El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

El rugido ensordecedor de las llamas finalmente se estaba silenciando, sustituido por el zumbido constante de los motores de los camiones de bomberos y el siseo del agua a presión al chocar con las brasas agónicas.

El aire ya no quemaba los pulmones, aunque seguía denso, impregnado de un olor acre a madera mojada, plástico fundido y tierra quemada.

El cielo, que horas antes parecía el mismísimo infierno, ahora poseía un gris plomizo, iluminado intermitentemente por los destellos rojos y azules de las luces de emergencia.

La pesadilla había acabado.

Nate caminaba entre los charcos de agua lodosa y los restos carbonizados que formaban una alfombra en el suelo.

Sentía cada músculo de su cuerpo protestar, agarrotados por el esfuerzo titánico de cargar cubos, derribar vallas y sofocar focos del incendio.

Tenía la ropa empapada en sudor y agua sucia, y las manos le escocían por las pequeñas quemaduras y rozaduras, pero nada de eso importaba.

Sus ojos, enrojecidos por el humo, escaneaban a la multitud exhausta buscando una sola cosa. Buscándola a ella.

A Gia.

La encontró cerca de la parte trasera de la camioneta. Gia acababa de cerrar su maletín con un clic que había sonado a victoria. Estaba apoyada contra la chapa del vehículo, con los hombros caídos por el agotamiento. Respiró hondo.

Cuando Nate se acercó, los pasos pesados de sus botas sobre el asfalto mojado hicieron que ella levantara la cabeza.

Sus miradas se cruzaron y, en ese instante, el caos que los rodeaba, los bomberos gritando órdenes, los vecinos llorando de alivio, los chasquidos de las maderas enfriándose, pareció desvanecerse por completo.

Estaban hechos un desastre. Nate tenía la cara ennegrecida, el pelo revuelto y pegado a la frente por el sudor, y la camisa desgarrada en un hombro.

Gia no se quedaba atrás, sus pantalones estaban cubiertos de barro y sangre seca, su camiseta había perdido su color original bajo una gruesa capa de ceniza, y su rostro era un lienzo de hollín y cansancio.

Sin embargo, al verse, ninguno de los dos pudo evitar que una sonrisa inmensa y luminosa aflorara en sus labios.

—¿Cómo estás? —preguntaron los dos al unísono, con las voces roncas y rasposas por el humo, provocando que sus sonrisas se ampliaran aún más.

Nate acortó la distancia que los separaba hasta quedar frente a frente.

La miró a los ojos, esos ojos que habían brillado con una determinación férrea mientras le arrebataba unas cuantas vidas a la muerte, y sintió que el corazón le daba un vuelco.

Sin decir una palabra, alzó la mano. Con una delicadeza infinita, que contrastaba con su tamaño y su fuerza, rozó la mejilla de Gia con el pulgar, limpiando una mancha oscura de hollín que le cruzaba el pómulo.

El tacto de sus dedos ásperos contra la piel de Gia envió un escalofrío cálido por su columna. Ella cerró los ojos un breve segundo, dejándose llevar por la suavidad de la caricia, y suspiró.

—Estoy bien —susurró, abriendo los ojos de nuevo para perderse en la profunda mirada de Nate—. Ahora estoy bien.

No hicieron falta más palabras. Como si estuvieran sincronizados por una fuerza invisible, dieron un paso hacia el otro y se fundieron en un abrazo.

Fue un gesto desesperado y a la vez reconfortante. Los brazos fuertes de Nate rodearon la cintura de Gia, atrayéndola contra su pecho con firmeza, mientras ella escondía el rostro en el hueco de su cuello, rodeando su espalda con los brazos.

Se aferraron el uno al otro como náufragos que por fin alcanzan tierra firme.

Gia podía escuchar el latido acelerado del corazón de Nate bajo la tela húmeda de su camisa.

Un sonido rítmico que le transmitía una paz absoluta.

Nate, por su parte, hundió el rostro en el pelo revuelto de Gia, aspirando el olor a humo mezclado con su aroma natural, y sintió cómo la tensión de las últimas horas abandonaba su cuerpo de golpe.

Estaban bien. Habían ganado.

Se quedaron así durante lo que pareció una eternidad, meciéndose imperceptiblemente, compartiendo el peso del alivio y la adrenalina que empezaba a abandonarlos.

Nate aflojó un poco el abrazo, lo justo para poder hablarle al oído, aunque sin soltarla.

—Lo has hecho muy bien —murmuró, con la voz cargada de una admiración profunda y sincera. Las imágenes de Gia salvando al gato y al perro y atendiendo a otros animales que habían ido apareciendo, seguían grabadas a fuego en su mente—. Eres increíble, Gia.

Ella sonrió contra su pecho, sintiendo un calor reconfortante expandirse por su estómago. Levantó un poco la cabeza para mirarle, con los ojos brillando de emoción.

—Tú también —dijo, acariciando la nuca de Nate con la yema de los dedos—. Has mantenido a todo el mundo a salvo, Nate.

Nate la miró con una ternura que le desbordaba el corazón. Movido por un impulso que ya no quería ni podía frenar, se inclinó hacia ella y depositó un beso largo, cálido y reverencial en su frente. Fue un contacto suave, lleno de respeto y de afecto.

Gia cerró los ojos. El beso de Nate era como un bálsamo.

El contraste entre el infierno que acababan de dejar atrás y la calidez del hogar fue casi un choque físico. O así lo sintieron todos. Cuando Jim, Diego, Nate y Gia cruzaron el umbral de la cocina, parecían un batallón que regresaba de la línea del frente.

La ropa estaba tiesa por el barro y el agua reseca, los rostros manchados con gruesas rayas de hollín, y un intenso olor a humo, madera quemada y ceniza los envolvía allá dónde iban.

Estaban exhaustos, con los músculos temblando por el cansancio, y un hambre voraz empezaba a despertar en sus estómagos.

Pero allí estaba Martha. Como si hubiera adivinado exactamente en qué estado regresarían, la matriarca los esperaba con la mesa de la cocina convertida en un auténtico banquete de supervivencia.

—¡Oh, por Dios, mirad cómo venís! —exclamó, llevándose las manos a las mejillas, aunque sus ojos destellaron con un alivio inmenso al verlos a todos sanos y salvos—. Sentaos, sentaos ahora mismo. No digáis ni una palabra hasta que hayáis bebido algo.

Sobre la encimera había jarras de agua helada con rodajas de limón, cuyo cristal empañado prometía la gloria.

Junto a ellas, Martha había preparado bandejas rebosantes de sándwiches gruesos de pavo, queso fundido y jamón, además de tazones con fruta fresca y termos con café caliente para los que necesitaran un último empujón de energía.

Los cuatro se dejaron caer en los taburetes con gemidos de alivio.

Durante los primeros minutos, el único sonido en la cocina fue el de los vasos de agua vaciándose de un trago y el crujido del pan tostado. Gia cerró los ojos al dar el primer bocado a su sándwich, sintiendo que era la cosa más deliciosa que había probado en su vida.

Cuando el hambre más urgente fue aplacada, las palabras empezaron a brotar. Con las voces aún roncas, comenzaron a relatarle a Martha la magnitud del desastre.

—Has sido una locura, Martha —dijo Jim, pasándose una mano sucia por el pelo—. Cuando llegamos, las llamas ya estaban devorando el techo del viejo establo de los Smith y amenazaban con saltar a las casas vecinas. El viento no ayudaba en absoluto.

—Pero tenías que ver al pueblo entero —intervino Diego, apoyando los codos en la mesa, con una sonrisa cansada pero orgullosa—.

Parecía que todo el mundo estaba allí. Desde el viejo Miller hasta los chicos del instituto.

Hicimos cadenas humanas con cubos de agua desde la fuente y una acequia antes de que los camiones de bomberos pudieran desplegar todas las mangueras. Nadie se echó atrás.

Nate, que estaba sentado al lado de Gia, asintió lentamente mientras le daba un sorbo a su vaso de agua. Su mirada, sin embargo, se desvió hacia ella.

—Todos trabajaron duro, es cierto —dijo Nate, bajando su vaso y haciendo que el tono de la conversación se volviera más íntimo y solemne—. Pero lo que hizo Gia... eso fue otra cosa.

Gia, que estaba a punto de morder su sándwich de nuevo, se detuvo y sintió que el calor le trepaba por las mejillas, y no precisamente por el fuego.

—Nate, por favor... —intentó interrumpir, con vergüenza por ser el centro de atención.

—No, deja que se lo cuente —insistió él, mirándola con una fijeza que la desarmó, para luego dirigirse a Martha y a los demás—.

Había animales atrapados. Mascotas que inhalaron humo o resultaron heridas por los escombros.

Gia montó una especie de hospital allí mismo, en medio de todo el caos.

Salvó a un gato que no respiraba y le entablilló la pata rota a un perro que estaba en parada cardiorrespiratoria.

Los trajo de vuelta a la vida, literalmente, con sus propias manos.

Martha miró a Gia con los ojos muy abiertos, llevándose una mano al pecho, conmovida. Jim asintió con respeto, levantando su vaso en un brindis silencioso hacia ella.

Diego, masticando el último bocado de su comida, la señaló con orgullo.

—El pueblo te va a estar eternamente agradecido, Gia —dijo—. Esas mascotas son como familia para la gente de aquí. Lo que has hecho hoy no se va a olvidar fácilmente.

Gia bajó la mirada hacia sus manos, que aún conservaban restos de hollín en los nudillos y bajo las uñas.

Se sentía abrumada por las palabras con las que se estaban dirigiendo a ella.

Tragó saliva, intentando deshacer el nudo de emoción que se le había formado en la garganta. Había sido una jornada muy dura.

—No es para tanto —respondió, encogiéndose de hombros con una sonrisa tímida y humilde—. Solo he hecho mi trabajo. Cualquiera en mi lugar habría actuado igual que yo.

—No cualquiera, Gia —replicó Nate—. Solo tú.

Un silencio cómodo y cálido se instaló en la cocina. El olor a humo seguía impregnado en sus ropas, pero en ese momento, sentados alrededor de la comida de Martha, el cansancio parecía un precio muy pequeño a pagar por la satisfacción de haber hecho lo correcto.

El agua caliente caía sobre Gia como una auténtica bendición, arrastrando consigo la tensión acumulada, el sudor y la gruesa capa de ceniza que cubría su cuerpo.

Mientras observaba cómo el agua grisácea y turbia se arremolinaba hacia el desagüe, cerró los ojos y dejó que el vapor llenara sus pulmones, llevándose por fin el persistente olor a humo.

En la tranquilidad del baño, con el único sonido del agua golpeando contra los azulejos, los recuerdos de las últimas horas empezaron a desfilar por su cabeza.

Vio las llamas, el pánico en los ojos de la gente, sintió de nuevo la adrenalina al reanimar a los animales...

Pero, inevitablemente, todas esas imágenes caóticas se desvanecieron para dar paso a un único recuerdo, nítido y abrumador. Nate.

Su mente volvió al momento exacto en que se encontraron frente a la camioneta. Pudo sentir de nuevo la firmeza de sus brazos rodeándola. Un abrazo que la había devuelto a la realidad cuando sentía que flotaba a la deriva por el agotamiento.

Recordó la forma en que Nate la había mirado, con una intensidad que le había cortado la respiración, y la infinita delicadeza con la que su pulgar áspero le había limpiado la mancha de hollín de la mejilla.

Gia sonrió bajo el chorro de agua. Era fascinante el contraste que habitaba en él.

Por fuera, Nate era pura rudeza. Un hombre de campo, fuerte, imponente, acostumbrado al trabajo duro y a cargar con el peso de las responsabilidades sin quejarse.

Sin embargo, con ella, esa coraza impenetrable se desmoronaba para revelar una ternura que le encogía el corazón.

Era un hombre de capas, lleno de mil matices que iba descubriendo poco a poco, como si estuviera leyendo el libro más cautivador del mundo.

Y joder, claro que merecía la pena. Cada esfuerzo, cada momento compartido, cada mirada cruzada le confirmaba que estaba exactamente donde debía estar. Millstone era su lugar.

Había tomado la decisión correcta al quedarse, al darse una oportunidad con Nate. Sí, era la decisión correcta.