CAPÍTULO 25 #2
—No —lo interrumpió ella, con la voz tensa como la cuerda de un arco—.
No te atrevas a decir mi nombre de esa manera.
—Le traía demasiados recuerdos que quería dejar en el olvido—.
Después de lo que pasó entre nosotros, apenas me has dirigido la palabra en días.
Dejaste que Daphne coqueteara contigo como un pavo real en celo, ¿y ahora de repente te plantas en mi puerta fingiendo que esto es una especie de qué?
¿De obligación de cumplimiento de contrato?
Nate apretó los dientes.
—Yo no...
—¡La vi besándote, Nate! —espetó Gia. Las palabras brotaron violentas y sin filtro—. No me lo contó nadie. Lo vi, con mis propios ojos.
El silencio gravitó sobre sus cabezas. Uno de esos silencios que llenan el aire, denso como la humedad después de una tormenta. Incluso las cigarras de fuera parecieron callarse.
Nate la miró y, por una vez, no hubo pretensiones en su voz.
—Vino a hablar del caballo de su hermano, a pedirme consejo —dijo, como si pronunciar las palabras le costara la vida—. Eso fue todo. No pasó nada más. No sé qué viste, pero no nos besamos.
Gia parpadeó, atónita por la simplicidad de la excusa.
—¿Y esperas que me lo crea?
—No espero que creas nada —respondió Nate—. Pero es la verdad.
Gia apretó los brazos sobre el pecho, como si así pudiera protegerse o contener las emociones.
—Tienes una forma muy curiosa de hacer valer la verdad. Normalmente, la gente usa las palabras. Tú usas... ¿qué? ¿El silencio? ¿El enfado? ¿Miradas hasta que adivine lo que quieres decir?
Nate exhaló bruscamente.
—¿Crees que no deseo decirte las cosas? —Su voz tembló un poco—. Pero no soy bueno en esto...
—Sí. Ya me he dado cuenta —dijo Gia. Sonó más suave, pero no menos cortante.
Algo brilló en los ojos de Nate, un destello de frustración mezclado con algo peligrosamente parecido a la vulnerabilidad. Se acercó a ella antes de poder pensarlo mejor, hasta que el tenue aroma a gel y a cítricos de su piel llenó el pequeño espacio que los separaba.
—Joder, eres exasperante —dijo con la voz ronca por el cansancio y por un sentimiento que no sabía cómo nombrar.
—Bien —respondió Gia—. Porque yo pienso lo mismo de ti.
Estaban tan cerca que Gia podía sentir el aliento de él rozando su sien, tan cerca que, si alguno de los dos hubiera extendido la mano, probablemente habrían olvidado el motivo de la discusión.
El aire entre ellos vibraba, vivo, eléctrico, cargado con todo lo que no se habían dicho y todo lo que se resistían a sentir.
La voz de Nate sonó muy baja, pero perfectamente clara.
—Pensar que te vas, después de lo que ha pasado entre nosotros, es como perder algo que ni siquiera sabía que tenía.
Gia lo miró directamente a los ojos, con el corazón latiéndole tan fuerte que le retumbaba en los oídos.
—Entonces quizás deberías haberlo dicho antes.
Nate tragó saliva con esfuerzo.
—Te lo estoy diciendo ahora.
Aquello casi fue suficiente. Casi. Pero entonces el universo, en su infinita crueldad, decidió recordarles que nunca había estado a su favor.
Desde el otro lado del pasillo se oyó la risa de Daphne.
Fue fuerte. Para hacerse notar. Y como pasaba siempre cuando ella estaba cerca, hizo que todo lo bueno que había a su alrededor se marchitara en un instante.
Los hombros de Nate se tensaron de inmediato, y Gia sintió el cambio, como si el hechizo que los envolvía se hubiera hecho pedazos.
Él retrocedió. Siempre huyendo. Siempre a la defensiva. Y siempre utilizando a Daphne como excusa.
Gia expulsó el aire de los pulmones. Su enfado volvió a crecer para llenar el vacío donde la esperanza apenas comenzaba a florecer.
—¿Sabes qué, Nate? Mi vida no es asunto tuyo —escupió.
Él se enderezó, y cada centímetro de su cuerpo volvió a esconderse tras su vieja armadura.
—Por supuesto que tu vida es asunto mío —aseveró, con la mirada dura—. Trabajas para mí.
Las palabras cayeron como una bofetada para Gia. Lo miró fijamente durante unos largos segundos, incrédula. ¿Cómo podía reducirlo todo a trabajo después de lo que habían tenido?
—Gracias por ayudarme a tomar una decisión —dijo—. Acabas de exponer todas las razones por las que debería largarme de aquí y aceptar otro empleo.
Nate frunció el ceño.
—¿Qué…?
—Buenas noches —dijo tajante Gia, cerrando la puerta de la habitación. Si no lo hacía, se desmoronaría allí mismo, delante de él.
Se dirigió a la cama, se dejó caer sobre el colchón, y se colocó la almohada sobre la cabeza, tratando de aislarse del mundo.
Dios, quería gritar. Gritar hasta que se le rompieran las cuerdas vocales.
Nate se quedó al otro lado de la puerta. Su corazón latía tan fuerte que casi no oía nada que hubiera a su alrededor. Gia parecía tan condenadamente viva en su furia, que lo único que él pudo pensar fue que así era como se sentía perder lo único bueno que nunca había merecido tener.
Mientras tanto, en la cocina, Martha, que había estado escuchando con la cabeza asomada al pasillo, golpeó la encimera con una cuchara de madera con tanta fuerza que sobresaltó a Tommy.
—¿Ha dicho que su vida es asunto suyo porque trabaja para él? —repitió, escandalizada—. ¡Ay, Dios mío! ¡Qué tonto es este hombre!
Diego ni siquiera levantó la vista de su té.
—Tiene miedo —dijo simplemente—. El orgullo, en ocasiones, no es más que miedo con un sombrero elegante.
—Yo no estoy tan segura —dijo Martha.
Diego se apoyó en la encimera, sonriendo.
—Dale dos días. O se disculpa, o se hundirá en su propio tormento. De cualquier forma, nos ahorramos el problema —afirmó.
Tommy levantó la vista del plato de carne estofada.
—¿Apostamos algo?
Todos los ojos se dirigieron a él.
El chico levantó las manos en su defensa.
—¿Qué? Yo apuesto por Gia, por supuesto. Es la única por aquí que tiene un poco de sentido común —dijo.
Martha suspiró, poniendo los ojos en blanco.
—Que Dios nos ayude —dijo.