CAPÍTULO 35
El sol de la mañana apenas comenzaba a calentar la pista de tierra batida del rancho, pero el aire ya estaba cargado de polvo y tensión.
El repiqueteo rítmico y pesado de los cascos resonaba como un tambor en el silencio del campo.
Trueno galopaba por la recta final, su pelaje negro brillaba por una gruesa capa de sudor que parecía casi espuma en los bordes de la montura.
Sobre él, Nate mantenía una postura rígida, inclinándose hacia adelante, exigiéndole al animal ese último esfuerzo, esa chispa de velocidad que solía ser su sello de identidad.
Apoyada contra la valla de madera, Gia observaba la escena con el ceño profundamente fruncido.
Como veterinaria, sus ojos no veían a un campeón preparándose para la gloria, veían un sistema cardiovascular trabajando al límite, unos músculos que temblaban por un esfuerzo prematuro y un animal que, aunque noble y dispuesto a darlo todo por su jinete, estaba agotado.
El sonido de la respiración de Trueno, un silbido ronco y forzado, le encogió el estómago.
Nate tiró ligeramente de las riendas, reduciendo el galope a un trote y finalmente a un paso lento.
Desmontó de un salto ágil, aterrizando en la tierra y levantando una pequeña nube de polvo.
Le dio unas palmadas en el cuello al caballo, murmurando palabras de aliento, pero cuando levantó la vista y se encontró con la mirada de Gia, la sonrisa que asomaba a sus labios se desvaneció.
Gia abrió la puerta de la valla y entró en la pista. El olor a tierra húmeda, sudor equino y cuero caliente lo impregnaba todo.
—Le estás exigiendo demasiado, Nate —dijo a modo de saludo, sin molestarse en ocultar la severidad de su tono.
Se acercó a Trueno y le acarició el hocico.
El caballo bajó la cabeza, buscando su mano, respirando con agitación—.
Míralo. Sus flancos están latiendo demasiado rápido.
Su tiempo de recuperación cardíaca es el doble de lo que solía ser.
—Está desentrenado, es normal —replicó Nate, quitándose el sombrero y pasándose el dorso de la mano por la frente perlada de sudor.
Su voz sonaba a la defensiva. Un muro que levantaba instintivamente—.
Ha estado parado algún tiempo, pero el instinto sigue ahí.
Solo necesita recuperar el fondo físico.
—No está «desentrenado», Nate, está convaleciente —le corrigió Gia, endureciendo la mirada—. Hace apenas dos semanas estaba tirado en el suelo de la cuadra, luchando por su vida porque su corazón estaba colapsando por el veneno de la dedalera. Su sistema cardiovascular aún se están recuperando.
Nate esquivó la mirada de Gia para aflojar la cincha de la montura.
Sabía que ella tenía razón en la parte médica, pero la presión que sentía sobre sus hombros lo estaba asfixiando.
El Derby no era solo una carrera, era el prestigio, era el renombre.
Era muchas cosas. Era la única forma de destruir a Drummond por lo que había hecho a su padre y por lo que trataba de hacerle a él.
—He enviado los papeles esta mañana —soltó Nate de repente. Su voz sonaba más rígida de lo normal.
Gia se quedó paralizada. Su mano, que acariciaba la crin de Trueno, se detuvo en seco. El silencio cayó entre ellos, roto únicamente por el resoplido cansado del animal.
—¿Qué papeles? —preguntó, aunque el nudo frío que se formó en su estómago ya le daba la respuesta.
—Los de la inscripción —respondió Nate—. El plazo terminaba a mediodía. Trueno está oficialmente inscrito en el Derby de Kentucky.
Gia lo miró con incredulidad, sintiendo cómo una ola de indignación le subía por el pecho.
—Dime que es una broma. Dime que no acabas de inscribir a un caballo que casi muere envenenado hace quince días en la carrera más exigente del estado.
—No es una broma, Gia. Es lo que tengo que hacer —Nate dio un paso hacia ella, intentando sonar razonable, pero la desesperación se filtraba en cada sílaba—.
Faltan dos semanas para el Derby. Dos semanas enteras.
Seguirá mejorando cada día. Lo conozco, sé de lo que es capaz. Estará listo para entonces.
—¡No, no lo estará! —estalló Gia, alzando la voz, incapaz de contener la frustración—.
¡Maldita sea, Nate, no es una máquina a la que le cambias el aceite y vuelve a funcionar!
Ha pasado por un trauma físico y psicológico brutal.
¡Casi se muere! Un caballo necesita meses para recuperarse de una toxemia severa, no un par de semanas.
Si lo metes en esa pista, con el estrés de la carrera, las órdenes, el esfuerzo...
su corazón podría no resistirlo. Podrías matarlo tú mismo.
Las palabras golpearon a Nate como un mazo. Sus ojos de color café centellearon con furia y dolor.
—¡No te atrevas a decir eso! ¡Yo daría mi vida por este animal!
—¡Pues no lo parece! —Gia dio un paso hacia él, invadiendo su espacio, señalando el pecho de Nate con un dedo tembloroso por la rabia—. Parece que te importa más ganarle la partida a Drummond que el bienestar de Trueno. Estás dejando que tu orgullo y tu necesidad de venganza te cieguen.
—¡Deja de decir tonterías! —rugió Nate, tirando de las riendas. Se pasó la mano por el pelo—. Trueno es fuerte, es el caballo más fuerte que he visto jamás. Solo está desentrenado. En dos semanas estará al cien por cien, te lo aseguro.
—No puedes asegurar algo que va en contra de la biología. —La voz de Gia bajó de volumen, pero se volvió más mordaz, cargada de una decepción profunda que a Nate le dolió más que los gritos—. Sigue mi consejo, Nate. Retíralo de la carrera. Llama ahora mismo y cancela la inscripción.
Nate alzó los ojos para mirarla. Gia le sostuvo la mirada.
El viento levantó un poco de polvo entre los dos. Nate enderezó los hombros, cerrando cualquier puerta a la negociación. Su rostro mostró una expresión de determinación inamovible.
—No lo haré —aseveró—. Ya está inscrito. Y no voy a eliminarle de la carrera. Correremos el Derby.
Gia lo observó durante unos largos segundos, buscando algún rastro de duda en sus ojos, pero solo encontró un muro de terquedad. Sintió un nudo en la garganta, una mezcla de tristeza y rabia profesional.
—Solo espero que no estés equivocado —dijo.
Sin añadir una palabra más, dio media vuelta y comenzó a caminar con zancadas fuertes hacia la casa, dejando a Nate solo en medio de la pista, con el peso aplastante de su decisión y el sonido de la respiración forzada de Trueno a su espalda.
El portazo de la puerta trasera de la cocina resonó por todo el patio, haciendo vibrar los cristales de las ventanas. Gia no había querido cerrarla con tanta fuerza, pero la rabia que le hervía en las venas necesitaba una vía de escape, porque si no… ¡Joder!
El contraste entre el ambiente opresivo y polvoriento de la pista y la calidez de la cocina fue casi desorientador.
Olía a carne guisada y a masa de hojaldre (probablemente Martha estaba haciendo algún postre).
En el centro de la estancia, frente a la mesa de madera, estaba Martha.
La mujer, que había sido como una madre para Nate y el pilar emocional del rancho durante décadas, se encontraba secando unos cuencos de cerámica con un trapo de algodón.
Al escuchar el estruendo, levantó la vista.
No necesitó más que un segundo para leer el rostro de Gia.
Tenía las mejillas encendidas, la respiración agitada, los ojos llenos de frustración y la postura rígida de alguien que estaba a punto de explotar.
Martha dejó el cuenco sobre la mesa con una lentitud deliberada, como si no quisiera hacer ruido, y tomó aire.
—Por la fuerza con la que has cerrado esa puerta, deduzco que Nate ha vuelto a hacer gala de la legendaria terquedad de los Kenwood —dijo, con una voz calmada y profunda que buscaba ser un bálsamo.
Gia soltó un bufido que era mitad suspiro, mitad gruñido. Se acercó a la mesa y apoyó ambas manos sobre la superficie, dejando caer la cabeza.
—Es un insensato, Martha. Un completo y absoluto insensato —murmuró, cerrando los ojos y cogiendo una bocanada de aire. Podía sentir el latido de su propio corazón en las sienes, y el olor a sudor de caballo y tierra aún impregnada en su ropa—. Lo ha inscrito. Ha inscrito a Trueno en el Derby.
Martha frunció el ceño, y las arrugas alrededor de sus ojos se marcaron fruto de la preocupación. Se acercó a la cafetera, sirvió una taza humeante de café recién hecho y la deslizó por la mesa hasta dejarla frente a Gia.
—Toma un poco, cariño, te vendrá bien. Tienes los nudillos blancos —le indicó—. Sabíamos que el Derby era su objetivo, Gia. Lleva meses entrenando a Trueno para esa carrera.
—¡Pero Trueno no está listo! —estalló Gia, enderezándose de golpe.
Agarró la taza, pero no bebió, solo necesitaba tener algo entre las manos—.
Martha, vengo de verlo en la pista. Lo está llevando al límite.
Trueno respiraba como si tuviera los pulmones llenos de arena, sus flancos temblaban...
¡Hace dos semanas estaba al borde de la muerte!
Su corazón está empezando a estabilizarse ahora.
No puedes coger a un animal convaleciente de un envenenamiento severo y exigirle que corra la carrera más dura del país. Es una locura.
Martha dejó escapar un suspiro y se apoyó contra la encimera, mirando hacia la ventana que daba a los establos.
—Nate está cegado por vengarse de Barron Drummond —dijo.
—Puedo llegar a entenderlo, de verdad. —La voz de Gia se quebró un poco, revelando la angustia que se escondía debajo de su enfado—.
Lo que ha hecho Drummond no tiene nombre.
Pero no puede sacrificar a Trueno, no puede utilizarlo como arma contra él.
Le he dicho que el caballo necesita meses para recuperarse, no dos míseras semanas.
Y él simplemente... me ha ignorado. Se ha cerrado en banda. Dice que es un caballo muy fuerte.
Gia empezó a caminar de un lado a otro de la cocina, incapaz de quedarse quieta. Sus botas repicaban rítmicamente contra el suelo de baldosas.
—No puede ser tan cabezota, Martha. La biología no entiende de orgullo ni de venganzas. Si lo mete en esa pista de carreras, con el estrés, el ruido, la exigencia física... el corazón de Trueno podría fallar. Y se lo he dicho.
Martha cerró los ojos un instante al escuchar la crudeza de esas palabras. Conocía a Nate desde que era un niño que apenas llegaba a los estribos, y sabía lo mucho que amaba a sus animales.
—Eso ha tenido que dolerle —comentó.
—Pero es la verdad —replicó Gia, deteniéndose en seco—.
Como veterinaria, mi deber es el bienestar del animal.
Y como... —Gia dudó un segundo, tragando saliva—, como alguien que se preocupa por Nate, no puedo quedarme mirando cómo comete el mayor error de su vida.
Si Trueno muere en esa pista, Nate nunca se lo perdonará.
Lo destruirá por completo. Quizás se vengue de Barron Drummond, pero perderá el alma en el proceso.
Martha asintió lentamente, acercándose a Gia para ponerle una mano cálida y reconfortante en el hombro.
—Ese hombre tiene la cabeza más dura que una herradura de acero, siempre la ha tenido. Pero tú eres la única que le está diciendo la verdad que no quiere escuchar.
—Pues no parece que me escuche en absoluto. —Gia se pasó las manos por la cara, sintiendo un agotamiento repentino que le pesaba en los huesos—. Se niega a retirar la inscripción. No hay manera de convencerlo. No sé qué más hacer, Martha. No puedo esconder al caballo para que no lo monte.
—Dale un poco de tiempo para que tus palabras hagan eco en esa cabeza hueca que tiene —le aconsejó Martha, apretándole el hombro con cariño—.
Has plantado la semilla de la duda, Gia.
Él confía en ti más de lo que quiere admitir.
Ahora está a la defensiva, pero esta noche, cuando esté solo y las luces se apaguen, pensará en lo que le has dicho.
Solo espero que el sentido común le gane al orgullo antes de que sea demasiado tarde.
Gia miró el líquido oscuro de su taza de café, sintiendo un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre.
Quería creer a Martha, quería pensar que Nate entraría en razón, pero la imagen de los ojos fríos y determinados de él en la pista seguía grabada a fuego en su mente.
Y el tiempo corría en su contra. Solo quedaban dos semanas.