CAPÍTULO 21 #2
La sensación de las manos de Nate recorriendo su cuerpo desnudo.
La intensidad con la que habían hecho el amor.
El susurro de su voz pronunciando su nombre en la penumbra como si significara algo...
Los fuegos artificiales que habían estallado en el cielo durante la feria no eran nada comparado con el fuego que los había consumido a ambos en aquella cama.
Se repetía a sí misma que lo había superado. Que solo había sido una noche de debilidad. Un polvo. Que era adulta y podía separar las cosas. El sexo del amor. Se lo había repetido al menos cincuenta veces desde que había advertido la actitud de Nate, pero no la ayudaba.
Oyó sus pasos antes de verlo, pesados, firmes, inconfundibles.
Nate tenía una forma de caminar que siempre sonaba decidida.
Cuando por fin apareció en la puerta, era solo una sombra recortada contra la luz tenue.
Llevaba el sombrero puesto, las mangas de la camisa de franela remangadas hasta los codos y el ceño fruncido.
Cada centímetro de él parecía la personificación del control.
Gia no se dio la vuelta. Ni siquiera detuvo lo que estaba haciendo.
—Buenos días —se limitó a saludar con voz tranquila, obligando a su cuerpo a no traicionarla.
—No has estado en la reunión de los lunes —dijo él.
Gia levantó la vista, parpadeando un par de veces.
—Porque la has adelantado —se defendió.
—Tenía cosas que hacer después.
Gia dejó caer las manos sobre los costados. El silencio que siguió se extendió demasiado tiempo. Finalmente, se enderezó y se giró para mirarlo de frente. Su voz sonó fría, pero sus ojos brillaban.
—Perfecto. Pero quizás podrías haberme avisado, ya que, como siempre, es imposible entenderte, y yo no soy adivina —dijo, evidentemente con doble intención.
Gia notó el pequeño tic en la mandíbula de Nate. Un leve estremecimiento que intentó disimular cruzándose de brazos.
—No hay nada que entender —murmuró seco.
—Claro —dijo ella—. Porque ya está todo explicado.
Las palabras flotaron en el aire, nítidas como el cristal. Trueno sacudió las orejas y resopló, percibiendo el cambio de energía. Su casco dio un golpe en el suelo, resonando por el establo como una advertencia.
Nate exhaló por la nariz, mirando al suelo como si pudiera encontrar allí las palabras adecuadas. Gia esperó, con los brazos cruzados. El pulso era firme, pero tenía la garganta apretada.
—¿Ni siquiera vas a hablar de lo que ha pasado entre nosotros? —preguntó finalmente.
Nate levantó la vista y la miró a los ojos.
—¿Qué hay que hablar?
Ella se rio, breve, sin humor, incrédula.
Joder, era el colmo.
—Oh, no sé. ¿Qué tal empezar admitiendo que nos acostamos? Podría ser un buen punto de partida —dijo.
La verdad parpadeó en la mirada de Nate. Había arrepentimiento, deseo, miedo, todo enredado. Todo hecho un batiburrillo. Parecía un hombre al borde de un precipicio que no sabía cómo cruzar, que no encontraba el puente para atravesarlo.
Luego, todo desapareció y volvió a colocarse su armadura. Una máscara de frialdad se deslizó por su rostro.
—Fue un error —dijo.
Las palabras sonaron tranquilas. Firmes. Determinantes.
Gia se quedó paralizada. Durante un segundo, no se movió, ni siquiera parpadeó. Luego lo hizo, lenta y deliberadamente, como si intentara procesar si había escuchado bien.
—Un error… —repitió, casi para sí misma.
—Sí —dijo Nate—. No debería haber pasado.
Algo en el pecho de Gia se rompió. No lo hizo con fuerza ni de golpe. Solo un chasquido silencioso que lo desequilibró todo. Asintió una vez, y luego otra, como si el movimiento pudiera evitar que le temblara la voz.
—Entendido.
—Gia... —empezó a decir Nate.
—No, no pasa nada —lo interrumpió ella, forzando una sonrisa—. Te dejaste llevar por el momento. A veces sucede.
Él dio un paso adelante, instintivamente, como si quisiera retractarse, como si quisiera explicarle que lo que sentía era miedo y no indiferencia, pero su orgullo ganó la batalla antes de que su corazón pudiera hablar.
—Eso no es...
—Tengo trabajo que hacer, Nate —lo cortó Gia.
Su tono era tranquilo, pero era una tranquilidad fingida. Pasó junto a él antes de que Nate pudiera decir otra palabra. No quería escuchar más. Ya estaba todo dicho.
En cuanto salió, el aire fresco la golpeó, y el aliento que había estado conteniendo en la garganta se escapó en un sonido que no era exactamente un sollozo, pero que no estaba lejos de serlo. Se apoyó en la valla, con los ojos cerrados y la barbilla temblorosa.
—He sido una idiota —susurró para sí misma—. Una completa idiota.
Apretó los labios, tratando de no llorar.
El cielo seguía gris, el viento era frío. Gia se sintió estúpida por haber pensado que la noche anterior había significado algo más que un momento de debilidad, algo más que un polvo.
—¡Joder! —masculló llena de rabia, dando un pequeño golpe a la madera con la mano.
Dentro del establo, Nate no se movió. No lo hizo durante un buen rato.
Se quedó de pie en medio del pasillo, con las manos apretadas a los costados y el pecho subiendo y bajando demasiado rápido.
Trueno resopló de nuevo, inquieto, y Nate finalmente levantó la vista, con el rostro tenso y los ojos sombríos.
Se dijo que había hecho lo correcto. Que mantener la distancia era más seguro. Que estaba protegiendo a ambos. Pero la punzada que sentía en el pecho le decía todo lo contrario.