El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 23
38%

CAPÍTULO 23

El día amaneció gris y frío, con una fina capa de nubes extendiéndose por el cielo. Uno de esos días en los que la primavera te da un revés y deja de mostrarte su cara amable.

Martha murmuraba entre dientes mientras amasaba en la encimera de la cocina, mirando por la ventana de vez en cuando.

—Señor, sálvanos —decía, casi para sí misma, desplegando todo su dramatismo—. Esta calma nunca acaba bien.

Y tenía razón, porque el caos, ese día, tenía pintalabios rojo y perfume caro.

Daphne había vuelto. Otra vez. Después de ese viaje a Louisville que había hecho antes de la Feria de la Cosecha. ¿Es que no tenía casa propia? No iba a irse nunca, según parecía. ¿Es que se pensaba que el rancho era un hostal?

No llamó a la puerta al entrar en la oficina de Nate, simplemente pasó como si fuera la dueña de la casa.

Sus tacones golpeaban el suelo como pequeñas explosiones, bruscas y deliberadas.

Su perfume (un aroma lujoso que no se encontraría en ninguna tienda del pueblo, ni en quinientos kilómetros a la redonda) se extendió por la estancia antes de que pronunciara una palabra.

Parecía el pecado mismo bañado en Chanel.

Todo refinado, todo ensayado. Su sonrisa era de esas que escondían una estrategia, y no precisamente con buenas intenciones.

—Nate —ronroneó, cerrando la puerta—. Tenemos que hablar.

Él no levantó la vista de inmediato. Estaba sentado tras el escritorio, con los papeles desparramados como si hubiera intentado ocuparse de ellos toda la mañana sin éxito. Apretó la mandíbula una, dos veces, antes de mirarla.

—Daphne, si vas a decirme algo de Gia...

—Oh, no, no, no se trata de ella —lo interrumpió Daphne suavemente, con una voz que fluía como miel tibia pero que escondía un cuchillo—. Se trata de Viento Dorado, el caballo de mi hermano.

Nate parpadeó, sorprendido.

—¿Tu hermano tiene un caballo?

—Sí, lo ha comprado hace unos meses —dijo Daphne, sonriendo y mostrando demasiados dientes. Había causado en Nate la reacción que quería—. Va a competir en el Bluegrass Derby, y quiere tu opinión sobre su programa de entrenamiento. Al fin y al cabo, eres el mejor.

Daphne se inclinó hacia adelante, apoyando las palmas de las manos sobre la madera del escritorio, y Nate sintió que ese maldito perfume le invadía los pulmones hasta casi ahogarlo.

Intentó no aspirar su aroma e intentó, sobre todo, no recordar la abrumadora diferencia entre tener a Daphne allí y lo que había sentido al tener a Gia así de cerca durante la increíble noche que habían compartido.

Joder, todo giraba en torno a ella.

Gia. Gia. Gia.

Su instinto le decía que retrocediera, que mantuviera distancia con Daphne, pero ella siempre había sabido cómo convertir la proximidad en poder.

—Bien —murmuró finalmente—. Tienes cinco minutos.

Quería quitársela de encima cuanto antes.

En el exterior, el viento cambió de dirección. Levantó una nube de polvo a lo largo del camino, hizo vibrar las puertas del establo y se abrió paso por el sendero que conectaba las cuadras con la casa. Gía se ajustó la chaqueta con la mano.

En la otra llevaba una carpeta y se dirigía al despacho de Nate. Tenía el pelo recogido en una coleta despeinada, sin paciencia para arreglarse después de estar tan cansada.

Había sido un día largo.

Un potro enfermo, una yegua sin apetito y una serie de interacciones educadas pero cortantes con Nate que la hacían sentir como si caminara descalza sobre cristales.

Se dirigía a su oficina solo para dejar la carpeta con los informes de la jornada.

Su plan era entrar y salir rápidamente, sin contacto visual, sin charlas intrascendentes. Solo profesionalidad.

Hasta que la vio.

A Daphne.

En el despacho de Nate. Riendo suavemente.

Y como la vida parecía disfrutar dándole patadas cuando ya estaba en el suelo, Gia captó el momento exacto en que Daphne se acercaba a Nate, inclinándose hacia su rostro hasta que sus labios casi se rozaron, acortando la distancia para que desde ese ángulo pareciera un beso en toda regla.

Y Nate, maldito fuera, no había retrocedido lo suficientemente rápido.

De hecho, no había retrocedido ni un ápice.

¿Se habían besado?

El mundo pareció perder el rumbo durante un segundo.

A Gia le faltó el aire. La pequeña carpeta que llevaba en la mano se arrugó antes de que se diera cuenta de la fuerza con la que la estaba apretando.

Era un dolor que no se anunciaba con lágrimas ni gritos, simplemente quemaba, silencioso, lento y humillante.

¿A qué estaba jugando Nate?

Le dolía en lo más profundo del pecho, sobre todo después de la noche que habían estado juntos. Realmente había pensado que él era diferente, que solo necesitaba confiar en alguien, que lo que había pasado entre ellos significaba que las cosas iban a cambiar.

Su corazón latía a toda velocidad mientras intentaba razonar consigo misma.

«Quizá han sido imaginaciones mías. Daphne nunca pierde oportunidad para acercarse», le dijo su lado lógico.

«Sí, pero él no se ha apartado», le respondió su corazón roto.

Y en lo más profundo de su ser, una voz malintencionada se alzó.

«Ya sabes cómo termina esto».

Respiró hondo, enderezó los hombros y comenzó a darse la vuelta. Solo quería irse, no dejar que la vieran. Pero la voz de Daphne sonó a su espalda.

—¡Hola, Gia! —saludó, sonando dulce como el azúcar, con ese acento que convertía cualquier insulto en algo casi cortés.

Gia se quedó paralizada a medio paso, después se giró.

—¿Estás bien? Te ves... ¿cómo se dice...? ¿Nerviosa? —le preguntó Daphne.

Gia alzó el rostro, mordisqueándose el labio, con la carpeta aún apretada contra el pecho.

—Sí, estoy bien —respondió.

—Claro, tú siempre estás bien —dijo Daphne, sonriendo como si disfrutara de una broma privada que solo ella sabía—. Espero que no estuvieras escuchando detrás de la puerta.

Gia apretó la mandíbula. ¿Esa tía era tonta? ¿O se creía que todos eran como ella?

—No. Solo venía a dejar los informes del día al jefe —respondió, tratando de sonar tranquila, aunque en el fondo quería cogerle la cabeza a Daphne y metérsela en el wáter.

—Ah, sí. Trabajo. —Daphne se acercó, y su perfume intenso y sofocante le llegó como una bofetada—. De trabajo también estábamos hablando Nathaniel y yo.

«¿Y a mí que coño me importa?», se preguntó Gia.

Hubo una pausa. Y el silencio que siguió se extendió tanto que se convirtió en una especie de acusación (o así lo interpretó Gia). Quizá no era solo de trabajo de lo que habían hablado. Quizá había pasado algo más entre ellos. Al parecer, a Nate le gustaba jugar a varias bandas.

Daphne ladeó la cabeza para hacer que el momento fuera aún más cruel. Estaba disfrutando de que Gia los hubiera pillado juntos.

Gia se obligó a alargar el brazo y a darle la carpeta con los informes a Nate.

Le ardía la garganta con cada palabra que se guardaba. Estaba harta de que la hicieran sentir como una intrusa, harta de fingir que la actitud indiferente de Nate después de la noche que habían pasado juntos no la estaba destrozando.

—Aquí tienes —dijo, dirigiéndole una mirada huidiza.

—Gracias —contestó Nate.

—Buenas noches —se despidió Gia.

—Buenas noches —dijeron Daphne y Nate casi al mismo tiempo.

Gia se dio la vuelta y se alejó con la espalda rígida y la respiración entrecortada, haciendo que el eco de sus botas sonara más fuerte de lo que pretendía. No le daría a Daphne la satisfacción de verla derrumbarse. Ni a Nate tampoco. Les podían dar a los dos por cu… Bufó.

En el pasillo, Daphne soltó una suave risa.

—Está un poco rara, ¿no?

Nate se frotó la cara con la mano, frustrado.

—¿Hay algo más que quieras comentar? —dijo, cambiando de tema.

—No, tengo todo muy claro —dijo Daphne con ligereza, reajustándose la cadena del bolso en el hombro.

Nate tomó una bocanada de aire.

—Entonces, hemos terminado, Daphne.

—Agradezco mucho los consejos que me has dado. Mi hermano va a estar encantado —dijo ella, suavizando la voz y mirándolo a través de las pestañas.

El viento aullaba en el exterior, frío y furioso. Sacudió el cristal de las ventanas y arrastró consigo el peso de lo que acababa de pasar.

Nate se quedó mirando el pasillo mucho después de que Gia hubiera desaparecido por él, con la mandíbula contraída hasta dolerle y el corazón más pesado de lo que estaba dispuesto a admitir.

En el otro extremo de la casa, Gia caminaba rápido, alejándose del despacho de Nate.

Tenía los ojos irritados, y sabía perfectamente que no era por la alergia.

Se repetía una y otra vez que estaba bien, que Nate no le importaba, que no iba a derramar una sola lágrima por un hombre que seguía sin saber qué o a quién quería.

Para cuando Nate finalmente escapó de Daphne, el ambiente estaba extraño. Casi esperaba oír la voz de Gia en la cocina hablando con Martha, o tal vez verla cruzar el pasillo, pero no había nada, solo el rastro del perfume de Daphne, que aún flotaba en el aire como la estela de una mala decisión.

Encontró a Martha en la cocina, que lo miró como si acabara de atropellar con el coche a un cachorro y luego hubiera dado marcha atrás para rematarlo. Tenía las manos en las caderas y el delantal manchado de harina, pero parecía pintura de guerra.

Y miraba a Nate con una calma que daba mucho más miedo que cualquier grito.

—¿Qué? —preguntó él, poniéndose a la defensiva al instante, con la voz más seria de lo que pretendía.

Martha golpeó la cuchara con el borde de la cazuela con tanta fuerza que salpicó la salsa.

—¿Que de qué? —soltó.

—¿Qué demonios te pasa? —dijo Nate.

—Quizás deberías mirarte en el espejo, a ver si la cara que tienes te sienta bien, antes de fingir que no sabes qué demonios estás haciendo.

Nate parpadeó, confundido.

—Yo... ¿De qué estás hablando?

Martha se giró y lanzó un suspiro de resignación.

—Gia ha visto como te besabas con Daphne.

Nate se quedó paralizado.

—¿Qué?

—Ya me has oído —dijo Martha, cruzándose de brazos con expresión de enfado—. Y antes de que abras esa boca para excusarte, piensa bien lo que vas a decir.