CAPÍTULO 27 #2
Desesperado. Al principio rudo, y cargado de toda la frustración, el miedo y el deseo que había reprimido durante meses. Era hambriento, real. La clase de beso que compensa cada palabra que no se habían dicho.
Gia soltó un pequeño jadeo de sorpresa contra su boca y tensó los hombros, instintivamente estaba dispuesta a empujarlo. Pero la resistencia duró solo un segundo. La calidez de Nate, la intensidad de sus labios y la verdad de su confesión derrumbaron sus propias defensas.
Cerró los ojos y se rindió a él. Sus manos, que habían estado cerradas en puños, se abrieron para aferrarse a las solapas de la chaqueta de Nate, tirando de él hacia sí con la misma necesidad.
Todo lo que habían estado acumulando durante días, frustración, ira, deseo, se desbordó de golpe.
Se separaron apenas unos milímetros, los dos con la respiración entrecortada, compartiendo el mismo aire frío de la noche.
Nate apoyó su frente contra la de Gia, manteniendo los ojos cerrados, como si temiera que al abrirlos ella hubiera desaparecido.
—No te vayas —susurró contra sus labios, rindiéndose por completo a la vulnerabilidad que tanto odiaba.
Y sin esperar respuesta, volvió a besarla. Esa vez fue un beso lento y profundo, una promesa silenciosa que borraba cualquier duda.
El beso los mantenía ajenos al mundo, ajenos a todo, envueltos en una burbuja donde solo existían ellos dos. Pero la realidad no tardó en irrumpir.
El sonido agudo de unos tacones golpeando con furia los escalones de madera del porche rompió el silencio de la noche.
—¡Esto tiene que ser una maldita broma! —La voz de Daphne cortó el aire como un látigo, cargada de indignación y desprecio.
Nate y Gia se separaron lentamente, con la respiración aún agitada. Sin embargo, Nate no soltó la cintura de Gia, al contrario, la atrajo un poco más hacia él, entrelazando sus dedos con los de ella en un gesto protector y firme que no pasó desapercibido para Daphne.
La francesa estaba de pie a pocos metros de la camioneta, con los brazos cruzados y el rostro desfigurado por la rabia. La luz del porche iluminaba su elegante vestido, que ahora parecía ridículamente fuera de lugar en medio de la grava y el polvo del rancho.
—Me dejas plantada en el comedor, con la cena a medias... ¿para esto? —escupió Daphne, paseando una mirada despectiva por Gia—. ¿Para venir a suplicarle a la veterinaria que no se vaya?
Nate sintió cómo Gia se tensaba a su lado, dispuesta a defenderse, pero él se adelantó.
La furia de Daphne no le provocaba ni una pizca de remordimiento.
De hecho, al verla allí, escupiendo veneno, se dio cuenta de lo poco que le importaba su opinión.
En el fondo, solo había utilizado su presencia en el rancho como excusa para ocultar su vulnerabilidad y no hacer frente a lo que sentía su corazón.
Pero él no tenía ningún sentimiento por ella.
—Cuidado con cómo le hablas, Daphne —advirtió Nate. Su tono fue bajo, pero llevaba una advertencia letal, como solo Nathaniel Kenwood podía hacerlo—. Y sí. Te dejé sola porque mi lugar está aquí. Con ella.
Daphne soltó una carcajada amarga, negando con la cabeza. Su orgullo estaba herido, en lo más profundo, pero era lo suficientemente soberbia para no rogar.
—Eres un idiota, Nate —siseó, enderezando la espalda—.
Si crees que voy a quedarme en este rincón perdido aguantando humillaciones, estás muy equivocado.
Yo no soy de esas —escupió—. Ya no tengo absolutamente nada que hacer en este maldito rancho, lleno de polvo y estiércol.
—Entornó los ojos—. Pero no te confíes, porque el día menos pensado ella también se largará de aquí —añadió, apuntando con el dedo a Gia.
Nate no hizo ningún ademán de detenerla.
Lejos de alarmarse, sintió que un peso enorme desaparecía de sus hombros.
Desde que Daphne había puesto un pie en Millstone, lo único que había hecho era causarle problemas.
Quejas constantes, exigencias ridículas, intentos de manipulación y, sobre todo, había sido el principal obstáculo entre él y la mujer que realmente le importaba.
Su partida era exactamente lo que quería.
La pena era que no lo hubiera hecho antes.
—No hace falta que esperes a mañana, si no quieres —respondió Nate, con una frialdad que dejó helada a Daphne—. Puedes hacer las maletas ahora mismo. Te aseguro que nadie te va a detener.
Daphne abrió la boca para replicar, pero al ver la total indiferencia en los ojos de Nate, supo que había perdido.
Apretó los labios en una línea fina, dio media vuelta con brusquedad y caminó de regreso hacia la casa, pisando fuerte.
Unos segundos después, el sonido de la puerta principal cerrándose de un portazo resonó en la distancia.
El silencio volvió a descender sobre el patio, interrumpido únicamente por el suave ralentí del motor de la camioneta de Gia, que aún seguía encendida, esperando.
Nate soltó un largo suspiro, dejando ir toda la tensión acumulada de las últimas semanas. Bajó la mirada hacia Gia, que lo observaba con una mezcla de asombro y una incipiente sonrisa en las comisuras de la boca. Él levantó una mano para acariciar suavemente su mejilla con el pulgar.
—¿Por dónde íbamos? —susurró, con los ojos brillando de nuevo con esa intensidad que a Gia le aceleraba el pulso.
Gia no respondió con palabras. Simplemente sonrió, se puso de puntillas y volvió a unir sus labios a los de él.
Mientras tanto, en la cocina de la casa, Martha y Diego observaban toda la escena a través de la ventana con la respiración contenida, como si estuvieran viendo el capítulo final de una telenovela.
Habían sido testigos de la acalorada discusión, del beso desesperado y, por supuesto, de la dramática y furiosa marcha de Daphne.
—Por fin —suspiró Martha, dejando escapar el aire que no se había dado cuenta de que estaba reteniendo. Una enorme sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.
Diego soltó una carcajada por lo bajo, negando con la cabeza, mientras se apoyaba en el marco de la ventana para ver mejor.
—Ya era hora —murmuró, con un deje divertido—. Te juro que estaba a punto de salir al patio con la escoba para darle un golpe en la cabeza a Nate, a ver si reaccionaba de una puñetera vez.
Martha se rio con ganas, apartando un poco la cortina para no perderse el momento en que la pareja volvía a abrazarse junto a la camioneta.
—Lo que le ha costado a este hombre decidirse, Dios mío. Es más terco que una mula —comentó, con un tono que mezclaba el cariño y el alivio—. A punto ha estado de echarlo todo a perder por sus miedos absurdos. Un minuto más y la deja escapar.
—Ni que lo digas —coincidió Diego—. Si Gia se hubiera ido un minuto antes, solo un minuto, Nate se habría quedado llorando por los rincones del rancho el resto del año. Menos mal que al final ha tenido el valor de abrir la boca.
—Y menos mal que la otra por fin hace las maletas —añadió Martha, señalando con la cabeza en dirección al pasillo, donde seguramente Daphne estaba recogiendo sus cosas—. Mañana a primera hora le abro la puerta yo misma para asegurarme de que se sube al coche y no vuelve.
Ambos volvieron a reír, compartiendo una mirada cómplice. Después de tantas semanas de tensión, malentendidos, miradas robadas y discusiones, se alegraban de ver que el terco dueño del rancho por fin había dejado de huir de lo que sentía.