El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

—Daphne y yo no nos hemos besado —dijo.

—¿Estás seguro?

—¡Martha, por favor!

—Vale, vale, está bien —dijo ella.

—¿Por qué Gia piensa que me he besado con Daphne? —preguntó Nate.

—Porque os ha visto.

—Pues no ha visto bien.

Martha cogió aire.

—Quizás la postura de Daphne le ha hecho pensar que os estabais besando. Esa mujer tiene la piel del demonio. Sería capaz de hacer ese tipo de insinuaciones y más. ¿Qué vio tu hermano en ella?

Nate resopló.

—Mira, Nate, quizás deberías dejarle claro a Gia cuál es tu relación con Daphne y con ella —dijo Martha—, antes de que haga las maletas y decida que es demasiado lista para aguantar esto. Y para aguantarte a ti.

Nate se pasó una mano por el pelo.

—Yo…

—Te aconsejo que la próxima vez intentes ser sincero con ella —volvió a hablar Martha—, en lugar de enfurruñarte como un niño de doce años porque no sabe reaccionar como un adulto.

Antes de que Nate pudiera responder, Diego entró desde el porche trasero. Al ver la escena y las caras, sonrió como si acabara de sintonizar en la televisión la mejor telenovela de la historia.

—¿Voy a por el whisky o a por la soga? —bromeó.

—A por ambas cosas —respondió Martha, rotunda, agarrando el rodillo de amasar por si acaso lo necesitaba.

Nate lo fulminó con la mirada.

—Eso no tiene gracia.

Diego se encogió de hombros.

—No he dicho que la tenga. Pero tienes que admitirlo: esta vez la estás cagando.

Nate apretó los labios.

—No he hecho nada.

—Exacto —respondió Martha—. Y ese es el maldito problema.

Mientras tanto, en el establo, Gia no estaba mucho mejor. Había ido allí para despejarse y para estar un rato con los caballos. Había algo en ellos que la tranquilizaba. Como una terapia.

No era de las que lloraban (o al menos de eso trataba de convencerse), pero tenía un nudo en la garganta, le dolía el pecho y sentía un zumbido sordo en la cabeza que no lograba calmar.

Tenía la mano apoyada en Trueno, con los dedos hundidos en la crin negra.

El gran semental la observaba con sus ojos grandes y pacientes.

—Tú no me mentirías, ¿verdad? —le preguntó Gia.

Trueno resopló y sacudió una oreja. Probablemente quería decir algo así como «a mí solo me importan las zanahorias» .

Gia soltó un suspiro tembloroso, a medio camino entre una risa y un sollozo.

—Estoy como una regadera —murmuró.

El establo estaba en silencio, salvo por el viento del exterior. Un gemido bajo e inestable que se colaba por cada hueco entre las tablas.

El aire olía a hierba, a madera y a una lluvia que se acercaba a lo lejos. Era una paz que dolía, porque la paz no debería sentirse tan solitaria.

Gia estaba enfadada consigo misma por preocuparse.

Enfadada con él por darle motivos para hacerlo, justo después de haberse entregado a él.

Se culpó por no haberlo pensado mejor. Nate Kenwood no era la clase de hombre que dejaba que nadie se acercara demasiado durante mucho tiempo.

Y menos una mujer. Tenía incontables muros levantados a su alrededor, construidos a base de dolor y de un orgullo obstinado (o tal vez miedo).

Y, aun así, se había permitido pensar que tal vez con ella sería diferente.

Se secó los ojos con el dorso de la mano y se giró hacia la pared de los aperos. Necesitaba moverse. Hacer algo. Lo que fuera. Agarró una brida, revisó el bocado y empezó a ensillar a Daisy, la yegua más mansa del rancho.

De vuelta en la casa, Nate caminaba de un lado a otro por su despacho como un toro a punto de embestir. Seguía oyendo las palabras de Martha resonando en su cabeza: «intenta ser sincero con ella».

Presionó las palmas de las manos contra el escritorio y exhaló con fuerza.

La verdad era que no sabía qué decirle. Nunca lo había sabido.

Cada vez que estaba a punto de confesarle la verdad (sobre Daphne, sobre Victoria, sobre su pasado y sobre lo muchísimo que significaba para él ahora), algo en su interior se bloqueaba.

Por miedo.

El miedo que nacía de pensar que, si se sinceraba por completo, ella vería todas las partes rotas que él llevaba años intentando mantener unidas con cinta adhesiva.

—¡A la puta mierda todo! —murmuró.

Agarró el sombrero y salió furioso por la puerta.

Encontró a Gia en el porche, atándose los cordones de las zapatillas deportivas con movimientos que eran a la vez bruscos y demasiado cuidadosos. Llevaba ropa de deporte, tenía los ojos rojos y los labios apretados formando una línea. Ni siquiera lo miró cuando él salió de la casa.

—¿Vas a algún lado? —preguntó Nate.

—A correr un rato —respondió Gia sin levantar la vista.

—Está oscureciendo.

—Menos mal que tengo ojos…

—Gia...

Ella lo ignoró. Se puso en pie de un salto, como si estuviera a punto de salir en una carrera (y en cierto modo, así era), y se ajustó los auriculares. Él avanzó rápidamente, sujetándola por el brazo justo antes de que ella pudiera bajar los escalones.

—No hagas esto —le pidió con voz hosca, y con una desesperación a la que no estaba acostumbrado.

Gia levantó la barbilla, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.

—¿Hacer el qué? ¿Creerme lo que he visto con mis propios ojos?

—No era lo que parecía.

—Entonces dime qué era.

Nate dudó. Solo un segundo, quizá dos, pero fue suficiente. Porque esa pausa lo dijo todo. Le demostró a Gia que, a pesar de lo que habían compartido, él seguía intentando protegerse a sí mismo en lugar de protegerla a ella. Seguía pensando que su orgullo valía más que la honestidad.

Gia apretó los puños a los costados. Siempre era lo mismo.

—Ya has respondido —dijo.

—Gia...

Pero ella ya se estaba liberando de su mano. Bajó los escalones del porche de dos en dos y echó a correr a zancadas por el camino de entrada.

Nate se quedó allí, en el vacío que ella había dejado atrás, respirando con dificultad y con el corazón latiendo desbocado. El sonido rítmico de las zapatillas de Gia contra la grava se desvaneció en el viento hasta desaparecer por completo.

Nate se apoyó contra la barandilla del porche, mirando hacia el camino, con la garganta ardiendo.

—Idiota —murmuró, y no se refería a ella.