CAPÍTULO 17 #2
—Solo vengo a ayudar —ronroneó, acercándose para quitarle una mota de polvo imaginaria de la manga, la misma manga que Gia casi había rozado segundos antes. Fue un gesto pequeño, inofensivo en teoría, pero había algo muy calculado en su forma de hacerlo. Algo territorial.
Nate no se inmutó, pero apretó los dientes. Gia lo notó. La tensión en su garganta, el músculo que palpitaba cerca de su sien. Dudó entre echarse a reír o marcharse de allí. Optó por lo segundo.
—Seguro que sí —murmuró, más para sí misma que para los demás, pero lo suficientemente fuerte como para que Daphne inclinara la cabeza al escucharla. La sonrisa que le dedicó fue una obra de arte, serena, ensayada y precisa.
—Deberías tener cuidado. Este rancho tiene una forma muy especial de… doblegar a los nuevos —dijo Daphne.
Gia la miró a los ojos sin parpadear.
—Entonces menos mal que no me doblego fácilmente —soltó.
El silencio que siguió fue tenso y cortante. Los caballos se removieron en las cuadras como si también sintieran esa vibración invisible de desafío entre dos mujeres que se negaban a ser subestimadas.
Nate, al darse cuenta de que estaban a una sola palabra inoportuna del desastre (o de arrancarse la cabeza), se pasó una mano por la cara.
—Basta. Las dos.
Ninguna lo miró. Daphne hizo girar el hielo en su copa, y Gia le sostuvo la mirada como si fuera una competición. Si creía que iba a poder con ella, es que no la conocía bien. Por un breve segundo, Nate habría jurado que el aire temblaba de verdad.
Finalmente, Gia dio un paso adelante. Pasó por el lado de Daphne rozándola, sin brusquedad, pero con la suficiente firmeza como para dejar clara su postura y que con ella no iba a poder.
Agarró el bolígrafo como si fuera un arma que no pensaba usar (pero que se lo podría clavar en el corazón), y su expresión se volvió neutra, tranquila, profesional... Demasiado tranquila, tal vez. Así fue como Nate supo que estaba furiosa.
—Gia —la llamó Daphne, con una mezcla de dulzura y veneno—. Disfruta de lo que queda de día.
Gia no se giró.
—Igualmente —respondió, y siguió caminando.
El sonido de las botas se desvaneció por el pasillo del establo. Cada uno de los pasos que daba marcaba el ritmo de una frase que Nate no quería terminar. La observó hasta que desapareció por la esquina, y cuando se fue, el establo le pareció extraño y frío. Muy silencioso. Muy vacío.
Daphne tomó un sorbo lento de la copa, observándolo de reojo.
—Te ves... inquieto, chéri .
Nate dejó escapar un suspiro largo, intentando sonar firme, pero sin lograr ser convincente.
—Quizás es porque la gente sigue apareciendo donde no debería —dijo. No estaba de buen humor.
— Touché —respondió Daphne, sonriéndole a la copa—. Aunque creo que el problema no es mi presencia.
Nate no respondió. Se quedó mirando el lugar donde Gia había estado parada, las leves huellas de sus botas en el suelo, el persistente aroma de su champú... Un olor a limpio, algo que no encajaba con el polvo y el calor del rancho. Era ridículo, pero estaba ahí, y lo estaba volviendo loco.
Daphne se acercó, y su voz sonó más tranquila, casi compasiva.
—Si quiere quedarse aquí, tendrá que acatar tus reglas —dijo, con la intención de malmeter contra Gia—. Nunca te ha gustado la gente que te lleva la contraria.
Nate la miró.
—Solo está haciendo su trabajo —argumentó.
—Claro —dijo Daphne con dulzura—. Pero todo tiene un límite. Tú, más que nadie, deberías saberlo.
Él no respondió, porque esa verdad le resultaba incómoda.
Gia había traspasado todos los límites que él creía tener, no de forma intencionada ni con ninguna estrategia, sino simplemente defendiendo su trabajo.
Ella no estaba jugando, no como Daphne. Gia era...
auténtica. Honesta. Exasperante. Y eso era precisamente lo que la hacía peligrosa (para su control).
Daphne dejó la copa en la mesa y apoyó la cadera en el borde.
—No se te da muy bien disimular, ¿sabes?
Nate se giró lentamente hacia ella.
—¿Disimular el qué?
—Que se te está metiendo bajo la piel —respondió Daphne.
Él casi se echó a reír.
—Tu imaginación está volando demasiado rápido —dijo.
—Creo que no —repuso Daphne—. Ya he visto esa mirada antes. La de los hombres que intentan convencerse a sí mismos de que aún tienen el control.
Nate la miró durante un buen rato.
—¿Y cómo suele acabar eso?
Daphne sonrió, perspicaz y satisfecha por su conclusión.
—Oh, nunca acaba bien —atajó.
Nate cogió su sombrero, se lo acomodó en la cabeza con ambas manos y enfiló los pasos hacia la puerta.
—Nathaniel —lo llamó Daphne, con voz melodiosa y de nuevo burlona—. Ten cuidado con el juego que te traes entre manos. La veterinaria podría pensar que estás coqueteando con ella.
Nate se detuvo el tiempo suficiente para murmurar:
—Tal vez lo esté haciendo.
Y, sin girarse, se marchó antes de poder arrepentirse.
El sol del final de la tarde lo golpeó con fuerza al salir, tan brillante que le hizo entornar los ojos.
El rancho bullía con el ritmo constante del trabajo de la última hora de la jornada.
El golpeteo de los cascos sobre la tierra, la risa distante de alguno de los mozos de cuadra, el chirrido de una puerta en la casa.
Eran los sonidos normales del día a día, y esa normalidad debería tranquilizarlo. Pero no fue así.
Porque en su cabeza solo escuchaba la voz de Gia. Solo veía la mirada en sus ojos cuando había dicho que no se doblegaba fácilmente. Y por primera vez en mucho tiempo, Nate no estaba seguro de creerse a sí mismo cuando aseguraba que podía resistirse a algo que parecía tan inevitable.
Miró hacia el establo una vez más antes de dirigirse a los pastos.
A través de las puertas abiertas, Daphne Rousseau lo observaba alejarse, con una expresión en el rostro que se suavizó hasta volverse misteriosa.
Removió lo que quedaba en su copa, con los ojos brillando con esa chispa de quien sabe demasiado.
—Pobre —murmuró con burla—. Ya ni siquiera sabe en qué guerra está luchando.
El viento se levantó, susurrando entre la hierba y las vigas de madera, llevándose sus palabras hacia la nada.