El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Si los celos hubieran sido un toro en un rodeo, Nate habría caído de bruces al suelo, habría sido pisoteado dos veces, y todavía habría tenido el valor de levantarse y decir que lo había hecho a propósito.

Aquella mañana amaneció sobre Millstone con una belleza casi de película, que hacía que todo pareciera demasiado perfecto para ser real.

La luz del sol bañaba las cercas de madera y el rocío brillaba en la hierba.

Había paz en el aire, pero bajo ese silencio, todo en el rancho parecía estar fuera de lugar. Especialmente Gia y Nate.

Habían pasado tres días desde el supuesto beso entre Daphne y Nate.

Gia no podía sacarse la imagen de la cabeza, el dolor de la traición le quemaba por dentro. Desde entonces, no le había dirigido a Nate ni una sola palabra que no fuera estrictamente laboral. Se habían acabado las bromas, las sonrisas y los buenos días. Solo había un silencio cortante entre ellos.

Gia estaba herida, y una parte de ella quería devolvérsela, quería que él sintiera al menos una fracción de lo que ella estaba sintiendo. De lo decepcionada y defraudada que estaba. Por eso, cuando Martha la encontró colocando las cosas en su maletín con una furia inusitada, no dudó en intervenir.

—Te vendría bien salir y divertirte un poco, cariño —le dijo, apoyándose en la puerta del cuarto de los aperos, donde estaba Gia—. No puedes quedarte aquí encerrada masticando la rabia. Tienes que salir de este rancho.

Gia sabía que Martha tenía razón.

Más tarde, Gia estaba cepillando al potro de Scarlet cuando una sombra oscureció la entrada de la cuadra. No necesitó levantar la vista para saber quién era. Esa actitud fanfarrona solo podía pertenecer a un hombre en todo el rancho.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Jim.

Estaba apoyado en la puerta, con una sonrisa encantadora en los labios. Olía a loción de afeitar y a heno, una combinación que le sentaba injustamente bien.

Gia lo miró con indiferencia.

—Si vienes a causar problemas, no —bromeó.

Jim ladeó la cabeza.

—Y si vengo a invitarte a salir, ¿qué me dices?

Gia dejó de cepillar al potrillo y lo miró, entre incrédula y divertida.

—¿Me estás pidiendo una cita?

Jim se encogió de hombros, restándole importancia, aunque sus intenciones eran claras.

—Una cena. Dos compañeros de trabajo. Un par de platos de comida frita y poco saludable, y quizás unas risas para olvidar los problemas.

Gia suspiró, incapaz de evitar que una pequeña sonrisa asomara a sus labios.

—Tienes mucha confianza para ser el mismo hombre que una vez se grapó su propio guante a un poste de la cerca.

Jim sonrió aún más.

—Aquel día estaba con reseca, pero ahora no —dijo en su defensa.

Gia dejó el cepillo a un lado.

—¿Es una cena entre amigos?

—Claro —respondió Jim con naturalidad—. Empecemos por ahí.

Gia lo observó en silencio durante unos segundos.

No sentía un interés romántico por Jim, pero estaba harta de esperar a que Nate dejara atrás sus miedos y se armara de valor.

Estaba cansada de la cobardía de su jefe.

Aceptar esa cena era su pequeña venganza, una forma de recordarse que su vida seguía adelante y, de paso, seguir el consejo de Martha. Necesitaba salir y divertirse un poco.

—Está bien —respondió finalmente, colocándose la trenza por encima del hombro—. Iremos a cenar.

La sonrisa de Jim se suavizó, como si no esperara que ella aceptara.

—¿Te recojo a las ocho?

—Que sean las siete y media —dijo Gia, volviéndose de nuevo hacia el potrillo—. No pienso trasnochar.

Jim sonrió con suficiencia.

—No se me ocurriría hacerte trasnochar —dijo en tono de sorna—. Nos vemos a las siete y media.

—Hasta las siete y media —dijo Gia.

Mientras Jim se alejaba silbando una melodía, Gia acarició el cuello del caballo.

—No es una cita romántica —murmuró.

Desde la cuadra de al lado, Trueno resopló, como si ni siquiera él se lo creyera.

A las siete y media en punto de aquella misma tarde, desde la ventana del despacho, Nate la observó subirse a la camioneta de Jim.

Gia llevaba el pelo suelto, cayendo en ondas doradas sobre una cazadora vaquera. Se reía de algo que Jim le había dicho. Era una risa fácil, espontánea y alegre. Ese sonido hizo que algo dentro de Nate se retorciera con tanta fuerza que le dolió físicamente.

No se dio cuenta de cuánto tiempo llevaba allí pasmado, hasta que la voz de Diego rompió el silencio a sus espaldas.

—¿Planeas hacerle un agujero al cristal con la mirada, jefe?

Nate no respondió. Apretó la mandíbula y cerró los puños, incapaz de apartar los ojos de la ventana.

Diego se acercó tranquilamente por detrás.

—Podrías simplemente ir y hablar con ella, ya sabes... En lugar de mirarla con esa cara de asesino.

—No me importa lo que haga —murmuró Nate.

—Por supuesto que no —dijo Diego—. Por eso tienes cara de perro con malas pulgas.

Nate se giró para fulminarlo con la mirada.

—¿No tienes nada mejor que hacer? —dijo.

Diego se apoyó en el borde del escritorio.

—Te aseguro que nada que sea tan entretenido como verte entrar en combustión.

—Diego... —advirtió Nate con voz severa.

—Mira —comenzó Diego, suavizando el tono—.

Puedes arreglar una valla rota en medio de una tormenta, pero no puedes recuperar la confianza de una mujer una vez que la rompes.

Si no hablas con ella pronto, una mañana te despertarás y te darás cuenta de que ya no está enfadada.

Simplemente, habrá pasado página. Y entonces solo quedará inferencia.

—No estoy celoso —masculló Nate, agarrando su taza de café del escritorio con excesiva fuerza.

—Claro —respondió Diego con sarcasmo—. Un hombre como tú nunca sentiría algo tan banal como celos.

Antes de que pudiera terminar la frase, el asa de la taza de cerámica se rompió bajo la presión de la enorme mano de Nate.

Diego se quedó mirando los pedazos.

—Vaya…

Nate se miró la palma de la mano.

—Mierda—murmuró, y caminó hacia la papelera para tirar los pedazos del asa.

Diego le habló a su espalda, con tono ligero pero cargado de verdad.

—Vale, no estás celoso, solo tienes... ¿cómo podría definirlo? —se quedó pensando unos segundos—. Un exceso de emociones reprimidas ahogándote.

Nate lo miró de reojo.

—Diego…

—¿Qué, jefe?

—Cállate.

—Como quiera, jefe.

En la carretera, la risa de Gia resonaba por la ventanilla abierta de la camioneta de Jim. El sol se estaba poniendo, tiñéndolo todo de colores pastel.

Jim la miró sonriendo y, por primera vez en días, ella se permitió reír de verdad. Soltar todo lo que tenía dentro. Dejarse llevar.

Pero cuando volvió la vista hacia la carretera, su sonrisa se desvaneció un poco. Se quedó mirando el horizonte y la extensión de campos vacíos, sintiendo que al mundo no le importaba en absoluto que su corazón estuviera roto.

En el rancho, Nate estaba solo en el despacho, mirando por la misma ventana, sintiendo cómo la distancia entre Gia y él crecía minuto a minuto.

Millstone estaba otra vez en silencio. Un silencio muy tosco, muy pesado, como el de un funeral. Pero en el fondo, aquella paz no era más que una ilusión, una mentira.

El restaurante se encontraba a las afueras del pueblo. Una hilera de luces de colores titilaba en lo alto, y su suave resplandor amarillo parpadeaba contra las paredes revestidas de madera. Unas paredes que habían sido testigos de décadas de risas, desamores y bailes.

Había una gramola tocando música country en un rincón y varias personas acodadas en la barra del bar. El aire olía a carne a la parrilla, pan de maíz y nostalgia. Un aroma que le recordaba a la gente de allí por qué nunca abandonaba aquel pequeño pueblo, incluso cuando juraban que lo harían.

Jim encajaba en aquel lugar como si hubiera sido creado a su medida. Con su sonrisa fácil, su camisa de vaquero y esa confianza casual, transmitía la actitud de alguien que había pasado por cosas feas en la vida y había sobrevivido.

Abría puertas y retiraba sillas, como buen caballero, y contaba historias en voz tan alta que lograba hacer sonreír a la mesa de al lado.

Y de alguna manera, casi imposible, logró hacer reír a Gia.

Era una risa de verdad, ni educada, ni reservada, ni la risa forzada que había estado usando para mantener la compostura.

Fueron carcajadas que se escaparon sin poder contenerlas.

Ella echaba de menos sentirse tan bien.

Jim se recostó en la silla, con el botellín de cerveza en la mano. La luz de las bombillas se reflejó en su reloj mientras observaba a Gia.

—Entonces —dijo arrastrando las palabras—, ¿vas a decirme por qué parece que te estás esforzando tanto en no pensar en alguien?

Gia casi se atragantó con el vino.

—¿Qué te hace pensar eso?

Jim sonrió, con una expresión perezosa y cómplice.

—Porque no soy él. Y en toda la noche no me has mirado ni una sola vez como si yo fuera la razón del nudo que tienes en el estómago.

Gia parpadeó, nerviosa, pero intentó disimularlo con una sonrisa burlona.

—Eres muy observador, Monroe.

—Sí —respondió Jim, bajando la voz mientras su tono alegre se suavizaba—. Reconozco el dolor, incluso cuando lleva brillo de labios.

Esa sinceridad pilló a Gia desprevenida. Durante un segundo, todo el restaurante se desvaneció, las risas, el sonido de la gramola, el murmullo de las conversaciones. Solo quedaban ella y él, dos personas fingiendo estar bien.

Gia bajó la mirada hacia su plato.

—¿Alguna vez has deseado poder simplemente...?

—¿Olvidarte de todo y empezar de nuevo? —terminó Jim por ella, sin perder el hilo de la conversación.

Gia entreabrió los labios, sorprendida.

—Sí —admitió—. Ser alguien que no elige el momento equivocado para preocuparse por una persona a la que no le importas.

La mirada de Jim se suavizó.

—Sí, alguna vez —dijo.

Jim levantó su botellín y lo sostuvo en alto.

—Por empezar de nuevo —brindó con voz firme.

Gia chocó su copa con el botellín y bebieron. Ambos fingían que era solo un brindis, pero los dos sabían que se parecía mucho más a una rendición. A resignarse a las cosas. A que el mundo era como era y punto.

En Millstone, la cocina estaba iluminada. En su interior, la cafetera gorgoteaba, y Martha y Diego estaban apostados como generales esperando noticias del frente.

—¿Jim la ha llevado a cenar? —repitió Martha, con los ojos muy abiertos y una voz a medio camino entre el grito y la alegría—. ¡Dios mío! ¡Este lugar por fin se pone interesante!

Diego no levantó la vista del periódico.

—No fomentes los chismes, Martha.

—No estoy fomentando nada —se defendió ella, agitando una cuchara de madera como si fuera un micrófono—. ¡Es como un documental de animales! Es la naturaleza en estado puro. La supervivencia del más fuerte.

Diego miró hacia la puerta.

—La naturaleza se va a poner muy fea si Nate sigue dando vueltas por ahí de esa manera.

Porque fuera, Nate caminaba de un lado a otro como un hombre al borde de un abismo. De vez en cuando se detenía y miraba fijamente el largo camino de entrada, como si pudiera hacer aparecer una camioneta de la nada con solo desearlo.

Se detuvo de golpe y se apoyó en la barandilla de madera. Apretó tanto las manos contra ella que los nudillos se le pusieron blancos. Un gesto silencioso de lo mal que se le daba fingir que estaba bien.

Martha no pudo evitarlo y salió al porche.

—Vas a romper la barandilla —dijo.

Nate bajó la mirada y suspiró.

—Estoy bien —murmuró con un gruñido.

—No, no lo estás —replicó Martha—. Nada está bien. Has dejado que Gia piense que te has besado con otra. Y en lugar de arreglarlo, estás aquí fuera, enfurruñado como un adolescente melancólico de una mala canción country.

Nate la miró fijamente.

—¿Te crees que no quiero arreglarlo? —lanzó.

—Creo que tienes miedo —le dijo Martha, con voz tranquila pero firme—. Y creo que ella ya está cansada de tener que ser valiente por los dos.

Ese comentario fue como un puñetazo en el estómago. Nate se dio la vuelta, con los hombros rígidos y la mandíbula tensa.

—Está con Jim.

—Sí —respondió Martha, sin pestañear—. ¿Y de quién es la culpa, querido?

Él no respondió. Simplemente volvió a mirar hacia la carretera, pero aquella vez había algo casi desesperado en su postura. Como si creyera que, si miraba con la suficiente intensidad, tal vez Gia regresaría. Tal vez dejaría de sentirla tan lejana.

Martha suspiró y volvió a entrar a la casa. Diego negó con la cabeza.

La noche se hizo más profunda y el aire se enfrió. Finalmente, la camioneta de Jim apareció por el camino de entrada del rancho. Los faros barrieron los prados, iluminando las cercas, los establos y la fachada de la casa.

Jim apagó el motor.

El canto de los grillos llenó el silencio que siguió. Durante un rato, ninguno de los dos se movió dentro del vehículo. Luego, Jim se giró hacia Gia. Su voz sonó apagada, despojada de todo su encanto habitual.

—Por si sirve de algo —le dijo—, es un idiota si te dejó pensar, aunque fuera durante un segundo, que eres solo un pasatiempo.

A Gia se le hizo un nudo en la garganta. Estaba agotada. No solo por el largo día, sino por tener que fingir que estaba bien cuando no era cierto. Le dedicó una pequeña sonrisa, cansada pero agradecida.

—Gracias, Jim —dijo.

Él se encogió de hombros, restándole importancia, pero la miró con sinceridad en los ojos.

—Solo digo la verdad.

Gia abrió la puerta y salió a la noche fresca.

El viento soplaba con fuerza, trayendo consigo ese tenue y familiar aroma a heno y lluvia tan característico del lugar.

Durante un instante, se quedó de pie, respirando hondo.

Y notó el peso de Millstone. Escuchó el sonido de los caballos moviéndose en las cuadras del establo, ese lugar que era, al mismo tiempo, su mayor consuelo y su trampa.

Y pudo sentirlo incluso antes de verlo. Esa presencia silenciosa, esa quietud tan densa que transformaba la atmósfera.

Nate estaba de pie cerca del establo, medio oculto por las sombras, con el sombrero en la cabeza y los brazos a ambos lados de los costados.

No se movía. No hablaba. Solo la observaba.

Gia se quedó paralizada. La distancia entre ellos parecía de kilómetros, aunque en realidad apenas los separaban unos metros. Pero era una de esas distancias que se había construido a base de silencios, malentendidos y palabras que nunca se decían.

Su corazón latía con fuerza. Pero se obligó a sí misma a seguir caminando, con la cabeza alta y el paso firme.

Él pronunció su nombre una vez, suavemente, pero ya era demasiado tarde.

Cuando ella desapareció en la oscuridad, Nate exhaló las palabras que debería haber dicho días atrás.

—Lo siento.

Fue un susurro, apenas audible, pero la noche lo escuchó. El viento lo llevó por los campos, rozando la hierba.

Gia, que estaba sentada al borde de la cama, con la mirada perdida en algún punto indefinido, pensaba por qué todo tenía que ser tan complicado. Por qué, por una vez en la vida, las cosas no eran fáciles para ella.