El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Gia estaba de pie junto a la cerca del corral, con las botas bien plantadas y los brazos cruzados.

Seguía con la mirada los movimientos de Trueno, mientras el caballo agitaba la crin y resoplaba, pateando el suelo con tanta fuerza que hacía temblar la verja.

El semental hacía honor a su nombre. Era fuerte, salvaje y orgulloso.

Nate ya estaba dentro del corral, con una mano firme en las riendas y la otra acariciando el cuello del caballo. Se encontraba tranquilo, demasiado quizás, lo que en él solía significar que estaba a punto de cometer alguna imprudencia.

Jim, Diego y la mitad de los trabajadores del rancho merodeaban cerca, fingiendo estar ocupados, pero sin perder detalle de lo que ocurría. Todos sabían que aquella no era una mañana cualquiera en Millstone.

Nate se giró y habló con voz modulada y clara.

—Voy a inscribir a Trueno en el Derby de Kentucky.

La noticia cayó como un jarro de agua fría.

Martha, que se había acercado para llevarles un termo de café recién hecho, soltó un jadeo tan fuerte que asustó a una gallina que paseaba cerca.

—¿El Derby? ¡Dios mío, eso no es una carrera, es un suicidio seguro!

Diego entrecerró los ojos y se frotó la nuca.

—¿En serio, jefe? ¿No me digas que lo vas a montar tú mismo? —dijo.

Nadie se rio. La expresión de Nate era de piedra, y reflejaba esa seguridad serena y obstinada que indicaba que la decisión ya estaba tomada. Y que había nulas opciones de hacerlo cambiar de opinión.

La voz de Gia rompió la tensión. Sonó suave, pero más firme que la del resto:

—No está listo.

Nate ni siquiera la miró.

—Lo estará.

Gia apretó los brazos sobre el pecho y endureció el tono.

—El corazón no gana carreras, Nate. Es un buenísimo caballo, pero no es una máquina en estos momentos. Sigue teniendo la pata inflamada.

Él la miró, con sus ojos oscuros asomando bajo el ala del sombrero.

—¿Crees que no lo sé? —dijo.

Durante un segundo nadie respiró. Sus miradas se cruzaron, y una tensión densa y silenciosa se instaló entre ellos.

Jim fingió mirar su reloj, como si de pronto tuviera prisa. Martha murmuró algo sobre volver a la cocina a hacer no sé qué. Diego silbó, tarareando una canción, como si pusiera música de fondo a aquel choque.

Y entonces, como si la vida tuviera un cruel sentido de la oportunidad, una voz resonó en el rancho.

—Bueno, bueno... Hay cosas que nunca cambian.

Todo el mundo se giró.

Allí estaba Barron Drummond.

El hombre avanzó hacia ellos como si fuera el dueño del lugar.

Llevaba unas botas impecables, vaqueros oscuros ajustados y una sonrisa tan afilada que podría cortar el diamante.

Parecía la clase de problema que iba acompañado de dinero, abogados y un perfume que costaba más que una hipoteca.

Hasta la hebilla de su cinturón brillaba con arrogancia.

Sin saber por qué, a Gia le cayó mal de inmediato.

—Nathaniel Kenwood —dijo Barron, arrastrando las palabras con un acento sureño clásico, rebosante de veneno y falso encanto—. Veo que sigues intentando demostrar algo.

La mandíbula de Nate se tensó. Sus músculos se contrajeron un par de veces.

—Barron.

—No te emociones tanto —rio Barron con ironía mientras se acercaba—. Solo pasaba a felicitarte. ¿Vas a inscribir a Trueno en el Derby? Una jugada audaz. Arriesgada, incluso para ti.

Le tendió la mano, pero Nate no se la estrechó.

—¿No? —dijo Barron—. Como quieras.

Gia los observó con atención. No conocía la historia entre ellos, pero no le hacía falta. La llevaban escrita en la cara. No se trataba solo de una rivalidad por negocios o carreras. Era algo antiguo. Algo personal. Un rencor que dejaba cicatrices invisibles, pero para siempre.

Barron se giró hacia ella y la observó de arriba abajo, con la actitud de un hombre acostumbrado a llamar la atención.

—Y tú debes ser la nueva veterinaria de la que tanto he oído hablar. Gia, ¿verdad? Menuda reputación te precede.

Gia lo miró.

—¿Buena o mala?

Barron sonrió de forma lenta y calculada.

—Buena, por supuesto —respondió—. Te has vuelto una heroína desde el incendio que hubo en el pueblo.

—Menudo baboso —murmuró Diego detrás de ella.

Martha asintió sin dudar.

—Es una víbora rastrera —dijo.

Gia reprimió la risa al oírla, aunque no bajó las alarmas en ningún momento. Estaba acostumbrada a hombres como Barron, de esos que miraban a las mujeres como si fueran trofeos para colgar en la pared. Aun así, había algo en la forma en que pronunciaba su nombre que la ponía nerviosa.

Nate dio un paso al frente y enderezó los hombros.

—¿Qué quieres, Drummond?

—Oh, nada, la verdad —respondió Barron, señalando el establo con la cabeza—. Solo quería pasar a ver el rancho que levantó tu padre. Espero que no tengas la misma predilección por la autodestrucción que él.

Ese golpe bajo dolió. El rostro de Nate se ensombreció, pero antes de que pudiera abrir la boca, Gia se le adelantó.

—Qué curioso —dijo con frialdad, interponiéndose entre ellos lo justo para dejar claro que no le tenía miedo—. Hablas como si fueras un experto en el tema.

La sonrisa de Barron se desvaneció durante un instante. Luego se recuperó, curvando los labios.

—Tienes fuego —comenzó—. Pero cuidado, los hombres como él... —señaló a Nate con la barbilla—… te apagan rápido.

Gia ladeó la cabeza, esbozando una sonrisa cortante.

—Y los hombres como tú ni siquiera saben cómo encenderlo —soltó, con el arrojo que la caracterizaba.

Se hizo un silencio atónito. Diego sacudió la cabeza de un lado a otro.

—Es de armas tomar —le murmuró a Martha, que asintió con una sonrisilla de satisfacción en el rostro.

La sonrisa de Barron cedió un poco ante el comentario de Gia, mostrando una pequeña fisura en su exacerbada confianza. Pero lo disimuló con rapidez. Era demasiado soberbio para mostrar debilidad.

—Nos vemos en el Derby, Nate —dijo, dándose la vuelta—. Traeré el champán. Para celebrar mi victoria, claro.

Se marchó envuelto en una nube de polvo y colonia, con el eco de las botas resonando a cada paso.

Nadie habló. Trueno resopló y sacudió la cabeza, como para recordarles quién mandaba allí.

Aunque la camioneta de Barron desapareció por el camino de tierra, el silencio que siguió no pareció destensar el ambiente. Era como si una mecha siguiera todavía encendida en algún lugar oculto, ardiendo lenta y peligrosa.

Finalmente, Nate dejó escapar el aire de forma brusca.

—Hijo de puta —masculló.

Gia lo miró, escrutándolo.

—¿Quién es ese tío?

Nate tardó unos segundos en responder. Se quedó mirando en la dirección por la que se había ido Barron, con los dientes apretados hasta casi rechinarle y los ojos oscuros como una tormenta. Cuando por fin habló de nuevo, su voz sonó muy grave. Más de lo normal.

—Una vieja deuda familiar —dijo.

—¿Una deuda económica? —preguntó Gia.

Nate apartó la mirada.

—Algo así.

Gia arqueó las cejas.

—¿Algo así? —repitió.

—Te lo explicaré en otro momento —dijo Nate.

Gia supo que no serviría de nada presionarle, Nate no funcionaba así. Era mejor dejar que se lo contara cuando creyera oportuno.

El aire fresco de la mañana siguiente llevaba consigo la promesa de un día largo y agotador.

Después de un desayuno rápido en la cocina, donde apenas intercambiaron un par de frases sobre las raciones de alimento y los horarios, Nate y Gia se pusieron en marcha.

Había llegado el momento de la verdad. Tenían que empezar a entrenar a Trueno para el Derby de Kentucky.

Caminaron juntos hacia el establo principal. Pero en cuanto cruzaron las grandes puertas de madera del edificio, Gia se detuvo un instante. Como veterinaria, había desarrollado un sexto sentido para percibir el estado de ánimo de los animales, y la atmósfera en aquel pasillo no era la habitual.

En lugar del sonido tranquilo de los caballos masticando heno o descansando, se escuchaba un repiqueteo constante de cascos contra el suelo. Varios de ellos asomaban la cabeza por encima de las puertas de sus cuadras, moviendo las orejas de forma nerviosa.

Gia frunció el ceño.

—Están alterados —murmuró, observando a una yegua torda que daba vueltas en el espacio de su cuadra. Giró el rostro hacia Trueno—. Y Trueno está inquieto. Escúchalo.

Nate guardó silencio y aguzó el oído. Desde el fondo del pasillo, en la última cuadra, llegaba el sonido de un casco golpeando la madera, seguido de un resoplido tenso. No era el comportamiento habitual del semental a esa hora de la mañana.

Gia y Nate intercambiaron una mirada.

Aceleraron el paso. Al llegar frente a la cuadra de Trueno, Nate se detuvo en seco. Su mirada se quedó clavada en la puerta de madera, y la expresión de su rostro se endureció de golpe.

—¿Qué pasa? —preguntó Gia, notando cómo las facciones de su rostro se tensaban.

Nate levantó una mano y señaló el mecanismo de la puerta.

—El cerrojo —dijo con voz ronca—. La manilla está hacia arriba.

Gia miró el pasador de metal, sin comprender del todo la gravedad del asunto.

—¿Y qué tiene de malo?

—Yo siempre lo dejo hacia abajo —explicó Nate, sin apartar los ojos de la pieza de metal—.

Siempre. Es una manía que tengo desde hace años.

Y es algo que he inculcado a los trabajadores que he tenido en el rancho —matizó—.

Si lo dejas hacia arriba, Trueno saca la cabeza, empieza a mordisquearlo para jugar y termina aflojando los tornillos.

Anoche fui el último en hacer la ronda. Lo dejé hacia abajo, Gia. Estoy completamente seguro.

Se volvieron a mirar en silencio. Con la mosca detrás de la oreja y una creciente sensación de alarma en el pecho. Nate deslizó el pasador y abrió la puerta lentamente para no asustar más al animal.

El interior de la cuadra confirmaba que algo no iba bien. Trueno no estaba esperando en la puerta para recibir su ración matutina de heno. Estaba arrinconado al fondo de la estancia, con los músculos en tensión, las orejas echadas hacia atrás y el blanco de los ojos ligeramente visible.

—Tranquilo, grandullón, tranquilo... —susurró Gia con voz suave y melódica, dando un paso al frente con las manos a la vista.