El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—¿Vas a decirme por qué te comportas como si acabaras de dispararle a tu propio caballo? —preguntó.

Nate soltó una risita amarga.

—Porque lo he hecho. En sentido figurado.

—Ah —dijo Diego, dando un sorbo—. La veterinaria.

—Ella no es… —empezó Nate, sonando brusco, como si estuviera a la defensiva.

—No —lo interrumpió Diego—. No empieces a hablar como si fuera una desconocida con la que te acostaste por error. —Diego tomó otro trago largo, entrecerrando los ojos—. Lo que ha ocurrido con ella es algo real, y eres consciente. Simplemente no sabes qué hacer con ello.

Nate miró su taza, haciendo girar el whisky como si allí flotaran las respuestas que tanto anhelaba encontrar.

—Es que fue un error.

Diego levantó una ceja.

—¿Lo fue?

—Sí —dijo Nate, aunque su voz no sonó tan firme como hubiera deseado.

Diego se recostó en la pared de madera, sonriendo levemente.

—Qué curioso. No pareces alguien que se arrepienta de haberse dejado llevar por la pasión. Pareces alguien que está aterrorizado por lo que sintió y se arrepiente de mentir al respecto.

Nate no dijo nada. Las palabras sonaban muy claras, muy cercanas a la verdad.

Diego continuó, porque, por supuesto, no iba a callarse.

—¿Sabes? Llevo en estas tierras más tiempo del que tú llevas afeitándote.

He visto a mucha gente buena hundirse intentando escapar de sus sentimientos.

Pero vosotros... —Negó con la cabeza—. O os destruís el uno al otro, o salváis algo que vale la pena salvar.

Y ahora mismo, no sé en qué dirección vais.

Nate apretó la taza con más fuerza, y la lata chascó entre sus dedos.

—No me interesa que me salven —aseveró.

Diego se rio bajito.

—Tal vez Gia no te esté salvando a ti —comenzó—. Quizás esté salvando al hombre que eras antes de que olvidaras cómo sentir.

Las palabras golpearon a Nate más fuerte de lo que esperaba. Porque él recordaba a ese hombre. El que reía. El que creía en las segundas oportunidades. El que pensaba que el amor te construía en lugar de destruirte. Apartó ese pensamiento rápidamente y se bebió el resto del whisky de un trago.

Diego se apartó de la pared, desentumeciendo los hombros.

—Puedes seguir escondiéndote tras la culpa, jefe, o tras lo que quieras —dijo, dirigiéndose a la salida—, pero ella no va a esperar eternamente.

Nate no respondió, ni siquiera levantó la vista cuando la puerta se abrió y el frío volvió a entrar. El viento se arremolinó en el establo, alzando algunas briznas de paja. Cuando todo volvió a calmarse, Diego ya se había ido.

Nate se quedó allí de pie, mirando las paredes del establo como si fueran espejos. El whisky le quemaba al bajar por la garganta. La culpa le quemaba aún más. Y en lo más profundo de su pecho, bajo toda aquella armadura y aquel silencio, algo empezaba a resquebrajarse.

Mientras tanto, al otro lado del rancho, en la habitación de los huéspedes, que olía ligeramente a lavanda y a libros viejos, Gia estaba sentada en el escritorio intentando trabajar.

El papeleo que tenía delante (registros de vacunación, calendarios de tratamientos…) llevaba allí más de una hora.

Su bolígrafo no se había movido en diez minutos.

La lámpara del escritorio emitía un tenue resplandor ámbar, proyectando una cálida luz sobre su rostro.

Su pelo estaba recogido en un moño medio deshecho, y llevaba puesta una sudadera gris de los Chicago Bulls.

Al otro lado de los cristales de la ventana, la luz del establo brillaba tenuemente en la distancia, como un faro en la oscuridad.

No la estaba mirando. Juraba que no. Pero su cabeza seguía dando vueltas alrededor de la persona que estaba en el establo, y de cosas en las que no debía pensar, recordando cada roce, cada suspiro de la noche que había pasado con Nate.

Un golpe de nudillos rompió el silencio, seguido de la inconfundible voz de Martha.

—La cena está lista —anunció.

Gia gimió.

—No tengo hambre —contestó.

—Mentirosa —dijo Martha, abriendo la puerta. Echó un vistazo a Gia. Tenía el moño despeinado, las ojeras marcadas, y una taza de café vacía junto a papeles intactos. Suspiró—. Pareces una mujer a punto de salir huyendo.

—No estoy huyendo.

—Bueno, eso sería discutible —murmuró Martha, sentándose en el borde de la cama como si fuera la dueña del lugar.

Gia se dejó caer en el respaldo de la silla, mirando al techo.

—No sé qué más hacer, Martha. Cada vez que creo que estamos llegando a algo, que lo de la otra noche significó lo mismo para él que para mí, simplemente... —Agitó la mano con impotencia—. Se aparta. Como si fuera alérgico a los sentimientos o algo así.

Martha apoyó las manos en el colchón, suavizando la expresión de la cara.

—Los hombres como Nate no se enamoran fácilmente, Gia. Ellos se desmoronan. Y a veces pasa un tiempo hasta que las piezas vuelven a recomponerse —dijo.

Gia rio entre dientes, pero sin una pizca de gracia.

—Sí, bueno, pues yo ya me he cansado de ser la psicóloga de los tíos. Ya he arreglado bastantes cosas a lo largo de mi vida, no lo voy a añadir a él a la lista.

Martha la observó un buen rato, con una expresión comprensiva.

—Bien. Entonces hazle ver lo que se está perdiendo —dijo, al tiempo que se levantaba.

La mirada de Gia se desvió de nuevo hacia la ventana.

La luz del establo parpadeó una vez y luego se estabilizó, dorada contra la fría oscuridad de la noche.

Casi podía imaginarlo allí, sin el sombrero, con las mangas remangadas, dándole vueltas a un problema que no podía dejar de intentar resolver.

Su voz sonó tranquila cuando habló.

—Tal vez sea eso lo que tengo hacer —susurró.

Martha no dijo nada. Solo asintió, le apretó el hombro a Gia en un gesto maternal, y salió, dejando la habitación en silencio, salvo por el viento que golpeaba los cristales.

Gia se quedó sentada detrás del escritorio durante un largo rato, mirando la luz a lo lejos, luchando contra el dolor de desear algo que sabía que tal vez nunca sería fácil, ni seguro, ni simple.

Y en el establo, Nate seguía de pie donde Diego lo había dejado, con la botella de whisky medio vacía y el corazón medio destrozado, preguntándose cómo una mujer que llevaba en su rancho solo unas semanas había logrado cavar más profundo en su alma de lo que nadie más lo había hecho jamás.