El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 33
56%

CAPÍTULO 33

La luz pálida del amanecer apenas se filtraba por las cortinas cuando Gia abrió los ojos.

El calor del cuerpo de Nate a su lado resultaba reconfortante tras la intensidad de la noche que habían compartido, pero la tensión en los músculos de él delató que llevaba un buen rato despierto.

Estaba tumbado boca arriba, con la mirada fija en el techo y el ceño fruncido, completamente absorto en sus pensamientos.

Gia se deslizó bajo las sábanas hasta acurrucarse contra su costado, y apoyó la cabeza en su pecho desnudo. Podía escuchar el latido acompasado de su corazón, pero también percibir la profunda inquietud que lo consumía.

—Sigues dándole vueltas a lo de ayer, ¿verdad? —murmuró, rompiendo el silencio de la habitación con voz adormilada—. A lo de que alguien haya entrado en el establo.

Nate soltó un suspiro pesado y rodeó los hombros de Gia con el brazo, atrayéndola un poco más hacia él.

—No puedo evitarlo —confesó, con la voz ronca por el sueño—. Que Barron merodeara por aquí no es una simple casualidad, Gia.

Ella levantó la vista para mirarlo. Los ojos de Nate reflejaban una mezcla de rabia contenida y preocupación.

—No tienes dudas sobre él, ¿verdad? —preguntó.

—Ninguna. —Nate contrajo la mandíbula con fuerza, y las facciones de su rostro se endurecieron—.

Barron es un hombre sin escrúpulos. No le importa jugar sucio y es capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya o de hundir a quien se le cruce en el camino.

Es un viejo conocido. Si ha puesto sus ojos en el rancho, no se va a detener. Tengo un mal presentimiento.

Gia acarició suavemente el pecho de Nate, trazando círculos invisibles con las yemas de los dedos para intentar calmar la tensión que irradiaba su cuerpo.

—Oye, escúchame —dijo, rotunda, tratando de tranquilizarlo—. Estaremos más pendientes. Seremos mucho más precavidos a partir de ahora. Haremos todo lo que esté en nuestras manos para que Trueno esté bien. No le va a pasar nada. Estamos juntos en esto.

Nate bajó la mirada hacia ella. La sinceridad y la determinación en los ojos azules de Gia lograron suavizar un poco la dureza de su expresión.

Le apartó un mechón de pelo del rostro y le acarició la mejilla con ternura, visiblemente agradecido por su apoyo y por la preocupación que estaba mostrando respecto a aquel tema.

—Gracias —susurró, dejando escapar parte del peso que cargaba sobre los hombros—. No sé qué haría sin ti.

Gia sonrió y acortó la distancia que los separaba. Sus labios se encontraron en un beso lento y profundo, cargado de la necesidad de aferrarse el uno al otro antes de que el mundo real volviera a exigir su atención.

El horizonte se pintaba de oro cuando Gia lo oyó, un sonido que no encajaba en aquella mañana. Un ruido seco y apagado. No era el crujido de la madera ni el viento deslizándose entre los establos. Era más pesado. Carne golpeando contra el suelo.

El pánico tenía un sonido, y era exactamente aquel.

Se quedó quieta unos segundos en el porche trasero de la casa, con la taza de café en la mano. La tercera del día, y, sinceramente, lo único que le impedía volverse una asesina casi todas las mañanas. Pero el sonido volvió a escucharse, seguido de un ruido gutural que le revolvió el estómago.

Dejó caer la taza. El café le salpicó las botas, pero ni siquiera se inmutó.

—Trueno —susurró. El nombre sonó como una plegaria y una maldición a la vez, justo antes de echar a correr.

Las puertas del establo se abrieron de golpe contra la pared cuando ella irrumpió en el interior.

Lo que vio la dejó sin aliento. Trueno, el orgullo de Millstone, el caballo que había sido la mitad de su batalla y la mitad de su corazón desde el día que había llegado, estaba en el suelo.

Tumbado de lado, con sus enormes músculos temblando y los ojos en blanco, desorientado.

Los cascos rozaban inútilmente la paja. Su respiración era superficial e irregular.

El olor la impactó de inmediato. No era sudor. No era miedo. Era algo extraño.

—¡Oh, no! No, no, no —masculló, con la voz temblorosa mientras caía de rodillas a su lado—. Vamos, grandullón, levántate.

Sus manos se movieron por instinto antes de que su cerebro pudiera reaccionar, comprobando el pulso, la temperatura y el color de las encías. Todo lo que tocaba confirmaba lo que ya temía. No era agotamiento. No era un cólico. Era intencional. Alguien se lo había hecho.

—¡Nate! —gritó, con la voz tan fuerte que le dolieron las cuerdas vocales—. ¡Nate!

Unos pasos retumbaron por el pasillo del establo, rápidos y pesados. Y entonces apareció, con la cara desencajada por el tono de Gia al llamarlo y el pelo revuelto por la carrera.

—¿Qué pasa? —La voz de Nate sonó llena de pánico.

—Todavía no lo sé —respondió Gia, que ya estaba trabajando, palpando aquí y allá—. Tiene el corazón acelerado, está empapado en sudor y las encías están pálidas. Parece una intoxicación, Nate.

—¿Intoxicación? —repitió él, sin entender.

Gia sacudió la cabeza.

—Veneno —afirmó ya sin preámbulos.

Nate se dejó caer a su lado, con los ojos muy abiertos y el pecho agitado.

—¿Veneno? ¿De qué demonios estás hablando? —dijo, sin dar crédito a lo que estaba escuchando.

—Algo que ha ingerido. —La mirada de Gia recorrió la cuadra rápidamente hasta que lo vio. Un reguero de un líquido blanquecino, como baba espumosa, en el suelo.

El rostro de Nate se tensó. La furia atravesó su miedo.

—¿Estás diciendo que alguien...?

—Digo que no ha sido casualidad —lo cortó Gia, aunque enseguida suavizó la voz—. Tráeme el maletín y también agua limpia en un cubo y otro cubo vacío. ¡Ahora!

Nate ya había salido corriendo antes de que ella terminara de hablar, gritando los nombres de Diego y Jim por el pasillo.

Gia presionó una mano contra el cuello de Trueno. La piel del semental estaba resbaladiza por el sudor, y el calor emanaba de él como si fuera un horno. Su respiración se entrecortaba, emitiendo un sonido húmedo y roto que a ella le causaba un dolor físico en el pecho.

—Oye —susurró con la voz emocionada—. Quédate conmigo, grandullón. ¿Me oyes? No puedes rendirte. No puedes hacernos esto.

Ya no sabía si le estaba hablando al caballo o a sí misma.

El establo se llenó de movimiento. Pasos apresurados, botas golpeando el suelo, el ruido metálico de los cubos, y Martha, que había visto salir corriendo a Gia tras el golpe del caballo, mascullando algo a medio camino entre una oración y una maldición desde la puerta.

Diego entró primero, sin aliento, seguido de Jim, que aún llevaba una pala en la mano, como si tuviera que defender algo con ella.

—Dios Santo —murmuró Diego, con los ojos abiertos como platos, al ver la escena—. ¿Qué cojones…?

—No te quedes ahí parado —ladró Gia sin levantar la vista—. Jim, sujétale la cabeza a Trueno. Diego, dale agua, rápido, pero a pequeños sorbos —ordenó.

—Ahora mismo —dijeron ambos hombres.

Nate reapareció segundos después con el maletín de Gía, dos cubos de agua y trapos limpios.

Sus manos temblaban lo suficiente para delatar su miedo.

Se arrodilló junto al caballo con movimientos rápidos y seguros, pero su rostro parecía el de alguien a quien le acababan de decir que el mundo se acabaría antes del mediodía.

Gia abrió rápidamente el maletín y sacó un vial y una jeringuilla.

—Voy a sedarle un poco para poder introducir la sonda gástrica y hacerle un lavado de estómago —explicó, obligándose a no pensar en qué pasaría si había llegado demasiado tarde.

Cuando Trueno quedó inmóvil, y bajo la atenta mirada de todos, Gia comenzó a ingresar la sonda por una de las fosas nasales.

Lo hacía firme pero suave, para no causar ningún daño al animal.

Cuando la sonda llegó al estómago, Gia aspiró por el extremo de ella que había quedado fuera y lo colocó sobre un cubo vacío.

De inmediato salió el contenido del estómago.

—Vamos —murmuró, mientras se llenaba el cubo.

Después introdujo agua. Y lo hizo varias veces hasta que el fluido gástrico salió completamente limpio y sin residuos.

—Ya está, grandullón. Ya está —susurró.

La mano de Nate se movió hacia el cuello del caballo, lenta y firme, trazando pequeños círculos con el pulgar sobre el pelaje sudado. Susurró palabras suaves, apenas perceptibles. No eran para el caballo, en realidad no. Eran para sí mismo.

—Tranquilo, amigo. Estoy aquí. —Su voz tembló un poco en la última palabra.

Gia no levantó la vista, porque sabía que, si lo hacía, perdería el débil hilo de control al que se aferraba.

Su pulso latía con fuerza y todo su cuerpo temblaba por el esfuerzo.

Inyectó el resto del sedante, observando cómo los números en el monitor portátil que había arrastrado Jim desde el cuarto de apeos se regulaban poco a poco.

—Esto debería estabilizarlo —dijo con voz ronca—. Si lo hemos detectado a tiempo.

Ese «si» flotó en el aire como una cuchilla.

Sin pensar en nada, Gia le pasó a Diego un frasquito.

—Ponte unos guantes y coge una muestra de la saliva blancuzca que hay al lado del comedero.

Diego asintió.

Gia miró después a Nate.

—Tú coge otra muestra del cubo —indicó.

Al igual que Diego, Nate asintió.

Durante un rato, el único sonido fue la respiración pesada e irregular, tanto de Trueno como de los que estaban allí. El olor a sudor, a miedo y a medicinas llenaba la cuadra.

Martha estaba de pie al lado de la puerta, con los dedos entrelazados, murmurando una oración en voz baja.

—¿Quién haría algo así? —susurró.

Nadie respondió, pero todos sabían hacia dónde volaban los pensamientos.

—Hey, podemos saberlo por las grabaciones de las cámaras —recordó Diego.

—Es cierto —dijo Nate.

Rápidamente sacó el teléfono del bolsillo del pantalón y entró en la aplicación de la compañía en la que había contratado la seguridad del rancho. Desde ella podía acceder a las grabaciones de las cámaras, pero cuando intentó verlas, se encontró con una grabación totalmente oscura.

—¿Qué demonios pasa? —se quejó.

Diego y Jim se acercaron a él.

—¿Qué ocurre? —preguntó Diego.