CAPÍTULO 20
La habitación de Gia parecía la zona cero de una explosión textil. Sobre la cama se amontonaban pantalones, blusas, vestidos de verano y chaquetas ligeras, formando una montaña caótica de opciones descartadas.
Frente al espejo de cuerpo entero, se miraba con el ceño fruncido.
Llevaba puesto un vestido floral que, apenas media hora antes, le había parecido una opción segura y discreta para ir a la Feria de la Cosecha.
Ahora, bajo la luz de la lámpara, le resultaba cursi.
Ella no era de estampados de flores. Ella era más de vaqueros, zapatillas y camisetas básicas.
Con un suspiro de frustración, se lo sacó por la cabeza y lo arrojó al montón de la cama.
Inmediatamente después, se puso una falda larga negra y una blusa de seda verde.
Se miró de arriba abajo. Demasiado elegante para un evento que giraba en torno a concursos de tartas, de levantamiento de peso y puestos de cerveza.
Se quitó la blusa. Luego probó con una camiseta básica y una camisa roja de franela a cuadros abierta.
Demasiado informal. Parecía que iba a limpiar los establos en vez de salir.
Se dejó caer en el único rincón libre del colchón, quedándose en ropa interior mientras miraba el reloj de la mesita de noche. Las seis y cuarto. Se le aceleró el pulso. ¿Iba a encontrar algo apropiado que ponerse?
¿Por qué le importaba tanto? Era la Feria de la Cosecha, no una gala benéfica. Y Nate mismo lo había dejado muy claro por la mañana, su presencia allí era una simple «necesidad logística».
Pero entonces la explicación a todo aquel caos la golpeó de pronto, con la fuerza de una patada de caballo.
Quería impresionarlo.
Sí, quería impresionarlo.
Se dio cuenta de que quería que Nate Kenwood la viera y se olvidara, aunque solo fuera por un segundo, de sus estúpidas excusas profesionales.
Quería que se quedara sin palabras. Dejarlo con la boca abierta.
Quería que la mirara exactamente de la misma forma en que la miraba cuando se quedaban en silencio, pensando si dar un paso hacia adelante o no. Si traspasar la línea o no.
Gia cerró los ojos y soltó un gruñido bajo, pasándose las manos por el pelo.
—Maldita sea —murmuró para sí misma, sintiendo que un rubor de indignación le subía por el cuello.
No le hacía ninguna gracia. De hecho, le molestaba profundamente que un vaquero terco, mandón y emocionalmente inaccesible tuviera el poder de reducirla a un manojo de inseguridades frente al espejo.
Ella era veterinaria, una mujer segura de sí misma, no una adolescente preparándose para el baile de graduación.
Abrió los ojos y fulminó con la mirada su propio reflejo. Lo más sensato sería ponerse cualquier cosa, los primeros vaqueros que encontrara, y acabar con aquella tontería de una vez por todas.
Pero sus manos no le hicieron caso.
En lugar de coger la ropa de trabajo, sus dedos se cerraron sobre un vestido de tirantes rojo, sencillo pero elegante.
—Me lo pongo solo porque me gusta cómo me queda, no por Nate —se mintió a sí misma en voz alta.
Se vistió rápidamente, negándose a analizar por qué, un minuto después, se estaba aplicando una segunda capa de rímel frente al espejo del baño.
—¿Dónde está Gia? —preguntó Nate a Martha.
—En su habitación, vistiéndose —respondió ella.
Nate consultó su reloj de pulsera.
—¿Todavía no está lista?
—¿Por qué no dejas de preguntarme y vas a buscarla? —sugirió Martha.
—Sí, vale, quizás tengas razón —dijo Nate, acariciándose la nuca.
—Vamos, ve —lo animó Martha.
Nate se giró y enfiló los pasos hacia el pasillo. Cuando llegó a la altura de la habitación de Gia, levantó la mano y golpeó la puerta de madera con nudillos impacientes.
Miró otra vez el reloj.
Las siete en punto.
Estaba convencido de que le tocaría esperar al menos veinte minutos más en el pasillo a que terminara de arreglarse.
Las mujeres nunca estaban listas a la hora acordada, y menos aún si tenían que prepararse para un evento, por pequeño que fuera.
Ya estaba formulando en su cabeza la frase para meterle prisa cuando el pomo giró con un clic .
La puerta se abrió de golpe y las palabras de Nate murieron en la garganta. Literalmente, se quedó sin aire.
Allí estaba Gia, lista.
Y, para su sorpresa, no llevaba los vaqueros que él habría esperado.
Al final, en el último segundo, había cambiado de opinión.
Llevaba un vestido. Un vestido rojo, de tirantes finos, que se ceñía a su cintura y caía con suavidad, dejando al descubierto unas piernas esbeltas y torneadas que Nate nunca había visto.
Joder.
Acostumbrado a verla siempre enfundada en ropa de trabajo, botas manchadas de barro o batas médicas, el impacto de verla así fue como un golpe directo al pecho.
Tragó saliva, incapaz de apartar los ojos de ella.
—Wow —fue lo único que su cerebro logró articular al principio. Luego, carraspeó, intentando recuperar su habitual compostura, aunque sus ojos la seguían recorriendo de la cabeza a los pies—. Estás... estás guapa, Gia. Bueno, muy guapa, diría yo.
Gia abrió los ojos, alucinada. Que Nathaniel Kenwood, el hombre de las pocas palabras y los cero cumplidos, le dijera algo así de forma tan directa, hizo que el corazón le diera un vuelco.
—Gracias —dijo.
Pero es que ella tampoco salía de su asombro.
Lo miró de arriba abajo y sintió que la boca se le secaba.
Nate había dejado de lado sus habituales vaqueros desgastados y sus camisas de trabajo.
Llevaba unos vaqueros negros ajustados que le sentaban de infarto y una cazadora de cuero que le daba un aire rebelde e irresistiblemente atractivo.
Más atractivo todavía, si eso era posible.
—Tú tampoco te quedas atrás —respondió, sintiendo que el calor le subía a las mejillas—. Estás muy guapo, Nate.
Él asintió, con una media sonrisa asomando a los labios.
—Gracias. ¿Estás lista? —preguntó.
Gia afirmó con la cabeza.
—Sí —dijo—. Cojo el bolso y nos vamos.
Caminaron juntos hacia el patio delantero, donde el aire fresco del atardecer ayudó a enfriar un poco la tensión que había surgido entre los dos.
Al llegar a la zona de aparcamiento, Gia se detuvo.
En lugar de la camioneta de trabajo cubierta de polvo a la que estaba acostumbrada, había aparcada una ranchera último modelo, negra, reluciente y evidentemente de alta gama.
Al parecer, era el coche de las ocasiones especiales.
Nate le abrió la puerta del copiloto y ella subió, envuelta al instante por el olor a cuero nuevo y a la colonia amaderada de él.
Gia agradeció que Daphne hubiera tenido que irse por motivos de trabajo a Louisville. Estaba convencida de que, si se encontrara en el rancho, estaría pululando a su alrededor tratando de joderles el momento.
Cuando Nate ocupó el asiento del conductor y arrancó el motor con un ronroneo suave, el habitáculo se sumió en un silencio cargado de expectación. Mientras enfilaban el camino hacia el recinto de la feria, él la miró de reojo, con las manos apoyadas relajadamente sobre el volante.
—Oye... gracias por acompañarme esta noche —dijo, con un tono mucho más suave del que solía usar.
Gia se giró hacia él, apoyando la cabeza en el respaldo, y esbozó una sonrisa juguetona para aligerar el momento.
—No hagas que me arrepienta de haberte dicho que sí, Kenwood —bromeó.
Nate soltó una risa baja y ronca que vibró en el interior del coche, mirándola de nuevo con un brillo divertido en los ojos. ¿Cómo no iba a decir Gia algo así?
—Lo intentaré —dijo.
Ambos volvieron la vista a la carretera. Había un nudo de nervios revoloteando en el estómago de Gia. Esas mariposas que preceden a algo importante, nuevo, pero, sorprendentemente, el ambiente entre ellos era cómodo y relajado, no como en el rancho.
Hay un cierto tipo de magia que solo los pueblos pequeños lograban tener. La que nace de la familiaridad, de demasiadas tardes compartidas, de demasiada historia y de los chismes suficientes para alimentar mil rumores.
Aquella noche, todo eso estaba embotellado bajo un dosel de estrellas.
La Feria de la Cosecha había transformado el antiguo terreno del rodeo en una auténtica fiesta country. Hileras de luces se extendían de poste en poste como constelaciones que descendían para mezclarse con la gente.
El olor a masa frita y azúcar con canela flotaba en el aire, mezclado con risas y el sonido de las guitarras en el pequeño escenario de madera que habían montado.
Los niños corrían entre los puestos, con las manos pegajosas por las manzanas acarameladas, mientras que los mayores se apoyaban en paquetes de paja o barriles de cerveza, observándolo todo con una suave sonrisa, cuchicheando sobre quién estaba con quién ese año.
Y precisamente ese era el tema de conversación cuando Nate y Gia aparecieron juntos caminando entre la multitud congregada.
Nate llevaba sus vaqueros negros ajustados y su cazadora de cuero. A su lado, Gia deslumbraba con su vestido rojo de tirantes, atrayendo las miradas de la gente a su paso. La presencia de ambos lo hacía todo más magnético.
Desde el puesto de tartas, Martha le dio un codazo a Diego en las costillas.
—Míralos —murmuró, señalándolos con la cabeza—. Son como dos gatos callejeros a punto de bufar antes de acurrucarse el uno al lado del otro. ¿Quién iba a decir que Nate se arreglaría para traer a la veterinaria?
Diego se echó a reír.
—Solo es cuestión de tiempo que suceda lo que todos esperamos, Martha —dijo—. Esa tormenta va a estallar de una forma u otra. Más tarde o más temprano.
Mientras Nate y Gia avanzaban, intentando ignorar las miradas curiosas, una voz llamó a Gia desde uno de los laterales. Jim, con todo su encanto natural y su arrogancia de vaquero, se acercó con dos limonadas en la mano y una sonrisa tan amplia que iluminaría el lugar. Y todo Kentucky.
—Estás deslumbrante —dijo, tendiéndole una de las bebidas e ignorando deliberadamente a Nate—. Aunque debo decir que nos estás haciendo quedar mal a todos los demás.
Gia se rio entre dientes, apartándose un mechón de pelo detrás de la oreja.