El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 33 #2
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CAPÍTULO 33 #2

—No puedo ver nada —respondió Nate—. Como si las cámaras no hubieran grabado nada.

Jim echó un vistazo.

—Han hackeado las cámaras —concluyó.

—¿Se puede hacer eso? —preguntó Diego.

—Si sabes cómo, sí —respondió Jim.

—¡Joder! —ladró Nate—. Esto es una puta mierda. ¿Cómo es posible que hayan hackeado las cámaras?

—La tecnología es lo que tiene —dijo Jim—. No es perfecta.

Nate lanzó un suspiro resignado. Todo parecía estar en su contra.

Se sentó sobre los talones, después de guardarse el teléfono, y apoyó las manos en el costado del caballo. Su voz sonó ruda.

—Cuando descubra quién ha hecho esto...

—¿Qué harás? —lo interrumpió Gia, sin apartar la mirada de Trueno—. ¿Lo matarás a golpes con tus propias manos?

—Tal vez —aseveró Nate.

—Quien lo haya hecho no se merecería menos —intervino Diego. Y Jim parecía estar de acuerdo.

—¿Y entonces qué? —preguntó Gia, mirándolos a los ojos—. Seguiremos teniendo un caballo envenenado y el nombre de Nate quedará arruinado.

Él no respondió. Solo la miró con una expresión tranquila pero desgarradora, que demostraba que se debatía entre la furia, la culpa y un sinfín de cosas que jamás diría en voz alta, porque todas eran delito.

Gia exhaló un suspiro y apartó la crin de Trueno de su rostro.

—No hagas nada todavía, Nate. No digas nada. No presupongas nada. Ni siquiera sabemos a qué nos enfrentamos.

Pero Nate no la escuchaba. Su mirada estaba distante, fija en algún punto entre el caballo y el pasado.

Porque, en el fondo, él ya lo sabía.

Aquello no era solo un sabotaje. Era algo personal.

Contra él. Contra su padre.

Y el hombre que estaba detrás de todo, el mismo que había fingido durante años que no existía, acababa de dar el primer golpe.

Las horas transcurrieron como años. El sol ascendió lento y cruel, indiferente al caos que se vivía dentro del establo.

El aire estaba cargado de olor a antiséptico, a heno y a miedo. Ese aroma metálico, demasiado característico, que solo aparece cuando algo muy importante está a punto de perderse.

Gia no dejaba de moverse. No paraba de frotarse las manos, los ojos le ardían por la preocupación y tenía la ropa manchada de sudor y suciedad.

Mantenía la atención fija en las cifras, las dosis, las constantes vitales y el tiempo transcurrido desde el lavado de estómago, porque sabía que, si se detenía lo suficiente para pensar, podría derrumbarse.

La vida de Trueno pendía de un hilo.

La respiración del caballo se fue estabilizando poco a poco. Cada exhalación requería menos esfuerzo que la anterior. Sus costados subían y bajaban con un ritmo que ya no expresaba pánico, sino al agotamiento que promete calma.

El ambiente del establo era diferente, más tranquilo, silencioso. Por suerte, el caos había quedado atrás.

Gia se pasó el brazo por la frente.

—Se está estabilizando. El ritmo cardíaco se normaliza y la respiración es constante. Aún no está fuera de peligro, pero... —Exhaló, con la mirada más dulce—. Creo que lo logrará.

Y ahí fue cuando Nate se quebró.

No hubo ruido. No hubo ninguna escena dramática ni gritos.

Solo un pequeño sonido que se le escapó antes de que pudiera detenerlo, mitad suspiro, mitad sollozo.

Se dejó caer resbalando por la puerta de la cuadra, como si su cuerpo se rindiera.

Inclinó la cabeza y hundió el rostro entre las manos, con los hombros encorvados y la respiración entrecortada.

Era una escena que no encajaba con un hombre acostumbrado a tenerlo todo bajo control.

Pertenecía más bien a alguien que había estado aguantando demasiado tiempo y que, finalmente, se había quedado sin fuerzas.

—Oh, Nate... —La voz de Martha llegó desde el otro lado. Lo miró y se quedó quieta. Ya había visto aquello antes. Ese dolor silencioso que necesita espacio para desahogarse, para salir.

Gia se quedó allí, indecisa durante unos segundos. Luego se limpió las palmas de las manos en los vaqueros y se agachó junto a Nate, tan cerca que sus hombros casi se tocaban.

—Va a salir adelante —dijo. Sus palabras reflejaban más esperanza que realidad.

Nate no levantó la vista de inmediato. Cuando lo hizo, tenía los ojos vidriosos y enrojecidos, como si hubiera estado luchando contra aquellas emociones todo el día. Su voz sonó grave.

—No puedes prometer eso —aseveró.

—Lo acabo de hacer —murmuró Gia.

Se miraron en el frágil silencio que los rodeaba, atrapados entre el alivio y algo mucho más profundo y pesado.

Nate exhaló el aire de los pulmones.

—Lo has salvado —dijo.

Gia negó con la cabeza.

—Lo hemos salvado.

Pero él no la dejó continuar.

—No. Tú. Tú eres la razón por la que aún respira. Y yo... —Su voz se apagó a media frase. Bajó la mirada y negó con la cabeza—. Todo esto es culpa mía.

A Gia se le encogió el estómago. Ahí estaba de nuevo esa herida vieja y supurante.

—¿De qué estás hablando? —preguntó.

Nate levantó la vista hacia ella.

—Es mi culpa —repitió, con la voz temblorosa—. Lo de Trueno. Todo.

Gia frunció el ceño, confundida.

—¿De qué estás hablando?

—Barron Drummond. —Nate escupió el nombre con asco—.

No es solo un rival. Es el fantasma de mi padre con traje a medida.

Cuando mi padre murió, no solo heredé este rancho, sino también cada centavo de la deuda que tenía con ese hombre.

La saldé al cabo de los años, pero no fue suficiente.

—Soltó una risa corta y amarga—. Drummond ha estado siempre rondando como un buitre, tratando de quedarse con el rancho.

Gia parpadeó.

—¿Por eso crees que ha envenenado a Trueno? ¿Para que pierdas el Derby? ¿Para asustarte y obligarte a vender?

Nate asintió con la mandíbula apretada.

—Esa sería la versión optimista. No, él quiere destruir todo lo relacionado con el apellido Kenwood.

Mi padre lo humilló una vez, y ese cabrón ha estado buscando venganza desde entonces.

Esto... —Señaló al caballo, el desastre a su alrededor y el agotamiento en sus rostros—... esto ha sido solo el primer paso.

A Gia se le encogió el corazón.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Nate soltó una risa seca que se le quedó atascada en la garganta.

—Porque no quería que te vieras involucrada. Tú no tienes nada que ver con los problemas de mi padre, y yo no iba a arrastrarte a esto. —El pecho de Nate subía y bajaba, como si luchara consigo mismo para poder respirar.

Gia lo entendió todo. Nate nunca pedía ayuda y prefería sufrir en silencio con tal de proteger a los demás.

—Y aun así... —dijo, señalando con el brazo el establo, a Trueno y la paja esparcida por el suelo—. Aquí estoy. En medio de todo. Y no pienso irme.

Nate le sostuvo la mirada.

—¿Te han dicho alguna vez que eres una mujer muy peleona? —le preguntó.

—Alguna vez que otra —respondió Gia en tono de broma.

Nate sonrió, inclinó la cabeza y le dio un beso en los labios. En mitad de la pasión, Diego carraspeó ruidosamente para hacer notar su presencia.

Tanto Gia como Nate se habían olvidado por completo de que no estaban solos. Rompieron el beso y Nate alzó la vista hacia él.

De pronto, notó que las mejillas le ardían. ¿Cómo era posible? ¿Él sonrojándose? ¿Acaso era un adolescente? ¿Qué cojones le pasaba?

—Bueno, supongo que ya sabéis que Gia y yo estamos juntos —dijo.

—¿De verdad? —intervino Martha en tono irónico, que observaba la escena como si fuera una película.

—No nos habíamos dado cuenta, jefe —dijo Diego con sorna.

—Sí, porque no se os nota nada en la forma en la que os coméis con la mirada —comentó Martha.

—Vale, dejad de ver esto como un espectáculo en prime time —dijo Nate, serio.

—Esto es mejor que cualquier programa del prime time —dijo Martha.

—Venga ya —se quejó Nate.

Todos se echaron a reír.

—Deberías dormir un rato antes de que te desmayes —dijo Gia.

Nate soltó una risilla, la primera de verdad en horas, y sacudió la cabeza.

—Qué mandona eres.

—Alguien tiene que serlo.

Gia lo besó, sin frenesí ni desesperación, sino despacio. Saboreando sus labios como si fuera lo más exquisito del mundo.

—Iros a la habitación —bromeó Jim.

Volvieron a reír de nuevo.

Trueno soltó un leve resoplido, como para secundar la iniciativa.

—Hasta él está de acuerdo —murmuró Diego, acariciando la crin del caballo.

Cuando la primera luz del alba se extendió por los campos, Trueno pudo ponerse en pie de nuevo. Lo hizo tembloroso y con esfuerzo, pero al menos estaba vivo.

Gia se levantó del suelo, con el cuerpo dolorido por el largo día y la larga noche que habían pasado y también por el agotamiento.

Nate se acercó por detrás, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro.

—Eres especial, ¿lo sabías?

Ella sonrió, demasiado cansada para bromear, pero lo intentó de todos modos.

—Lo dices como si fuera un cumplido.

—Lo es —afirmó Nate, dándole un beso en la sien—. Hoy has salvado a alguien más que a Trueno.

Gia inclinó la cabeza, sonriendo.

—¿Al rancho? ¿Al ganado? ¿El cuello de Barron Drummond?

Nate hizo una pausa, y su voz fue apenas un susurro, después de la sonrisilla que esbozó.

—A mí.

—Eres un exagerado —dijo Gia.

—Te aseguro que no exagero ni un poco.