El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

La luz de la mañana se filtraba por la ventana de la cocina del rancho, pintando rectángulos dorados sobre la vieja mesa de roble.

Después de todo lo que había pasado con Trueno unos días atrás, era una mañana tranquila.

El aroma a café recién hecho y a tortitas llenaba el aire, un contraste casi cruel con la pesadilla que habían vivido unos días atrás.

Gia estaba sentada a la mesa, sosteniendo una taza humeante entre las manos, antes de lanzarse a la tarea diaria. Llevaba una camiseta verde básica, unos vaqueros y el pelo recogido, pero las ojeras oscuras bajo los ojos delataban la batalla que habían librado en el establo.

Frente a ella, la pantalla de su portátil brillaba con una luz blanca y fría.

Estaba intentando desayunar, obligándose a dar pequeños mordiscos a una tortita que le sabía a cartón por la falta de apetito, mientras Martha trajinaba en los fogones, limpiando la encimera con movimientos mecánicos que delataban su propia ansiedad.

Nate ya llevaba horas fuera. Había salido antes del amanecer, incapaz de quedarse quieto, buscando refugio en el trabajo físico para aplacar la inquietud de las sospechas que se habían despertado en él.

De repente, un agudo ping rompió el silencio de la cocina.

Gia parpadeó, sacudiéndose el letargo, y bajó la vista hacia la pantalla.

Una notificación de correo electrónico acababa de aparecer en la esquina inferior derecha.

El remitente era el Laboratorio de Diagnóstico Veterinario del Estado.

Era el informe toxicológico de las muestras del contenido estomacal que Gia había extraído de Trueno y que había enviado de urgencia al día siguiente, pidiendo por favor a un conocido que agilizaran el análisis todo lo que les fuera posible.

Sintió que el estómago se le encogía. Dejó la taza sobre la mesa con un leve temblor que hizo tintinear la porcelana.

—¿Qué pasa, cariño? —preguntó Martha, deteniendo el trapo de cocina en el aire al notar el cambio brusco en la postura de Gia.

—Son los resultados del laboratorio —murmuró ella, con la voz ronca.

Hizo clic en el correo y abrió el archivo PDF adjunto.

Sus ojos escanearon rápidamente el documento, saltándose los datos burocráticos para ir directamente a la sección de resultados.

Su formación le permitía leer entre líneas, pero no hacía falta ser un experto para entender las palabras resaltadas en negrita bajo el apartado de Sustancias Tóxicas Identificadas .

«Positivo en glucósidos cardíacos. Alta concentración de toxinas derivadas de digitalis purpurea.»

Gia dejó de respirar.

Un escalofrío gélido le recorrió la espina dorsal, paralizándola durante unos segundos. No había sido un cólico. No había sido una reacción alérgica ni un alimento en mal estado. Sus suposiciones se cristalizaron de golpe. Estaban en lo cierto.

—Dios mío... —susurró, llevándose una mano a la boca.

Martha se acercó rápidamente, secándose las manos en el delantal, con el rostro surcado por una preocupación que no podía disimular.

—Gia, me estás asustando. ¿Qué dice? ¿Qué tenía Trueno?

—Dedalera —respondió Gia, levantando la vista hacia Martha. Sus ojos reflejaban una mezcla de horror y una rabia incipiente—. Digitalis purpurea . Es una planta muy tóxica. Alguien se la dio a Trueno, probablemente mezclada con un puré dulce o melaza para enmascarar el sabor amargo.

Martha se llevó una mano al pecho, ahogando un grito de asombro.

—¿Entonces es verdad? ¿Alguien entró en el establo y envenenó al caballo?

—Por eso su corazón falló de esa manera —continuó Gia, hablando casi para sí misma mientras las piezas del rompecabezas encajaban en su mente con una precisión aterradora—.

La dedalera ataca directamente al sistema cardiovascular.

Provoca arritmias severas, bloqueos cardíacos...

Por eso el pulso de Trueno era tan errático y débil.

También causa cólicos violentos, diarrea, temblores musculares, dilatación de las pupilas y una dificultad respiratoria extrema.

Si no hubiéramos estado allí para hacerle el lavado de estómago, si hubiéramos tardado media hora más...

habría muerto de un paro cardíaco. Ha sido un intento de asesinato, Martha. Y ha sido premeditado.

—Dios Santo…

El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el tic tac del reloj de pared.

Martha se dejó caer en la silla frente a Gia, con el rostro pálido como un fantasma.

La idea de que alguien hubiera cruzado los límites del rancho en la oscuridad, con la intención deliberada de causar una muerte tan agónica a un animal inocente, era algo que su mente apenas podía procesar.

En ese momento, la puerta trasera se abrió. Diego entró, sacudiéndose el polvo de las botas y quitándose el sombrero de ala ancha. Venía buscando un termo de café, pero se detuvo en seco al ver la expresión de Gia y de Martha.

—Buenos días... —empezó, frunciendo el ceño—. ¿Qué ha pasado? Parece que habéis visto al mismísimo diablo. ¿Es que Trueno ha empeorado?

—Trueno está estable —se apresuró a decir Gia, aunque su voz temblaba un poco—. Pero acaban de llegar los informes del laboratorio. Tal y como sospechábamos, no fue un accidente, lo envenenaron con dedalera.

Diego se quedó petrificado. Sus curtidas facciones, normalmente amables y relajadas, se tensaron de golpe. Los ojos oscuros del hombre se abrieron de par en par, procesando la información.

Dedalera, esa vieja y bonita planta que mataba con elegancia, pensó. Alguien quería a Trueno muerto. Alguien quería que las esperanzas del Derby se desvanecieran.

Él, que había criado a Trueno desde que era un potro, sintió una oleada de náuseas y furia.

—¿Envenenado? —repitió, apretando los puños a los costados hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Así que alguien se ha atrevido a entrar en el establo y a darle veneno a Trueno.

—Una dosis letal —confirmó Gia, girando la pantalla del portátil para que Diego viera el documento, aunque sabía que no necesitaba leerlo para comprender la gravedad del asunto —. Habría muerto si no le hubiera hecho el lavado de estómago nada más de verlo.

Diego soltó una maldición en voz baja, pasándose una mano por el pelo encanecido. Miró a Gia y luego a Martha, y la misma conclusión silenciosa pasó por la mente de los tres. Solo había una persona capaz de hacer algo así.

—Nate tiene que saber esto. Ahora mismo —dijo Diego, con la mandíbula tan apretada que parecía a punto de romperse los dientes.

Dio media vuelta sin esperar respuesta y salió por la puerta, dejando que la mosquitera se cerrara de golpe tras él.

Los minutos que siguieron parecieron horas.

Gia apartó la vista del portátil, incapaz de seguir mirando las letras negras que confirmaban hasta dónde podía llegar la maldad humana.

Martha se levantó y empezó a fregar la misma taza una y otra vez en el fregadero, buscando consuelo en el movimiento repetitivo, aunque sus manos temblaban visiblemente.

Ambas estaban perplejas, atrapadas en una sensación de vulnerabilidad insoportable.

El rancho siempre había sido un refugio, un lugar seguro.

Ahora, se había convertido en un campo de batalla.

De pronto, el ruido de unas botas pesadas golpeando la madera del porche resonó como truenos. La puerta de la cocina se abrió con tal violencia que el pomo golpeó contra la pared, casi a punto de desconchar el yeso.

Nate irrumpió en la cocina.

Estaba cubierto de polvo y sudor, con la camisa de trabajo manchada de grasa y tierra, pero nada de eso importaba.

Lo que helaba la sangre era su rostro. Era la viva imagen de la furia desatada.

Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, ardían con un fuego oscuro y salvaje.

Las venas del cuello y de los brazos estaban marcadas, palpitando con una mezcla de ira y adrenalina.

Respiraba de forma agitada, como un depredador a punto de saltar sobre una presa.

Diego entró detrás de él, manteniéndose a una distancia prudencial, con expresión sombría.

—¡Ese hijo de puta! —rugió Nate, y su voz profunda hizo vibrar los cristales de la ventana.

Agarró la primera silla que encontró y le dio una patada con una fuerza brutal, haciendo que se estrellara contra los armarios de la despensa.

Martha dio un respingo, llevándose las manos a la boca, pero no dijo nada. Sabía que no había forma de contener la tormenta que había desatada en su interior.

Gia se puso en pie lentamente, manteniendo la mirada fija en él.

—Nate...

—¡Barron Drummond! —Nate escupió el nombre como si fuera veneno, caminando de un lado a otro de la cocina como un león enjaulado—.

¡Ese maldito bastardo! Sabía que era una rata, sabía que jugaba sucio, pero esto...

—Se detuvo en seco, apoyando ambas manos sobre la mesa de roble y respirando entrecortadamente mientras miraba a Gia—.

¿Cómo se ha atrevido a llegar tan lejos?

¿Entrar en mis tierras? ¿Tocar a mis animales?

La voz de Nate tembló ligeramente al final, traicionando el dolor que latía bajo su inmensa rabia.

Trueno no solo era un caballo de carreras, no solo era una inversión.

No, joder, no solo era eso. Era un ser vivo que estaba bajo su protección.

Un símbolo de todo lo que había salvado.

Un símbolo de todo lo que representaba su rancho, el que había hecho resurgir de las cenizas durante años para que fuera el mejor del estado.

—Quería matarlo, Nate —dijo Gia, obligándolo a enfrentar la realidad completa—. La dosis de dedalera era suficiente para ser letal. Si el caballo no hubiera tenido la constitución que tiene y no le hubiera hecho el lavado de estómago en cuanto lo vi, quizás habría muerto en unas horas.