CAPÍTULO 20 #4
Para Nate, ella era todo lo que no sabía que necesitaba.
Su terquedad, su inteligencia, la forma en que lo desafiaba y la manera en que ahora se derretía entre sus brazos.
Para Gia, él era lo que nunca supo que buscaba.
Detrás de su fachada de vaquero duro, había un hombre de una profundidad y una ternura abrumadoras.
Avanzaron a trompicones por el pasillo, sin romper el beso, guiándose a ciegas hasta la habitación de Nate. La luz de la luna se filtraba por las ventanas, bañando la cama con un resplandor plateado.
Las manos de Nate tenían prisa mientras buscaban la cremallera del vestido de Gia.
Era un hombre acostumbrado a domar caballos salvajes y a trabajar la tierra con fuerza bruta, pero la tocaba como si fuera la cosa más preciosa y frágil del mundo.
Cuando el vestido cayó al suelo, él la miró, recorriendo cada centímetro de su piel con una adoración que hizo que Gia se sonrojara.
—Eres preciosa —susurró, con una reverencia absoluta en la voz.
Gia, con el pulso desbocado, le desabrochó la camisa, revelando su pecho firme y bronceado. Sus manos pequeñas y suaves trazaron las líneas de los músculos, sintiendo los latidos acelerados de su corazón. Nate cerró los ojos, disfrutando de las caricias de Gia, rindiéndose por completo a ella.
Cayeron juntos sobre la cama, en un enredo de sábanas, piel y suspiros. Nate cerró los dedos sobre sus pechos y los acarició con los pulgares. Gia sintió una descarga de placer recorrerle el cuerpo. Pero no era suficiente. Arqueó la espalda contra él, buscando más contacto.
Cada caricia era un descubrimiento, cada beso una promesa.
Nate la devoró con toda la ternura del mundo, trazando caminos de fuego con sus labios sobre la piel de Gia, arrancándole gemidos que él atrapaba con su propia boca. La aspereza de sus manos contrastaba con la suavidad de ella, creando una fricción que los llevaba al límite.
Nate inclinó la cabeza y le succionó un pezón. La sensación fue tan embriagadora, que Gia introdujo las manos entre su pelo y lo apretó contra ella, apremiándolo a succionar más.
No había prisa, pero sí una necesidad imperiosa de pertenecerse, de culminar lo que tanto tiempo llevaban esperando. En la penumbra de la habitación, se susurraban palabras inconexas, confesiones a medias y nombres pronunciados como plegarias.
Gia estaba tan excitaba que necesitaba más. Mucho más. Nate metió una mano entre los muslos y avanzó poco a poco hacia su sexo.
—Nate... por favor —suplicó en un susurro, sintiendo que no podía soportar un segundo más de aquella dulce tortura.
Nate colocó los dedos sobre su clítoris y comenzó a hacer círculos sobre él.
—Más… —suplicó Gia.
Nate introdujo un dedo en su interior.
—Así… —gimió Gia—. Más, por favor…
Y Nate hizo lo que le pidió.
Después se alzó sobre ella, sosteniendo su mirada con una intensidad que le caló hasta los huesos. Sus ojos color café brillaban con una promesa de protección, de lealtad y de algo que apenas sabían nombrar.
Alargó el brazo, abrió el cajón de la mesilla y sacó un preservativo de la caja, que se puso rápidamente, sin esperar a nada más.
Gia separó las piernas para que Nate se acoplara entre ellas. Paseó la mirada por sus brazos, admirando los músculos, cuando se colocó encima y se apoyó en ellos para penetrarla.
—¿Estás bien? —le preguntó Nate, que tras la primera embestida se había detenido para que se acostumbrara a su erección.
—Muy bien —sonrió Gia.
Y lo estaba. Estaba muy muy bien. Joder.
Nate empezó a moverse dentro de ella, al principio despacio. Y cuando finalmente se unieron, fue con una lentitud y una ternura que contrastaba con la urgencia que habían sentido antes.
Gia soltó un suspiro tembloroso, aferrándose a él, mientras una sensación de plenitud la invadía.
Se movieron juntos en la penumbra, encontrando un ritmo que era solo suyo, perdiéndose el uno en el otro.
El mundo exterior, el rancho, el dolor, Daphne y todas las complicaciones desaparecieron.
Solo quedaba el calor de sus cuerpos y el roce de su piel.
Tras un rato, los envites empezaron a ser rápidos y fuertes. El placer de Gia fue creciendo, conquistando cada fibra de su ser, acercándola al clímax.
Alzó las manos y le acarició el pelo. Tiró de su cabeza lo suficiente para alcanzar su boca y besarlo como si de ello dependiera su vida.
El orgasmo llegó de golpe, casi sin previo aviso. Cuando su cuerpo empezó a estremecerse, Gia hundió el rostro en el cuello de Nate y se arqueó con fuerza contra él. Dios, tenía la sensación de que estaba cayendo por un abismo.
Nate pareció notarlo.
—Te tengo —le aseguró en un susurro, entrelazando sus dedos con los de ella, anclándola a él—. Estoy aquí.
Y Gia se dejó arrastrar por el placer.
Cuando abrió los ojos y lo miró, se dio cuanta de que Nate estaba a punto de correrse.
—Nate…
Él no la dejó hablar, se inclinó, la besó y se deshizo dentro de ella con una última embestida.
—Joder, Gia —gimió.
Ella le sujetó el rostro entre las manos y le acarició las mejillas con los pulgares. Sonrió y Nate le devolvió la sonrisa.