El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

A la mañana siguiente el aire se notaba limpio, pero no ligero. En absoluto. Y el silencio era engañoso. Parecía pacífico, pero no lo era.

Gia estaba en los establos antes del amanecer, con el pelo aún húmedo de la ducha y los vaqueros metidos en las botas. Cepillaba a una yegua que se veía inquieta con movimientos firmes, siguiendo un ritmo casi meditativo.

Trataba de concentrarse en el suave roce de las cerdas contra el pelaje y en la piel cálida del animal bajo la palma de la mano. Cualquier cosa menos pensar en... él.

Porque su cerebro, tan poco cooperativo como siempre, recordaba toda la conversación que había tenido con Nate.

Gia tomó una bocanada de aire.

—Podría haber sido peor —murmuró a la yegua.

El animal movió una oreja.

—O podría haber sido mejor —añadió Gia.

Una voz cortó el silencio.

—¿Hablando con los caballos otra vez?

Gia se giró.

Diego estaba apoyado en el marco de la puerta, con una taza de café en una mano y una sonrisa burlona en los labios. Su pelo estaba algo revuelto y llevaba la camisa medio remangada. Toda su actitud hablaba de una mezcla de chismes de pueblo pequeño y diversión.

Gia suspiró.

—No empieces.

—No estoy empezando nada —dijo él, levantando la taza—. Solo observo.

Ella lo miró con cansancio.

—Eres de lo que no hay, Diego.

Él sonrió.

—Lo sé. Pero no suelo equivocarme. —Tomó un sorbo lento de café, con un brillo travieso en los ojos—. ¿Sabes que nuestro jefe hoy está furioso por la Feria de la Cosecha?

—¿Con la qué? —preguntó Gia.

—Con la Feria de la Cosecha —repitió Diego con obviedad, como si fuera de dominio público—.

Es el evento más importante de este lado del condado.

Acude todo el pueblo. Se exhiben caballos, hay un concurso de pasteles y otro de levantamiento de peso que siempre termina con al menos una pelea a puñetazos. Un auténtico espectáculo.

Gia levantó una ceja.

—Suena a algo intenso.

—Sí, es un circo. Niños correteando, políticos dándose la mano, una banda de country tocando, litros y litros de cerveza... —Hizo una pausa—. Nate lo odia.

—¿Por qué será que no me sorprende?

—Porque lo conoces. —La sonrisa de Diego se volvió pícara—. Pero este año tiene que ir. La gente lo espera. Patrocinadores, prensa, todos. La reputación del rancho depende de que dé la cara y finja no odiar a la humanidad al menos durante una noche.

—¿Y me dices esto porque…? —empezó Gia.

Diego dio otro sorbo del café y se preparó para disfrutar del espectáculo.

—Porque le he sugerido que te invite.

Gia se quedó congelada con el cepillo en la mano.

—¿Que tú qué?

—Lo que has oído —dijo Diego en tono alegre—. Le he dicho que daría buena imagen. Ya sabes, la veterinaria y el ranchero, un frente unido representando a Millstone. Todo muy profesional.

Ella entrecerró los ojos.

—Joder, eres incorregible.

—No digo que no —respondió Diego con una sonrisa—. Pero casi se atraganta con el café, así que... valió la pena. Me he reído durante un rato.

—¡Diego! —lo amonestó Gia.

Él levantó su taza a modo de saludo.

—De nada.

Gia lo miró sin saber qué coño decir, mientras Diego se alejaba tarareando algo que sonaba a… ¿una marcha nupcial? No, no podía ser. Gia tenía que estar escuchando mal. No podía estar tarareando la marcha nupcial.

La yegua resopló, sacudiendo la cabeza como si también se estuviera riendo.

Gia gimió.

—Traidores. Todos sois unos traidores.

A media mañana, la cocina olía a beicon, a café y a problemas. Sí, porque en Millstone los problemas tenían olor propio.

Martha estaba frente a los fogones, dando la vuelta a las tiras de beicon que había en la sartén, y Diego permanecía apoyado en la encimera, saboreando su tercera (o cuarta) taza de café como si estuviera viendo una película.

Y Nate, el pobre, miserable y emocionalmente acorralado Nate, parecía un hombre que rezaba para que la tierra se abriera y se lo tragara. En un agujero muy muy profundo.

—No lo haré —dijo rotundo, por lo que parecía ser la tercera o cuarta vez.

—Sí lo harás —replicó Diego—. No puedes ir solo. La gente hablará.

—No me importa lo que la gente...

—Pensarán que todavía estás suspirando por ella.

La mirada de Nate podría haber derribado un árbol.

—No estoy... suspirando por nadie.

—Claro —dijo Diego—. Y yo no tengo cincuenta y cinco años, no estoy soltero y no tengo mal el menisco de la rodilla.

Martha resopló.

—Tienes todas esas cosas, cariño —dijo con una ceja levantada.

—Gracias, Martha —murmuró Diego.

Martha dejó un momento el beicon y se dirigió a Nate con esa paciencia serena y letal que solo poseen las mujeres mayores y las santas.

—Nate, querido, tienes que asistir. Es bueno para la reputación del rancho. Incluso para las carreras.

—Es cierto, se apuesta más por caballos cuyo nombre es conocido —intervino Diego.

—La gente necesita verte —habló de nuevo Martha—. Y quizás... —sus ojos brillaron—… también sería bueno para tu alma.

—No necesito que me arreglen el alma —aseveró Nate.

Rosa le señaló con las pinzas.

—Lo que tú digas.

—Martha… —La voz de Nate adquirió un tono de advertencia.

Ella se limitó a sonreír.

—Te gusta. Todo el mundo lo sabe. Hasta los caballos lo saben. —No hacía falta decir el nombre.

—No...

—Nathaniel —dijo Martha, con la suficiente aspereza como para cortar el aire—. Invita a Gia a la feria.

Diego sonrió como quien acaba de ganar una mano de póker sin ni siquiera mirar las cartas que le han tocado.

—Jaque mate —masculló.

Nate los miró. Cada uno con su propia expresión de satisfacción.

Martha blandiendo las pinzas largas como si fuera el mazo de un juez, y Diego sorbiendo su café como un instigador orgulloso.

Y, en algún lugar detrás de todo, persistía el fantasma del día anterior.

La voz de Gia, sus clarísimos ojos azules, la sensación de que se preocupaba por él…

Se pasó una mano por la cara.

—Bien —murmuró—. Iré.

—¿Y...? —lo incitó Diego.

Nate lo fulminó con la mirada.

—Y... la invitaré.

Martha resopló.

—Pero invítala, no se lo ordenes.

—No le voy a ordenar que me acompañe, maldita sea —gruñó Nate mientras cogía el sombrero de la mesa.

—Perfecto —dijo Diego—. Avísame qué tal te va, jefe.

Martha escondió una sonrisa tras su taza de café.

—Sé amable, Nate. No es uno de tus peones —le recomendó.

Nate se detuvo en la puerta, con la mandíbula apretada.

—Ya lo sé —dijo.

—Por si acaso —añadió Martha.

Nate se marchó, dejando atrás el olor a beicon, el sonido de unas risas bajas y la inconfundible sensación de que aquello, fuera lo que fuese, no iba a terminar bien. Odiaba la Feria de la Cosecha.

La tarde se presentó pesada y extraña, con ese calor que se pega a la piel y ni siquiera el viejo ventilador del techo atenuaba la calima.

Gia estaba medio encorvada sobre la mesa del cuarto del pienso.

Estaba desordenada, con una taza de café en una esquina, un cuaderno y una pila de informes con un ligero olor a hierba y tinta de impresora.

Estaba escribiendo, o fingiendo hacerlo.

Cada poco rato se detenía, recordando la conversación que había tenido con Nate.

Victoria le había calado hondo. Había estado enamorada de ella. ¿Lo seguiría estando?

Su pecho se apretó, como si tuviera un nudo en él. Empezó a escribir más rápido, intentando que la tarea pudiera sofocar los pensamientos que atravesaban su cabeza.

De pronto la puerta se abrió.

El sonido fue suave, pero se oyó claramente por encima del zumbido del ventilador. Gia no necesitó levantar la vista para saber quién era. Había cierta energía que llenaba la habitación incluso antes de que Nate hablara.

—Buenos días, jefe —dijo, sin mirarlo. Su tono fue informal, relajado, y hasta ensayado. Porque lo había ensayado varias veces.

Hubo una larga pausa. Luego, sonó su voz firme, un poco áspera y un poco insegura a la vez.

—Vas a venir a la Feria de la Cosecha.

Los dedos de Gia se congelaron sobre el cuaderno. Lentamente, alzó la cabeza.

—¿Ah, sí?

Nate estaba de pie en la puerta, con las botas embarradas y el pelo aún húmedo por el sudor en las puntas, como si hubiera ido directamente del trabajo sin detenerse a pensar lo que iba a hacer. Tenía los hombros rectos, pero el resto del cuerpo parecía estar luchando consigo mismo.

—Sí —dijo finalmente.

—¿Con quién? —preguntó ella, recostándose en la silla con los ojos destellando de diversión.

—Conmigo —respondió Nate.

Eso captó toda la atención de Gia. Dejó el bolígrafo sobre el cuaderno y se cruzó de brazos.

—Eso suena más a orden que a invitación —comentó.

Nate exhaló bruscamente, a la defensiva.

—No es una orden.

—Entonces, ¿qué es? —insistió Gia, inclinando la cabeza lo suficiente como para ponerlo nervioso.

Nate abrió la boca y la volvió a cerrar. Se pasó la mano por la cara como si buscara las palabras con las que responder.

—Es… una necesidad logística —dijo.

Los labios de Gia se contrajeron.

—¡Wow! —dijo—. Qué romántico.

Nate cambió de postura, arrepintiéndose claramente de cada decisión que lo había llevado a tener aquella conversación, como, por ejemplo, seguir el consejo de Diego. ¿En qué mierda estaba pensando?

—Mira, la gente espera que vaya. Tú eres la veterinaria. Quedará... bien. Profesional —soltó todo lo que le habían dicho Martha y Diego—. Y si alguien pregunta por mis caballos, tú eres quien mejor puede informar sobre su estado —añadió.

—Ah, sí —dijo Gia, fingiendo seriedad—, esa feria donde se forjan las grandes reputaciones de los vaqueros del condado entre concursos de tartas, música country y cerveza.

Nate la miró ligeramente desconcertado, provocando que la sonrisa de ella se ampliara en su rostro.

—¿Estás diciendo que no quieres ir? —preguntó.

—No he dicho eso. —Gia se levantó. Las patas de la silla rozaron el suelo. El espacio parecía de repente más pequeño, y la sombra de Nate se extendió por el suelo hacia ella—. Es que me he dado cuenta de que yo sería tu... ¿qué? ¿Tu cita?

—No. No... —se apresuró a decir Nate—. O sea, sí. Pero no de esa manera.

—Entendido —dijo Gia, frunciendo los labios—. Entonces no es una cita.

Se miraron fijamente a los ojos durante demasiado tiempo, en un silencio absoluto. A Gia se le aceleró el pulso.

Nate carraspeó.

—Ven conmigo... si quieres, claro.

Ella arqueó una ceja.

—Tú sí que sabes cómo conquistar a una chica, vaquero —ironizó.

—No se me dan bien estas cosas —admitió Nate.

—Ya lo veo —dijo Gia.

Nate se pasó las manos por la cabeza, fruto de la frustración.

—Entonces, ¿vienes o no?

Gia se apoyó en el borde de la mesa, con los brazos cruzados, y dejó que la tensión se prolongara entre ellos unos segundos más de lo que sería educado. Pero es que estaba disfrutando mucho de la situación y del sonrojo de Nate. No lo iba a negar.

—Lo pensaré —dijo.

Nate frunció el ceño.

—¿Qué tienes que pensar? —preguntó, impaciente.

—No sé si tengo ropa adecuada —respondió Gia, vacilándole.

—Con cualquier cosa estarás bien, no es una boda ni la gala de los Oscars. No hay alfombra roja.

Gia pareció pensarlo unos segundos.

—Está bien —dijo al fin.

Algo cambió en la expresión de Nate.

—¿Vienes?

—Si —respondió Gia, paladeando la palabra como si tuvieran un sabor diferente.

Nate asintió.

—Bien —masculló.

Se dio la vuelta para irse, agarrando con una mano el marco de la puerta, pero no salió. Gia observó cómo sus hombros subían y bajaban, como si dudara si decir algo más. Finalmente, sin mirar atrás, Nate murmuró:

—Nos iremos a las siete. Estate preparada.

Y luego se fue. Sus pasos se desvanecieron por el pasillo del enorme establo.

Gia se quedó mirando la puerta un buen rato, con el corazón latiendo más fuerte que el ventilador. Soltó el aire, entre la risa y la incredulidad.

—Estate preparada —repitió las palabras de Nate, negando con la cabeza—. Por supuesto, jefe.

Pero una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. No había dos hombros en el mundo como Nathaniel Kenwood. No podía haberlos. ¡Qué hombre!

Dentro de la casa, el ambiente olía a madera pulida, flores frescas y a la leve dulzura del costoso perfume de Daphne flotando en el pasillo.

Estaba sentada a la mesa de la cocina, con una taza de porcelana en una mano de uñas perfectamente pintadas y el teléfono en la otra. La luz de la mañana se reflejaba en su rostro, iluminando la sonrisita que no se molestaba en disimular. ¿Qué estaría viendo en el móvil?

Al otro lado de la cocina, Martha la observaba con recelo mientras preparaba una bandeja de sándwiches para los trabajadores.

—Pareces un gato al que le han quitado su juguete favorito —comentó.

Daphne levantó la vista.

—Me preguntaba hasta cuándo se va a quedar la señorita Clarke.

Martha frunció el ceño.

—No está de visita, es la veterinaria —dijo.

—¿Y hace falta contratar a una veterinaria para que esté aquí las veinticuatro horas del día? ¿No es suficiente con el del pueblo?

—¿Te estás oyendo, Daphne?

—¿Qué? —dijo ella, encogiéndose de hombros.

—El rancho de Nate es el más grande del condado. Tiene más de un centenar de caballos que valen millones de dólares y que le aportan millones en las carreras, ¿crees, de verdad, que una visita de vez en cuando del veterinario del pueblo es suficiente?

Daphne hizo una mueca con la boca, indiferente.

—Además, Gia es buena para él —soltó Martha sin poder evitarlo.

Daphne esbozó una sonrisa, pero su mirada se enfrió.

—«Buena» es un término muy… relativo —dijo. Martha sacudió la cabeza—. Si la buena de la señorita Clarke cree que puede conquistar a Nate... está a punto de aprender las reglas del juego —añadió.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Martha.

—Vamos, todos sabemos cómo es Nate. Desde lo de Victoria, él no se deja atrapar.

—¿Atrapar? —repitió Martha con incredulidad—. Pareces una mujer de los años veinte.

—Ya sabes a lo que me refiero. Nate no se enamora de ninguna mujer.

—¿Lo dices por experiencia?

Daphne fulminó a Martha con la mirada, contrayendo ligeramente la mandíbula.

—No sé de qué estás hablando.

—Yo creo que sí —dijo Martha.

No era un secreto que Daphne estaba enamorada de Nate. Lo había estado siempre. Incluso cuando se casó con su hermano.

Daphne miró el reloj.

—Se me había olvidado que tengo que hacer una llamada muy importante —dijo.

Dio un último sorbo del té de la taza y se levantó. Sin decir una palabra más, salió de la cocina.

Martha la siguió con la mirada pensando que, si esa llamada era tan importante, no se hubiera olvidado de ella. Solo había sido una excusa para irse.