CAPÍTULO 31
El sol de la tarde bañaba los prados de Millstone con una luz dorada y cálida, un contraste absoluto con el cielo gris y cargado de humo de aquella misma mañana.
Apoyados en la cerca de madera, Nate y Gia observaban en silencio a un par de caballos que pastaban tranquilamente a pocos metros de distancia.
La brisa mecía la hierba, trayendo consigo el olor a tierra limpia, pero la tensión en los hombros de Nate delataba que su mente seguía atrapada en el caos del incendio.
Nate rompió el silencio, sin apartar la vista de los animales, con la voz grave y pensativa.
—Durante el incendio... no podía dejar de vigilarte —confesó, apretando la madera de la cerca con las manos—.
Cada vez que te perdía de vista entre el humo, se me encogía el estómago.
Conociéndote, estaba seguro de que cometerías alguna de tus locuras, que te lanzarías a una de las casas en llamas por salvar a un animal y te pondrías en peligro.
Gia giró la cabeza para mirarlo. La dureza en el perfil de Nate reflejaba un miedo que la conmovió, pero también encendió una pequeña alarma en su interior.
—Pero no lo hice —respondió con voz suave, buscando su mirada—. Todo ha salido bien.
Nate se giró hacia ella, con el ceño fruncido y los ojos oscurecidos por la preocupación.
—Esta vez. Pero estuviste demasiado cerca, Gia —dijo—. No me perdonaría que te pasara algo por no protegerte.
Gia suspiró, separándose un poco de la cerca para encararlo por completo. Sabía que sus palabras nacían del amor, pero necesitaba frenar esa dinámica antes de que echara raíces.
—No puedes protegerme siempre, Nate —dijo, pronunciando cada palabra con contundencia—. Y no debes intentarlo.
—Es mi instinto, Gia. Me importas demasiado como para quedarme de brazos cruzados si veo que te pones en peligro.
—Y te agradezco que te preocupes por mí, de verdad que sí.
—Gia acortó la distancia y le puso una mano en el brazo, sintiendo la tensión de sus músculos—.
Pero ya soy mayorcita, Nate. Soy una profesional.
Sé evaluar los riesgos y sé perfectamente lo que tengo que hacer.
Si intentas estar pendiente de cada paso que doy para evitar que tropiece, vas a cruzar la línea entre cuidarme y controlarme.
Nate tensó la mandíbula, claramente incómodo con la dirección que tomaba la conversación.
—No intento controlarte. Solo quiero asegurarme de que estás a salvo —dijo.
—Pero al hacerlo, me quitas autonomía —rebatió Gia, sin soltarle el brazo, pero mirándolo con firmeza—.
Mi trabajo implica riesgos, Nate. Hoy ha sido un incendio, mañana puede ser un semental asustado que intente darme una coz, o una tormenta en medio de un rescate.
No puedes estar ahí para parar el golpe siempre.
Y si lo intentas... si tratas de meterme en una burbuja de cristal para calmar tu propia ansiedad, vas a terminar asfixiándome.
Nate bajó la mirada hacia la mano de Gia que descansaba en su brazo, asimilando el peso de la palabra «asfixiar».
—Me pides que simplemente mire hacia otro lado mientras te juegas el tipo —murmuró, negando lentamente con la cabeza, sin parecer muy convencido—. No sé si puedo hacer eso. No sé si puedo apagar esa parte de mí.
—No te pido que mires hacia otro lado. —Gia le acarició el brazo con el pulgar, suavizando el tono, pero manteniendo su postura—.
Te pido que confíes en mí. Que confíes en mi criterio y en mi capacidad para sobrevivir por mi cuenta, igual que lo he hecho hasta ahora.
Necesito un compañero de vida, Nate, no un guardaespaldas que me corte las alas por miedo a que me caiga.
Nate volvió a mirarla a los ojos. El silencio se prolongó durante unos largos segundos, acompañados solo por el relincho lejano de uno de los caballos.
Era evidente que la idea iba en contra de todo lo que él sentía que debía ser su papel, una lucha interna entre su necesidad visceral de mantenerla a salvo y el respeto que sentía por la mujer fuerte e independiente que tenía delante.
—Es difícil, Gia —admitió, soltando un suspiro pesado que desinfló un poco su postura defensiva—. Muy difícil.
—Lo sé —sonrió ella con ternura, dándole un suave apretón—. Pero tienes que intentarlo. Porque si no me dejas respirar, esto no va a funcionar. Y quiero que funcione.
Nate no respondió de inmediato. Volvió la vista hacia los prados, con el ceño aún fruncido, procesando una lección que le costaría mucho aprender. Su instinto de protección seguía ahí, latente y alerta.
Después, miró a Gia en silencio durante un largo rato.
Sus ojos de color café escudriñaron su rostro, asimilando sus palabras, la firmeza de su postura y la verdad innegable que encerraba su petición.
La tensión en su mandíbula se relajó poco a poco, sustituida por una expresión más suave.
Una mezcla de resignación y de un afecto tan profundo que casi se podía palpar en el aire.
Finalmente, sin apartar la vista de ella, extendió su mano grande y encallecida.
—Ven conmigo —le dijo, con la voz grave pero extrañamente dulce.
Gia miró la mano que le ofrecía y luego sus ojos, parpadeando con sorpresa ante el repentino cambio de rumbo.
—¿Adónde? —preguntó, sintiendo que la curiosidad desplazaba la tensión de su reciente debate.
—Quiero enseñarte algo —respondió Nate, con un atisbo de sonrisa asomando en la comisura de los labios.
Intrigada, Gia aceptó su mano.
El calor de su agarre fue firme y reconfortante.
Caminaron juntos hacia el establo, donde el olor a heno y cuero los envolvió.
Nate se dirigió directamente a la cuadra de Trueno, mientras le indicaba a Gia que sacara a Brisa, una yegua de pelaje alazán, dócil pero de paso ágil, con la que ella había congeniado desde su llegada al rancho.
En pocos minutos, ambos animales estaban ensillados y listos. Gia y Nate salieron del rancho al paso, dejando atrás los cercados y las construcciones de madera para adentrarse en la inmensidad de las praderas.
A medida que cabalgaban, el ritmo de los caballos y el aire fresco de la tarde parecieron llevarse consigo los últimos restos de preocupación del día.
El azul del cielo se desvanecía en una neblina de tonos anaranjados y malvas, bañando la tierra con una luz mágica, que hacía que todo pareciera un recuerdo a medias.
Gia miró a su alrededor, maravillada por la inmensidad del valle que se abría ante ellos, y sobre el que las colinas proyectaban sus largas sombras.
—Es increíble... —comentó, alzando un poco la voz para que Nate la escuchara por encima del sonido de los cascos de los caballos—. Nunca me cansaré de este paisaje. Es tan inmenso, tan libre. Es precioso.
Nate la miró por encima del hombro y asintió, pero no detuvo la marcha. Mantenía una postura ligeramente tensa sobre el caballo, sujetando las riendas con más fuerza de la necesaria entre los dedos enguantados.
Continuaron cabalgando a través del mar de hierba alta hasta llegar a la base de unas colinas que se alzaban en el límite norte de la propiedad. Comenzaron a ascender por un sendero estrecho y serpenteante.
Al llegar a lo alto de la colina más elevada, Nate tiró de las riendas de Trueno y desmontó con la agilidad y la gracia de alguien que ha pasado toda la vida sobre una silla de montar. Caminó hacia Brisa y, sin decir palabra, alzó las manos hacia Gia. Ella se apoyó en sus hombros y se dejó ayudar.
Las manos de Nate la sujetaron por la cintura con firmeza, bajándola al suelo con tanta suavidad que apenas sintió el impacto. Durante un instante, se quedaron muy cerca, compartiendo una mirada cargada de electricidad, antes de que él diera un paso atrás y señalara el horizonte.
Gia se giró y el aliento se le quedó atrapado en la garganta. El mundo se abrió ante sus ojos.
Desde allí arriba, el paisaje era absolutamente sobrecogedor.
Ante ellos se extendía un tapiz infinito de colinas ondulantes que parecían olas verdes congeladas en el tiempo.
Las praderas de hierba esmeralda brillaban bajo la luz del atardecer, y pequeños arroyuelos surcaban el valle como cintas de plata líquida, reflejando los colores del cielo.
Era un rincón del mundo que parecía intacto, salvaje y perfecto.
El aire era distinto allí, más fresco, más limpio, más ligero, como si custodiara algo sagrado.
Nate contempló el paisaje como si fuera un recuerdo muy preciado.
—Este es mi lugar favorito —dijo, rompiendo el silencio. Su voz sonaba casi reverencial, con la mirada perdida en la inmensidad del horizonte—. Cuando la presión del rancho es demasiada, cuando siento que el mundo hace demasiado ruido o simplemente necesito estar solo y pensar... vengo aquí.
Gia se quedó pasmada. Giró el rostro para mirarlo, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.
Nate siempre había sido un hombre reservado, celoso de su intimidad y de sus emociones.
Que tuviera un refugio secreto no le extrañaba, pero que hubiera decidido llevarla a ella , que le estuviera abriendo las puertas de su santuario personal, era un gesto de una magnitud abrumadora.
—¿Por qué me has traído aquí? —susurró, sintiendo un nudo de emoción en la garganta.
Nate se volvió hacia ella. La brisa le alborotaba el pelo oscuro, y en sus ojos había una vulnerabilidad sincera.
—Porque tenías razón antes, en la cerca —confesó, acortando la distancia entre los dos—. No puedo encerrarte en una burbuja. Y si quiero que confíes en mí y me dejes entrar en tu vida... supongo que tengo que empezar por dejarte entrar en la mía. En toda ella.
Gia sintió que el corazón le daba un vuelco. Era como si estuviera compartiendo su mayor secreto con ella.
Nate suspiró hondo y se sentó en el suelo, estirando las piernas y cruzándolas a la altura de los tobillos, mientras clavaba la mirada en la línea donde el cielo anaranjado se fundía con las colinas.
Gia imitó su gesto de inmediato, acomodándose a su lado sobre la hierba fresca, lo bastante cerca para que sus hombros casi se rozaran, pero dándole el espacio que parecía necesitar.