El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

El viaje duró apenas unos minutos, pero a Gia le pareció una eternidad. Cuando por fin llegaron al pueblo, el escenario que se abrió ante ellos era dantesco. El aire estaba teñido de un naranja intenso y el calor golpeaba contra los cristales de la camioneta como si tuviera vida propia.

Nate pisó el freno con tanta fuerza que los neumáticos chirriaron salvajemente contra el asfalto cubierto de ceniza, deteniendo el pesado vehículo casi en seco.

Antes de que el motor terminara de rugir, ambos abrieron las puertas y saltaron fuera. El olor a pino quemado, plástico derretido y pánico era asfixiante. El sonido del fuego devorando la madera se mezclaba con los gritos desesperados de los vecinos.

El caos reinaba en las calles. A la espera de que llegaran los camiones de bomberos del condado, los habitantes del pueblo se habían organizado a la desesperada.

Había un par de cadenas humanas formadas desde una fuente y una acequia cercana, pasándose cubos, ollas y barreños de agua de mano en mano en un intento colosal por evitar que las llamas saltaran de los porches a los tejados de las casas contiguas.

Nate no perdió un segundo. Su instinto de liderazgo afloró con una naturalidad aplastante.

—¡Diego, Jim! —rugió. Su voz se abrió paso por encima del crepitar de las llamas—. ¡Llevad los extintores grandes a la casa de los Miller, el viento sopla hacia allí! ¡Vosotros tres —señaló a los mozos de cuadra—, uníos a la cadena de la izquierda, están perdiendo ritmo! ¡Vamos, moveos!

Los chicos, entre ellos Tommy, asintieron y salieron a la carrera sin pensárselo dos veces, integrándose en la frenética maquinaria de supervivencia que había organizado el pueblo.

Nate agarró una pala y un par de mantas ignífugas de la parte trasera de la camioneta, dispuesto a unirse a la primera línea de fuego, pero antes de alejarse, buscó a Gia con la mirada, recordándole con los ojos su promesa silenciosa de tener cuidado.

Gia apenas tuvo tiempo de asentir. Acababa de colgarse su pesado maletín del hombro cuando una voz femenina, aguda y rota por el llanto, la hizo girarse.

—¡Por favor! ¡Ayuda, por favor!

Una mujer con el rostro manchado de hollín corría hacia ella, tropezando con sus propios pies.

A su lado, aferrada a su falda, iba una niña de unos diez años que lloraba desconsoladamente, con los ojos enrojecidos por el humo y las lágrimas trazando surcos en sus mejillas sucias.

En los brazos, la mujer acunaba un pequeño bulto inerte cubierto de ceniza.

—¿Es usted... es usted la veterinaria del rancho de Nathaniel Kenwood? —preguntó la mujer, jadeando, con los ojos desorbitados por la angustia.

—Sí, soy yo. ¿Qué ocurre? —Gia adoptó de inmediato su tono profesional, el que usaba para calmar a los dueños tanto como a los animales.

—Es nuestro gato, Botones... Estaba atrapado en el porche. Ha tragado mucho humo, no se mueve, creo que no respira... ¡Por favor, sálvelo! —suplicó la mujer, extendiendo los brazos temblorosos hacia Gia.

Gia dejó caer el maletín al suelo al instante. El mundo a su alrededor (los gritos, el calor abrasador, el humo) desapareció. Entró en una visión de túnel donde solo existía aquel pequeño animal y la posibilidad de salvarlo.

—Tranquila. Déjelo aquí —ordenó con suavidad, pero al mismo tiempo firme.

Gia sacó rápidamente una manta limpia y gruesa de la parte trasera de la camioneta de Nate y la extendió sobre una zona de césped que aún no había sido alcanzada por las cenizas. La mujer depositó al gato con infinita delicadeza. Era un felino atigrado, pero su pelaje estaba apelmazado y oscuro.

Gia se arrodilló, manchándose los pantalones de tierra, y acercó la oreja al pecho del animal. Nada. Buscó el pulso en la cara interna del muslo. Era tan débil que apenas parecía un aleteo, y en cuestión de segundos, desapareció por completo.

—No respira y está en parada —murmuró, más para sí misma que para la familia.

Sin perder tiempo, colocó al gato sobre su lado derecho.

Extendió el cuello del animal para abrir las vías respiratorias, le abrió la boca y le sacó la lengua, asegurándose de que no hubiera obstrucciones por ceniza.

Luego, colocó una mano sobre el diminuto pecho, justo detrás de la pata delantera, y comenzó a aplicar compresiones firmes y rítmicas.

—Uno, dos, tres, cuatro... —contó.

El sudor le perlaba la frente, mezclándose con el hollín que flotaba en el aire, pero Gia no parpadeó. Tras varias compresiones, cerró la boca del gato con una mano, pegó sus labios a la pequeña nariz del animal y sopló suavemente, viendo cómo el pecho se inflaba. Volvió a hacer las compresiones.

La niña sollozó más fuerte, escondiendo el rostro en la tripa de su madre. La mujer miraba la escena con una mano apretada sobre la boca y la otra abrazando a su hija, rezando en silencio.

Pasaron los minutos. El tiempo parecía haberse congelado en aquel pequeño rincón de la calle. Los músculos de los brazos de Gia ardían por el esfuerzo y la tensión, pero su terquedad era mucho mayor que su agotamiento.

—Vamos, pequeño, vamos... No te rindas ahora —le susurraba Gia entre respiraciones, presionando el pecho del animal.

Cuando todo parecía perdido, cuando la madre ya había cerrado los ojos dispuesta a aceptar la tragedia y el ambiente pesaba como una losa, ocurrió el milagro.

El pequeño cuerpo de Botones tuvo un espasmo. Un resuello ronco, agónico y rasposo escapó de su garganta, seguido de un ataque de tos débil que expulsó una nube de hollín. Su pecho comenzó a subir y a bajar por sí solo, de forma irregular al principio, pero respirando, al fin y al cabo.

—¡Mamá, está vivo! —gritó la niña, cayendo de rodillas junto a Gia, llorando de alegría. La madre rompió a llorar a mares, llevándose las manos a la cabeza, incapaz de articular palabra.

Gia dejó escapar un largo suspiro, liberando los pulmones.

Una sonrisa de inmenso alivio iluminó su rostro sucio.

Rápidamente, abrió su maletín. Sacó una jeringuilla de plástico sin aguja, la llenó con agua limpia de una botella que llevaba consigo y, con extremo cuidado, dejó caer unas gotitas en la lengua del gato para humedecerle la boca y limpiar los restos de humo.

Después, empapó unas gasas y comenzó a refrescarle suavemente las almohadillas de las patas, las orejas y el vientre para bajarle la temperatura corporal. Botones parpadeó, aún aturdido, y soltó un maullido ronco y quejumbroso.

—Va a necesitar oxígeno y que lo revise a fondo cuando esto acabe, pero ha pasado lo peor. Es un luchador —dijo Gia, acariciando la cabeza del animal con ternura.

—No sé cómo agradecérselo... No tengo palabras. Nos ha devuelto a un miembro de la familia —sollozó la mujer, apretando el hombro de Gia con una gratitud infinita.

—No es nada, de verdad. Es mi trabajo —respondió ella, restándole importancia con un gesto humilde, al tiempo que se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano.

A unos veinte metros de allí, en medio de la cadena humana, Nate acababa de vaciar su enésimo cubo de agua sobre los matorrales que ardían detrás de una valla. Se detuvo un segundo para recuperar el aliento, tosiendo por el humo, y al girar la cabeza, sus ojos encontraron a Gia.

Había visto parte de la escena. La había visto arrodillarse en la tierra sin dudarlo, luchar contra la muerte con sus propias manos, negarse a aceptar la derrota cuando cualquiera se habría rendido.

Y ahora la veía allí, cubierta de ceniza, sonriendo con esa luz propia que parecía desafiar la oscuridad del incendio, consolando a una niña y a su madre.

Nate se quedó quieto un instante, ajeno al calor que le quemaba la piel. El pecho se le encogió con una emoción tan abrumadora que casi le cortó la respiración. La admiración que sentía por aquella mujer, por su fuerza, su empatía y su inquebrantable espíritu, creció hasta desbordarle el alma.

Los pensamientos de Nate se interrumpieron, haciéndole volver a la realidad. Un grito, ronco por el humo y la desesperación, cortó el aire denso y caliente.

—¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien me ayude!

De entre la cortina de humo grisáceo que envolvía la calle, emergió la figura tambaleante de un hombre mayor.

Tenía la camisa a cuadros chamuscada en un hombro y tosía.

Pero lo que llamó la atención de la gente no fue su estado, sino el peso inerte que cargaba en sus brazos.

Era un perro de tamaño mediano, un cruce de pastor alemán de pelaje oscuro, que colgaba flácido, como un muñeco sin vida, con la cabeza balanceándose al ritmo de las zancadas de su dueño.

Nate, que estaba a escasos metros, soltó el cubo vacío que llevaba y corrió a su encuentro. El hombre estaba al borde del colapso, con los ojos inyectados en sangre y el rostro bañado en sudor y lágrimas.

—¡Mi perro, mi Duke! —sollozó el hombre, con la voz rota al ver a Nate—. ¡Se le ha caído una viga del techo encima, y no respira! ¡Por el amor de Dios, no respira!

Nate le puso una mano firme en el hombro para que supiera que no estaba solo.

Su mirada viajó instintivamente hacia el pequeño oasis de esperanza que Gia había creado en medio de aquel infierno.

La vio allí, todavía arrodillada junto a la madre, la niña y el pequeño gato que acababa de salvar.

El pecho de Nate se hinchó con una mezcla de urgencia y orgullo.

—Llévelo con mi veterinaria —le indicó al hombre, mientras señalaba con el brazo extendido hacia Gia—. Es la mejor. Ella se encargará de él. ¡Vaya, rápido!

El hombre no necesitó que se lo repitiera una segunda vez. Sacando fuerzas de flaqueza, asintió con la cabeza y echó a andar a zancadas hacia donde Nate le había indicado, apretando el cuerpo inerte de su perro contra el pecho.