CAPÍTULO 32 #2
Se acercó poco a poco, dejando que el caballo la olfateara antes de posar la palma sobre él. En cuanto sus dedos rozaron el pelaje, Gia notó algo que la hizo fruncir el ceño, extrañada. Deslizó la mano detrás de las orejas del semental y luego por la base del cuello.
—Nate, ven a ver esto —pidió, sin levantar la voz.
Él se acercó de inmediato.
—¿Está herido?
—No, pero tócalo aquí. —Gia guio la mano de Nate hacia el cuello del animal—. ¿Lo notas? Es sudor seco. Y el pelaje está apelmazado detrás de las orejas.
Nate frotó las yemas de los dedos. La textura era áspera. Lo que confirmaba las palabras de Gia.
—Anoche no hizo calor —razonó, mirando a su alrededor.
—Exacto. Las temperaturas han bajado mucho de madrugada —confirmó Gia, adoptando su tono más clínico y profesional—. Un caballo no suda así por el clima en una noche fresca. Esto es estrés. Ha estado sometido a un estado de pánico o de alerta máxima durante un tiempo prolongado.
Gia bajó la vista hacia el suelo de la cuadra y señaló la cama de paja. Cerca de la puerta, estaba completamente destrozada y apartada hacia los bordes, dejando a la vista el suelo de goma desnudo.
—Mira ahí —continuó hablando—. Ha estado pateando el suelo y moviéndose de un lado a otro frente a la puerta durante gran parte de la noche. —Se quedó pensando unos segundos—. Alguien ha estado aquí, Nate.
Nate se pasó la mano por el cuello.
—Joder —masculló, con visible preocupación.
—Alguien ha entrado en el establo, se ha acercado a su cuadra y lo ha alterado lo suficiente como para dejarlo en este estado. Y por lo que veo en los otros caballos, el intruso no pasó desapercibido para el resto.
Nate retrocedió un paso. Su mirada se deslizó del suelo revuelto al cerrojo de la puerta, y de ahí al rostro tenso de Gia. La rabia comenzó a hervir en sus venas. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que un músculo palpitó en su mejilla.
—Barron —pronunció, y el nombre sonó como una maldición en el aire fresco del establo.
Gia se quedó helada durante un segundo, recordando la sonrisa afilada y la amenaza velada del hombre que había estado en el rancho el día anterior.
—¿Barron Drummond? —preguntó, dudando—. Nate, sé que os odiáis, pero... ¿de verdad crees que sería capaz de mandar a alguien a colarse en tu rancho en mitad de la noche? Es un delito.
Nate soltó una risa amarga y carente de humor. Se ajustó el sombrero, y cuando volvió a mirar a Gia, no había ni rastro de duda en su expresión.
—Gia, ese hombre es capaz de eso y de mucho más. Si cree que Trueno es una amenaza para él en el Derby, no se detendrá ante nada. Esto no ha sido una gamberrada. Ha sido un aviso.
El sonido de unas botas acercándose por el pasillo principal rompió el tenso silencio que se había instalado en la cuadra. Diego y Jim aparecieron doblado la esquina. Ambos se detuvieron casi a la vez al notar la expresión sombría de Nate y la postura de Gia.
—¿Pasa algo, jefe? —preguntó Diego, quitándose el sombrero y frunciendo el ceño al ver la paja revuelta—. Los caballos de las primeras cuadras están bastante alterados.
Nate salió de la cuadra, cerrando la puerta tras de sí y asegurándose de dejar la manilla del cerrojo hacia abajo, tal como debía estar, como la dejaban siempre.
—Alguien ha entrado en el establo esta noche —dijo Nate, sin rodeos. Su voz era dura como el pedernal—. El cerrojo de la puerta de Trueno estaba hacia arriba y el caballo está cubierto de sudor seco. Lo han estado acosando de madrugada.
Jim cruzó los brazos sobre el pecho, intercambiando una mirada con Diego.
—Barron —dijeron los dos casi al unísono.
Gia los miró, sorprendida por la rapidez con la que ambos habían llegado a la misma conclusión que Nate. ¿Tan evidente era?
—¿Tan seguros estáis? —preguntó, todavía intentando asimilar el nivel de hostilidad que rodeaba al rancho.
Nate se apoyó contra la madera de la cuadra y suspiró, pasándose una mano por el pelo.
—Gia, Barron lleva buscando la manera de hundir este rancho desde hace veinticinco años —explicó, mirándola a los ojos con una seriedad abrumadora—.
Mi padre le ganó en el Derby de Kentucky aquel año.
Le arrebató la victoria en el último segundo, y Barron perdió mucho más que dinero, perdió su orgullo, su prestigio.
Todavía está muy resentido por ello. Es como un veneno que lleva dentro.
No soporta vernos resurgir, y hacerle competencia, y menos con un caballo como Trueno.
Todo el condado sabe que es el mejor caballo de la zona.
Ambos pujamos por él cuando era un potrillo, pero fui yo quien lo compró.
Diego asintió lentamente, dándole la razón, pero la expresión de Nate se volvió aún más oscura.
—El problema —continuó, bajando la voz y mirando de reojo hacia la entrada del establo— es cómo han entrado.
Confío en vosotros dos con mi vida, Diego, Jim...
pero no las tengo todas conmigo respecto al resto de los trabajadores.
Barron tiene los bolsillos muy profundos y es capaz de comprar a cualquiera que se deje.
Diego dio un paso al frente, visiblemente incómodo por la acusación implícita hacia los muchachos que él mismo supervisaba.
—Nate, los chicos son leales. Llevan tiempo con nosotros. Saben lo importante que es este caballo —dijo—. No creo que se arriesgaran a algo así, perderían su trabajo y su reputación.
—No digo que no confíe en ellos, Diego —lo interrumpió Nate, tajante—.
Pero son jóvenes. Tienen la cabeza llena de pájaros y deudas que pagar.
Barron siempre juega sucio, sabe qué botones apretar.
Mil dólares aquí, una promesa allá... y de repente alguien «olvida» echar el candado de la puerta principal.
Jim carraspeó, intentando rebajar la tensión que había en el ambiente.
—Sea como sea, tenemos que extremar las precauciones desde ya —intervino—. Haremos guardias nocturnas, si es necesario. Diego y yo podemos turnarnos. Además, se pueden instalar cámaras de seguridad hoy mismo. En las entradas, en el pasillo y una apuntando directamente a la cuadra de Trueno.
Gia asintió, de acuerdo con la idea.
—Las cámaras disuadirán a cualquiera que intente acercarse de nuevo —dijo.
Nate negó con la cabeza. Una mueca amarga fruncía sus labios. Miró hacia las vigas de madera del techo, como si ya pudiera ver los dispositivos instalados, y luego volvió a mirar a su equipo.
—Las pondremos hoy mismo. Llamaré a los técnicos —aseveró—.
Pero no os engañéis. Barron no se achanta ante nada, ni siquiera ante unas cuantas cámaras de seguridad.
Si quiere llegar hasta Trueno, encontrará un punto ciego, o mandará a alguien con un pasamontañas.
Las cámaras nos dirán qué ha pasado, pero no lo detendrán.
A partir de hoy, este establo será una fortaleza.
Nadie entrará ni saldrá de él sin que yo lo sepa.