El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Había un silencio especial instalado en la atmósfera del rancho la mañana después de aquella noche. El aire arrastraba olor a cedro y heno fresco, los pájaros alborotaban ya las ramas de los árboles mientras cantaban, y los caballos resoplaban satisfechos en el establo.

Pero dentro de la casa, reinaba otro tipo de silencio. Uno que tenía más que ver con los corazones que con la hora del día.

Gia se despertó sonriendo. Cuando abrió los ojos, Nate ya no estaba en la cama a su lado.

Las sábanas estaban frías sobre el colchón.

Se imaginó que ya estaría trabajando, porque era un hombre que no paraba nunca, incapaz de quedarse quieto ni siquiera después de una noche como la que habían compartido.

Joder, qué noche.

La sonrisa de Gia debería haber sido noticia de primera plana de todos los periódicos.

Tiempo atrás, había superado los exámenes finales de veterinaria, había hecho las prácticas, un par de meses después había conseguido un trabajo en una clínica, y nunca se había despertado sonriendo como aquella mañana.

¿Pero ahora? Ahora estaba tumbada boca arriba, mirando el techo de la habitación de Nate con una sonrisa que se negaba a desaparecer.

Las sábanas se enredaban en sus piernas y sentía una calidez traidora en el interior del pecho.

Su piel aún hormigueaba con el recuerdo de sus manos recorriéndola, firmes, delicadas, y luego desesperadas. Llenas de deseo.

Todavía sentía el peso de su cuerpo sobre el de ella, su aliento caliente en el cuello que la mareaba de puro deseo.

Y la forma en que la había mirado inmerso en la penumbra, justo antes de unirse casi en un solo ser, como si no estuviera seguro de si estaba a punto de arruinarlo todo o de arreglar su vida por fin.

La noche que habían pasado juntos había sido intensa, apasionada. Definitivamente inolvidable.

Se suponía que no tenía que pasar. Gia lo sabía.

Se lo había repetido toda la noche, mientras Nate le quitaba el vestido de tirantes rojo, mientras se dejaban llevar por el deseo y se perdían el uno en el otro.

Se suponía que no tenía que pasar, pero había pasado.

Y durante unas horas increíbles, Nate había dejado de ser su jefe testarudo e inaccesible para convertirse en el hombre tierno y atento que ella siempre había sospechado que era.

Ahora no podía dejar de pensar en él y en todo lo que habían compartido.

¡Dios!

Cuando Gia se arrastró hasta la cocina, con el pelo todavía húmedo de la ducha y la mente atrapada en alguno de los acontecimientos de la noche anterior, Martha estaba en plena actividad. Lo que, en esa casa, era menos «preparar el desayuno» y más «operación de cotilleo de alto nivel».

—¡Buenos días, doctora del amor! —canturreó Martha, dando la vuelta con entusiasmo a una tortita.

Sus ojos brillaban con deleite.

Gia casi dejó caer su taza al suelo.

—No voy a hablar de nada —dijo.

Martha ni siquiera levantó la vista de la sartén.

—No hace falta, cariño. Lo vimos.

Gia se quedó paralizada a medio paso.

—¿Lo visteis?

Martha soltó una carcajada tan fuerte que podría haber asustado al sol.

—Cariño, la mitad de la feria lo vio. Un beso tan apasionado no pasa desapercibido.

Gia gimió, llevándose una mano a la frente.

—No fue para tanto —dijo, tratando de no hablar del asunto.

—Mmm... —Martha sacó la tortita de la sartén y metió otra—. Claro, cariño. Un baile lento bajo las estrellas, con un vaquero que por fin deja respirar su corazón, un beso con fuegos artificiales de fondo…

—No fue así —balbuceó Gia, intentando ocultar lo que había pasado después del beso, la noche de pasión que habían tenido—. Fue... el calor del momento, ¿vale? Una combinación de demasiado azúcar, ambiente festivo y una mala iluminación.

Martha levantó una ceja tanto que casi llegó a la línea del pelo.

—Calor, sí. Seguro que teníais mucho calor —dijo en tono socarrón.

Gia dejó el café sobre la mesa con demasiada fuerza.

—Oh, por favor… Sois lo peor —se quejó.

Martha le guiñó un ojo.

—Somos los mejores narradores de tu historia de amor. Alguien tiene que contarla para la posteridad.

—¡¿Qué?! No hay nada que contar.

—Yo creo que hay mucho que contar —dijo Martha, cabezota como una mula.

Antes de que Gia pudiera contraatacar, una voz atravesó la cocina, profunda, uniforme y lo suficientemente familiar como para silenciar todos los sonidos de la estancia.

—Buenos días.

El aire se quedó quieto.

Todo se quedó quieto.

Nate estaba de pie en la puerta, recién afeitado y con el pelo aún húmedo.

Su camisa se veía impecable y su postura era rígida.

Llevaba puesta esa armadura silenciosa que usaba cuando quería fingir que no pasaba nada.

¿Y su expresión? Era de ese tipo de neutralidad forzada que gritaba todo lo contrario.

—Buenos días —dijo Gia, haciendo un esfuerzo para que su tono de voz sonara despreocupado y casual, como si no acabara de despertarse recordando cómo se sentía la piel desnuda de él contra la suya.

Nate asintió con un movimiento breve, mirándola fijamente durante medio segundo antes de desviar la vista.

—Hoy empezaremos temprano. Nos vemos en el establo en diez minutos —dijo.

Eso fue todo.

Ni una sola mirada cómplice.

Ni rastro del calor que habían compartido en la cama, ni de la ternura que se escondía en su voz al susurrar su nombre en la oscuridad. Solo órdenes. Autoritario, profesional, directo.

Y luego se fue.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Martha chasqueó la lengua contra el paladar.

—Y ahí está Nathaniel Kenwood —dijo, cruzándose de brazos y oliéndose lo que venía—. Haciendo la mayor estupidez hasta ahora.

Gia se quedó mirando la puerta por la que Nate acababa de salir, con el pecho apretado y las mejillas ardiendo por una punzada aguda de decepción, o tal vez humillación. O ambas.

—Los hombres construyen muros, cariño. Una y otra y otra vez —dijo Martha—. Y cuando crees que ya los has derribado, te das cuenta de que siguen ahí.

¿Era eso lo que estaba haciendo Nate? ¿Levantar de nuevo sus muros? ¿Actuar como si no hubiera pasado nada entre ellos?  ¿En serio? No podía ser tan inmaduro. ¿O sí?

—Sí —murmuró Gía, forzando una sonrisa que no llegó a los ojos azules—. Bueno, he hecho cosas más difíciles que sobrevivir al ego de un vaquero —dijo, aunque no estaba segura de que fuera verdad. Nate iba a volverla loca.

Al mediodía, el rancho era una especie de campo minado.

Adondequiera que Gia se volvía, había una mirada cómplice o una sonrisa poco sutil esperándola.

Tommy había tropezado con un paquete de paja cuando se la había encontrado por primera vez aquel día.

Jim silbaba las primeras notas de una canción de amor cada vez que pasaba cerca.

Incluso los caballos parecían estar observando el drama que sobrevolaba el rancho.

¿Es que todo el mundo sabía lo que había pasado entre Nate y ella?, se preguntó Gia. ¿O solo era por el beso que habían visto durante la Feria de la Cosecha?

Diego se apoyó en la cerca del corral como el espectador más satisfecho del mundo, con un palillo entre los dientes, mientras Nate entrenada a un potro, dándole vueltas alrededor del recinto.

—Te lo dije, jefe —comentó, arrastrando las palabras. Nate apretó los dientes—. Si te lías con la veterinaria, te conviertes en el chisme del pueblo. Es lógica pura.

Según parecía, los primeros rumores ya se habían extendido por todos lados como la pólvora.

—No pasó… nada —murmuró Nate sin detenerse.

Diego sonrió.

—¿En serio? Os perdimos de vista después del beso —dijo.

—No voy a dar explicaciones sobre mi vida —atajó Nate.

Pero Diego no estaba por la labor de dejar pasar el tema. Ni mucho menos. Era divertido.

—Martha ha hecho una quiniela. Cinco dólares a que le propones matrimonio antes de Acción de Gracias.

Nate se detuvo a medio paso y se giró para mirarlo. Lo hubiera fulminado allí mismo.

—¿Que Martha ha hecho qué? —repitió.

—No te preocupes, yo he apostado que antes de que acabe el verano.

—Diego —lo amonestó Nate.

—Tranquilo, jefe —dijo Diego levantando las manos en son de paz—. Solo digo las cosas como las veo. —Se dio un golpecito en la sien con una sonrisa burlona en los labios—Los ojos de los hombres que miran a las mujeres como si fueran oxígeno, no mienten.

Nate no respondió. Simplemente exhaló, largo y lento, y siguió entrenando al potro. Más rápido, más enfadado, como si pudiera escapar de la verdad (y de lo que había hecho) si se movía con la suficiente velocidad.

Porque la verdad era que ya había pasado por aquello.

El deseo.

La debilidad.

La vulnerabilidad.

La última vez que había dejado entrar a alguien en su corazón, lo había dejado sangrando con un anillo en el bolsillo y una lección que jamás olvidaría.

Se había jurado que nunca volvería a cometer ese error. Nunca dejaría que alguien se acercara lo suficiente como para herirlo de nuevo.

Pero allí estaba, con el corazón latiendo con fuerza, el pecho apretado, todavía recordando la suavidad del cuerpo de Gia bajo el suyo, y saboreando su nombre como si fuera algo peligroso que no debería desear.

Así que hizo lo único que sabía hacer.

Cerró la puerta de sus emociones. De sus sentimientos.

Con fuerza.

Incluso si eso significaba dejar fuera a la única persona que ya había encontrado el camino hacia el interior de su corazón.

Trueno resoplaba en la cuadra, moviendo su enorme cuerpo contra las paredes y golpeando el suelo con los cascos. Estaba impaciente. Fuera, el cielo se veía gris, con esa luz desvaída que ensombrecía todo.

Gia llevaba allí horas. Había examinado a cada caballo dos veces, había esterilizado el instrumental que ya estaba impecable y había reorganizado el botiquín de medicamentos según sus fechas de caducidad.

Todo como una distracción, y todo inútil.

Porque la verdad era que ninguna tarea podía borrar de su cabeza los recuerdos de la noche anterior.