CAPÍTULO 28 #2
Nate se tensó de inmediato. El cambio en él fue instantáneo. ¿Qué demonios pasaba? El hombre relajado y sonriente desapareció, dando paso al líder, al dueño del rancho. Soltó a Gia con suavidad, pero con firmeza.
—Quédate aquí —murmuró, girando sobre sus talones y echando a correr hacia la salida del establo.
Gia, por supuesto, ignoró la orden. Con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas, corrió detrás de él, saliendo de la penumbra del establo hacia la deslumbrante luz del sol de la mañana.
Lo primero que notó fue el silencio antinatural de los pájaros. Lo segundo, la enorme y espesa columna de humo negro que se alzaba en el horizonte, manchando el cielo azul. Venía del sur, directamente desde el pueblo.
Diego estaba de pie en medio del patio, señalando hacia la lejanía con el rostro pálido bajo el ala de su sombrero.
—¡Es en el pueblo! —gritó en cuanto vio a Nate acercarse—. Me acaba de llamar el sheriff. El viento ha cambiado y el fuego que ha empezado por la maleza ha saltado a las casas de las afueras. ¡Se está extendiendo con rapidez, necesitan todas las manos posibles!
Nate no dudó ni un segundo. La adrenalina se apoderó de sus venas.
—¡Jim! —rugió. Su voz resonó por todo el patio con una autoridad indiscutible—. ¡Jim, trae a los chicos, ahora!
Desde el otro lado del rancho, Jim salió corriendo de uno de los cobertizos, seguido por tres de los mozos de cuadra más jóvenes, entre los que se encontraba Tommy. Al ver la columna de humo, no necesitaron más explicaciones.
—¡Prepara la camioneta grande! —ordenó Nate mientras corría hacia ellos—. ¡Cargad palas, mantas, cubos y la mitad de los extintores del establo grande!
—Ahora mismo, jefe —dijo Jim.
—¡Diego, vete con ellos, y abrid camino! —exclamó después Nate.
Diego asintió con la cabeza y se puso en marcha.
El patio se convirtió en un torbellino de actividad frenética. El polvo se levantaba bajo las botas de los hombres que corrían de un lado a otro.
Jim arrancó la enorme camioneta de trabajo, cuyo motor rugió con ferocidad, mientras los mozos saltaban a la caja trasera atrapando las herramientas que Diego les lanzaba.
En menos de un minuto, los neumáticos patinaron sobre la grava y el vehículo salió disparado hacia el camino principal, levantando una nube de polvo gris.
Gia, que había estado observando la escena con el cerebro trabajando a mil por hora, reaccionó. Pensó en la gente del pueblo, en las familias, en los animales atrapados. Sin pensarlo dos veces, se giró hacia la casa para ir a buscar su maletín.
—Voy a por mis cosas —anunció, pasando por el lado de Nate.
La mano de Nate se cerró alrededor de su brazo, deteniéndola en seco. Su agarre no era doloroso, pero sí inamovible.
—Ni hablar —dijo, mirándola con una dureza que no admitía réplica—. Tú te quedas aquí con Martha. Es peligroso.
Gia se zafó de su agarre con un tirón. Sus clarísimos ojos azules echaban chispas. La misma terquedad que la había mantenido firme frente a él durante días afloró de golpe.
—Hay gente allí, Nate. Y animales. Soy veterinaria, me pueden necesitar.
—¡He dicho que no! —alzó la voz Nate. La frustración y el miedo a perderla, justo cuando acababa de encontrarla, le hizo perder los estribos—. ¡No voy a dejar que te metas en un incendio!
—¡No te estoy pidiendo permiso! —replicó Gia, alzando la barbilla, desafiante y feroz—. Si no me llevas tú, cogeré las llaves de mi camioneta y conduciré detrás de ti. Pero voy a ir, Nate. Con o sin ti.
Se sostuvieron fijamente la mirada durante unos segundos que parecieron horas.
El aire entre ellos vibraba con la tensión.
Nate apretó la mandíbula hasta que los músculos de su rostro se marcaron.
Veía en los ojos de Gia esa determinación inquebrantable, ese fuego interno que tanto admiraba de ella, y supo, con la mayor de las certezas, que no había fuerza en la tierra capaz de detenerla.
Soltó un gruñido gutural, mezcla de rendición y frustración. No iba a poder convencerla, de eso estaba seguro.
—¡Maldita sea, Gia! —exclamó, dándose la vuelta hacia su camioneta, aparcada cerca del porche—. ¡Sube! ¡Pero ya!
Gia no perdió un solo segundo. Entró rápidamente en la casa, cogió su maletín, y corrió hacia el asiento del copiloto mientras Nate saltaba al volante.
El motor de la camioneta cobró vida con un rugido violento y, antes de que Gia pudiera abrocharse el cinturón de seguridad, Nate pisó el acelerador a fondo. Salieron disparados por el camino de tierra, persiguiendo la estela de polvo que había dejado el vehículo que conducía Jim.
El interior de la cabina estaba cargado de una tensión asfixiante.
Nate conducía con las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Sus ojos estaban fijos en la carretera y en la monstruosa nube de humo que se hacía más grande a cada segundo.
El olor a madera quemada y a ceniza ya empezaba a filtrarse por las rejillas de ventilación.
Sin apartar la vista del frente, Nate habló. Su voz era áspera y cargada de una advertencia letal.
—Escúchame bien, Gia. Vas a venir, de acuerdo. Pero no te vas a separar de mi lado ni un maldito metro. ¿Me oyes?
Gia lo miró. Veía el terror oculto tras la máscara de dureza de su rostro.
—Nate...
—No, escúchame —la interrumpió él, girando la cabeza un segundo para clavarle una mirada desesperada—.
Te conozco. Sé cómo eres. Sé que, si ves a un gato atrapado en un maldito tejado en llamas, eres capaz de trepar hasta el tejado para salvarlo.
Y no lo voy a permitir. No te arriesgues. Prométemelo.
Gia tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Apreciaba el instinto protector de Nate, le conmovía hasta la médula, pero no podía mentirle. No en eso.
—No te prometo nada, Nate —dijo, con la voz firme—. Haré lo que tenga que hacer.
Nate cerró los ojos unos instantes y dejó escapar un resoplido largo y resignado, golpeando el volante con la palma de la mano. Sabía que esa era la única respuesta que iba a obtener de ella. Era una mujer demasiado testaruda.
—Dios, me vas a volver loco —murmuró, volviendo a pisar el acelerador.
La camioneta devoró los kilómetros restantes, adentrándose cada vez más en la densa neblina gris, directa hacia el infierno que se había desatado en el pueblo.