CAPÍTULO 31 #2
Durante un rato, solo se escuchó el viento agitando las ramas del viejo roble que se erguía a sus espaldas y el suave resoplido de los caballos.
—Mi padre me traía aquí —dijo Nate de pronto. Su voz sonaba lejana, como si llegara de en un tiempo que ya no existía—. Decía que desde aquí arriba era donde se veía por qué luchaba.
Gia giró el rostro hacia él, pero Nate mantenía la vista fija al frente.
—Levantó este rancho piedra a piedra —continuó, con un tono que mezclaba la admiración con un resentimiento sordo—.
Lo construyó con sus propias manos. Cada poste de la cerca, cada viga del establo...
Para él, era una promesa a algo más grande que él mismo.
Quería dejar un legado. Su orgullo era inmenso, Gia.
Era lo único más pesado que la tierra que trabajaba de sol a sol.
Nate tragó saliva, y la tensión volvió a apoderarse de su mandíbula.
—Pero las deudas llegaron más rápido que los beneficios. Las malas temporadas se juntaron, los préstamos crecieron, y su orgullo no le permitió pedir ayuda. Se lo tragó todo. Hasta que no pudo más.
¿De qué le sonaba a Gia eso de tragarse todo? ¿De no pedir ayuda?
Nate hizo una pausa. Las palabras empezaban a salir ásperas, desiguales, como si le rasparan la garganta al pronunciarlas.
Sonaban extrañas viniendo de él, demasiado crudas, demasiado expuestas para un hombre acostumbrado a ser una fortaleza impenetrable.
Pero una vez que había abierto la compuerta, parecía que ya no podía parar.
—Tenía diecisiete años —murmuró, apretando los puños sobre el regazo—.
Entré al estudio una mañana temprano. Lo primero que vi fue una nota sobre el escritorio.
Estaba cuidadosamente doblada, con los bordes perfectamente alineados...
como si de verdad importara que el papel estuviera bien cuando ya nada más lo estaba.
Se había pegado un tiro en el pequeño establo que él mismo había levantado.
Gia se estremeció de pies a cabeza. Un escalofrío helado le recorrió la espina dorsal, y tuvo que apretar los labios para ahogar el jadeo de horror que amenazaba con escapar de su garganta.
Sintió el impulso casi doloroso de abrazarlo, de rodearlo con los brazos, pero se obligó a quedarse quieta.
Sabía que, si lo tocaba ahora, si lo interrumpía, él volvería a encerrarse en sí mismo.
—Mi madre había muerto de cáncer unos años antes —prosiguió Nate, y en aquel momento, su voz se quebró.
Fue apenas una fracción de segundo, una grieta minúscula en su armadura, pero no hizo el menor intento por disimularlo—.
De repente, me encontré con un rancho ahogado en deudas, a punto de ser embargado, y con mi hermano pequeño, que solo tenía trece años, mirándome para saber qué íbamos a hacer.
Así que me tocó levantarlo todo. Trabajar hasta que me sangraban las manos para pagarle al banco, a los proveedores, criar a un adolescente cuando yo apenas dejaba de serlo, y asegurarme de que nunca, nunca perdiéramos el lugar por el que mi padre había muerto.
Gia lo escuchaba con toda su alma. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no dejó caer, absorbiendo cada palabra, cada silencio.
Comprendió de golpe de dónde venía su necesidad de control, su instinto sobreprotector, su pánico a que las cosas salieran mal.
Nate llevaba años intentando evitar que el mundo se desmoronara de nuevo, como lo hizo cuando solo tenía diecisiete años.
No le metió prisa para que siguiera hablando.
No lo buscó con las manos ni con palabras de consuelo vacías.
Simplemente se quedó ahí, a su lado, dejando que el silencio se prolongara hasta que casi dolía físicamente.
Le dio el espacio para vaciarlo todo en aquella colina, en su lugar favorito, en el lugar al que le llevaba su padre.
La culpa irracional del superviviente, los años de fingir que era fuerte, que podía con todo, y ese peso aplastante que había cargado sobre sus hombros durante tanto tiempo, como si fuera su penitencia personal.
—Logré salvar el rancho, pero no pude arreglar lo que él rompió —dijo. Bajó la mirada hacia el suelo, con la mandíbula apretada—. Y desde luego no sé cómo merecer… esto. —Su mano hizo un gesto débil entre ellos.
Gia tragó saliva. El nudo que tenía en la garganta le impedía hablar.
—Nate…
Él negó con la cabeza, entre una sonrisa y desesperación.
—Ya no quiero esconderme, pero no sé cómo ser alguien por quien valga la pena quedarse —dijo.
A Gia se le rompió el corazón. ¿Cómo podía pensar algo así de sí mismo? ¿Cómo podía estar tan dañado como para decir eso?, se preguntó.
El viento agitó varios mechones de su pelo sobre su rostro. Alzó la mano y se los colocó detrás de la oreja.
—Ya lo eres —dijo con voz tranquila, pero rotunda.
Nate rio entre dientes con un sonido hueco.
—No me conoces.
—Sí te conozco —rebatió Gia sin vacilar.
Le acarició la mejilla suavemente, rozando con el pulgar la áspera línea de su mandíbula—.
Te he visto enfadado, te he visto asustado, te he visto siendo testarudo como el mismísimo diablo, te he visto protegiéndome, te he visto siendo un imprudente.
—La comisura de sus labios se elevó en una pequeña sonrisa—.
Y, bueno, a veces te he visto siendo encantador.
—¿Solo a veces? —murmuró Nate, mientras sus ojos se encontraban con los de Gia.
Ella amplió su sonrisa.
—Sí, dos o tres veces —bromeó.
Algo se relajó en el pecho de Nate, algo que había estado encerrado tanto tiempo que casi no reconocía la sensación. Exhaló un suspiro que sonó a rendición, y antes de que pudiera pararse a pensar en nada, Gia se inclinó y le dio en beso en los labios.
Fue un beso firme, tierno. Un beso que significaba muchas cosas. Un beso de esos con los que sientes que tal vez el mundo pueda dejar de girar durante un minuto sin que nada se derrumbe.
Nate se separó un poco par apoyar la frente contra la de Gia. Ambos respiraban de forma entrecortada.
—No deberías enamorarte de mí —susurró a ras de su boca. Era mitad advertencia, mitad súplica.
Gia sonrió débilmente contra sus labios.
—Demasiado tarde —dijo.
Nate se rio. Una risa de verdad, sin artíficos, y ella se le unió, casi sin aliento después del beso.