CAPÍTULO 34 #2
Nate cerró los ojos y dejó caer la cabeza entre los hombros.
Sus manos se aferraron a los bordes de la mesa con tanta fuerza que la madera crujió.
La perplejidad y el horror llenaban la cocina.
Todos se daban cuenta de lo que aquello significaba.
Ya no se trataba del pasado, de orgullo o de rivalidades en las pistas de carreras.
Drummond había cruzado una línea sin retorno.
Había llevado la guerra a la puerta de su casa.
Cuando Nate volvió a abrir los ojos, la furia había dado paso a algo mucho más frío, más oscuro y más aterrador. A una determinación letal.
—Se acabó —dijo, en un tono tan bajo y carente de emoción que hizo que a Gia se le erizara el vello de los brazos—. Esto no se va a quedar así.
Nate se apartó de la mesa con un movimiento brusco, haciendo que la silla volcara y se estrellara contra el suelo de baldosas.
No se molestó en mirarla. Sus ojos febriles estaban fijos en la puerta.
Metió la mano en el bolsillo de sus vaqueros manchados de polvo y sacó las llaves de la camioneta con un tintineo metálico que sonó como una sentencia.
—Voy a matarlo —gruñó, con la voz tan tensa que parecía a punto de desgarrarle la garganta—. Voy a ir a su maldito rancho, lo voy a arrastrar por el cuello hasta la calle y le voy a dar la paliza que lleva años mereciéndose.
Dio un paso hacia la salida, pero Gia fue más rápida. Se interpuso en su camino, plantándose firmemente entre él y la puerta.
—Nate, no. Para. —Gia levantó ambas manos y las apoyó sobre su pecho. Sintió el calor que irradiaba su cuerpo, el latido desbocado y furioso de su corazón golpeando contra sus palmas. Sus músculos estaban duros como el granito, tensos hasta el límite.
—Apártate, Gia —advirtió él, aunque no hizo ningún ademán de empujarla. Su respiración era pesada, irregular—. No intentes detenerme.
—No voy a dejar que hagas una locura. —Gia lo miró a los ojos, buscando al hombre racional debajo de toda aquella furia ciega.
—Gia tiene razón —intervino Martha.
—Si, es verdad —dijo Diego.
Nate chasqueó la lengua contra el paladar.
—Salgamos al porche. Necesitas aire —dijo Gia.
Sin esperar a que él aceptara, Gia deslizó una mano hasta su brazo, agarrándolo con firmeza, y empujó la puerta mosquitera con la otra, guiándolo hacia el porche trasero.
La brisa de la mañana, fresca y cargada con el aroma a pino, cedro y a tierra húmeda, los envolvió al instante, pero no era suficiente para apagar el fuego que consumía a Nate.
Él se soltó del agarre de Gia y comenzó a caminar de un lado a otro por las tablas de madera del porche, como un animal salvaje encerrado en una jaula demasiado pequeña. Se pasó las manos por el pelo, tirando de las raíces, abrumado por una mezcla tóxica de rabia, impotencia y culpa.
—¡Casi mata a mi caballo, Gia! —estalló, deteniéndose en seco para mirarla.
Sus ojos brillaban con una intensidad dolorosa, y su voz se rompió, revelando la vulnerabilidad que tanto se esforzaba por ocultar—.
¡Trueno confía en nosotros! Estaba en su cuadra, en su casa, y ese hijo de puta entró y le dio veneno.
¡Lo vi al borde de la muerte, Gia! ¡Si no llegas a estar tú, hoy estaríamos cavando una fosa!
—Lo sé, Nate. Estaba allí, lo vi igual que tú —respondió Gia, manteniendo un tono de voz suave pero firme, sabiendo que, si ella también perdía los nervios, la situación se descontrolaría por completo—.
Y estoy tan furiosa y asqueada como tú, pero ir a buscar a Drummond ahora mismo es la peor idea que podrías tener.
—¡Me da igual! —rugió Nate golpeando el poste de madera del porche con el puño. El impacto resonó de forma seca, pero Nate ni siquiera pareció sentir el dolor en los nudillos—. ¡Solo quiero que pague! ¡Quiero verle sangrar por lo que le ha hecho a Trueno!
—¿Y luego qué? —replicó Gia, dando un paso hacia él, acortando la distancia. No iba a dejarse intimidar por su ira—. Le rompes la cara. Lo dejas inconsciente. ¿Y después qué, Nate? La policía te arrestará antes de que salgas de su propiedad.
—Que lo hagan. Habrá valido la pena —replicó él.
—¡No, no habrá valido la pena! —Gia alzó la voz, obligándolo a escucharla—. Piensa con la cabeza, por favor. No tenemos pruebas de que haya sido él.
—¡Ambos sabemos que ha sido él! —la interrumpió Nate, señalando hacia el interior de la casa, donde el informe toxicológico seguía en la pantalla del portátil.
—¡Pero eso no le vale a un juez! —Gia lo agarró por los hombros, obligándolo a mirarla—.
Un informe de laboratorio dice que el caballo fue envenenado con dedalera, pero no dice quién se la dio.
No hay grabaciones de las cámaras, no hay testigos.
Drummond tiene el dinero y los abogados suficientes para salir impune, mientras que tú irás directo a la cárcel por agresión.
Nate apretó la mandíbula con tanta fuerza que Gia temió que los dientes le saltaran en pedazos. Sus ojos la miraban con ferocidad, pero ella no apartó la vista. Sostuvo su mirada, transmitiéndole toda la cordura que a él le faltaba en aquel momento.
—Si vas a buscarlo y le pones una mano encima, él gana, Nate —continuó Gia, bajando el tono de voz, haciéndolo más íntimo, más suplicante—.
Es exactamente lo que quiere. Quiere que pierdas el control.
Si terminas entre rejas, ¿quién va a proteger el rancho?
¿Quién va a cuidar de Trueno? El rancho quedará desprotegido, y Drummond se hará con él.
Le estarías sirviendo tus tierras en bandeja de plata.
Las palabras de Gia cayeron sobre Nate como un jarro de agua helada.
La imagen de Drummond paseándose por sus tierras, riéndose de su estupidez mientras él se pudría en una celda, cruzó por su mente.
El pecho de Nate subía y bajaba con violencia, pero la tensión en sus hombros comenzó a ceder, milímetro a milímetro.
Gia notó el cambio. Deslizó sus manos desde los hombros de Nate hasta su pecho, acariciándolo por encima de la tela de la camisa, buscando calmar a la bestia herida.
Ella podía. Solo ella podía.
—Entiendo lo que sientes, Nate —susurró—.
Te juro que lo entiendo. Pero si quieres frenarlo, tienes que ser más inteligente que él.
Tienes que golpearlo donde de verdad le duele, no con los puños.
Vamos a encontrar pruebas. Vamos a hacer que pague por esto, pero por la vía legal, o al menos de una forma que no te destruya a ti en el proceso.
No dejes que te quite también tu libertad, Nate. No se lo permitas.
Nate cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo y tembloroso. El sonido pareció arrancar desde lo más profundo de su alma. Toda la adrenalina y la furia que sentía lo abandonaron de golpe, dejando tras de sí un cansancio abrumador. Se inclinó hacia adelante, apoyando su frente contra la de Gia.
—Dios... —murmuró, con la voz ronca—. He estado a punto de perderlo, Gia. A punto de perderlo todo.
—Pero no lo has hecho. Trueno está vivo. Y tú estás aquí —respondió ella con voz dulce, acariciándole las mejillas con las manos.
Nate abrió los ojos. En su mirada ya no había rabia, sino un agradecimiento inmenso y un afecto tan profundo que a Gia se le cortó la respiración.
Sin decir una palabra más, Nate rodeó su cintura con sus fuertes brazos y tiró de ella hacia sí, envolviéndola en un abrazo de oso.
Gia le devolvió el abrazo al instante, rodeando su cuello con los brazos, enterrando el rostro en su hombro.
Olía a cuero, a sudor y a ese aroma inconfundible y reconfortante que era solo suyo y que a ella tanto le encantaba.
Se quedaron así durante un minuto, de pie en el porche, meciéndose imperceptiblemente, dejando que el latido de sus corazones se sincronizara.
Nate hundió el rostro en el pelo rubio de Gia, respirando su aroma, dejando que su presencia lo devolviera a la realidad. Y al sentido común.
—Gracias —susurró contra su melena, con la voz ronca—. Gracias por detenerme. Por salvar a mi caballo... y por salvarme a mí de mí mismo esta mañana. Hubiera matado a ese cabrón sin no llegas a impedírmelo. Joder, no sé qué haría sin ti.
Gia se apartó un poco para mirarlo a los ojos, con una sonrisa asomando a los labios.
—No tienes que averiguarlo. No voy a ir a ninguna parte —dijo.
Nate la miró, y la intensidad en sus ojos cambió de nuevo, llenándose de deseo y de ternura. Levantó una mano para apartar un mechón de pelo del rostro de Gia, acariciando su piel con una delicadeza que contrastaba con la rudeza de sus manos encallecidas.
Se inclinó lentamente, al tiempo que Gia se alzaba de puntillas para acortar la distancia entre ellos y sus labios se encontraron.
Fue un beso suave, limpio, tranquilo, en el que sus lenguas danzaron al mismo son.
Nate la estrechó más contra su cuerpo, como si temiera que pudiera desvanecerse, y Gia se aferró a él, respondiendo al beso con la misma pasión.