El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

—Los halagos no te llevarán a ningún sitio, Jim —bromeó.

Él tomó un sorbo de su bebida, imperturbable.

—«Ningún sitio» está bien, siempre que sea contigo.

Gia negó con la cabeza.

—No cambias —dijo.

—Jamás —respondió Jim, sin perder la sonrisa—. Pero reconócelo, soy buena compañía.

Antes de que Gia pudiera responder, la voz de Nate cortó el ambiente. Baja. Firme. Inconfundible.

—Monroe.

El aire cambió al instante. Nate dio un paso al frente, con la mandíbula contraída y esa incomodidad que se asemejaba demasiado a los celos. Olía ligeramente a su colonia amaderada y a cuero.

Aunque había llegado con Gia y estaba relajado en el coche, de pronto parecía un hombre que preferiría estar en cualquier otro lugar antes que viendo cómo otro coqueteaba con su acompañante.

Jim sonrió, sin dejarse intimidar.

—Un placer verte también, jefe —dijo—. Por fin has dejado las botas y la ropa de trabajo en casa.

La tensión era tan densa que se podía cortar con un cuchillo. El aire prácticamente vibraba, y algunos asistentes al festival giraron el rostro para mirar, percibiendo el espectáculo. Junto a la valla, Jim señaló una hilera de juegos de feria con la barbilla, intentando aligerar el ambiente.

—Muy bien —dijo—, ¿qué tal si calmamos esta tensión con una pequeña competición amistosa?

—¿Tensión? —repitió Gia, sonriendo con inocencia.

—Lanzamiento de pequeños sacos a los objetivos —explicó Jim—. El ganador se lleva el derecho a presumir. El perdedor le invita a una copa al ganador.

Gia ladeó la cabeza, pensativa.

—Trato hecho.

—Espera... —comenzó Nate, pero ya era demasiado tarde.

Gia se acercó al puesto de juegos, entornando los ojos con la misma concentración que si estuviera a punto de realizar una operación.

El hombre detrás del mostrador le entregó unos pequeños sacos de arena, y ella preparó su primer lanzamiento con una confianza tranquila.

Los grupos de gente a su alrededor crecieron, atraídos por el sonido de las risas y la imagen de una mujer con un elegante vestido rojo a punto de jugar en la feria de pueblo.

Echó el brazo hacia atrás y lanzó.

Un tiro. Dos. Tres.

Todos los objetivos cayeron.

A Jim se le cayó la mandíbula.

—¡Eso no es justo! ¡Tienes puntería de francotirador! —exclamó.

Gia sonrió con suficiencia, lanzando el último saquito hacia arriba antes de atraparlo de nuevo.

—Gajes del oficio. ¿Alguna vez has intentado vacunar a un semental que no para de moverse?

La multitud estalló en carcajadas. Alguien gritó:

—¡La veterinaria tiene mejor puntería que el vaquero!

Incluso los labios de Nate se contrajeron, aunque apartó la mirada rápidamente, ocultando la sonrisa como si fuera algo peligroso. Gia lo captó de todos modos. Ese destello de calidez bajo el ceño fruncido, y sintió un pequeño y traicionero escalofrío recorriéndole la espalda.

Jim le entregó un vale para una bebida gratis, negando con la cabeza.

—Eres despiadada.

—Soy simplemente eficiente —respondió Gia con dulzura.

—Supongo que me lo he buscado.

—Así es —dijo ella, riendo suavemente.

Y entonces, sin querer, su mirada se posó en Nate. Él seguía allí de pie, apoyado en la valla con los brazos cruzados, observándola con una mirada indescifrable. Había algo en sus ojos que le hizo un nudo en la garganta, algo tácito y complejo.

Sus miradas se sostuvieron.

Ninguno de los dos sonrió esa vez.

Animada por la victoria y con un brillo travieso en los ojos, Gia agitó el saquito de arena que aún sostenía en la mano.

—¿Y tú, Kenwood? —lo retó—. ¿Te atreves a enfrentarte a la campeona o tienes miedo de perder?

Nate levantó una ceja. Lentamente, se separó de la valla, dejando caer los brazos a los costados mientras una chispa de diversión reemplazaba la tensión en su rostro.

—No suelo apostar contra francotiradores —respondió, acercándose al mostrador con paso pausado—, pero supongo que alguien tiene que bajarte los humos.

El hombre del puesto, encantado con el espectáculo, les entregó una nueva ronda de sacos a cada uno. Nate sopesó el suyo, entrecerró los ojos hacia el primer objetivo y lanzó. El saco golpeó el blanco de lleno.

—Pura suerte de principiante —bromeó Gia, preparando su tiro.

Lanzó y derribó su objetivo con la misma precisión de antes. Nate soltó una risa grave y breve que le calentó el pecho a Gia.

—Cuidado, Clarke, me ha parecido ver que te temblaba el pulso —la picó él, lanzando su segundo saco.

Volvió a acertar, aunque el objeto, un trozo de madera con la cara de un duende dibujada, se tambaleó un segundo sobre la peana antes de caer.

—Ni en tus mejores sueños —replicó Gia, sin inmutarse.

Y lanzó.

Su segundo tiro fue perfecto.

Llegó el momento del último lanzamiento. La gente, que ahora los observaba con total atención, guardó silencio. Nate tomó aire, apuntó y lanzó. El saco rozó el borde del objetivo, pero este se balanceó y volvió a su sitio sin caer. Un murmullo de decepción recorrió a los espectadores.

Gia le dedicó una sonrisa ladeada, llena de suficiencia. Con un movimiento fluido, lanzó su último saco. El objetivo cayó al instante.

La gente aplaudió y vitoreó. Nate suspiró y se pasó una mano por el pelo, negando con la cabeza, pero la sonrisa que había estado ocultando finalmente apareció por completo en sus labios.

—De acuerdo, me rindo —aceptó, mirándola con una mezcla de asombro y admiración—. No tienes rival, Gia. Eres muy buena.

Ella le devolvió la sonrisa, sintiendo un calor agradable en las mejillas.

—Gracias —dijo.

Y entonces, mientras los vítores se apagaban, sus miradas se sostuvieron.

Ninguno de los dos apartó los ojos.

Ya no había bromas.

Durante unos instantes, la feria se desvaneció. La música, las voces y el resplandor de las luces desaparecieron, hasta que solo quedaron ellos dos.

Gia apartó la mirada primero, con el pulso acelerado. Se aclaró la garganta.

—Bueno, ha sido divertido —dijo.

Jim se rio, pero su tono fue más ligero, casi cauteloso.

—Sí, divertido para ti que has ganado —gruñó—. Oye, ¿queréis comer algo? —preguntó—. Por cierto, la tarta de Martha ha vuelto a ganar.

La mirada de Nate se posó en Gia, y su expresión se suavizó durante un par de segundos antes de que sus barreras volvieran a alzarse.

—Adelantaos vosotros —dijo—. Tengo algunas cosas de la organización que revisar.

Gia asintió, aunque algo en su pecho se retorció ante la repentina distancia en la voz de Nate.

—Claro. Pero no trabajes demasiado. Estás en la Feria —repuso.

Nate se giró, y la luz se reflejó en su cazadora de cuero. Gia lo observó alejarse entre el gentío, notando la mezcla de contención y anhelo que emanaba de él. ¿Por qué no terminaba nunca de dar el paso? ¿De relajarse? ¿De dejarse llevar?

Detrás de ellos, la banda se lanzó a tocar una canción lenta. La gente se reunió en el centro de la pista de baile, y las parejas comenzaron a mecerse bajo las luces de las decenas de pequeñas bombillas, entre suaves risas.

Martha miró a Diego y suspiró.

—¿Alguna vez has visto a dos personas luchar tanto para no aceptar lo que ya reflejan sus ojos?

Diego se rio entre dientes, terminando de un trago su cerveza.

—Sí, lo he visto. Y no es más que una pérdida de tiempo —aseveró.

El recinto ferial había cambiado. Las risas estridentes y el caos de las primeras horas se habían suavizado, transformándose en algo más tranquilo y cálido. Una quietud que murmuraba por debajo del ruido, acompañada por las baladas de la música country y las charlas distendidas.

El olor a palomitas de maíz, manzanas caramelizadas y algodón de azúcar se mezclaba con el de la hierba recién cortada y el dulce aroma a cerveza que flotaba en el aire.

Los faroles se balanceaban en los viejos postes, proyectando una luz ámbar sobre los rostros, algunos enrojecidos por la bebida y otros por motivos completamente distintos.

Gia estaba de pie cerca del borde del recinto, a medio camino entre la pista de baile y la barra del bar, fingiendo estar fascinada por la hilera de tartaletas que había en la mesa, como si fueran más interesantes que lo que sucedía a sus espaldas.

Sus dedos jugueteaban con el vaso de plástico, cuya condensación le humedecía la piel.

Se decía a sí misma que estaba bien, que solo había ido a la feria por compromiso social, que no le importaba si, llegado el caso, Nate bailaba con otra. No era celosa. Nunca lo había sido.

Pero sus ojos la delataban. Cada cinco minutos volvía la vista hacia la multitud, buscando sus hombros anchos y esa forma suya de no encajar en ningún lugar que no fuera un campo abierto o una silla de montar.

Y si no lo encontraba, algo en su pecho se encogía un poco.

Y es que se había fijado en el modo en que las mujeres del pueblo revoloteaban a su alrededor como moscas en la miel.

Estaba a punto de girarse hacia la barra de nuevo, dispuesta a servirse otra limonada que en realidad no quería, cuando lo escuchó.

—Gia.

Pronunció su nombre en un tono bajo y firme, con ese timbre de voz capaz de detenerle el corazón a mitad de un latido.

Se giró. Nate estaba a pocos metros de distancia, con las manos metidas en los bolsillos.

La luz de los faroles lo bañaba de un suave tono dorado, resaltando las líneas de su mandíbula y las tenues arrugas alrededor de sus ojos.

Por una vez, no parecía el hombre que dirigía el rancho más grande del condado.

No era el jefe ni el vaquero fuerte que todos veían.

Parecía... perdido. Y encontrado. Todo al mismo tiempo.

—Deberías bailar —dijo Nate.

Gia parpadeó, sorprendida.

—¿Con quién?

Nate dudó, bajando la mirada durante un instante antes de volver a clavar sus ojos en ella.

—Conmigo.

Las palabras flotaron entre ellos, pesadas como la humedad del ambiente.

Gia se olvidó de respirar. Intentó descifrar si estaba bromeando, si lo decía solo por cortesía o si era uno de esos impulsos de los que se arrepentiría más tarde, cuando la realidad volviera a ponerles los pies en el suelo.

Pero la expresión de Nate se mantuvo firme, aunque en el fondo ocultaba algo frágil y desconocido.