CAPÍTULO 29 #2
Gia estaba dándole las últimas indicaciones a la madre de la niña sobre cómo vigilar la respiración de Botones cuando escuchó los pasos pesados y el jadeo agónico del hombre acercándose.
Al levantar la vista, su cerebro hizo un clic instantáneo.
El cansancio que empezaba a agarrotar sus músculos desapareció, barrido por una nueva oleada de adrenalina.
—¡Despejad la zona, dejad espacio! —ordenó Gia, poniéndose en pie de un salto y haciendo un gesto a la familia del gato para que se apartaran un poco—. Póngalo aquí, en el suelo, con mucho cuidado —le indicó al hombre.
El hombre se dejó caer de rodillas, depositando al animal sobre la manta con manos temblorosas. Duke no se movía. Su lengua colgaba pálida, casi azulada, y sus ojos estaban entreabiertos y fijos.
Gia se tiró al suelo junto al perro. Sus manos, manchadas de tierra y hollín, se movieron con precisión y velocidad.
Primero, comprobó las encías. Tenían cianosis severa.
Falta de oxígeno. Luego acercó el rostro al hocico del animal mientras ponía una mano sobre su caja torácica.
Nada. Ni un soplo de aire, ni un latido perceptible.
Mientras sus manos recorrían el cuerpo en una evaluación rápida de daños, sus dedos rozaron la pata delantera izquierda y Gia ahogó una exclamación.
Estaba doblada en un ángulo antinatural y grotesco, justo por debajo del codo.
Era una fractura cerrada, pero grave. El hueso estaba roto y la zona ya empezaba a inflamarse de forma alarmante.
—Ha inhalado mucho humo, está en parada cardiorrespiratoria y tiene la pata rota —diagnosticó en voz alta. Su tono era frío y profesional. Un mecanismo de defensa para mantener el control de la situación—. La pata tendrá que esperar. Necesito que respire.
Sin perder tiempo, Gia le abrió las mandíbulas.
Con una gasa que sacó del maletín, le limpió el fondo de la garganta, extrayendo una espesa capa de mucosidad negra y ceniza que le bloqueaba las vías.
Posicionó el cuello de Duke para mantener la tráquea recta y entrelazó sus manos sobre la parte más ancha de las costillas del animal.
Comenzó las compresiones torácicas. Empujaba con fuerza, usando el peso de su propio cuerpo, al tiempo que mantenía un ritmo constante.
—¡Frote su cuerpo! —le gritó Gia al dueño, que miraba la escena paralizado por el miedo—. ¡Frote sus patas traseras y su lomo con fuerza, necesitamos estimular la circulación! ¡Vamos!
El hombre reaccionó, frotando el pelaje de Duke con desesperación. Gia alternaba las compresiones con respiraciones, cerrando el hocico del perro con las manos y soplando con fuerza por su nariz para expandirle los pulmones.
—Uno, dos, tres, cuatro... respira —musitaba—. Uno, dos, tres, cuatro... respira.
El calor del incendio cercano le quemaba la nuca, el sudor le escocía en los ojos, pero a Gia le daba igual.
Su mente estaba enfocada única y exclusivamente en arrebatarle esa vida a la muerte.
Pensaba en la anatomía del perro, en la fuerza que debía aplicar, rogando en silencio que el corazón de Duke respondiera.
Fueron unos minutos agónicos. Unos minutos en los que el mundo pareció detenerse.
Y entonces, bajo las manos de Gia, el pecho del perro dio una sacudida violenta.
Duke soltó un jadeo profundo, un sonido ronco y húmedo, y todo su cuerpo se tensó. El animal abrió los ojos de golpe, desorientado y aterrorizado, y al intentar moverse, un aullido de dolor agudo y desgarrador escapó de su garganta al sentir la pata rota.
—¡Shhh, quieto, quieto, pequeño! —Gia se abalanzó sobre él, usando su propio cuerpo para inmovilizarlo suavemente contra el suelo, evitando que se pusiera en pie y empeorara la fractura—. ¡Duke, tranquilo!
—¡Duke! ¡Oh, Dios mío! ¡Duke, estás vivo! —El dueño rompió a llorar, acariciando al perro y besándole la cabeza llena de hollín. Duke, a pesar del dolor, movió la cola débilmente al reconocer la voz de su humano.
—Sujétele la cabeza y háblele, que no se mueva —ordenó Gia, respirando con fuerza. La primera batalla estaba ganada, pero ahora venía la segunda.
Se giró hacia el maletín abierto. Rebuscó rápidamente y sacó un rollo grueso de algodón ortopédico, una férula rígida de plástico moldeable y varias vendas elásticas.
—Tiene una fractura importante en el cúbito y el radio. Voy a entablillarle la pata para inmovilizarla y evitar que el hueso desgarre músculo o vasos sanguíneos durante el traslado —explicó. Su voz destilaba una calma que contrastaba con el caos a su alrededor.
Con movimientos que denotaban su experiencia, Gia tomó la pata herida.
Duke gimió y trató de apartarla, pero el dueño le susurraba palabras de consuelo al oído, manteniéndolo quieto.
Gia alineó la extremidad con una firmeza delicada.
Sintió el ruido del hueso bajo la piel, una sensación que siempre le revolvía el estómago, pero su rostro no mostró ni un ápice de duda.
Envolvió la pata con algodón, creando un acolchado protector desde las almohadillas hasta por encima del codo.
Luego, colocó la férula rígida en la parte posterior de la extremidad, asegurándose de que mantuviera la articulación completamente recta.
Finalmente, con una rapidez pasmosa, desenrolló la venda de color azul, envolviendo la pata con la presión exacta.
Lo suficientemente apretada para mantener la férula en su sitio y evitar cualquier movimiento, pero lo bastante suelta para no cortar el riego sanguíneo.
Al terminar, alisó el vendaje con las manos y dejó escapar un largo suspiro. Se sentó sobre los talones, sintiendo de golpe todo el peso del agotamiento en sus músculos.
—Ya está —dijo, pasándose el brazo por la frente y dejando una mancha negra de ceniza sobre su piel clara—. La pata está estabilizada. Cuando lleguen los bomberos y aseguren la zona, tendrán que llevarlo a una clínica con rayos X para operarlo, pero por ahora, está a salvo.
El hombre levantó la vista hacia Gia. Sus ojos, enrojecidos y llenos de lágrimas, reflejaban una gratitud tan inmensa que a Gia se le hizo un nudo en la garganta.
—Me ha salvado la vida... Él es todo lo que tengo —susurró el hombre, agarrando la mano sucia de Gia y apretándola con reverencia—. Gracias. De verdad, gracias.
Gia le dedicó una sonrisa cansada pero radiante. A unos metros de distancia, entre las llamas que empezaban a ceder ante el agua y el esfuerzo del pueblo, Nate trataba de sofocar las llamas.
Mientras el sonido de las sirenas de los bomberos empezaba a escucharse por fin a lo lejos, Gia giró el rostro hacia él. Nate, como si lo hubiera presentido, volvió la cabeza hacia ella y sus miradas se encontraron. Entre la ceniza, el sudor y el hollín se sonrieron débilmente.