El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

—Y lo hizo —continuó él—. Hasta que dejó de hacerlo. Quería cosas que yo no podía darle: la ciudad, el dinero, el… brillo. Yo nunca fui suficiente para ella.

Había amargura en su tono. Ese dolor profundo, fruto del cansancio que provoca haber repetido la misma verdad tantas veces que ya se ha desgastado.

A Gia se le cerró la garganta.

—No fue tu culpa —trató de consolarlo—. Eso decía más de ella que de ti.

Nate negó con la cabeza, esbozando una media sonrisa.

—Claro que sí —rebatió—. Tenía razón en una cosa, es difícil amar a un hombre roto.

—No estás roto, Nate —afirmó Gia.

Él la miró, con tanta intensidad que Gia lo sintió bajo la piel.

—Dices eso como si lo creyeras.

—Sí, lo creo —respondió Gia—. Alguien tiene que hacerlo.

Nate la observó como si buscara la trampa. Pero no la encontró. Solo la vio a ella, allí de pie, terca y firme de una forma que no debería afectarle, pero lo hacía.

Las sombras oscurecían los ojos de Nate, marcando su mandíbula. Durante un breve momento, el aire entre ellos se volvió demasiado espeso para respirar.

—No deberías —dijo Nate en voz baja.

—¿No debería qué?

—Creer en mí.

Gia no se inmutó.

—Demasiado tarde —respondió.

El silencio cayó sobre ellos, vibrando con todo lo que intentaban callar. Fuera, el viento soplaba con fuerza, haciendo chascar las paredes de madera.

—Voy a revisar las puertas del resto de los establos. El viento a veces las abre —dijo Nate.

—Vale —asintió Gia.

Nate dudó un segundo de más frente a la puerta, después se alejó por el pasillo.

Gia apoyó la frente contra una viga de madera con los ojos cerrados, y resopló. Tenía la sensación de estar a punto de cruzar una línea peligrosa. Muy peligrosa.

El ruido cadencioso de la grava bajo las pesadas botas de trabajo de Nate era el único sonido que rompía el silencio de la noche.

Nate sentía el cansancio acumulado del día en cada músculo de su cuerpo. El polvo del rancho se le había adherido a la piel y a la ropa, mezclado con el sudor de horas de trabajo. Sin embargo, en su mente aún resonaban las palabras de Gia en el establo.

Al levantar la vista hacia el amplio porche de madera vio a Daphne.

Su postura era impecable, erguida y relajada a la vez.

Sostenía entre sus manos una taza de la que emanaba un tenue vapor.

Nate reconoció al instante el inconfundible olor herbáceo y ligeramente amargo del té matcha.

Una bebida que a él siempre le había parecido fuera de lugar comparado con el café negro y espeso que se consumía en el rancho.

Daphne llevaba un jersey de hilo fino que la protegía del frío que arrastraba el viento, y su aspecto pulcro y sofisticado contrastaba violentamente con la rudeza del entorno.

Nate no alteró su ritmo, pero su mandíbula se tensó. Subió los primeros escalones de madera, que crujieron bajo su peso, hasta quedar a un par de peldaños por debajo de Daphne, obligándolo a mirarla ligeramente hacia arriba.

—¿De verdad crees que es diferente? —preguntó Daphne de sopetón—. ¿Crees que no se irá en cuanto vea lo pesado que se vuelve este lugar?

Su tono de voz era suave, casi aterciopelado, pero Nate no era tonto. Se detuvo, apoyando una mano en la barandilla de madera desgastada y la miró a los ojos.

—Te equivocas —dijo.

Daphne dio un pequeño y delicado sorbo a su té matcha, tomándose su tiempo, saboreando el momento tanto como la bebida. Bajó la taza y apoyó los codos en la barandilla, inclinándose ligeramente hacia Nate con una actitud que pretendía ser una mezcla de confidencia y preocupación.

—¿Me equivoco? —repitió—. Es una chica encantadora, Nate, de verdad que lo es. Muy entusiasta. Pero... tú y yo sabemos cómo funciona esto. —Hizo un gesto con la mano libre, abarcando la inmensidad del rancho—. Esto no es un campamento de verano ni un retiro rústico para desconectar de la ciudad.

Nate mantuvo el semblante impasible.

—El campo es implacable, Nate —continuó Daphne, bajando el tono de voz para que sonara más íntimo, casi maternal—.

Requiere sacrificios que la gente de fuera simplemente no comprende.

Madrugones en pleno frio de invierno, animales enfermos en mitad de la noche, el barro, el olor, el aislamiento...

Gia está deslumbrada por la novedad, por el romanticismo de la idea de vivir en un rancho.

Pero no aguantará la dureza de esta vida.

Daphne hizo una pausa dramática, buscando los ojos de Nate para asegurarse de que sus palabras estaban calando en él.

—En cuanto pase el primer invierno crudo y se dé cuenta de lo dura y solitaria que es la vida aquí, apartada de todo... hará las maletas. Volverá a su mundo, a sus comodidades. Ella no es como tú. No está hecha de esta tierra. No pertenece aquí.

El silencio que siguió a su monólogo fue denso, solo interrumpido por el canto lejano de los grillos que empezaban a despertar.

Daphne observó a Nate, esperando ver la duda aflorar en su rostro, esperando que sus palabras resquebrajaran la confianza que él estaba depositando en Gia.

Pero Nate no pensó en el frío, ni en el barro, ni en las comodidades de la ciudad.

Pensó en Gia arrodillada en la paja de la cuadra de Trueno, con los vaqueros manchados de polvo, hablando con el inmenso animal sobre su pasión por los caballos y su rechazo a la vida superficial que su exnovio había querido imponerle.

Pensó en la fuerza de sus manos al palpar los tendones del caballo y en la sinceridad de sus ojos.

Daphne no tenía ni la más remota idea de quién era Gia en realidad.

Nate soltó la barandilla y subió los dos escalones que le faltaban, acortando la distancia hasta quedar a su misma altura. Su imponente figura proyectó una sombra sobre Daphne, y aunque su voz sonó tranquila, llevaba el peso inamovible de una montaña.

—Te equivocas, Daphne —repitió.

No añadió nada más. No se molestó en justificar a Gia, ni en entrar en un debate que Daphne estaba desesperada por tener. Tres palabras fueron suficientes para desarmar todo el discurso envenenado que ella había preparado.

Los ojos de Daphne destellaron un segundo, traicionando su frustración al ver que su táctica no había funcionado. Sin embargo, recuperó la compostura casi de inmediato.

Sus labios se curvaron lentamente en una sonrisa. Una mueca cargada de una pena ensayada y condescendiente. Inclinó un poco la cabeza, mirando a Nate como si fuera un niño terco que se niega a aceptar una verdad dolorosa.

—Ay, Nate... —suspiró suavemente, negando con la cabeza mientras volvía a llevarse la taza de té a los labios—. Supongo que el tiempo me dará la razón. Siempre lo hace.

Nate no le concedió ni siquiera una última mirada.

Con los labios apretados pasó por su lado, dejando atrás el aroma a té matcha y perfume caro.

Agarró el pomo de la puerta mosquitera, que se abrió con un chirrido familiar, y entró en la casa.

La puerta se cerró tras él con un golpe seco, dejando a Daphne sola en el porche.