CAPÍTULO 25
Todo rancho tiene sus fantasmas. En aquel momento, el fantasma más tenaz de Millstone era Nathaniel Kenwood. Un hombre vivo, pero que apenas sobrevivía a la lenta agonía de su propio corazón.
La mañana llegó suave y dorada. Los pájaros cantaban, los caballos pastaban tranquilamente en el campo, y el mundo fingía estar bien. Pero dentro de la habitación de Gia, la paz era solo una ilusión.
Se despertó con el pelo revuelto, las sábanas enredadas entre las piernas (de tantas vueltas como había dado) y el corazón latiendo con ese ritmo pesado y deprimente que solo deja un tipo de sueño, el que había jurado no volver a tener.
Sueños con él.
Se presionó las palmas de las manos contra los ojos y exhaló el aire de forma larga y temblorosa.
—Dios, otra vez no —murmuró, aunque sabía que no podía evitarlo.
Siempre era lo mismo. Nate, tan cerca que podía tocarlo, pero tan lejos que dolía. Su voz baja, su mirada tierna... Era uno de esos sueños que la dejaba enfadada consigo misma por necesitarlo.
—¡Joder, qué mierda! —exclamó.
De repente, sonó un golpe de nudillos en la puerta. Fuerte. Medido.
¿Quién narices llamaba? Apenas acababa de despertarse.
Gia gimió, se incorporó y abrió la puerta mientras bostezaba.
Martha estaba de pie al otro lado, sosteniendo una taza de café como si fuera un regalo.
Tenía el rostro de una mujer que ya había leído las siguientes diez páginas de la historia de su vida y no le gustaba hacia dónde se dirigía el argumento.
Su pelo estaba recogido en una coleta baja y su expresión era de preocupación.
—Buenos días —murmuró Gia, frotándose los ojos con el puño.
—Buenos días —dijo Martha—. Ha llegado correo para ti —añadió después.
—¿Correo? —Gia parpadeó, sorprendida—. Qué raro.
—De Dallas —se adelantó Martha, ofreciéndole el café y la carta—. De un hospital equino, según parece.
Gia la miró de reojo y tomó la taza y la carta.
—Has estado curioseando, ¿verdad? —preguntó.
Martha no se inmutó.
—Sí. Y antes de que digas nada, no, no me arrepiento.
Gia suspiró, pero no pudo evitar soltar una risita.
—Serías una excelente detective.
Martha arqueó una ceja.
—Lo sé —dijo.
Eso le arrancó una sonrisa a Gia, muy a su pesar.
Gia abrió la carta. El papel era grueso y el logotipo elegante. Tal y como había dicho Martha, era de un hospital equino. Para ser exactos, del hospital en el que había hecho las prácticas cuando terminó la carrera. Bajó la vista a la primera línea y, de repente, se le encogió el estómago.
«Señorita Clarke, nos gustaría ofrecerle un puesto de cirujana.»
Durante un segundo, contuvo el aliento.
La volvió a leer. Y después otra vez. Luego se sentó de golpe en la cama, con la carta temblando ligeramente en las manos.
—Es del hospital donde hice las prácticas de la carrera —comenzó—. Quieren contratarme —masculló—. Me ofrecen un puesto de cirujana.
—¿Y qué quieres tú? —le preguntó Martha.
Gia miró la carta y después a Martha, dudando antes de hablar.
—No lo sé —susurró—. Sería un avance en mi carrera, mi nombre en la puerta de una oficina, un sueldazo, y dejar atrás los dramas del rancho... —Su voz se apagó, sintiendo una opresión en el pecho—. Pero ¿por qué no me siento como si fuera algo bueno?
Martha se acercó a ella.
—Porque huir no es lo mismo que tener paz, Gia. Puedes mudarte a mil kilómetros de distancia, si quieres, pero si sigues mirando por encima del hombro hacia atrás, no serás libre. Nunca tendrás paz.
Gia lanzó un suspiro, hundiendo la cabeza entre los hombros.
—Paz —murmuró—. Eso es lo que quiero.
—Bueno —comenzó Martha—. Si te vas, asegúrate de que sea por ti, no porque alguien más no haya luchado para que te quedaras.
Nate llevaba despierto aquel día desde antes del amanecer.
No había dormido, no se había afeitado y no había comido nada (y ya era media tarde).
Solo sentía arrepentimiento. Caminaba de un extremo a otro del pasillo del establo, con un ritmo tenso e inquieto que parecía gritar que estaba perdiendo algo que no sabía cómo conservar.
Llevaba el sombrero puesto y la camisa a medio abotonar, con un aspecto desaliñado que habría parecido romántico si no fuera tan triste.
Se apoyó en una de las ventanas, mirando fijamente a los caballos que pastaban. El viento tironeaba de sus mangas. El aire olía a hierba fresca, a cuero y a algo amargo, tal vez a culpa.
Diego lo encontró así, silencioso y pensativo, apretando los dientes como si masticara palabras que se negaba a decir.
—Pareces un hombre a punto de confesar algo —dijo Diego con ligereza—, o de enterrarlo a dos metros bajo tierra.
Nate no se dio la vuelta.
—No empieces.
Diego sonrió con suficiencia.
—¿Te refieres a que no te diga lo que ya sabes?
—Diego... —advirtió Nate, como siempre hacía.
Odiaba que se pusiera en plan paternal. Sobre todo cuando tenía razón.
—Bien —dijo Diego, levantando las manos en son de paz—. Entonces dilo en voz alta antes de que se te atragante en la garganta. Te gusta.
—Es mi empleada.
Diego resopló.
—Es una mujer, no una herramienta de trabajo, Nate. Joder, no estamos en la Edad Media, ¿de qué hablas? —soltó—. Deja de poner excusas de mierda.
Nate miró fijamente al horizonte. Diego tomó de nuevo la palabra.
—Dicen por aquí que ha recibido una carta esta mañana. Una oferta de trabajo en Dallas.
Nate giró la cabeza de golpe, como si hubiera recibido un tirón en el cuello.
—¿Es verdad? —preguntó, incrédulo.
—Sí, del hospital equino en el que hizo las prácticas de la carrera.
—¿Cómo demonios te has enterado?
—Martha lo sabe todo —respondió Diego, encogiéndose de hombros—. O sea, que todo el mundo lo sabe. Esto es un rancho, no un monasterio.
Nate murmuró algo, a medio camino entre una maldición y una plegaria.
—Así que se va…
—Si se va, es porque le has hecho pensar que debía hacerlo —afirmó Diego.
Aquellas palabras fueron como un puñetazo en la tripa. La mano de Nate se tensó sobre el marco de la ventana.
—Yo no...
—No impediste que Daphne siguiera con sus juegos —lo interrumpió Diego, alzando un poco la voz—.
No le diste explicaciones a Gia cuando la vio salir de tu despacho pensando que os habíais besado.
No la seguiste cuando se fue furiosa. Simplemente te quedaste ahí parado.
Como haces siempre. El silencio también es una respuesta, y tú la diste alto y claro.
Nate cerró los ojos, con los hombros tensos.
—¿Crees que no lo sé?
—Creo que saberlo y arreglarlo son dos cosas muy distintas. —Diego dejó la frase en el aire un instante antes de continuar—: ¿Vas a quedarte aquí todo el día lamentándote, o por fin vas a hacer algo al respecto?
Durante un rato, Nate no se movió. Luego enderezó la espalda.
—Esto no se va a quedar así —dijo.
—¡Eh, espera un momento! —gritó Diego mientras Nate caminaba hacia la casa, levantando pequeñas nubes de polvo bajo sus botas—. ¿Qué cojones vas a hacer?
Sacudió la cabeza.
—Pero ¿qué le pasa a este hombre en la cabeza? —murmuró para sí mismo.
Gia se sentó detrás del escritorio de la habitación, con la carta extendida frente a ella como si fuera un desafío. El papel reflejaba la luz del sol, brillante y esperanzadora.
La había leído como mil veces (o más). Aquella oferta de trabajo representaba una vida totalmente distinta a la que tenía ahora.
Lanzó al aire un suspiro.
De pronto oyó el sonido bajo y constante de unas botas sobre la madera del suelo, con pasos lentos y decididos, acercándose hacia su puerta.
El corazón le dio un vuelco en el pecho.
Gia no se movió. Contuvo la respiración.
Entonces sonó un golpe en la puerta.
Si de algo estaba segura era de que no era Martha. Era un golpe más pesado. Más seco.
Nate.
Y de esa forma, cada pedazo de calma que había construido aquellos días comenzó a desmoronarse.
Cuando Gia abrió la puerta, Nate estaba allí, con sus casi dos metros de pura tensión y contradicciones.
Se encontraba de pie, como si llevara horas plantado en ese lugar, con los brazos a ambos lados de los costados.
Llevaba la camisa arrugada, la mandíbula sin afeitar y sus ojos...
bueno, sus ojos parecían haber estado despiertos toda la noche librando una guerra que no sabía cómo ganar.
—Buenos tardes —dijo él con voz monótona y cuidadosamente medida.
—Hola —contestó Gia.
Nate se aclaró la garganta con un carraspeo. Un sonido extrañamente fuerte en el tenso silencio que los separaba.
—¿Has recibido una oferta de trabajo? —preguntó, y había un matiz de reproche en su voz.
La espalda de Gia se tensó de golpe.
—¿Te lo ha dicho Martha?
—Lo sabe todo el rancho —murmuró Nate, como si eso lo explicara todo.
Gia se cruzó de brazos.
—Me extraña que te hayas enterado, porque tú últimamente no hablas con nadie, Nate. Y cuando lo haces, ladras, y, si te sientes generoso, gruñes.
Él exhaló con fuerza por la nariz.
—¿Por qué siempre tienes que retorcer las cosas? —dijo.
—Porque me lo pones demasiado fácil —respondió Gia.
El corazón le latía con fuerza, pero logró disimularlo bien, o al menos eso creyó.
Lo cierto era que llevaba esperando que Nate apareciera desde el amanecer, y para ese momento había estado ensayando su mejor cara de indiferencia.
Pero ahora que lo tenía enfrente, toda esa determinación se estaba desvaneciendo, dejando paso a algo caótico, doloroso y que aún estaba demasiado vivo entre ellos.
—¿Por qué te importa que me hayan ofrecido otro trabajo? —preguntó finalmente, entrecerrando los ojos.
Nate respondió demasiado rápido.
—Porque trabajas para mí. —Fue instintivo. Automático.
Gia soltó una risa burlona y sin una pizca de humor, cargada de frialdad.
—¡Wow! Ahí está. La carta del jefe. Muy sutil, Kenwood. No te preocupas porque yo te importe, ni porque tal vez haya algo entre nosotros más allá del trabajo. No. Solo te importo porque cuido de tus caballos.
Nate hizo una mueca con la boca.
—Gia... —intentó decir.