CAPÍTULO 28
A la mañana siguiente, el sol inundaba la amplia cocina de la casa, trayendo consigo el inconfundible aroma a café recién hecho y a tortitas.
Y a paz. Bendita paz.
Cuando Nate cruzó el umbral, se detuvo un segundo al ver a Gia sentada a la mesa.
Ella levantó la vista de su taza y, durante una fracción de segundo, sus miradas se conectaron con una intensidad que hizo que a ambos se les acelerara el pulso.
Sin embargo, recordaron rápidamente que no estaban solos, e intentaron guardar la compostura.
—Buenos días —dijo Nate, esforzándose por mantener su tono casual y rudo de siempre, aunque fracasó estrepitosamente al no poder borrar la leve sonrisa que asomaba a sus labios.
—Buenos días —respondió Gia.
Se llevó la taza a la boca para ocultar la sonrisa boba que amenazaba con delatarla, pero sus ojos brillaban con una luz que era difícil de ocultar.
Nate se acercó a la mesa y se sentó justo frente a ella. Bajo la madera, su rodilla buscó la de Gia y la rozó con suavidad. Ella soltó una risilla ahogada, que rápidamente intentó disimular con un ataque de tos repentino.
Desde la encimera, Martha y Diego observaban la escena de reojo.
Cualquiera con ojos en la cara habría notado la electricidad que flotaba entre los dos, pero ambos habían decidido jugar sus propias cartas.
Iban a guardar las apariencias, actuando con total inocencia, como si la noche anterior no hubieran estado pegados al cristal de la ventana disfrutando del espectáculo como si fuera la mejor telenovela del mundo.
—¿Has dormido bien, Nate? —preguntó Martha, dándole la vuelta a unas tortitas en la sartén con una expresión de serenidad—. Tienes mejor cara que estos últimos días. Se te ve... relajado —lo picó.
Diego, apoyado en la encimera bebiendo su café, tuvo que morderse el labio inferior para no echarse a reír.
—Sí, la verdad es que he descansado muy bien —respondió Nate, rascándose la nuca, un poco nervioso—. Ha sido una noche muy tranquila.
Gia bajó la cabeza, fingiendo un interés repentino en los bordes de la servilleta, pero sus hombros temblaban ligeramente por el esfuerzo de contener la risa.
¿Tranquila? Dios Santo, habían estado toda la noche follando como animales en celo. Gia apenas se tenía en pie de las agujetas.
Nate le lanzó una mirada de advertencia, pero sus propios ojos estaban llenos de diversión.
Tras unos segundos de silencio en los que solo se escuchaba el tintineo de los cubiertos, Nate se aclaró la garganta, adoptando una postura más seria.
—Por cierto, Martha... ¿Daphne sigue arriba? —preguntó, intentando que su voz sonara indiferente.
—Qué va —respondió Martha, encogiéndose de hombros mientras colocaba un plato lleno de tortitas en el centro de la mesa—. Se ha marchado un poco antes de que amaneciera. La oí arrastrar las maletas por el pasillo y arrancar el coche a toda prisa. Ni siquiera se despidió.
Nate asintió lentamente, sin poder ocultar el inmenso alivio que le produjo la noticia. Daphne, por fin, había salido de su vida. ¿Cómo no lo había hecho antes?
—Es mejor así —murmuró.
—Desde luego —coincidió Diego, dándole un sorbo a su taza con aire inocente—. Parece que anoche hubo limpieza en el rancho. El aire se siente mucho más fresco hoy, ¿verdad, Gia?
Gia se atragantó ligeramente con el café. Notó cómo el calor ascendía por sus mejillas.
—Sí, mucho más fresco —logró decir, sin atreverse a mirar a Diego. Ni a Nate.
Martha y Diego intercambiaron una mirada fugaz, cómplice a espaldas de la pareja. Nate y Gia seguían creyendo que eran los maestros del disimulo, compartiendo sonrisas secretas y roces bajo la mesa, sin sospechar que Martha y Diego ya sabían que, por fin, todo estaba exactamente donde debía estar.
En cuanto Nate engulló el último trozo de tortita, dejó el tenedor sobre el plato con un tintineo y se puso en pie.
—Bueno, tengo que ir al establo a revisar unas herraduras —anunció, con una prisa repentina que no engañó a nadie.
Agarró el sombrero del perchero y salió pitando por la puerta trasera, casi tropezando con sus propias botas.
Gia aguantó sentada exactamente treinta segundos. Tamborileó los dedos sobre la mesa, miró su taza de café a medio terminar y, finalmente, se levantó de golpe, alisándose los pantalones con nerviosismo.
—Ah, acabo de recordar que... dejé mi maletín en el establo. Voy a buscarlo, no vaya a ser que algún caballo lo pisotee.
Sin esperar respuesta, salió casi corriendo detrás de él, dejando que la puerta mosquitera se cerrara con un sonoro golpe.
En cuanto el sonido de los pasos de Gia se alejó por el porche, el silencio en la cocina duró solo un instante antes de que Martha y Diego estallaran en carcajadas.
—¿Has visto sus caras? —preguntó Martha.
Diego asintió.
—¡Revisar unas herraduras! —se burló, apoyando los codos en la mesa—. Si el herrero no viene hasta la semana que viene.
—Y el maletín de Gia está en el recibidor, lo he visto con mis propios ojos esta mañana —añadió Martha, negando con la cabeza, mientras empezaba a recoger los platos, riendo por lo bajo—.
Parecen un par de adolescentes con las hormonas alborotadas escondiéndose detrás de las gradas para besuquearse.
—Dejemos que disfruten un poco de la clandestinidad, Martha. Se lo merecen —dijo Diego, suspirando con una sonrisa sincera y llena de afecto—. Ya era hora de ver un poco de luz en esa mirada de Nate.
Mientras tanto, en la penumbra fresca y silenciosa del establo, Gia apenas tuvo tiempo de que sus ojos se acostumbraran a la falta de luz.
Nada más cruzar las puertas, unas manos fuertes la tomaron por la cintura y tiraron de ella hacia el interior de una de las cuadras que había libres, oculta a la vista de cualquiera que pasara por allí.
La espalda de Gia chocó suavemente contra la pared de madera, y antes de que pudiera soltar una exclamación de sorpresa, los labios de Nate ya estaban sobre los suyos, besándola con la misma urgencia y hambre de la noche anterior.
Con la misma urgencia y hambre con que la había besado durante toda la noche.
—Has tardado mucho —murmuró él contra su boca, con la respiración agitada y una sonrisa curvando sus labios.
Gia rio.
—He tenido que inventarme una excusa creíble —susurró, riendo mientras enredaba las manos en el cuello de su camisa, atrayéndolo más hacia sí—. Aunque estoy segura de que no hemos engañado a nadie.
—Me da exactamente igual —respondió Nate, mirándola a los ojos con una intensidad que la dejó sin aliento—. Por mí, como si se entera todo el condado. Todo el puto país.
Y demostrando que, por primera vez en mucho tiempo, había dejado de importarle el miedo y las apariencias, volvió a besarla, perdiéndose en el calor del momento entre el olor a heno, a madera y a cuero viejo.
El beso profundo y sensual se vio interrumpido de repente por un sonido inesperado. Un relincho fuerte, enérgico y casi festivo resonó a pocos metros de ellos, seguido del rítmico golpeteo de unos cascos contra el suelo.
Nate y Gia se separaron, con las respiraciones aún mezcladas.
Al girar el rostro hacia el pasillo central del establo, se encontraron con Trueno.
El imponente caballo tenía la cabeza asomada por encima de la puerta de su cuadra, con las orejas erguidas hacia adelante.
Al verlos, el animal sacudió las crines y soltó un largo resoplido, moviendo la cabeza de arriba abajo como si estuviera celebrando la escena que acababa de ver.
Gia no pudo contenerse y estalló en una pequeña carcajada, apoyando la frente contra el pecho de Nate. Él también empezó a reír. Era una risa grave y auténtica que le iluminó por completo el rostro mientras le pasaba a Gia un brazo por la cintura.
—Parece que no somos tan discretos como pensábamos —bromeó ella, secándose una lagrimita de risa mientras caminaban juntos hacia la cuadra de Trueno.
Nate se acercó al caballo, alargó la mano y le rascó la frente con afecto, fingiendo estar ofendido.
—¿Tú también te vas a burlar de mí? —le recriminó con una sonrisa—. Ya tengo suficiente con Martha y Diego espiando por los rincones, no necesito que mi propio caballo me juzgue.
Trueno volvió a relinchar suavemente y empujó el hombro de Nate con el hocico, para luego estirar el cuello hacia Gia, buscando su atención. Ella sonrió con ternura y le acarició el suave pelo entre los ojos, donde tenía la estrella blanca.
—No te está juzgando, Nate —dijo, mirándolo con dulzura—. Yo creo que simplemente se alegra de verte por fin usar la cabeza... o, mejor dicho, el corazón. Ha tenido que aguantar tu mal humor todos estos días. El pobre se merece una alegría.
—¿Ah, sí? —Nate enarcó una ceja oscura, divertido, y luego miró al caballo—. ¿Tú qué dices, Trueno? ¿Me das tu aprobación?
El caballo soltó un bufido sonoro que hizo vibrar sus belfos y asintió con la cabeza de esa forma tan característica suya, arrancándoles una nueva carcajada a los dos.
—Creo que eso es un sí rotundo —concluyó Gia, apoyándose de nuevo en el costado de Nate. Él la rodeó con los brazos, besándole la coronilla mientras ambos compartían ese pequeño y perfecto momento de felicidad bajo la atenta y cómplice mirada de Trueno.
El eco de sus risas aún flotaba en el aire fresco del establo, mezclado con el olor a hierba húmeda y el suave resoplido del semental.
Durante un rato perfecto, el mundo entero parecía haberse reducido a ese pequeño rincón de madera y sombras, donde solo existían ellos dos y la promesa de un nuevo comienzo juntos.
Nate tenía los brazos alrededor de la cintura de Gia, y ella descansaba la frente contra su pecho, escuchando el latido acompasado de su corazón.
Pero la burbuja estalló con una violencia súbita.
—¡Nate! ¡Nate! —La voz de Diego rasgó la tranquilidad de la mañana. No era su tono habitual, calmado y socarrón. Era un grito duro, cargado de una urgencia y una alarma que helaron la sangre de Gia al instante.