CAPÍTULO 36
Los días que siguieron a la discusión en la pista cayeron sobre el rancho como una manta pesada y asfixiante.
El aire estaba enrarecido, cargado de una tensión que amenazaba con hacer saltar chispas al menor roce.
Entre Gia y Nate se había alzado un muro invisible pero impenetrable, construido a base de orgullo y terquedad.
Cuando se cruzaban por los establos o en el patio, el silencio entre ellos era ensordecedor. Las conversaciones se habían reducido a un intercambio estrictamente profesional a base de monosílabos.
—¿Le has puesto el suero intravenoso a la yegua de la cuadra tres? —preguntaba él, sin levantar la vista de la libreta de registros.
—Sí. Y he ajustado la dieta de Scarlet. Tienes las pautas en la pizarra —respondía ella, con el tono neutro y distante de un contestador automático, dándose la vuelta antes de que él pudiera añadir nada más.
Gia sentía un nudo constante en el estómago.
Echaba de menos sus besos, sus noches de pasión interminables, las charlas en el porche al atardecer y la forma en que la buscaba por el rancho para robarle un beso.
Pero cada vez que veía a Trueno respirar con dificultad tras un entrenamiento que Nate se negaba a suspender, la coraza de Gia volvía a endurecerse.
No, no daría su brazo a torcer. No claudicaría.
Sin embargo, el problema no era solo el silencio, era la ausencia.
Nate apenas pasaba tiempo en el rancho. La inscripción en el Derby había desencadenado un huracán burocrático y comercial que lo mantenía atrapado.
Pasaba gran parte del día en Louisville, a kilómetros de distancia, sumergido en un mundo de despachos, contratos y apretones de manos.
Salía antes del amanecer, vestido con camisas abotonadas y pantalones de oficina que contrastaban con su habitual ropa de trabajo cubierta de polvo, y regresaba bien entrada la noche, con el rostro demacrado por el cansancio.
Pero lo que más desconcertaba a Gia no eran las ausencias de Nate, sino las presencias extrañas que habían empezado a invadir el rancho.
Era martes por la tarde. El sol caía a plomo sobre el establo.
Gia estaba en la cuadra del potro que había tenido Scarlet, cepillando su pelaje con un poco de agua jabonosa.
El olor le resultaba reconfortante, un raro alivio en medio del caos.
De repente, el ruido de neumáticos sobre la grava rompió la paz.
Gia levantó la vista hacia la ventana y frunció el ceño.
Un todoterreno negro, reluciente y de cristales tintados, acababa de aparcar cerca del establo.
Era el tercer coche de lujo que veía aquella semana.
Del vehículo bajaron dos hombres con polos de marca, gafas de sol de diseñador y zapatos que claramente nunca habían pisado el barro de un rancho ni de una granja, acompañados por una mujer que sostenía una tablet con uñas perfectamente pintadas.
Nate salió a recibirlos, forzando una sonrisa que a Gia le pareció en el fondo falsa, y los guio directamente hacia el cercado donde Trueno descansaba bajo la sombra de un roble.
Gia apretó el cepillo entre las manos, sintiendo cómo la irritación le subía por el cuello.
Veía a los forasteros señalar al caballo, asentir vigorosamente y tomar fotografías con sus teléfonos.
Trueno, inquieto por la presencia de tantos desconocidos, agitaba las orejas hacia atrás y daba pequeños pisotones en la tierra.
—Parecen buitres dando vueltas sobre una presa, ¿verdad? —sonó una voz a sus espaldas.
Gia se sobresaltó y se giró. Jim estaba apoyado contra el marco de la puerta, masticando lentamente un palillo de madera.
Su rostro curtido por el sol y surcado de pequeñas arrugas reflejaba una mezcla de resignación y desprecio.
A su lado estaba Diego, que sostenía una brida y miraba hacia el cercado con el ceño fruncido.
—¿Quiénes son? —preguntó Gia, bajando el cepillo y acercándose a ellos—. Llevan desfilando por aquí toda la semana. Tipos de traje, mujeres con cámaras... Nate no me cuenta nada, y cada vez que pregunto, cambia de tema. ¿Qué hacen aquí?
Diego se apoyó en la pared y suspiró.
—Son promotores y patrocinadores de Louisville —explicó, con un tono inusualmente sombrío para su carácter alegre—. Representantes de marcas de suplementos, dueños de locales de apuestas, gente de relaciones públicas del circuito.
Gia parpadeó, incrédula.
Miró de nuevo hacia el cercado. La mujer de la tablet estaba intentando acercarse a la valla para acariciar a Trueno, mientras Nate se interponía sutilmente para evitar que el animal se estresara más.
—¿Patrocinadores? ¿Para qué? —preguntó—. ¿Les interesa el rancho para algo?
—No vienen por el rancho, Gia —intervino Jim, lanzando el palillo al suelo—. Vienen por el caballo.
—¿Por el caballo? —Gia sentía que se estaba perdiendo algo fundamental.
Jim la miró.
—Trueno es el semental que todo dueño de caballos de carreras quiere tener. Es un purasangre. El mejor. Desde hace meses se habla de él en todo Kentucky y la gente estaba deseando que Nate lo inscribiera en el Derby.
—¿Por qué? —preguntó Gia.
—Para ganar dinero —respondió Jim—. Trueno es oro puro para las casas de apuestas. Es el maldito sueño americano con herraduras.
Gia sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. La náusea se instaló en su garganta al comprender la magnitud de lo que Jim estaba diciendo.
—Lo está vendiendo... —susurró, horrorizada. Evidentemente era algo normal, Trueno era un caballo de carreras, pero la diferencia en aquel momento eran las circunstancias—. Y él se está recuperando de un envenenamiento… —añadió, como un pensamiento en alto.
—No creo que Nate les haya contado esa historia —intervino Diego.
—¿Qué? ¿Cómo que no les ha dicho lo que le ha ocurrido?
—Esta gente ofrece patrocinios para la carrera, exclusivas para revistas, renombre...
Pero a cambio, quieren ver el producto. Quieren asegurarse de que el caballo no es un cadáver andante antes de dar su apoyo —explicó Diego—.
Si se supiera, nadie apostarían por él y caería en picado en las casas de apuestas.
—Las carreras de caballos, ya sea el Derby de Kentucky o cualquier otra, mueve millones, Gia.
Gia volvió la mirada hacia el cercado. Con su ojo de veterinaria, podía ver lo que los patrocinadores ignoraban.
El pelaje de Trueno aún carecía de su brillo natural, su postura era ligeramente asimétrica para aliviar el peso de sus cuartos traseros, y sus ojos, aunque estaban llenos de fuego, mostraban el letargo de un cuerpo que seguía luchando por desintoxicarse.
Para los hombres de negocios, era un lingote de oro, para Gia, era un paciente todavía frágil al que estaban empujando al abismo.
Diego echó un vistazo hacia el exterior para asegurarse de que Nate y los trajeados seguían lejos.
—He estado hablando con gente… —murmuró, bajando la voz—. Ya se oyen rumores de que las apuestas están muy fuertes para Trueno.
Jim soltó un bufido ronco y se ajustó el ala del sombrero.
—No van a dejar pasar una oportunidad así.
Gia dejó caer el cepillo en el cubo de agua jabonosa con un golpe seco, incapaz de contenerse.
—Trueno no está en este momento para que lo traten como su fuera una máquina tragaperras —exclamó, sintiendo que la indignación le quemaba el pecho—. Nate se está engañando a sí mismo. Y lo peor es que realmente piensa que el milagro es posible.
Diego y Jim intercambiaron una mirada pesada, pero no la contradijeron. Sabían que tenía razón. Gia se dio la vuelta, incapaz de seguir mirando cómo el hombre del que estaba enamorada mercadeaba con la salud del animal que ambos habían salvado.
Agarró el cubo de agua con jabón con fuerza y se fue al cuarto de aperos, sintiéndose más sola y frustrada que nunca en aquel rancho que, de repente, le parecía un lugar lleno de extraños.
El silencio de la noche había envuelto el rancho, pero en la habitación de Gia, la luz de la pequeña lámpara seguía encendida.
Sentada frente al escritorio de madera, Gia se frotaba los ojos cansados.
Delante de ella, esparcidos como las piezas de un rompecabezas imposible de armar, descansaban los últimos análisis de sangre de Trueno, radiografías y su propio cuaderno de notas.
Gia cogió un bolígrafo y empezó a golpetear rítmicamente la superficie de la mesa. Había algo que no encajaba. Llevaba días dándole vueltas, dejando que la frustración nublara su juicio, pero ahora, en la quietud de la noche, la lógica empezaba a abrirse paso a través del enfado.
Apoyó la espalda en la silla y miró hacia la ventana.
Hasta hacía poco, había asumido que la desesperación de Nate provenía de la necesidad, de la presión de mantener el estatus del rancho.
Pero eso era absurdo. Nate no era un granjero ahogado por las deudas, era millonario.
Poseía tierras, empresas e inversiones que se extendían mucho más allá de las fronteras de Kentucky.
El rancho era su pasión, su hogar, el esfuerzo de su padre, su herencia, pero desde luego no era su única fuente de ingresos.
Si Trueno no corría, Nate no iba a perder su casa.
No iba a la quiebra. El dinero del premio del Derby, por astronómico que fuera, no era más que calderilla para una cuenta bancaria como la suya.
Entonces, ¿por qué tanto empeño?
Gia se levantó y empezó a caminar de lado a lado de la habitación.
—El orgullo —pensó inicialmente.
Nate era un hombre orgulloso hasta la saciedad, de eso no cabía duda.
Y luego estaba Barron Drummond. El odio entre ambos era visceral, palpable.
Drummond había jugado sucio, había intentado matar a Trueno para quitarse de en medio a su mayor rival en la pista.
Era natural que Nate quisiera aplastarlo, que quisiera ver la cara de Drummond cuando el caballo al que había intentado matar le arrebatara la corona de rosas en el mismísimo Churchill Downs.
Gia se detuvo en seco en mitad de la habitación.
—No —negó con la cabeza—. Tiene que haber algo más.
Conocía a Nate. Detrás de la fachada de arrogancia y frialdad que a veces mostraba al mundo, había un hombre que podía pasarse una noche entera sentado en la paja junto a un potro enfermo.
Un hombre que conocía el nombre de cada animal de su propiedad y que los trataba con un respeto casi reverencial.
Nate amaba a Trueno. Ese caballo era su sombra, su orgullo.
—No lo harías —susurró Gia en la habitación vacía—. No arriesgarías la vida de Trueno solo por venganza. O por ego.
La venganza hacia Barron Drummond no era motivo suficiente para justificar la ceguera de Nate. No justificaba que estuviera dispuesto a empujar al animal hasta el colapso, ignorando sus advertencias médicas.
Había algo más. Tenía que haberlo. (O de eso quería convencerse Gia).
Se apoyó en el alféizar de la ventana, sintiendo el cristal contra la frente.
Una inquietud empezó a instalarse en ella.
¿Qué le estaba ocultando Nate? ¿Habría algún tipo de chantaje?
¿Acaso Drummond tenía algo más contra él, algo tan destructivo que obligaba a Nate a seguirle el juego en la pista?
¿O tal vez había un secreto familiar, una promesa inquebrantable, una amenaza que pendía sobre alguien a quien Nate protegía en silencio?
Había algo que se le estaba escapando de las manos.
Gia apretó los puños. Si Nate creía que iba a quedarse de brazos cruzados mientras él sacrificaba a Trueno, estaba muy equivocado. Iba a descubrir qué demonios estaba pasando realmente (si es que estaba pasando algo), aunque tuviera que remover cielo y tierra para ello.