El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Una especie de extraña quietud invadió el rancho al caer la tarde, una calma que no era del todo tranquila, que parecía suspendida en el aire, esperando algún suceso.

Los grillos canturreaban como banda sonora de fondo, el olor a heno se mezclaba con el calor y el sudor de los caballos, y el mundo murmuraba en voz baja, como si estuviera ocultando algo.

Gia estaba de pie en el cuarto del pienso con un cuaderno entre las manos, ajustando la dieta de algunos de los animales. Seguía llevando la trenza, aunque varios mechones ya se habían soltado de ella por la humedad y el trasiego del día. El aire casi se podía masticar.

Revisó las notas sobre la medicación de Trueno, intentando ignorar el dolor de hombros. Estaba siendo una jornada muy larga.

—El tendón está aún rígido, sensible... necesita una dosis más alta —murmuró para sí misma, haciendo los cálculos de nuevo.

Estaba tan concentrada que no se dio cuenta de la presencia de Nate hasta que su sombra se deslizó sobre la mesa.

—¿Vas a subirle la dosis a Trueno? —preguntó.

Su voz no era fuerte, pero tenía ese tono de engañosa calma que hacía que la temperatura del aire bajara un par de grados.

Gia ni siquiera se inmutó. Simplemente terminó de escribir en el cuaderno y dejó el bolígrafo.

—Así es —respondió.

Nate estaba de pie en la puerta, con las mangas remangadas a la altura de los codos, el sombrero en la mano y sudor y polvo en los brazos. Parecía como si hubiera estado cabalgando por medio valle.

—Eso no es lo que aprobé —dijo.

—Eso es porque no eres veterinario —refutó Gia.

Y así, sin más, saltó la chispa.

Nate se cruzó de brazos, cambiando el peso de su cuerpo de un pie a otro.

—No necesita tanto.

Gia finalmente levantó la vista, arqueando una ceja. Su voz sonó tensa pero tranquila.

—Claro, y lo has deducido por tus amplios conocimientos de medicina animal, ¿verdad?

Nate dio un paso al frente, entrecerrando los ojos.

—Lo sé porque conozco a mis caballos. Trueno está conmigo desde que era un potro. Sé cuáles son sus límites.

—Y yo sé de medicina veterinaria —replicó Gia, firme—. El caballo sigue con el tendón rígido. Si sigues haciéndolo trabajar a ese ritmo sin la dosis adecuada, vas a entorpecer su recuperación.

Nate exhaló por la nariz, con el músculo de la mandíbula tenso como las cuerdas de un guitarra.

—¿Me estás acusando de no cuidar de mis caballos? —inquirió.

—Digo que no confías en nadie para que te ayude —respondió Gia—. Me contratas y luego cuestionas cada decisión que tomo. ¿Quieres que haga mi trabajo o prefieres que me quede ahí sonriendo mientras juegas a ser veterinario?

El comentario dio en el blanco. El silencio que siguió se alargó.

La voz de Nate bajó de tono.

—Crees que lo sabes todo, ¿no?

—No —contesto Gia, bajando también la voz—. Solo lo suficiente para mantener vivos a tus caballos.

Incluso los animales en las cuadras cercanas parecían moverse con inquietud, agitando las colas, como si pudieran sentir la tensión en el aire.

Nate alargó el brazo y le arrebató el cuaderno de la mano con más fuerza de la necesaria. El papel se arrugó bajo su agarre.

—No lo vamos a hacer a tu manera —aseveró.

Gia no lo dudó. Dio un paso adelante, con la barbilla en alto.

—Sí, lo vamos a hacer a mi manera.

Nate dio otro paso, acercándose lo suficiente como para que ella pudiera ver la sombra de la barba que oscurecía su mandíbula y la leve cicatriz que tenía bajo la barbilla.

—No, no lo haremos.

Ella se cruzó de brazos.

—Joder, Nate, es una inyección, no una declaración de guerra —dijo, contundente.

Él soltó una risa sin humor.

—Pues lo parece.

—¡Porque tú haces que lo parezca! —respondió Gia, alzando la voz por el enfado.

Trueno dejó escapar un fuerte relincho detrás de ellos, y ambos se quedaron congelados, como si incluso el caballo estuviera pidiendo una tregua.

Nate dejó el cuaderno sobre la mesa con tanta fuerza que el sonido resonó en el pequeño cuarto.

—¿Crees que puedes venir aquí, darme órdenes y decirme cómo llevar mi rancho...?

—Tu rancho, no —lo interrumpió Gia antes de que Nate pudiera seguir hablando—. Pero la salud de tus caballos es asunto mío. Ese fue el trato. Para eso me contrataste.

Su tono era tranquilo, pero su pulso se había acelerado. Sintió el recorrido de la adrenalina viajando por sus venas y cómo el rubor subía por su nuca.

Nate se pasó la mano por el pelo y exhaló con fuerza.

—Eres exasperante.

—Qué curioso —dijo Gia, seca—. Porque yo pienso lo mismo de ti.

Y entonces, de alguna manera, volvían a estar demasiado cerca. Como siempre. Como si sus cuerpos hablaran por ellos. Tan cerca como para sentir la rabia que irradiaba el uno y el otro, tan cerca como para que un movimiento en falso lo convirtiera todo en algo que ninguno de los dos podría explicar.

Gia podía ver la pulsión de la vena del cuello de Nate y el leve temblor en la garganta al tragar. Olía a cedro, a sudor y a ese tenue rastro de lluvia que el aire nunca perdía del todo en Millstone. Sabía que debía retroceder, cada parte racional de su cerebro se lo gritaba, pero no lo hizo.

—Odias que te desafíen —dijo suavemente, ladeando un poco la cabeza.

Nate la miró fijamente, inmóvil.

—No —respondió—. Odio que me distraigan —dijo contundente.

Aquello la dejó sin aliento. ¿Qué lo distrajeran? ¿Qué mierda quería decir aquello?

—No soy una distracción —aseveró Gia.

Nate se inclinó hacia ella y murmuró con una voz tan baja que casi se sentía más que escucharse.

—¿Entonces por qué no puedo dejar de pensar en ti?

Las palabras flotaron en el atmósfera, pesadas y densas como las nubes que cubrían el cielo. Durante un segundo, Gia olvidó cómo respirar.

La Tierra pareció detenerse. Un poco, ralentizando su giro, como ocurre cuando algo real y aterrador cobra sentido de golpe. De repente, cada sonido, cada relincho y cada repiqueteo de cascos se desvaneció bajo el peso de su confesión.

Gia abrió la boca, lista para decir algo.

Un sarcasmo, una tontería, una broma, cualquier cosa, pero no salió nada.

Porque, ¿cómo le respondes a un hombre que dice algo así cuando te mira de esa manera?

¿Como la estaba mirando a ella Nathaniel Kenwood en aquel momento?

¿Cuando puedes ver la lucha en su rostro, el esfuerzo por quedarse quieto en lugar de acortar la distancia y… ?

Las manos de Nate se tensaron a lo largo de los costados, batallando contra un instinto ante el que estaba perdiendo terreno. No era el tipo de hombre que decía cosas que no sentía. Y eso empeoraba todo. Porque era real.

Gia tragó saliva, y su voz fue apenas un susurro.

—Deberías parar.

Nate asintió, pero no se movió.

—Debería —dijo. Era consciente de que debería, sí—. Pero no puedo. Y tampoco quiero.

Durante un largo y peligroso instante, ninguno de los dos hizo absolutamente nada. No se movieron, no respiraron. Simplemente permanecieron de pie, parado uno frente al otro, en el estrecho espacio entre la lógica y lo que sea que los seguía arrastrando hacia el abismo.

Era uno de esos momentos que parecía poder inclinarse hacia cualquier lado. Hacia un beso, hacia otra discusión, o hacia un polvo salvaje.

Trueno relinchó de nuevo, golpeando el suelo con el casco lo suficientemente fuerte como para devolverlos a la realidad.

Nate dio un paso atrás primero, rompiendo el hechizo. Se pasó una mano por la cara.

—Lo haremos a tu manera. Súbele la dosis —dijo de pronto—. Solo... mantenme informado.

Gia exhaló lentamente, intentando recuperar la compostura.

—Siempre lo hago.

Nate inclinó la cabeza.

Gia no se movió, estaba agarrada al borde de la mesa, intentando controlar los latidos del corazón. No sabía si había ganado o perdido, solo sabía que algo había cambiado y que, para bien o para mal, ya no habría vuelta atrás.

—¿Interrumpo? —sonó de pronto una voz desde la puerta.

Y la tranquilidad se rompió.

El silencio frágil y peligroso que se extendía entre Nate y Gia, se hizo añicos por completo, como un cristal golpeado por una piedra lanzada con una puntería perfecta. ¿Acaso Daphne los perseguía? Qué don tenía para interrumpirlos constantemente.

Estaba de pie en la puerta, enmarcada por la luz del sol, como si lo hubiera planeado.

Tenía en los labios una media sonrisa capaz de cortar el mármol y sostenía una copa de cristal llena de un líquido ambarino.

Algo demasiado caro para la caída de la tarde.

Su perfume fue lo primero en impregnar el aire.

Un aroma empalagoso e intenso, de esos que perduran mucho tiempo después de que la persona se haya ido.

Nate retrocedió tan rápido que parecía que lo habían sorprendido robando.

Gia parpadeó con fuerza, con la sensación de estar despertando de un sueño que no había querido tener.

Su pulso seguía acelerado y tenía la boca seca.

Se obligó a respirar y a recordar que estaba en un cuarto de aperos, no al borde de un precipicio por el que no había pedido caer.

La mirada de Daphne se deslizó perezosamente entre ellos, lenta como un gato estirándose al sol.

—Dios mío —murmuró, ensanchando la sonrisa—. La tensión que hay aquí... podría embotellarla y venderla. ¿Me voy o empiezo a cobrar entrada? Lo digo por el espectáculo.

Gia enderezó la espalda, perdiendo cualquier rastro de suavidad anterior en la expresión. ¿Se creía graciosa? ¿En serio aquella mujer se creía graciosa?

Agarró su cuaderno, recuperó la voz y la moduló hasta que volvió a sonar profesional.

—Estábamos hablando de la dosis de la medicación de Trueno —dijo con calma.

Daphne tomó un sorbo de su bebida, con los ojos brillantes.

—Qué... íntimo —se burló.

Nate la miró fijamente, con el ceño fruncido, como si le hubiera molestado la interrupción.

—¿Qué quieres, Daphne? —preguntó.

Ella adoptó su tono más inocente, lo que la hizo sonar aún menos creíble.