CAPÍTULO 22
La cocina vibraba con los suaves sonidos domésticos de la mañana, el café burbujeando en la cafetera, las sillas raspando el suelo, el tintineo de las cucharas contra las tazas.
Era un ritmo familiar, pero ese día se sentía fuera de lugar.
Como si todos fingieran seguir una melodía que ya había dejado de sonar bien, que ya no les gustaba.
Gia llegó primero. Sostenía su taza con fuerza entre ambas manos, y apenas levantaba el rostro de ella, como si pudiera disimular el cansancio y la tensión que arrastraba desde hacía dos noches, cuando Nate y ella se habían entregado a la pasión.
Miraba fijamente el oscuro remolino de su café en lugar de a la puerta, fingiendo que no esperaba ver entrar a alguien en quien ni siquiera quería pensar.
Estaba vestida para ir a trabajar, con vaqueros, botas y una camiseta básica de manga corta blanca.
Tenía el pelo un poco despeinado, a pesar de llevarlo recogido en una coleta alta, y en los ojos había esa mirada pesada que el café no podía arreglar, la mirada de quien no había dormido pensando en que ha estado enredada en las sábanas con su jefe.
Al otro lado de la mesa, Martha movía su café con leche con fuerza, mientras Diego recitaba una receta de chili que se sabía de memoria desde hacía décadas, herencia de su abuela.
Ambos habían adoptado el silencio paciente de las personas que reconocen el drama en cuanto lo huelen. Y allí había drama. De bueno.
La puerta se abrió.
Nate entró con el sombrero en la mano y los hombros encorvados hacia adelante. Dudó en la puerta el tiempo justo para que Martha se diera cuenta y Gia fingiera no hacerlo. Sus ojos recorrieron rápidamente la cocina, fijándose en ella como siempre, antes de apartar la mirada como si quemara.
—Buenos días —murmuró, y la voz le sonó áspera, como si tuviera grava en la garganta.
—Buenos días —dijeron Martha y Diego a la vez.
—Buenos días —respondió Gia sin levantar la vista. Su voz sonó perfectamente educada, perfectamente neutral y más fría que la escarcha de los cristales de las ventanas en pleno invierno.
El silencio que siguió fue incómodo. Incluso la cafetera gorgoteó como si intentara llenar el vacío.
Martha fue la primera en romper el hielo.
—El café está caliente —dijo, dando un trago de su taza—. A diferencia del ambiente.
—Martha —advirtió Diego, aunque sus labios se contrajeron, delatando una sonrisa que intentaba ocultar.
—¿Qué? —Martha se encogió de hombros—. Alguien tenía que decirlo.
El silencio regresó, más denso que antes, si era posible. Los tenedores rasparon los platos. Alguien tosió. El reloj avanzó. Un gallo cantó fuera, ajeno a todo y sonando demasiado alegre.
Nate carraspeó.
—Los suministros veterinarios han llegado a primera hora —dijo con voz profesional y seria—. Necesito el informe del inventario para el final del día.
Gia ni siquiera pestañeó.
—Ya está hecho —dijo.
Nate asintió, pero insistió de todos modos.
—¿Has comprobado si hay duplicados?
—Sí.
—¿Y las fechas de caducidad?
Los ojos de Gia se alzaron, azules y afilados como el cristal tallado.
—Sí, jefe. También he revisado las fechas de caducidad. ¿Hay algo más que quieras que ordene alfabéticamente, ya que estoy?
Martha resopló sobre su café con leche, intentando, sin éxito, disimular la risa con una tos. Gia era de armas tomar. Y se alegraba de ello.
La puerta se abrió de nuevo y Jim entró como si estuviera en el set de una comedia. Cogió una tortita del plato que había sobre la mesa y le dio un mordisco.
—Bueno —dijo, con una sonrisa dibujada en el rostro, mirando a Gia y a Nate—, me alegra ver que todavía no han volado los cuchillos.
Nate le lanzó una mirada tan incisiva que podría haber cortado el acero.
—Ahora no, Jim.
Jim se apoyó en la encimera, imperturbable.
—Claro, jefe. No está el horno para bollos.
Martha suspiró, Diego dobló el papel donde estaba escrita la receta de su abuela y sacudió la cabeza.
—El ambiente está tan frío aquí, que se podría congelar el estado entero —comentó.
La silla de Gia raspó el suelo al ponerse de pie.
—Si me perdonáis —dijo, en un tono profesional impecable—, tengo un potro cojo que necesita mis cuidados.
—Dile a Tommy que te ayude —dijo Nate de forma automática.
Gia se detuvo a medio paso, tensando los hombros.
—No necesito a Tommy —aseveró.
—Pero yo ordeno que te ayude.
—Entonces ordénale otra cosa.
La cocina se quedó en silencio y todas las miradas se movieron entre ellos como en un partido de tenis sin árbitro. Sus miradas se encontraron. La de Nate firme, la de Gia desafiante. El aire se volvió extremadamente tenso.
Martha se inclinó hacia Diego.
—Cinco dólares a que gana ella —susurró.
—Que sean diez —murmuró Diego.
Gia se cruzó de brazos.
—Puedo con un caballo yo sola.
Nate exhaló por la nariz, intentando parecer tranquilo, pero sin conseguirlo.
—No cuestiono tu capacidad —dijo.
—Sí lo haces.
—Estoy cuestionando tu juicio.
—Claro —dijo Gia bruscamente—, porque tu juicio ha sido impecable últimamente —soltó, sin morderse la lengua.
La cocina volvió a quedarse en silencio. Incluso el reloj dejó de correr, o tal vez todos dejaron de respirar el tiempo suficiente para que lo pareciera.
Nate apretó la mandíbula y se le oscureció la mirada.
Hubo un instante en el que casi dijo algo.
Algo que no tenía que ver con caballos, ni con inventarios, ni con su necesidad de mantener el control siempre.
Algo sobre la increíble noche de pasión que habían compartido y lo aterrorizado que estaba de lo que sentía y de que volvieran a hacerle daño.
Pero no lo hizo. Simplemente alzó la mano y se puso el sombrero.
—Tengo que seguir con los entrenamientos —dijo.
Salió hecho una furia, a zancadas, pisando con fuerza sobre el suelo de madera y cerrando la puerta tras de sí con un golpe que hizo vibrar el especiero.
El silencio volvió a caer en la cocina. Otra vez.
Gia exhaló lentamente, y la ira que sentía en el pecho se disipó para convertirse en algo más sutil y mucho más doloroso.
—Idiota —murmuró en voz baja.
Martha no levantó la vista.
—¿Cuál de todos?
—Todos —dijo Gia, agarrando su chaqueta.
Mientras salía, Martha le gritó:
—¡No lo mates, cariño! ¡Al menos no antes de comer!
—No prometo nada —respondió Gia sin darse la vuelta.
La puerta se cerró. En la cocina, Diego sacudía la cabeza, Jim sonreía burlonamente mientras terminaba de comerse la tortita y Martha suspiraba como si ya hubiera vivido esa historia antes.
Los pasos de Gia sonaban firmes contra la tierra endurecida del sendero.
Su aliento formaba nubes de vapor frente a su rostro.
El frío no le molestaba ni la mitad de lo que le dolía el silencio que Nate había dejado atrás.
Porque ese silencio, esa barrera tras la que se escondía después de haberse entregado a ella en cuerpo y alma, dolía más que cualquier cosa que pudiera haber dicho.
Y en uno de los corrales del rancho, Nate entrenaba a alguno de los caballos tratando de olvidarse del mundo.
De Gia. Apretaba los dientes mientras se repetía que estaba bien.
Que mantener la distancia después de haberse acostado con ella era lo mejor.
Que estaba haciendo lo correcto para protegerla. Para no herirla. Más aún.
Pero la verdad lo carcomía, lenta, implacable e imposible de soportar.
El atardecer en Millstone se arrastraba lentamente, desvaneciéndose del cielo como un moretón, con los tonos púrpuras fundiéndose con el azul oscuro, mientras los últimos rayos de luz se escondían tras las cimas de las lejanas montañas.
El aire olía a polvo húmedo y a caballos, y el humo de la leña se elevaba tenue desde la chimenea de la casa.
En el establo, todo estaba demasiado quieto, demasiado silencioso.
Nate se encontraba donde todos esperaban que estuviera.
Sumido en la soledad, fingiendo tenerlo todo bajo control.
Estaba apoyado en la puerta de la cuadra de Trueno, con los brazos sobre la madera.
El semental negro se revolvía ante él, inquieto, levantando la paja con los cascos, como si también percibiera que el humor de su dueño se había ido a un lugar oscuro y enredado.
El establo olía a heno, a cuero y a arrepentimiento.
Siempre olía así cuando Nate se encerraba en él.
Su sombrero descansaba en uno de los ganchos a su lado.
Llevaba las mangas de la camisa azul y negra de franela remangadas por encima de los codos y el pelo húmedo tras haberse refrescado en la bomba de agua con la que regaban los prados.
No estaba seguro de si el frío que sentía era por el clima o por el caos en su cabeza. El mismo nombre, la misma cara, el recuerdo de la increíble noche que habían compartido y que no dejaba de atormentarlo.
No paraba de repetirse que estaba trabajando. Que revisar las cinchas de las sillas de montar a las nueve de la noche era normal. Que evitar la casa, a la gente, y sobre todo evitarla a ella , era una especie de plan. Pero en realidad, solo se estaba escondiendo. Como siempre.
La puerta se abrió.
—No me digas nada —dijo Nate de inmediato, sin ni siquiera levantar la vista.
—Tengo que hacerlo —respondió Diego desde la puerta, con calma.
Llevaba una botella de whisky medio vacía en una mano y dos viejas tazas de hojalata en la otra.
Mientras avanzaba por el pasillo, sacudió la cabeza como quien ha visto esa película demasiadas veces—.
El whisky no arregla nada —añadió, destapando la botella con el pulgar—, pero sin duda, a veces alivia el dolor.
Diego le sirvió sin preguntar. El líquido ámbar reflejó la tenue luz, brillando como el fuego.
Nate tomó la taza, porque discutir requería esfuerzo, el esfuerzo implicaba energía, y él no tenía energía aquella noche.
Bebieron en silencio. Fuera, el viento zumbaba contra el revestimiento del establo, haciendo gruñir las tablas sueltas.
A lo lejos, un coyote aulló y los caballos se revolvieron ante el sonido.
Diego rompió el silencio primero.