El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

El sol de la tarde se filtraba a través de los altos ventanales del establo.

El ambiente estaba impregnado de esa mezcla de olores que para Nate era el equivalente al hogar.

Cuero, melaza, heno, madera y el inconfundible y cálido aroma a caballo.

A esas horas, el silencio solo se veía interrumpido por el masticar de los animales en las cuadras y el ocasional resoplido de satisfacción de alguno de ellos.

Nate cruzó las grandes puertas dobles con paso silencioso.

Sus botas de cuero gastado apenas hacían ruido sobre el suelo.

Estaba buscando a Gia, con la excusa mental de repasar el programa de alimentación de la semana, aunque, si era sincero consigo mismo, simplemente quería verla.

Pero era algo que nunca reconocería en alto.

A medida que se adentraba en el pasillo central, un murmullo suave llamó su atención.

Venía de la cuadra de Trueno, situada al final del corredor.

Nate ralentizó el paso instintivamente, deteniéndose a un par de metros de distancia, oculto en la penumbra que proyectaba la pared del establo.

Desde allí, tenía una vista perfecta del interior del cubículo sin ser visto.

Gia estaba de espaldas a la puerta, arrodillada sobre la cama de paja.

Llevaba unos vaqueros ajustados y manchados de polvo en algunas zonas, y una camiseta de algodón negra que se pegaba a su torso.

Con una concentración absoluta y una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus manos, examinaba la pata delantera de Trueno.

Sus dedos expertos se deslizaban desde la rodilla hacia abajo, palpando con precisión milimétrica la caña, evaluando la temperatura, buscando cualquier signo de inflamación en los tendones flexores y en el ligamento suspensor.

Pero lo que detuvo a Nate no fue la profesionalidad con la que trabajaba, sino la conversación que estaba manteniendo con el caballo.

—... y entonces me soltó aquel discurso sobre la estabilidad y el prestigio —estaba diciendo Gia, en un tono cargado de indignación, mientras sus pulgares masajeaban suavemente la pata del enorme animal—.

Quería que me encerrara en una clínica veterinaria de lujo en la ciudad.

¿Te lo imaginas, Trueno? Yo, con una impecable bata blanca, atendiendo a caniches con ansiedad y a gatos a los que les sienta mal la dieta gourmet.

Trueno, que estaba comiendo tranquilamente de su pesebre de heno mientras Gia lo revisaba, detuvo su masticación durante un segundo. Bajó su enorme cabeza negra, acercando el hocico al hombro de Gia, y soltó un bufido suave y cálido que le agitó un mechón de pelo.

—Exacto, una pesadilla —coincidió ella, dándole una palmadita afectuosa en el lomo, antes de pasar a examinar otra pata—. A mí lo que me gusta es esto, ¿sabes? El campo, el barro en las botas, el olor a lluvia y, sobre todo, vosotros. Los caballos. Pero a mi exnovio no le entraba en la cabeza.

Nate se apoyó contra el poste de madera, cruzando los brazos sobre el pecho.

Una sonrisa involuntaria, cálida y real, empezó a curvar la comisura de sus labios.

La imagen de Gia confesándole sus penas amorosas a un purasangre de media tonelada era a la vez la cosa más tierna y fascinante que había visto en mucho tiempo.

—El fondo del asunto —continuó Gia. Su voz adquirió un matiz más serio mientras se ponía en cuclillas para tener mejor ángulo de los ligamentos posteriores—, es que él no quería que yo progresara.

No soportaba la idea de que cumpliera mi sueño, de que me ensuciara las manos y fuera feliz en un trabajo que me apasiona, simplemente porque no le convenía.

No encajaba en su perfecta y aburrida vida de ciudad. Quería un trofeo, no una compañera.

Trueno pareció entender la frustración en la voz de Gia. Raspó el suelo con uno de sus cascos delanteros, levantando un poco de paja, y agitó las orejas hacia atrás antes de empujar suavemente la espalda de Gia con el morro, casi como si le estuviera dando la razón o intentando consolarla.

—Y para colmo de males —añadió ella, soltando un suspiro exasperado mientras se ponía de pie y se sacudía el polvo de los pantalones—, estoy casi segura de que me ponía los cuernos con su secretaria.

Una chica monísima, por cierto, que jamás se rompería una uña limpiando un casco.

En fin... —Gia levantó la mano y acarició la frente del caballo, justo entre los ojos, trazando la estrella blanca que dibujaba su pelaje—.

Los hombres son un asco, ¿sabes, Trueno?

Unos egoístas. Menos mal que te tengo a ti, que eres el único macho que me entiende en este lugar.

Nate, escondido en las sombras, tuvo que apretar los labios para no soltar una carcajada. La complicidad entre Gia y Trueno era asombrosa.

Trueno cerró los ojos, disfrutando de las caricias de Gia, y emitió un relincho bajito y gutural, un sonido de complacencia.

Nate pensó en el idiota del exnovio. Había que ser muy estúpido para tener a una mujer como Gia al lado, con esa pasión, esa fuerza y esa belleza natural, y querer cambiarla o, peor aún, engañarla (si era cierto lo de que le ponía los cuernos con su secretaria).

Absorto en sus pensamientos y embelesado por la escena, Nate decidió que ya era hora de hacer acto de presencia. No quería que nadie le pillara espiando a Gia, y menos ella. Dio un paso atrás para coger el ritmo y entrar al pasillo de forma natural.

Pero calculó mal.

Su bota izquierda chocó contra el mango de madera de una pala de metal que alguien (probablemente el despistado de Tommy) había dejado apoyada contra la pared.

Nate intentó agarrarla en el aire en un acto de reflejos desesperados, pero sus dedos solo rozaron la madera. La pala cayó al suelo con un ruido estrepitoso, un clang que resonó por todo el establo, haciendo que un par de caballos cercanos se sobresaltaran y relincharan asustados.

—¡Mierda! —masculló Nate por lo bajo, cerrando los ojos con fuerza.

En la cuadra, Gia dio un respingo, llevándose una mano al pecho por el susto, mientras Trueno levantaba la cabeza de golpe, con las orejas tiesas en alerta.

—¿Hola? —preguntó Gia, con la voz un poco temblorosa, asomando la cabeza por encima de la puerta de la cuadra para mirar hacia el pasillo—. ¿Hay alguien ahí?

Nate no tuvo más remedio que improvisar.

Rápidamente, recogió la pala del suelo, la apoyó en la pared y, carraspeando para aclararse la garganta, dio un par de zancadas ruidosas hacia atrás, hacia la entrada, para luego volver a caminar hacia adelante con paso firme, frotándose la nuca como si estuviera distraído.

Al llegar a la altura de la cuadra de Trueno, se detuvo y fingió sorpresa al verla asomada.

—Hola, Gia —dijo, esbozando su mejor sonrisa de inocencia, aunque un ligero rubor le traicionaba en las mejillas—. No sabía que estabas aquí. Acabo de entrar... He tropezado con una maldita pala que alguien ha dejado en medio. Siento haberte asustado.  ¿Todo bien? ¿Cómo están las patas de Trueno?

Gia lo miró con los ojos entrecerrados, evaluando su expresión. Un ligero tono rosado coloreó también sus mejillas al darse cuenta de que, dependiendo de cuándo hubiera entrado Nate, podría haber escuchado su vergonzoso monólogo sobre su vida amorosa.

Santo Dios.

—Todo... todo bien —respondió, pasándose una mano por el pelo y metiéndose un mechón detrás de la oreja en un gesto nervioso—. La inflamación del tendón de la pata está bajando.

—Me alegro de oírlo —dijo Nate. Trueno se acercó a él y Nate le acarició el cuello.

Gia parpadeó y quiso creer que Nate no había escuchado nada de su conversación con el caballo. Tenía que dejar de hablar con los animales, o la gente iba a pensar que estaba loca.

Después de una tarde de duro trabajo, en la que Gia revisó cada cuadra y examinó a los caballos y Nate aseguró los cerrojos, apaciguó a un potro que estaba inquieto y rellenó el pienso en los pesebres, Gia se apoyó en una viga de madera, apartándose los mechones de pelo de la cara.

Le dolían las manos y la camisa se le pegaba a la piel, pero se sentía genial.

—¿Alguna vez te cansas de tener todo bajo control? —preguntó de pronto a Nate.

Él estaba a unos metros, comprobando un pestillo. No la miró al responder.

—Es mi trabajo mantener todo bajo control, soy el dueño.

—Ya —dijo Gia—. Pero no es… ¿agotador?

Nate detuvo lo que estaba haciendo. La miró y, por una vez, no tenía su habitual expresión cautelosa. Parecía un hombre sorprendido, como alguien a quien no le habían hecho una pregunta sincera en mucho tiempo. Cogió aire lentamente.

—Todos los días —admitió.

La sinceridad en su voz fue como un pequeño golpe para Gia. Cambió de postura y su tono se volvió más suave.

—No tienes que cargar con todo tú solo. La gente te ayudaría si se lo permitieras —dijo.

Nate soltó una risa áspera y sin humor.

—La gente tiene mil formas de decepcionarte —contestó.

Gia lo observó unos instantes, leyendo lo que no decía. La curva cansada de sus hombros, la arruga entre sus cejas que no desaparecía ni siquiera cuando estaba relajado. Entonces, sin poder contenerse y por culpa de su lengua, que era más rápida a veces que su cerebro, lo soltó:

—¿Por eso no hablas de ella? ¿Porque te decepcionó?

Nate se quedó totalmente inmóvil.

—¿De quién?

—De Victoria —dijo Gia. Ya que había empezado, iba a terminarlo, y que saliera el sol por donde tuviera que salir.

El nombre quedó suspendido en el aire como humo. Los ojos de Nate se alzaron de golpe, penetrantes e indescifrables.

—¿Por qué tuviste que revisar mi cajón? —dijo.

—Ya sabes que no fue mi intención —se apresuró a refutar Gia—. Solo estaba...

—Eso no cambia lo que hiciste, no cambia que estuviste husmeando.

—Tienes razón —dijo Gia—. Pero quizá ya era hora de que alguien preguntara.

Nate no se movió. No parpadeó. El establo se llenó con el sonido del viento que soplaba en el tejado.

—Pensé que me quería —habló al fin.

Gia esperó.