El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 20 #3
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CAPÍTULO 20 #3

Gia tragó saliva.

—¿Hablas en serio? —no pudo evitar preguntar.

—Muy en serio —murmuró Nate—. Vamos, Clarke. Solo un baile.

Gia sintió un atisbo de pánico en el pecho.

No era una sensación mala, era esa sensación que surgía al desear con todas las fuerzas algo que sabes que no deberías tener.

Su lado racional le gritaba que era una pésima idea.

¿Bailar con su jefe en un evento público, a la vista de todo el pueblo?

Era estúpido. Peligroso. Serían la comidilla al día siguiente.

Y la semana entera. Pero la otra parte de ella, la que se había estado enamorando de él de forma silenciosa, en contra de todo sentido común, ya estaba asintiendo antes de que su cerebro pudiera poner alguna objeción.

—Está bien —aceptó.

Las palabras escaparon de sus labios como una rendición.

Caminaron juntos hacia la pista de baile, donde las parejas se mecían lentamente bajo la red de luces brillantes. La música que emanaba del escenario era una vieja balada country, de esas que sonaban en todas las bodas y ferias del condado desde siempre. Algo sencillo. Algo innegablemente tierno.

Nate dudó un segundo. ¿Cómo era posible que estuviera nervioso?

Su mano flotó en el aire un instante antes de posarse con delicadeza en la cintura de Gia.

A través de la fina tela del vestido, ella sintió el calor de su enorme palma.

Era áspera, fuerte, pero temblaba lo justo para delatar lo nervioso que estaba.

Gia, con el pulso acelerado, colocó su mano sobre la de él, rozándole los nudillos con los dedos.

En ese momento, el aire a su alrededor pareció condensarse, cargado de una vibración inquietante.

Mientras se movían al compás de la música, la distancia entre ellos se redujo.

Gia podía oler la mezcla de cuero, madera y el leve rastro de su colonia.

Cada roce, cada paso coordinado, enviaba una descarga por su columna vertebral.

Nate, por su parte, mantenía la mandíbula tensa, luchando internamente contra el instinto de atraerla aún más hacia su pecho.

Tenerla así de cerca, sintiendo la suavidad de su piel y su calor corporal, estaba derribando todas las barreras que tanto le había costado construir. Pero es que con Gia siempre era así.

—Realmente no te gustan las multitudes, ¿verdad? —murmuró ella después de un rato, con la voz lo suficientemente baja como para que solo Nate pudiera oírla.

—No —admitió él, sin dejar de mirarla a los ojos—. Nunca me han gustado.

—Pero has venido.

—Diego dijo que tenía que hacerlo.

Ella soltó una risilla encantadora, un sonido que vibró contra el pecho de Nate.

—Y yo que pensaba que era por mi encanto —dijo.

—También es por eso.

Las palabras se le escaparon a Nate antes de poder detenerlas. Ni siquiera intentó retractarse o esconderlas detrás de una broma. Simplemente se quedaron ahí, suspendidas, ligeras, expuestas.

Gia levantó la vista, con los labios entreabiertos como si quisiera decir algo, pero no le salía la voz.

Sus ojos se encontraron con los de Nate y, por una vez, él no apartó la mirada.

Por una vez, le permitió ver todo lo que había estado intentando enterrar desde el día en que ella había aparecido en el rancho con su terquedad y su lengua afilada, sumiendo su tranquilo mundo en un absoluto caos.

—No deberías decir cosas que no sientes —susurró Gia finalmente, apenas audible por encima de la música.

—No lo hago —respondió Nate con firmeza.

Hubo una pausa. Una larga e intensa pausa. Luego, el ritmo del baile se ralentizó.

Las charlas a su alrededor se desvanecieron en una especie de silencio, envueltos en esa extraña magia de las ferias de pueblo, y el mundo dejó de girar por un instante.

El sonido del violín se arrastraba con el viento, los faroles parpadeaban y, a lo lejos, un niño reía.

Pero allí, en ese pequeño espacio que compartían, solo existían ellos dos.

El corazón de Gia latía con tanta fuerza que juraría que él podía sentirlo a través del vestido.

Su mano descansaba en el hombro de Nate, y sus dedos se enroscaron de forma instintiva en el suave tacto del cuero de la cazadora.

El pulgar de él le acarició la columna vertebral, en un movimiento tímido pero seguro, provocando que ella exhalara un suspiro tembloroso que no sabía que había estado conteniendo.

Sus cuerpos estaban tan cerca que el calor que irradiaban se fundía en uno solo.

—Se supone que debemos mantener nuestra relación en un tono profesional —dijo Gia en un hilo de voz, perdiéndose en la profundidad de la mirada de Nate.

—Sí —murmuró él, con los ojos oscurecidos por un deseo que parecía incontenible—. Yo lo estoy haciendo fatal.

Y antes de que ella pudiera pensar, antes de que pudiera decidir si quería huir o quedarse para siempre, él inclinó la cabeza y la besó.

Fue un beso suave al principio. Vacilante, cuidadoso, casi reverente.

Parecía más una pregunta que una exigencia.

Pero en el instante en que los dedos de Gia se agarraron a su cazadora, en el instante en que se apretó contra él, acortando la nula distancia que los separaba, el beso se profundizó.

Y se convirtió en algo inevitable, tan natural e ineludible como la gravedad.

Las luces de la feria se difuminaron tras sus párpados cerrados, y la noche se llenó del sabor a canela, el calor de la piel y una chispa eléctrica que los consumió a ambos.

Cuando finalmente se separaron, sin aliento, los fuegos artificiales comenzaban a crepitar sobre el recinto ferial, tiñendo el cielo azul oscuro de destellos dorados y carmesí.

Alguien aplaudió cerca de ellos. Era Martha, que daba palmas con la emoción de una tía orgullosa de su sobrino. Diego soltó un silbido de aprobación que resonó por encima de la música y del ruido que hacían los fuegos artificiales.

Pero Gia apenas se dio cuenta. Todavía estaba intentando recuperar el aliento, con el corazón negándose a bajar el ritmo. Nate seguía allí, muy cerca de ella, con la mano aún apoyada firmemente en su espalda, como si se hubiera olvidado de cómo soltarla.

—Deberíamos… irnos —murmuró él con voz ronca.

—¿Adónde? —preguntó Gia en un susurro.

—A casa.

Gia esbozó una sonrisilla bobalicona en los labios.

—Si —estuvo de acuerdo.

Nate le agarró la mano y juntos salieron del recinto ferial camino del coche.

El trayecto en la camioneta hasta el rancho había sido un tormento de silencios cargados de deseo y miradas furtivas.

La tensión entre ellos era tan densa que casi podía tocarse, llenando el pequeño espacio de la cabina con una energía que les erizaba la piel.

Cuando finalmente llegaron a la casa y Nate apagó el motor, la noche cayó sobre ellos, expectante.

Caminaron hacia la entrada principal sin decir una palabra. Nate abrió la puerta, y Gia entró primero, deteniéndose en el vestíbulo sumido en la penumbra. Él cerró la puerta a sus espaldas. El clic de la cerradura sonó como un disparo en el silencio de la casa.

Nate se quedó quieto, a un paso de distancia, mirándola. La respiración de ambos era irregular.

—Gia... —empezó, con la voz ronca, rota por el esfuerzo de mantener el control—. Si cruzas ese pasillo, si estás conmigo esta noche... no habrá vuelta atrás. Con todas las consecuencias.

Gia sintió que el corazón le daba un vuelco. Toda la racionalidad, todas las listas de pros y contras que solían gobernar su vida, se hicieron añicos. Lo miró a los ojos, viendo en ellos el mismo deseo y las mismas ganas que la estaba consumiendo a ella.

—No quiero que finjamos más —susurró, dando el paso que los separaba—. Ya estoy cansada de fingir, Nate.

—Yo también —dijo él.

Suspiró.

En un segundo, la distancia desapareció. Sus manos, grandes y ásperas por el trabajo, acunaron el rostro de Gia con una delicadeza que le cortó la respiración, y sus labios capturaron los de ella.

Ya no era el beso vacilante y cuidadoso de la feria. Este beso era desesperado, hambriento, la explosión de semanas de miradas reprimidas, de conversaciones con doble sentido, y de una atracción que los había estado volviendo locos a ambos.

Gia enredó los dedos en los mechones de pelo oscuro de Nate, atrayéndolo aún más, abriendo los labios para recibirlo. Él soltó un gruñido sordo, un sonido gutural que vibró contra su pecho, y la rodeó por la cintura, alzándola ligeramente para pegarla contra su cuerpo.

—Llevo semanas intentando no hacer esto —murmuró a ras de su boca, besando la comisura de sus labios, su mandíbula, el pulso acelerado de su cuello—. Semanas, Gia. Me estás volviendo loco.

—Entonces deja de intentarlo —jadeó ella, aferrándose a sus hombros.