja y furiosa desde el nombre del animal, un purasangre llamado Soberano, hasta la columna de la derecha, donde se especificaba el nombre del jinete y el propietario.

Gia parpadeó. Retiró la mano como si el papel quemara.

Volvió a leer, convencida de que la luz del sol le estaba jugando una mala pasada. Pero las letras impresas en negro, enjauladas dentro de aquel círculo rojo y violento, no cambiaron.

No decía «Drummond Stables». No decía Barron Drummond. Decía: Richard Sterling.

El silencio del despacho pareció espesarse, presionando contra sus tímpanos. Gia frunció el ceño, completamente desconcertada. El corazón le dio un vuelco extraño, un latido desacompasado que no supo identificar.

—¿Richard Sterling? —susurró en la soledad de la estancia. El nombre flotó en el aire, ajeno, desconocido.

Gia no conocía la industria. El mundo de las carreras de caballos era algo que no dominaba. Y aquel nombre no le decía absolutamente nada. No era un competidor habitual, o al menos no uno que justificara semejante nivel de rabia.

Se inclinó más sobre el escritorio, apoyando ambas manos en el borde.

Sus ojos escanearon el resto del documento.

El caballo de Drummond también estaba en la lista, unas filas más abajo.

Estaba intacto. Ni una marca, ni un círculo, ni una gota de tinta roja.

Como si Nate lo hubiera ignorado por completo, o no resultara para él tan relevante.

Una sensación de frío comenzó a treparle a Gia por la columna vertebral, erizándole el vello de la nuca.

La imagen mental que tenía de Nate (el hombre que luchaba por hacer justicia por su caballo envenenado) empezó a resquebrajarse sutilmente.

Si Barron Drummond era el culpable del sufrimiento de Trueno...

¿por qué Nate no le prestaba atención? ¿Por qué toda la ira, toda esa rabia que había destrozado la punta del rotulador, estaba dirigida hacia un completo desconocido?

Gia cogió el folio con manos ligeramente temblorosas.

Al trasluz, los trazos rojos parecían heridas abiertas.

Aquello no era rivalidad profesional. No era ambición deportiva.

El modo en que ese nombre estaba rodeado y marcado denotaba algo profundamente personal.

Algo visceral. Un odio antiguo y enconado.

«¿Quién eres, Richard Sterling? —se preguntó—. ¿Y qué le has hecho a Nate para que te odie más que al hombre que casi mata a su propio caballo?»

El sonido de unos neumáticos triturando la grava del camino de entrada rompió el silencio. Nate había vuelto.

Gia soltó el papel como si estuviera ardiendo, dejándolo exactamente en la misma posición en la que lo había encontrado. Retrocedió un paso, sintiéndose de pronto como una intrusa en aquel despacho, como si acabara de asomarse a un abismo oscuro en la mente de Nate.

Se alisó la camiseta con manos nerviosas, intentando calmar el ritmo acelerado de su respiración.

Mientras caminaba hacia la puerta para irse, la imagen de aquel nombre subrayado en rojo sangre se quedó grabada a fuego en su retina.

Una semilla de duda, pequeña pero venenosa, acababa de plantarse en su cabeza.

El reloj de la mesilla de noche marcaba las tres y cuarto de la madrugada, pero para Gia, bien podrían haber sido las tres de una tarde interminable.

El insomnio se había convertido en su compañero más fiel durante los últimos días.

Dio vueltas en la cama, enredándose en las sábanas de lino que ahora parecían pesadas como piedras. Tenía la garganta seca, rasposa.

La tensión en el rancho no había mejorado. Desde su última discusión, el aire entre ella y Nate parecía estar hecho de cristales rotos. Se hablaban, sí, pero sus interacciones seguían reduciéndose a un intercambio frío y estrictamente profesional.

—Trueno ha comido su ración —decía Nate en tono seco.

—Bien. Aumenta la dosis mañana —respondía ella, sin apenas mirarlo a los ojos.

Gia continuaba negándose en rotundo a dar luz verde para que el caballo corriera el Derby.

Su corazón aún no estaba preparado para ese nivel de exigencia.

Nate, por su parte, se había cerrado en banda, negándose a su vez a escuchar la ciencia, la razón, la lógica, o las súplicas veladas de la mujer que, hasta hacía poco, parecía haber derribado sus muros.

Rindiéndose a la falta de sueño, Gia apartó las sábanas y se levantó. El suelo de madera estaba frío bajo sus pies descalzos. Salió de la habitación y caminó por el pasillo en penumbra hacia la cocina, a por un vaso de agua.

La casa estaba sumida en silencio, roto solo por el canto de los grillos en el campo.

Sin embargo, al llegar al final del pasillo, algo la hizo detenerse.

Al parecer, no era la única que estaba despierta.

Desde el salón contiguo a la biblioteca, un parpadeo rítmico y un resplandor azulado se derramaban sobre la alfombra del pasillo.

Acompañando a la luz, llegaba el murmullo bajo y ahogado de un televisor, el inconfundible repiqueteo de cascos golpeando la tierra a toda velocidad y la voz acelerada de un comentarista de hípica.

Gia frunció el ceño. Se acercó con pasos silenciosos, como si fuera un gato, y asomó la cabeza por el hueco que había entre las puertas dobles que estaban entreabiertas.

Dentro estaba Nate.

Se encontraba sentado en el borde del sofá de cuero marrón, inclinado hacia adelante con los codos apoyados en las rodillas. Llevaba unos pantalones de chándal grises y una camiseta negra que se le pegaba al torso como si hubiera estado sudando.

La luz de la enorme pantalla plana iluminaba su rostro, revelando unas ojeras profundas y una expresión que a Gia le resultaba indescifrable leer.

No era la mirada de un dueño orgulloso analizando a la competencia.

Era una mirada febril, depredadora, consumida por una obsesión que daba la sensación de ser enfermiza.

En la mesa auxiliar, un vaso con dos dedos de whisky descansaba olvidado.

Gia dirigió su vista hacia la pantalla, esperando ver a Trueno. Esperando que Nate estuviera buscando algún fallo en la zancada de su propio caballo, alguna excusa para convencerse a sí mismo de que podía ganar. Pero no era Trueno el que aparecía.