El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

El comedor estaba sumido en una atmósfera pesada, iluminado apenas por la luz cálida de la lámpara de araña que colgaba sobre la inmensa mesa de caoba. Era una cena para dos, aunque, a juzgar por la escena, parecía un monólogo.

Daphne se había arreglado como si estuvieran en un restaurante de cinco estrellas en pleno Nueva York en lugar de en un rancho de Kentucky.

Llevaba un vestido azul oscuro que dejaba los hombros al descubierto, y no perdía ninguna oportunidad para inclinarse sobre la mesa, buscando acortar la distancia entre Nate y ella.

Su copa de vino tinto giraba entre sus dedos con una lentitud estudiada, y su risa, suave y ensayada, llenaba los silencios de Nate.

—Y entonces le dije al organizador que, si querían que el caballo de mi hermano participara, tendrían que garantizarle la cuadra principal —comentó Daphne, rozando con la punta del zapato la pierna de Nate por debajo de la mesa—.

Ya sabes cómo es esto, Nate. Si no exiges lo mejor, te tratan como a un aficionado. Tú lo entiendes mejor que nadie.

Nate retiró la pierna lentamente, fingiendo que necesitaba reacomodarse en la silla. Apenas había tocado su filete. Su mirada estaba fija en el plato, pero sus ojos no veían la comida. Su mente estaba a kilómetros de allí, o más bien, a unos pocos cientos de metros, en la habitación de invitados.

Gia se iba.

El pensamiento martilleaba en su cabeza con la insistencia de un reloj de arena quedándose vacío.

Sabía que ella había pasado parte del día cargando sus cosas.

Había visto su camioneta aparcada cerca del porche, con los asientos traseros llenándose poco a poco de cajas y maletas.

Y él no había hecho nada. No se había acercado.

No le había dirigido la palabra. Se había escondido detrás de excusas, del orgullo y de un miedo paralizante a escucharla decir en voz alta que ya no quería saber nada de él.

—Nate, cariño, ¿me estás escuchando? —La voz de Daphne rompió su ensimismamiento.

Él parpadeó, levantando la vista hacia ella. La expresión de Daphne era una mezcla de coquetería y leve molestia por la falta de atención.

—Sí —mintió Nate, con voz ronca—. La cuadra principal. Claro.

Daphne sonrió, creyendo haber recuperado el control, y estiró una mano sobre el mantel blanco para rozar los nudillos de Nate. Su piel estaba áspera. El contacto hizo que él se tensara.

—He estado pensando —continuó ella, bajando el tono de voz a un susurro íntimo—.

Después del derbi, podríamos tomarnos unos días.

Solo tú y yo. Conozco un lugar en las montañas donde no hay cobertura, ni empleados entrometidos, ni...

distracciones. Te vendría bien relajarte. Últimamente estás muy estresado.

Nate retiró la mano con la excusa de coger su copa. El vino le supo a arena del desierto.

Miró el reloj de pie que descansaba en la esquina del comedor. Las ocho y media. ¿A qué hora planeaba irse Gia? ¿Saldría de noche o esperaría al amanecer? El simple hecho de no saberlo le provocó un nudo en el estómago que le impidió respirar con normalidad.

—Tengo mucho trabajo en el rancho, Daphne. No puedo irme —respondió, cortante, deseando que ella captara la indirecta y dejara el tema.

Pero Daphne no era la clase de mujer que aceptaba un «no» sin pelear. Hizo un puchero y se inclinó aún más hacia Nate.

—El rancho no se va a hundir porque el jefe se tome un fin de semana libre —insistió, clavando sus ojos en los de él—. Además, creo que… nos lo merecemos.

Las palabras quedaron flotando en el aire, cargadas de intención. Sin embargo, Nate no sintió absolutamente nada. Frente a él tenía a una mujer guapa, dispuesta y obvia, pero lo único que podía ver en su mente era el rostro de Gia.

Recordó la forma en que ella lo había mirado el día anterior, cuando él había ido a su habitación, con esa expresión de decepción que le había destrozado el pecho. Recordó el sonido de la puerta cerrándose, marcando el final de algo que él había sido demasiado cobarde para salvar.

De repente, el sonido de un motor arrancando a lo lejos se coló por la ventana entreabierta del comedor.

Era un sonido débil, casi imperceptible sobre la música suave que Daphne había puesto de fondo, pero para Nate sonó como un cañón. Su corazón dio un vuelco. Era el motor de una camioneta. La camioneta de Gia.

Se le había acabado el tiempo.

Sin pensarlo, Nate tiró la servilleta de tela sobre la mesa. El movimiento fue tan brusco que su copa de vino tembló, derramando unas gotas sobre el mantel. Se puso de pie de golpe, empujando la pesada silla de madera hacia atrás con un chirrido contra el suelo.

Daphne se sobresaltó, dejando caer el tenedor sobre su plato con un tintineo metálico.

—¿Qué haces? —preguntó, frunciendo el ceño—. La cena está a medias. Ni siquiera han traído el postre.

—Tengo que irme —dijo Nate, sin mirarla. Ya estaba dándose la vuelta, con la vista clavada en la puerta que daba al pasillo.

La confusión en el rostro de Daphne se transformó rápidamente en agudeza y, un segundo después, en indignación pura y dura. Ella también había escuchado el motor. Sabía perfectamente lo que estaba pasando.

—¡Nate! —lo llamó, poniéndose de pie. Su voz había perdido todo rastro de coquetería. Ahora era aguda y exigente—. ¿A dónde vas? ¿Vas a buscarla a ella?

Nate no se detuvo. Sus pasos eran largos y decididos por el salón, devorando la distancia hacia la puerta.

—¡Nate, vuelve aquí ahora mismo! —gritó Daphne, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡No puedes dejarme aquí sentada en medio de la cena por ir a perseguir a la veterinaria! ¡Es una falta de respeto!

Él llegó al umbral y, durante una fracción de segundo, se detuvo. Giró la cabeza y la miró por encima del hombro. Sus ojos se veían oscuros, fríos y completamente vacíos de cualquier interés por la mujer que tenía enfrente.

—Termina de cenar, Daphne —dijo con una voz tan firme que no dejaba lugar a réplica—. Y cierra la puerta al salir.

Sin esperar respuesta, Nate cruzó el pasillo a zancadas, agarró la chaqueta del perchero y salió al frío aire de la noche, dejando atrás a Daphne, una cena a medias y cualquier duda que le quedara.

Solo le importaba una cosa, llegar a la camioneta antes de que Gia cruzara las puertas del rancho para siempre.

Nate vio la camioneta cerca del establo, con los faros encendidos mientras Gia terminaba de cargar las últimas cosas.

—¡Gia!

Ella no se giró.

—Gia, espera...

Gia siguió andando, con los labios formando una línea. Su voz sonó cortante cuando, ante la insistencia de Nate, finalmente respondió.

—No se te ocurra hacerme esto ahora —dijo.

Nate se acercó unos pasos.

—¿Entonces cuándo? ¿Te vas a ir sin más?

—Ese era el plan, sí.

—Yo no... —Nate se detuvo, negando con la cabeza—. No he tenido nada con Daphne.

Gia se rio, pero fue una risa sin gracia, cargada de cansancio.

—No tienes que explicarme nada, Nate. Lo dejaste muy claro.

—¡Maldita sea, Gia, eso no es lo que quise decir!

—¿Entonces a qué te referías? —replicó ella, girándose de golpe con los ojos húmedos por las lágrimas que a duras penas trataba de contener—. Porque yo solo veo a un hombre que se esconde siempre tras el silencio, y luego se sorprende de que la gente deje de esperar a que hable y se largue.

Nate no respondió de inmediato. Solo la miró a los ojos con el pecho agitado, mientras el resplandor de las luces traseras del vehículo le iluminaba el rostro de rojo.

—No soy bueno en esto —dijo al fin—. Digo las cosas mal. Meto la pata más de la cuenta. Pero te juro por Dios, Gia, que no soporto verte partir.

—Pues no es suficiente, Nate —replicó ella, y una lágrima rebelde se deslizó por su mejilla, traicionando su fachada de dureza—.

«No soportarlo» no me da un motivo para quedarme.

Necesito más que tus silencios y tus medias verdades.

Si me quieres aquí, dame una maldita razón para no subir a esa camioneta y largarme.

Él apretó los puños a los costados. La frustración y el pánico luchaban en su interior, asfixiándolo.

—¿Qué quieres que te diga? —estalló Nate, alzando la voz por encima del ronroneo del motor—. ¿Que estoy aterrorizado? ¡Pues lo estoy, Gia!

Ella parpadeó, sorprendida por la crudeza de su tono, pero no retrocedió.

—Tengo miedo de perderte —continuó Nate, acortando la distancia entre ellos con pasos furiosos—.

Me aterra. Ya me han partido el corazón antes, ¿vale?

Confié, me entregué por completo y me dejaron destrozado.

No confío en la gente, Gia. No confío en que alguien decida quedarse cuando las cosas se ponen difíciles.

—Yo no soy como los demás —susurró Gia, con la voz temblorosa pero firme.

—¡Lo sé! —Nate se pasó las manos por el pelo, desesperado, sintiendo que perdía el control que tanto se esforzaba por mantener—.

Pero odio esta vulnerabilidad. Odio lo que me haces sentir.

El amor te deja expuesto, te hace débil, y me juré a mí mismo que jamás volvería a darle a nadie el poder de destruirme.

Gia lo miró, comprendiendo por fin el muro de piedra que él había construido a su alrededor durante todo aquel tiempo. La ira en sus ojos fue reemplazada por una profunda tristeza.

—Entonces, ¿qué? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Prefieres dejarme ir? ¿Prefieres perder lo que tenemos por miedo a lo que podría pasar?

El viento frío de la noche agitaba el pelo de Gia, y la luz de los faros iluminaba la distancia que Nate había creado entre ellos.

Estaba a un paso de perderla para siempre.

La idea de no volver a verla, de no escuchar su voz en el rancho, fue de pronto mucho más aterradora que cualquier fantasma de su pasado. Que cualquier dolor.

—No —gruñó Nate, con la voz ronca.

En un arrebato, acortó el último metro que los separaba. Sus manos atraparon el rostro de Gia con urgencia y, sin darle tiempo a reaccionar, estampó sus labios contra los de ella.

Fue un beso repentino. Inevitable. Imparable.