El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 26
43%

CAPÍTULO 26

La mañana siguiente llegó suave, con una luz tenue que se extendía a través del cielo nublado y el débil eco de un trueno retumbando en la distancia, como una advertencia que calaba hasta los huesos.

El aire olía a una lluvia inminente que no terminaba de caer y al beicon friéndose en la cocina.

Era un olor que hacía creer que todo estaba bien, incluso cuando no era así.

La cocina, como siempre, bullía como el corazón de un ser vivo. El tintineo de las sartenes, el siseo de la mantequilla y la voz de Martha atravesándolo todo con sus órdenes y su organización. Ella era la reina indiscutible de los desayunos y de los secretos del rancho.

—Gia está haciendo el equipaje —anunció, dando la vuelta a una tortita con un toque teatral.

Diego, recostado en la silla con su café en la mano, ni siquiera levantó la vista.

—No me sorprende. Solo puedes intentar bailar el tango con un hombre tan testarudo como Nate durante un tiempo antes de cansarte y cambiar de pareja.

Martha resopló con fuerza.

—¿Tango? ¿A lo que ha habido entre ellos lo llamas bailar? No ha sido un baile, ha sido un duelo constante lleno de tensión sexual y sin árbitro.

Jim, sentado junto a la ventana con un café solo doble, les lanzó una mirada de reproche.

—Vosotros habláis más que un par de gallinas después de tomarse un expreso —dijo.

—Porque es nuestro deber narrar los hechos —se defendió Martha, mientras preparaba una nueva tanda de tortitas—. Alguien tiene que llevar el control de los desastres emocionales en este lugar.

Diego se rio entre dientes.

—«Desastre» es quedarse corto. Deberíais haber visto a Nate anoche, paseándose por el establo como el fantasma de un castillo. Parecía un hombre que había luchado contra un oso y luego había dejado que el oso ganara.

Martha levantó una ceja.

—Nate va a terminar perdiéndola… para siempre —dijo.

En el exterior, el mundo se sentía más pesado. El viento arreciaba. Las nubes se cernían bajas sobre las colinas, oscureciéndolo todo e inquietando incluso a los caballos.

A primera hora del día, Gia estaba cargando algunas de sus cosas en la camioneta.

El sonido de las cajas golpeando los asientos traseros era fuerte y definitivo, como los signos de puntuación de una frase que no quería escribir, pero que debía terminar (por salud mental).

Cada golpe era como algo personal, como si estuviera martillando los últimos clavos en un ataúd donde estaba su corazón.

Se repetía que se trataba de trabajo.

De establecer límites.

De lógica.

De alejarse de un hombre que no sabía qué hacer con el corazón. Que no sabía lo que quería. Coreaba esas palabras en su mente como si fueran una plegaria, pero cada una de ellas le sonaba a una mentira que intentaba disfrazar de verdad.

Los caballos la observaban desde los pastos con inquietud, captando esas emociones que las personas solían pasar por alto.

Su yegua favorita, Juniper, pateó el suelo y emitió un suave relincho. Un sonido que parecía casi un reproche.

Gia se acercó a la cerca y acarició el hocico de Juniper, sintiendo el cálido aliento del animal en la palma de la mano.

—Tú, al menos, sabes cómo comunicar tus sentimientos —murmuró.

—¿Hablando otra vez con los caballos? —La voz la sobresaltó.

Gia se giró.

Diego estaba apoyado en el poste, con una sonrisa relajada en los labios. Llevaba allí el tiempo suficiente como para haber escuchado más de lo que a ella le habría gustado.

—Son el mejor público —respondió Gia con ironía—. Te juzgan menos.

Diego rio entre dientes.

—Quizás. Aunque he visto a Trueno mirándote de reojo antes —dijo, señalando con la barbilla al semental negro, que resopló justo en ese momento—. ¿Ves? Te lo he dicho.

Gia esbozó una débil sonrisa.

—No creo que estés aquí para hablar de los caballos —dijo.

—No —admitió Diego—. He venido a hablar contigo.

Gia suspiró.

—Empieza —lo animó.

Diego la observó durante un momento, y su expresión pasó de la broma a la seriedad.

—Dicen por ahí que te vas.

—Aún no lo he decidido.

—Ya, pero estás cargando tus cosas en la camioneta —dijo Diego—. Lo que significa que lo estás pensando, y si lo estás pensando, significa que en el fondo ya has tomado la decisión.

Gia lo fulminó con la mirada, aunque no había enfado en sus ojos.

—Te has equivocado de profesión. Deberías haber sido psicólogo —dijo.

—Demasiados problemas que escuchar —respondió Diego con naturalidad—.

Además, no se me da bien quedarme quieto.

—Luego, con un tono mucho más suave, añadió—: Mira, Nate es un imbécil.

Pero hasta los imbéciles aprenden. A veces solo necesitan perder algo que creían que nunca iban a perder para darse cuenta.

Gia soltó una risa hueca y dejó otra caja en los asientos traseros de la camioneta.

—No tengo tiempo para darle clases de inteligencia emocional a nadie —aseveró.

—No se trata de darle clases —replicó Diego—. Se trata de quedarte. De darle algo más de tiempo.

Gia se dio la vuelta, concentrándose en apretar una correa que en realidad no necesitaba ajustarse.

—Me dijo que mi vida era asunto suyo porque trabajo para él, como si fuera una pertenencia que puede coger o desechar cuando le apetezca —dijo.

—Bueno, ahora ya sabes que ese hombre tiene un don para decir lo peor en el peor momento posible.

—Eso es quedarse corto —murmuró Gia.

Durante un rato, simplemente permanecieron en silencio, acompañados solo por el sonido del viento entre los árboles, el trabajo de los mozos de cuadra en los establos y el canto de los pájaros.

Hasta que Diego rompió el silencio.

—¿Sabes lo que pienso? —dijo.

—Me da miedo saberlo —contestó Gia.

—Creo que le das miedo. No porque seas dura de roer, que lo eres, sino porque le das ganas de ser un hombre mejor. ¿Y para tipos como Nate? —Diego negó con la cabeza, delineando en sus labios una pequeña sonrisa—. Eso es lo más aterrador del mundo, porque son «chicos malos».

Gia tragó saliva con esfuerzo, manteniendo la mirada fija en el suelo.

—Hablas igual que Martha —dijo.

Diego sonrió con un gesto amplio.

—Pero yo tengo mucho mejor pelo —bromeó.

Gia no pudo evitar soltar una carcajada, aunque no duró mucho.

—¿De verdad crees que cambiará de actitud? —lanzó.

—Ya ha recorrido la mitad del camino —dijo—. Solo tiene que averiguar cómo abrir la maldita boca antes de que te vayas.

En la casa, Martha miraba por la ventana de la cocina. Nate estaba descargando uno a uno los paquetes de paja en uno de los establos de la parte de atrás del rancho. Una tarea que normalmente hacía con la ayuda de varios mozos de cuadra.

Negó con la cabeza.

—Míralo. Va a hacer un agujero en la tierra de tanta ida y venida. Va a terminar cayéndose al infierno.

—Si no habla pronto con Gia, ahí va a ser exactamente donde va a ir, al infierno —dijo Jim.

A media mañana, la cocina dejó de ser un simple lugar en el que tomarse un café y hacer un parón, para convertirse en un auténtico centro de chismes.

Era la versión de Millstone de las últimas noticias, con testigos, comentarios y Martha presidiendo como una jueza, armada con café y un montón de tazas.

La radio sonaba en un rincón, pero nadie la escuchaba. Toda la energía se concentraba en especulaciones, susurros y el olor a beicon frito.

Martha estaba a punto de empezar a despotricar, usando las pinzas para enfatizar su discurso, cuando el universo decidió dar su propio giro argumental.

Daphne irrumpió en la cocina como si estuviera en un set de grabación en lugar de en un rancho.

Eran las doce de la mañana (Daphne nunca se levantaba antes de esa hora) y llevaba una bata de seda color champán, el pelo perfectamente despeinado y un perfume demasiado glamuroso para un lugar donde el aire olía principalmente a heno y estiércol.

—Ah —dijo Martha, llevándose la mano al corazón con una reverencia teatral—, la marquesa ha bajado. Se nos ha acabado el caviar, pero los chismes están recién salidos del horno.

Daphne esbozó una sonrisa tensa. Uno de esos gestos que pretenden parecer amables pero que destilan irritación.

—No estoy aquí para escuchar chismes —dijo, con un marcado acento—. Solo he venido a por un café.

Diego, sentado al final de la mesa con una sonrisa que le costaría un puñetazo en la mayoría de los bares, dio un sorbo lento a su taza.

—Quizás necesites algo más fuerte —dijo—. La mañana está potente.

Daphne abrió la boca, lista para soltar algo probablemente venenoso, pero no tuvo la oportunidad. Justo en ese momento, la puerta trasera de la cocina se abrió y entró Gia.

Los presentes dejaron de respirar y los tenedores quedaron suspendidos en el aire. Incluso el reloj pareció olvidar cómo funcionar.

Gia se quedó de pie en el marco de la puerta, con el pelo recogido en una coleta alta, las botas polvorientas y el rostro sereno. Demasiado sereno, con esa calma que solo aparece cuando estás a punto de desmoronarte. Su tono fue cortés y profesional.

—Buenos días —dijo.

Daphne fua la primera en saludar.

—Buenos días —correspondió.

—Buenos días —contestó el resto.

—Gia —ronroneó—. He oído que has metido el equipaje en tu…

—... Sí, en mi camioneta —la cortó Gia, seca.

Se dirigió a la nevera, la abrió y sacó una botella pequeña de agua.

—¿Te vas de viaje? —le preguntó Daphne.

—No, me voy del rancho. —Gia no alzó la voz, pero sus palabras cayeron como un trueno.

El aire se espesó, cargado y pesado como una losa de mármol. Martha murmuró algo que podría haber sido una oración o un maleficio. Nadie lo sabía. Y Diego estuvo a punto de atragantarse con el café.

La máscara de Daphne vaciló solo un instante antes de recomponerse.

—¿Por qué? —curioseó, con un deleite que no se preocupó en disimular.

Gia ladeó la cabeza, y sus labios se curvaron en algo que no era exactamente una sonrisa.

—Me han ofrecido un trabajo mejor —respondió—. Si me perdonáis, tengo que seguir recogiendo mis cosas.

Y sin decir nada más, dio media vuelta y salió de la cocina. Sus pasos eran pausados, silenciosos e imperturbables, aunque por dentro su corazón aporreaba sus costillas sin piedad.

Daphne se terminó de servir un café.

—Que tengáis buena mañana —se despidió.

Nadie pronunció palabra.

En el momento en que se fue, la cocina estalló nuevamente.

Martha se abanicó con un paño de cocina.

—Admiro la templanza de Gia. Yo le habría tirado a Daphne una sartén a la cabeza —dijo.

—Tú le habrías tirado toda la vajilla —bromeó Diego.

Martha apretó los labios con expresión más seria.

—Pobre chica. Se merece algo mejor que este circo.

En la cima de una de las colinas que formaba el horizonte, lejos de los chismes y del calor de la cocina, Nate estaba sentado a horcajadas sobre Trueno, con el viento golpeándole la cara.

El valle abajo estaba envuelto en niebla.

Una bruma blanquecina que flotaba sobre los confines de la tierra. Olía a pino, a frío y a campo.

Desde allí arriba, el rancho parecía pequeño. Los establos, el granero, las construcciones de alrededor... Todo de lo que era dueño. Su reino… y que ahora parecía no importarle.

Y por una vez, Nate no se sintió como el hombre al mando. Se sintió como el tonto que había estado jugando a ser el sheriff en un pueblo en llamas, y había terminado quemándose.

La verdad le pesaba en el pecho. Se le habían acabado las excusas. El tiempo. Se le habían acabado las maneras de fingir que el silencio lo arreglaría todo.

Contempló el rancho, la silueta de Gia, todo lo que importaba, y apretó las riendas con más fuerza. Trueno se removió bajo él, impaciente.

Aquella vez, Nate no necesitaba que Diego le dijera qué hacer. Solo necesitaba encontrar el jodido valor para hacerlo él mismo antes de que Gia se marchara para siempre.